¡Feliz Halloween!

Happy Halloween

Os recordamos que hoy es el último día para enviarnos vuestras terroríficas creaciones. Mañana publicaremos el especial de Halloween con vuestras aportaciones. ¡Muchas gracias a todos y feliz Halloween!

Para más información: Nos preparamos para Halloween

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Saranda, la princesa del abismo en la mirada, por F.K. Esda

Saranda, la princesa del abismo en la mirada
ilustración iris

A la hora de la ejecución, la plaza del pueblo está a rebosar. Todos están aquí. Está el artesano que curte las pieles y trata con despotismo a sus aprendices. Está el que cuece el pan en su horno de leña y siempre miente en el peso. Está el que remienda los zapatos y golpea a su mujer por las noches a puerta cerrada. Está el que elabora bellas piezas de cerámica y siempre espía a su hija mientras esta se baña. Está el que siembra patatas y aún no hace una semana rompió el brazo a su hijo por desobediente. Está el que pule la piedra y se acuesta con la mujer del de los zapatos. Está el que cultiva hortalizas y cada tres semanas roba un conejo al vecino para después culpar al zorro. Todos. Están todos. También ellas. Sí, ellas también están. Está la mujer del panadero, que atiende más a conversaciones ajenas que a su propio mostrador. Está la mujer del zapatero, que se deshizo de sus dos mejores amigas para conseguir al cantero. Está la mujer del curtidor, que calma la aprensión de los aprendices con algo más que caricias. Está la mujer del alfarero, que tiene la lengua muy larga, la mirada muy aviesa, el cerebro muy breve. Está la mujer del cantero, que conoce su romance y no se está a la zaga. Todos. Todos están. Incluso está el niño que siempre tira de las trenzas a Elisendra y luego se escapa entre risas. También está el niño que quiere ser caballero de mayor y que, mientras tanto, practica estocadas con los perros. Y está la niña que siempre saca la lengua y que ya no es virgen. Todos. Están todos. Por estar, está incluso el rey. Ocupando su lugar de honor, en su palco, justo ahí, a la altura exacta para que todos tengan que alzar la cabeza al mirarlo, pero que él no deba inclinarse para escuchar. Bordado en oro, rodeado de lacayos, imponiendo temor, anhelando respeto; el rey.

Y, por supuesto, no podía faltar, también está él: el reo.

Es un hombre joven, tal vez de veintidós, o veintitrés, no más de veinticinco años. Mirándolo ahora, ahí de pie, en el patíbulo, con las manos atadas a la espalda, la ropa sucia, descosida, tan delgado él, tan poca cosa, la mirada al suelo, la cabeza caída hacia delante por el cansancio, las rodillas dobladas por el peso de la condena, mirándolo ahora, cuesta creer que pueda suponer peligro alguno para el reino. Ni para este ni para ningún otro.

A su derecha, justo atrasado un paso, está el verdugo, que anda con la capucha pero que todos saben quién es, porque el pueblo no es tan grande y carnicería solo hay una.

En el mismo lado, pero un paso por delante del reo, está el alcalde. Solo hay que ver su barriga para deducir que el desempeño de su cargo no requiere de mucho movimiento. La voz del alcalde es fuerte, en armonía con su inmenso abdomen, pero adquiere una cierta tonalidad de soprano cuando la alza, aunque es un detalle que solo adviertes cuando está muy, muy enfadado. Por lo demás, es una voz que está hecha para ser escuchada. Todo esto lo sabemos porque, justo en este momento, el alcalde está hablando:

—Torzuán de Villatierna, has sido condenado a la pena capital por sedición, incitación al motín, espionaje y, en definitiva, por atentar contra la paz y la prosperidad de este reino de Su Majestad el Rey. La pena será ejecutada en breve, pero antes, y como muestra de su magnanimidad, Su Majestad el Rey —el alcalde siempre habla así cuando se refiere al rey, en mayúsculas; es bastante lameculos—, Su Majestad el Rey, te concede un último deseo. ¿Tienes alguno, Torzuán de Villatierna?

—Exigir la inmediata liberación no entra dentro de la lista de deseos válidos, ¿verdad? —susurra. El alcalde le contesta con una mirada severa— Me lo imaginaba. No, si tiene su lógica, claro, pero por intentarlo… Pues entonces, mi último deseo… —reflexiona un instante, luego carraspea, aclara la garganta, levanta la cabeza, alza la voz— Mi último deseo es poder contar un cuento a los aquí reunidos.

—¿Un cuento? —ahora es el alcalde el que susurra.

—Un cuento, sí, un cuento. ¿No sabes lo que es un cuento? —también en un susurro. Y, alzando de nuevo la voz— Esta es mi última voluntad, poder contar un cuento a los que con tanta amabilidad, entusiasmo y esfuerzo, se han reunido hoy aquí a pesar de las tantísimas tareas que, a buen seguro, han dejado pendientes.

—Lo siento, Su Majestad —empieza a disculparse el alcalde, visiblemente azorado—. Está… está loco. Debe de ser el sol que…

—Alcalde —brama el rey, al que la edad ha tornado sedentario y ahora no hay quien le gane a tripa—. Alcalde, dejad que cuente su cuento. Al menos así amenizará un poco la tarde y dará un toque exótico a esta ejecución que, por otro lado, últimamente resultan bastante tediosas y repetitivas como… —busca, rastrea; encuentra— como el ajo.

Un estallido colectivo de risas. Así es nuestro rey, gracioso como él solo. El alcalde espera a que las risas amainen, lo cual no tarda mucho en acontecer. Es lo que tiene reír a punta de espada.

—Como usted ordene, Su Majestad Mi Rey —inclinándose en una reverencia, mirando de reojo al reo, susurrándole a este con urgencia—. Venga, tú, habla pues. Pero habla ya, antes de que se arrepienta. Que este cambia de opinión como tú de rop… Bueno, cambia mucho de opinión.

El reo se vuelve a aclarar la garganta antes de dirigirse de nuevo al rey:

—Otra cosa oso demandaros, Majestad, y es que liberéis mis manos de sus ligaduras, pues no hay peor manera de contar un cuento que con las manos a la espalda, coartando con ello cualquier libertad para gesticular.

El alcalde se queda blanco. Tose. Se recompone. Está abriendo la boca para amonestar al insolente cuando el rey interrumpe:

—Concedédselo. Liberadle las manos —y ante la mirada del alcalde, y aun no teniendo por qué hacerlo dada su condición de soberano, aclara— ¿Qué hemos de temer si él apenas se mantiene en pie y está rodeado de soldados armados hasta los dientes?

El alcalde asiente.

—¡Ya habéis oído! Cortad esas cuerdas —pero no puede dejar de pensar en lo blando que se está volviendo el Rey. Será la edad, que ya pasa recibo y poco a poco se bebe el sentido común. O será el sol que, inclemente, cae a plomo y reblandece los cerebros.

El reo se frota las muñecas, enrojecidas, rasguñadas, adormecidas y, consciente de la oportunidad que se le ha dado, se dirige a los allí presentes con voz clara, alta:

—Señores, señoras, gentiles todos vosotros, Majestad, os voy a contar un cuento que, os aseguro, no os dejará indiferentes. Al finalizar el mismo, ninguno seréis lo que ahora sois — si alguno hay que intenta descifrar las palabras, ha perdido su oportunidad, porque el reo de nombre Torzuán, no hace pausa alguna y sigue con su historia—. Habíase una vez, una princesa que por su hermosura era conocida, incluso, allende el horizonte que sus ojos alcanzaban a ver. En el pequeño reino que habitaba era querida por todos, pues además de bella, era bondadosa, rasgo heredado del rey, su padre. Desde que tuvo edad casadera, muchos fueron los pretendientes que la cortejaron, pero ninguno fue el que conquistó su corazón. Por ser rechazado fue rechazado hasta el mismísimo rey Gordion, al que su padre, el padre de la princesa, respetaba y con el que no deseaba enemistad.

“Había una vez… No, no pongáis esa cara, que el cuento es el mismo, no ha cambiado. Escuchad. Había, pues, una vez, un rey al que llamaremos Gordion. El reino del rey Gordion era inmenso y, gracias a las conquistas, crecía año tras año. A oídos del rey Gordion llegó un día la noticia de que existía una princesa hermosa como el amanecer, dulce como la miel del panal, cándida como la gota de lluvia recién caída. Tanto oyó hablar de ella y de su belleza y de su candidez que se enamoró incluso antes de conocerla. El rey Gordion ordenó que preparasen lo necesario para partir de inmediato al reino del rey Balsar, padre de la princesa. Nada más llegar, Gordion, respetando los protocolos, mostró interés por los asuntos de Balsar, pero después de unos minutos de plática y sin más miramientos, plenamente consciente de su posición dominante, Gordion ofreció a Balsar una alianza por los siglos, una alianza que sería respetada por hijos y nietos, si le concedía la mano de su hija. Balsar, rey sabio y conocedor de lo engañoso de las palabras y lo traicionero y efímero de los sentimientos, pero, sobre todo, amante y protector de su hija, contestó que era a ella a la que le correspondía decidir, no a él.

“Tras la primera negativa, Gordion pasó dos meses en el castillo intentando seducir a la joven princesa, cuyos ojos, del color del cerezo en flor, se posaban en las cosas con la delicadeza y el asombro de una mariposa. Cuya sonrisa, fresca como un manantial, iluminaba su rostro y toda una estancia. Cuyo cabello, largo, sedoso, trenzado, brillaba adiamantado al contacto con el sol. Pasó dos meses contemplándola, estudiándola, anhelándola. Cuando finalmente reunió el valor necesario y la pidió en matrimonio por vez segunda, la princesa, con las mejillas encendidas, la mirada esquiva, lo rechazó nuevamente.

“El rey Gordion abandonó el reino hecho una furia, corrió a su castillo, bajó a las profundidades de los sótanos, pidió, suplicó, rogó, ayuda a Targ, su mago. El mago le preguntó qué era lo que deseaba exactamente y Gordion, todavía esclavo de la ira, respondió que lo que quería era asegurarse de que si la princesa no era suya, de nadie más fuese y que esa misma belleza que había sido regalo divino se convirtiese en su maldición. Targ, que como mago era muy bueno, pero que como sayón no tenía parangón, urdió enseguida el castigo perfecto.

“—Dices que la belleza de sus ojos es tal que es imposible no admirarla, ¿verdad?

“—Sí, eso digo.

“—Pues yo digo que todo aquel que se atreva a mirarla a los ojos se perderá por siempre en el abismo de su mirada, quedando preso de ellos, quedando vacío y sin alma.

“Sin mayor tardanza, preparó la poción, recitó los hechizos, elaboró los planes y, al amanecer del cuarto día, un jinete partió del reino del rey Gordion con un presente para la princesa: una bebida de sabor único que, según explicó el emisario, solo sabían preparar las hadas de la cima del monte Satur. La princesa, ignorante y agradecida, bebió lo que se le ofrecía. Notó un sabor fresco, dulce, como de níspero con grosella, pero más suave. Notó un ligero cosquilleo, agradable, en el paladar. Notó la fragancia de la bebida, que inundaba el espacio y se colaba por sus fosas nasales, acaramelada, apaciguadora. Sin lugar a dudas una bebida así solo podía ser obra de unas hadas. Pero también notó otra cosa. Notó que cuando levantó la cabeza para agradecer al emisario tan delicado presente, este cayó desplomado al suelo, lívido como la cal, tieso como el madero, sin pulso. Al volverse hacia su doncella, atemorizada, interrogante, al volverse hacia ella, la doncella se desplomó de igual modo. Pronto comprendió la princesa que aquella no era una bebida de las hadas, sino una poción del mago del rey Gordion. Lo que Targ no supo es que tanto fue el fervor con el que preparó la poción, tanta fue su maldad, que los efectos resultaron ser mayores de lo esperado. Allá donde la princesa posara su vista, la vida desaparecía, absorbida por el abismo de esos ojos del color del cerezo en flor. Las flores perdían su luminosidad y se marchitaban. Los árboles quedaban sin hojas y se secaban. Los objetos perdían lustre, los metales se oxidaban, las maderas se agrietaban, las sedas se deshacían. La princesa se encerró en sus aposentos y permaneció allí largo tiempo confinada, sin que ningún médico, brujo o mago, alcanzase a crear un antídoto para la maldición que le había sido impuesta. Sus aposentos pronto adquirieron una cualidad gris y yerma que era más propia de una prisión que de la habitación de una princesa.

“No había pasado un año cuando una tarde oyó un ruido a sus espaldas. Temerosa de volverse y causar perjuicio a alguien o a algo, siquiera a un animalillo, permaneció en su posición y dominó la tentación, pues desde hacía tiempo el único ruido que se oía ahí dentro era el de la bandeja que le pasaban por debajo de la puerta.

“—¿Quién anda ahí?

“Al no obtener respuesta empezó a volverse despacio, pues la curiosidad suele ser más poderosa que la prudencia.

“—No os asustéis, mi señora, soy yo.

“—¿Yo? ¿Quién es yo?

La princesa se detuvo. A pesar del confinamiento voluntario, su voz no había perdido la tersura del revuelo de sedas.

“—Un simple lacayo, mi señora, que desde hace meses, y porque aún sigo prendado de vuestra belleza, subo hasta aquí, hasta esta ventana y paso las horas contemplándoos.

La voz, masculina, era la voz de un hombre joven con el espíritu de un niño. La voz de un joven hecho ya hombre con la sabiduría de un viejo.

“—¿Y cómo es que nunca te había escuchado hasta ahora?

“—Porque soy muy sigiloso, mi señora, pero hoy… Hoy he sido torpe. Lo siento.

“—¿Y no temes? ¿No temes que sin querer pueda…? ¿No temes que en un descuido…?

“—Mi señora, he visto varias formas de muerte en mi corta vida y puedo asegurarle que prefiero que me llegue contemplando la belleza de sus ojos que a través del filo de una espada o la coz de una mula.

“—No sabes lo que te dices.

“—Sí lo sé, señora. De igual modo que sé que no tendría por qué permanecer prisionera de sus penas.

“—¿Mis penas? ¿Qué sabrás tú de mis penas?

“—Poco sé de sus penas, cierto es, pero sí sé que la vida, mi señora, no se limita solo a aquello que podemos ver. Escuchad, cuando yo era pequeño me aquejó una dolencia que me tuvo sin vista más de seis meses y aprendí que la vida se puede ver de otras maneras.

“La princesa oyó los pasos del joven al acercarse. Notó cómo sus manos le recogieron el cabello por detrás, cabello no hacía tanto sedoso y brillante, ahora sucio y enmarañado. Sintió la tela que posó en su piel, que tapó los ojos. Notó cómo, con suavidad, la afianzó con un nudo a la nuca.

“Y notó cómo le cogió de la mano.

“—Vamos, mi señora, os enseñaré el mundo.

“—No. No soy tu señora. Yo soy princesa. Y para ti, soy tu amiga. El joven, pongámosle de nombre Rass, mostró, en verdad, un mundo maravilloso a la princesa. Un mundo de sonido y tactos y sabores. Muy pronto quedó patente que las manos de los dioses no solamente habían tocado a la princesa otorgándole un bello rostro, unos ojos cautivadores, una piel sedosa. También fueron generosos con ella al haberle dotado de un oído fino y altamente sensible. En unos días, la princesa fue capaz de diferenciar la pisada de una vaca a la de un caballo. En unas semanas diferenciaba las flores por el rumor del viento al correr entre sus pétalos. En unos meses fue capaz de distinguir el vuelo de una mariposa a varios metros de distancia bajo una lluvia torrencial. Y no pasó un año en que ya fue capaz de reconocer los objetos por el sonido de su silencio. Tan fino era su oído que el mundo que se abrió ante ella no tenía nada que envidiar al que solo conocía de vista. Aprendió a cabalgar con los ojos vendados, a cocinar, a esquivar obstáculos, a manejarse con la espada, a acertar con la flecha, a realizar desde las tareas más pequeñas y arduas, hasta las más grandes y pesadas, que ni con los ojos había aprendido a realizar. Pronto sus ojos cayeron en el olvido de su memoria y viéndola caminar por el bosque, era difícil creer que no fuera con ellos con los que se guiase. Fue una época muy feliz aquella para la princesa. No solo había recuperado la vida, sino que también había encontrado el amor.

“Pero sucedió que la ambición del rey Gordion era tan insaciable como el abismo de la mirada de la princesa. En su afán por conquistarlo todo, por poseerlo todo, por alzarse como señor único y poderoso de todos los confines del mundo, Gordion acabó llegando con su ejército a las puertas del rey Balsar. Es posible que os preguntéis si el rey Gordion nunca trató de saber sobre la salud de la princesa. En respuesta os diré que no. Pero no porque no hubiese sido ese su deseo, sino porque Targ, el mago, conociendo como conocía a su señor, le hizo beber a él una poción cuyo efecto era el de borrarla de su memoria. Targ sabía que su rey era tan estúpido e impetuoso que habría acudido en busca de la princesa para comprobar con sus propios ojos que el hechizo había funcionado. Así que cuando llegó a las puertas del reino de Balsar, Gordion no recordaba ni a Balsar ni a la princesa.

“Balsar, que siempre había sido un rey pacífico, reunió como pudo un pequeño ejército de hombres mal pertrechados, con más amor hacia su rey que coraje, con más intenciones que medios, y avanzó en busca del ejército invasor. Tres días más tarde solo regresaron un viejo caballo y un muchacho que iba tendido en su lomo a punto de perder el sentido. Sin apenas fuerzas para hacerlo, el muchacho contó lo que había sucedido. Habló de la crueldad de Gordion, de cómo se había cebado con Balsar en vida y cómo lo había profanado en muerte. La princesa, al oír todo aquello, no pudo por menos que echarse a llorar y sentir cómo su corazón se partía en mil pedazos de dolor. Tanta fue su pena que pasó cien días y cien noches llorando, escondida en una cueva mientras el ejército de Gordion arrasaba con todo.

“Rass, que no soportaba ver el padecimiento en la persona de su amada, trepó hasta la roca más alta del reino y allí se sentó, con la mirada fija en el horizonte, hasta que urdió un plan que, si bien no devolvería la vida al difunto rey Balsar, sí procuraría la paz del resto de reinos y, por extensión, alivio para el corazón de su amada. Rass regresó y explicó a la princesa lo que había tramado. Ella, escuchando atenta, con una mano posada ligera en su mejilla, dijo:

“—Eso es muy arriesgado para ti. Ya he perdido a aquel que me dio la vida en una primera ocasión. No quiero perder también al que me la hizo recuperar.

“—No te preocupes, mi señora, no correré riesgo. Confío en ti.

“—No. No soy tu señora. Yo soy princesa. Y para ti soy tu amada.

“Sin pérdida de tiempo, ensillaron dos caballos y cabalgaron hacia el reino del rey Gordion. El objetivo era evidente: dar muerte al rey. El plan, algo más complejo. El rey Gordion siempre estaba en su castillo, rodeado de soldados veteranos capaces de cortar las alas de una mosca con un solo gesto. De modo que lo que había que hacer era sacar al rey de su castillo. ¿Y cómo se puede sacar de su castillo a una rata gorda y siempre hambrienta que se alimenta con el padecimiento ajeno? Solo hay una manera: con la promesa de sangre.

Así que Rass llegó al reino adelantándose por días a la princesa, sublevó las aldeas, amotinó a los campesinos, prometió la ruina total del reino y se dejó apresar. Como no era menos de esperar, fue condenado a muerte, pero no una muerte rápida y clemente, sino lenta y dolorosa como gustaba al rey Gordion, que no pudo escapar al impulso de su oscuro apetito y ocupó un lugar privilegiado en la plaza del pueblo, donde todos, todos, se habían reunido —los ojos de Torzuán de Villatierna, si es que ese es su nombre, empiezan a moverse inquietos, nerviosos, buscando algo, alguien, que no acaban de encontrar—. Pero Rass, en ningún momento temió por su vida, porque sabía de la inminente llegada de la princesa y conocía el final de la historia.

El alcalde no es el último en reaccionar, pero tampoco es el primero. El primero es un niño al que Elisendra conoce muy bien, pues está harta de que le tire de las trenzas y eche a correr entre risas.

—¡Tú eres Rass! —no hay malicia en sus ojos, abiertos como sandías, ni oscura intención en el dedo que señala, pequeño y redondo. No hay malicia, no hay oscura intención, solo es la emoción de un niño al que han explicado un cuento y reconoce al personaje principal —¡Él es Rass! —por si hay algún despistado.

El segundo en reaccionar es uno de los soldados que conforman la guardia personal del rey. Desenfunda la espada, haciendo que el frío acero resplandezca ante la influencia del sofocante sol y se queda quieto, estólido, sin saber qué más hacer, pues no ha recibido orden alguna y ahora se siente un tanto cohibido por su vehemencia.

Y ahora sí, ahora el que reacciona es el alcalde, en el mismo instante en que su cerebro acaba de procesar todo lo que ha entrado por sus oídos.

—Tú… —retrocede un paso— Tú… —retrocede otro— ¡Soldados, dadle muerte!

Se oye el siseo de una veintena de espadas al ser desenfundadas, el retumbar de una veintena de armaduras colocándose en posición. Y Rass, incluso, puede oír el loco batir de su corazón que, si bien no duda de la diligencia de su amada, tiene ciertas reservas en cuanto a las intenciones del destino.

Y el rey, que no se llama Gordion, sino Noidrog, no empieza a reaccionar, no empieza a comprender, hasta que el jinete entra en escena. Y para entonces, ya es tarde.

El jinete no es alto, alto es el caballo, que relincha, se alza sobre sus cuartos traseros cuando las bridas lo detienen en seco. El jinete viste una armadura que obliga a muchos de los presentes a entrecerrar los ojos por su brillo. La armadura muestra ciertas características que hacen saber que quien la porta no es un hombre, sino una mujer. Con una mano, la que no sujeta las riendas, el jinete se deshace del yelmo, que suena característico en su chocar contra el suelo de piedra y traza un medio círculo antes de detenerse. Al desprenderse del yelmo, una mata de pelo negro, negro como la noche en la que anidan las más terribles pesadillas, y largo, largo como los dedos del destino que urde la trama de todos los hombres, y suave, suave como un dosel de seda azotado por el viento, al desprenderse del yelmo una mata de pelo negro y largo y suave, aletea libre en la dirección de la débil brisa. La mano del jinete aferra la tela que cubre sus ojos y con un movimiento único, deliberado, desata su mirada.

Quien es lo suficientemente necio como para cruzar sus ojos con los del jinete, pierde su alma al instante. Quien no, la pierde poco a poco. Los soldados notan que sus armaduras pierden movilidad hasta el punto de quedar prisioneros en ellas, congelados en el acto de agredir a Rass. Sus espadas se oxidan, van perdiendo la consistencia sólida hasta convertirse en un fino polvo que los gritos de pavor arrastran cual viento. Los metales se oxidan, las maderas se astillan, las ropas se deshacen. Las almas, se condenan.

Apenas transcurre un minuto antes de que la plaza quede silenciosa, vacía. Cualquier rastro de vida que en ella hubiese podido haber pertenece a un pasado por el que ya no vale la pena perder el tiempo.

—Os lo dije, al acabar el cuento no seréis los mismos —murmura Rass—. Yo nunca miento.

El jinete se acerca a Rass. El jinete tiene buen cuidado de permanecer con los ojos cerrados. Rass tiene el buen juicio de no intentar mirárselos.

—Creí que no llegarías a tiempo.

—Y yo creí que no sabrías aguantar.

—¿Y ahora?

—Ahora al castillo. A por el mago.

Llegar hasta el mago es más sencillo, pues la lealtad y los deberes del ejército son solo para con el rey. El mago, cuyo verdadero nombre es Falag, no se vuelve cuando se abre la puerta de sus aposentos en lo más hondo de la tierra.

—Así que has conseguido llegar hasta aquí, princesa —sin mirar, no lo necesita, hay cosas que los magos no necesitan conocer para saber— ¿Y qué pretendes hacer?¿Matarme?

—Todavía no, mago. Quiero que me liberes de esta maldición.

Falag ríe. Es una risa desagradable que suena a un saco lleno de guijarros.

—No puedo, princesa. Nadie puede. A mi magia no la afectan los contrahechizos.

El rostro de la princesa se endurece, es una flor que se convierte en piedra.

—Entonces será tu propia maldad la que acabe contigo.

—¿Estás segura? —las manos de Falag, con disimulo, inician los gestos que son el comienzo de un hechizo— ¿Crees que podrás?

Hay una cosa que no se ha dicho de Rass. Rass es rápido, rápido como el aliento. Esto lo acaba de descubrir Falag, que ya tiene a Rass a su lado retorciéndole el brazo derecho.

—Deja esas manos quietas —le dice.

Por cierto, Rass también es muy bueno con los cuchillos.

—Eeeestá bien —balbucea el mago sin poder dejar de mirar el cuchillo que amenaza su cuello. El cuchillo está tan cerca, que más cerca sería dentro.

La princesa avanza los pasos que la separan del mago. Con manos suaves le sujeta la cara por el mentón, estas manos no saben ser bruscas. Le obligan, con cierto esfuerzo, a volverse hasta quedar frente a frente. Cuando la princesa abre los ojos el mago cierra los suyos. La princesa se contraría, pero no se enfurece.

—Nnnno puedes obligarme a que mire.

—Puedo.

Sus manos no saben ser bruscas, pero hoy harán una excepción. La uña del índice se clava en el punto más doloroso de la cara del mago. El dolor le hace abrir los ojos, y el resto es tan solo el fruto de la maldad propia de un mago.

El cuerpo del mago cae sin vida, vacío. Sin alma.

—Ves como sí que puedo.

El anciano sonríe. Le gusta esa cara que queda en los niños cuando cuenta sus cuentos. Toma su cantimplora, tiene el gaznate seco de tanto hablar. Echa un trago. Un trago largo. Los más ilusos creerán que en la cantimplora hay agua. Los más veteranos conocen la verdad.

Tras la breve pausa prosigue:

—Cuentan las lenguas, algunas de ellas buenas y otras malas, que la vida de Rass y la princesa, cuyo nombre era Saranda, fue larga y complaciente. Dicen que Rass declinó su derecho a ser rey y que la princesa, como lo único que quería era estar por siempre al lado de su amado, jamás se sentó en el trono, convirtiéndose de este modo aquel reino en el primer reino en el que el poder recayó directamente sobre el pueblo. Dicen que tuvieron dos hijos, un chico y una chica, que fueron envidiados por su belleza y queridos por su generosidad y los cuales alcanzaron grandes logros que incrementaron la prosperidad del reino. Dicen que el amor de Rass y Saranda fue tal que nunca dejaron de amarse y que, cuando ya el tiempo había cuarteado sus pieles y secado sus ánimos, en el lecho de muerte de Saranda, Rass se inclinó sobre su amada, le besó en la frente, liberó sus ojos de la prisión de la venda.

“—¿Qué haces? —preguntó ella con voz cansada.

“—Mirarte. Y hacer que me mires. Quiero que mi rostro sea lo último que vean tus ojos, para que lo puedas reconocer. Y quiero que tus ojos queden grabados en mi memoria para que no pueda olvidarlos. Porque allá donde sea que vamos te buscaré. Que lo sepas, te buscaré. Me niego a vagar toda la eternidad si tú no estás a mi lado.

“Y con una sonrisa y el valor que proporciona el más limpio de los amores, Rass se asomó a los ojos de Saranda y no sintió miedo cuando al abismo de su mirada se enfrentó.

F.K. Esda. España.

Fragmento de la novela La princesa del abismo en la mirada, por F.K. Essaza y Andrea Nunes.

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(Tenéis hasta el 31 de octubre para participar. Podéis escribirnos a: parentesissite@gmail.com)

Prisiones cotidianas, por Mónica Olivares

Prisiones cotidianas

Siempre culpable,
en estas madrugadas solo hay

sueños sin cumplir,

calles vacías,

luces apagadas,

                                 las llaves que olvidé en manos ajenas,

camas solitarias bajo la penumbra,

almohadas impenetrables,

                                 mis dedos sin uñas,

el reloj con manecillas de fuego,

                                 mi rostro lleno de cicatrices,
sábanas que incendian el vacío,
ronquidos que apagan el silencio
en esta prisión

     donde las únicas cadenas

     son mis brazos.

Mónica Olivares. México.

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INMORTALES 

inmortales

“La soledad no puede ser vencida, solo se olvida al compartirse con otro ser humano”, pensaba el joven que miraba desde su ventana a los hombres que iban y venían entre la polvareda,.afligidos por la nula presencia femenina en el pueblo; todas se habían marchado a un convento distante, sometidas por la desesperación que la misma soledad les causaba.

Este mal era responsable a su vez de la desolación y la miseria que sufría aquella localidad. Innumerables fueron los suicidas que no fueron capaces de soportar el peso de una vida desasosegada. Esta aniquilación nacida por la invencible epidemia, indujo a los varones a mandar a sus esposas e hijas a encontrar una solución entre las paredes de la iglesia, alejada por varios kilómetros de distancia.

Ellos creyeron que la palabra sagrada podría otorgarles la salvación, sin embargo eso no llegó a suceder. Las presuntas mensajeras de la divinidad jamás volvieron. Tras su reclusión, fueron convencidas de ser las únicas almas destinadas a salvarse. Las primeras aseveraciones de Alestra, madre superiora y lideresa de su congregación, fueron contundentes:

—Los hombres son pecadores innatos. Ustedes portan el don de la creación. Ellos llevan la destrucción a su morada, a su corazón. Ese vacío que toda persona siente cuando su existencia se limita a lo terrenal, únicamente es llenado al permitir que la esperanza en nuestro Señor se convierta en pensamiento y devoción constante.

Las creyentes descubrieron al poco tiempo que solo podían ser constantes en su misión, al estar en contacto con la imagen del mesías crucificado. Un paso hacia el exterior rompería con su fervor hacia él. Estaban atrapadas por la fe y el miedo al desamparo; liberadas de su escarnio interno, pero inútiles para aliviar la aflicción de los hombres. Limitándose a implorar día y noche a la omnipotencia por el auxilio de los abandonados.

Esta decadencia jamás escuchada por dichos ruegos, era ineludible para el muchacho que antes reflexionaba al observarla con detenimiento desde su barraca. No existía cambio en el presente pasado y en el sucesivo. La carga de la monotonía, el calor lacerante y la penuria económica, convertía el sueño en la última escapatoria temporal. Una muerte efímera.

Kamil no era invulnerable al tormento; araba la tierra cada mañana, careciendo del brío que la faena exigía; vendía algunas mazorcas para subsistir sin reparar en la podredumbre de su cosecha; hablaba con sus amistades a fin de hacer tolerables los atardeceres; pero cada intento era en vano. Incluso pensaba alternativas para no padecer la misma fatalidad que su hermano mayor, mas nunca encontraba alguna opción viable.

Aún después de dos años de aquel suceso, la pesadilla donde se mostraba a Malone colgando del árbol del traspatio, le provocaba aversión al acto de dormir. Aguantaba varios días sin permitirse el descanso, llegando así a las lindes de su resistencia. El dolor en todas sus facetas convivía con él en todo momento. Solo el eludido letargo le concedía un respiro contaminado con una memoria traumática.

Su cansancio era notable en su rostro amarillento: las ojeras, el sudor abundante y la piel pegada a sus costillas eran señales inequívocas de que la muerte lo rondaba. Se dio cuenta de este hecho al anochecer, cuando el aire dejó de entrar a sus pulmones sin razón. Después de un agónico esfuerzo, volvió a respirar. No obstante, el sobresalto no lo dejó tranquilo. Pasaron las horas y el pánico se acrecentó.

Exasperado, comenzó a romper sus pertenencias. Aquellos recuerdos invocados por los objetos que despedazaba, engendraron el odio hacia su madre y a su desconsiderado hermano; seres desalmados que lo llevaron a una guerra contra sus pesares que lo estaban sacando de quicio.

Luego del exterminio de sus posesiones y del desahogo de su impotencia, sintió una incómoda vulnerabilidad que cernía extrañeza en sus sensaciones. Sin explicación aparente, tuvo la necesidad impaciente de volcar dichas sensaciones en la escritura, al vislumbrar un cuadernillo arrumbado y roído. De inmediato encontró un trozo de carboncillo y con frenesí escribió algunas líneas con nulo significado, sin coherencia. Lejos de irritarse, la vorágine de su redacciónacallaba los aullidos del pavor. Sustituyéndolos lentamente con el susurro de la vehemencia.

“Necesito la presencia de alguien”, murmuró mientras terminaba de llenar una hoja con sus trazos deformes e ilegibles. Cerró sus párpados y en la oscuridad encontró una silueta; un esbozo de una atracción vetusta que no logró traspasar el umbral de la amistad, la cual mitigaría su ansia. Con exactitud describió los rasgos físicos, la vestimenta y la personalidad de la pretendida Azure. Sin embargo lo anterior no bastó para apaciguarse. Necesitaba darle más humanidad a su creación. De nuevo acudió a las penumbras para vislumbrar la sombra de un hogar: una casa modesta para la ignorante de la arrogancia.

Inmóvil permaneció Kamil luego de escribir los burdos detalles que conformaban el entorno de la muchacha. Una vez más clausuró su vista y la mujer plasmada en el papel apareció sonriéndole, estando dentro de una habitación azul con características más sublimes que las descritas por su mano. Estupefacto, se acercó con timidez y tocó su mano. La calidez de la chica lo convenció de no estar preso en un delirio. Era real.

—Gracias por crearme, Kamil —susurró en su oído al abrazarlo.

—La gratitud es mutua. Estuve a punto de morir, pero tu calor me ha devuelto el consuelo que perdí hace mucho —expresó reprimiendo un imprevisto sollozo.

— ¿Estás convencido de que no soy una alucinación? —inquirió Azure, sustrayendo la tosquedad de su pregunta.

—Sé que no eres un sueño, pero al abrir los ojos a mi realidad, lo serás.

—No lo hagas, quédate conmigo. Detesto la soledad tanto como tú.

El joven cumplió su petición. Sujetó su rostro para cometer un atrevimiento anhelado por él. Al hacerlo, descubrió una anomalía en Azure: sus labios se arrugaron como si fuera una hoja de papel. Kamil palideció. Ella se mostró turbada.

— ¿Me abandonarás por mi fragilidad?

Su oyente no respondió. Siguió acariciándole en silencio.

—Por siempre no puedo estar, aunque la brevedad que compartamos puede valorarse como una eternidad.

Aclarado lo anterior, salieron de la alcoba aferrándose el uno al otro. Al estar en la sala conversaron por largo tiempo. No obstante, Azure terminó enmudeciendo de pronto, lo cual consternó a su acompañante.

— ¿Te has cansado de hablar?

—Para nada —murmuró—, solo me he quedado callada porque no poseo una vida verdadera. Estoy restringida a los muros de mi casa. Tú eres mi mundo, pese a ello me siento incompleta. Necesito conocer gente y descubrir lugares inhóspitos.

La culpabilidad de ser un egoísta hizo que Kamil se despidiese, no sin antes prometer su regreso. Estaba determinado a construir una utopía para la plenitud de Azure.

El cantar de las aves coincidió con su retorno al desorden de su espacio. Ignorando el ruido que producía su estómago hambriento, emprendió la tarea propuesta antes de la caída del alba. Con sumo cuidado erigió una ciudad rodeada de un inmenso valle, aledaño a una playa. Detalló cada cualidad de los edificios y sus funciones. Asimismo de las personas que habitaban en él: nombres, rutinas, miedos, psiques, etc.

Cuando dio por concluida su obra se trasladó con Azure, empujado más por el júbilo que por agotamiento. A su llegada esperaba verla frente a él, mas no fue así. Buscó por cada rincón de la vivienda sin tener éxito. Salió a la calle y frente a sus ojos, una urbe esplendorosa se alzaba mostrando la perfección inexistente en su realidad; una mezcla de naturaleza y civilización, con gentes distintas, felices, alejadas del pesimismo y la pena. No existía la riqueza, tampoco la pobreza. Aceptaban lo que tenían, sin lamentarse por sus pocas carencias y su desigualdad no los llevaba a la envidia y la calumnia. Era el paraíso de la humanidad.

Los habitantes quedaban estupefactos al darse cuenta de la aparición de Kamil en esas tierras. Algunos, sin motivo aparente, le ofrecían toda clase de obsequios: desde comida austera hasta antigüedades de oro ornamentadas con diamantes. Él aceptaba sin objetar. Devoró cada manjar y recibió una cantidad exagerada de excentricidades. Cuando tuvo la oportunidad, cuestionó a sus anfitriones sobre el paradero de Azure. Uno de los presentes sabía su localización y además le hizo el favor de llevarlo en su carreta. De ese modo podía transportarse con rapidez cargando con sus presentes. Kamil intentó dialogar con el hospitalario cochero, pero este era inescrutable al escudarse con una exagerada cortesía que rayaba en servidumbre.

Al cruzar diversas calles pavimentadas con espejos, arribaron a la entrada de un laberinto que también desempeñaba la función de una obra de arte: los muros exhibían un paisaje gigantesco. Mientras el conductor del transporte esperaba afuera, Kamil se adentró. Le resultaba imposible no admirar la belleza de aquellas pinceladas, empero la duda del comportamiento de los ciudadanos avivó su conmoción. No parecía normal…

Transcurrieron horas, según la deducción del recién llegado, cuando por fin dio con Azure, quien reposaba con sombrilla en mano para protegerse del sol. Cuando ella lo vislumbró se puso de pie y corrió para abrazarlo.

—Te eché de menos —dijo agitada.

—Igual yo… Pasaron apenas unas horas desde nuestro primer encuentro, pero advierto que pasaron siglos.

—No estás equivocado en eso. Nuestros ayeres son diferentes, Kamil. Aquí el tiempo va deprisa. En el lapso que duró tu empresa yo obtuve una vida real: conocí y discerní entre los seres que fuiste moldeando, sentí emociones y también tristezas. Hallé sapiencia entre los muros que edificaste. Por ello, pinté este laberinto para así agradecerte por lo que has hecho por mí… por nosotros —reveló con visible entusiasmo.

—No debiste hacerlo. Es suficiente para mí el estar contigo.

Azure prefirió callar. Se manifestó incómoda con la declaración. Caminaron juntos hacia la salida, durante su charla sobre el mural que contenía una historia implícita: la creación misma de ese mundo. Kamil escuchaba con atención el relato de la pintora. De esta manera supo que nada surgió de golpe como él imaginaba. El nacimiento de esa tierra fue gradual, como su eventual florecer.

Al salir del laberinto, se toparon con el cochero que fumaba un cigarrillo. Estaba malhumorado, pero en cuanto la chica se acercó para saludarlo su semblante cambió. Kamil se dio cuenta de esto y lanzo una furibunda mirada al individuo corpulento.

— ¿Quién es él? —interrogó celoso.

—Deberías saberlo. Tú lo creaste.

—Así es, sin embargo lo escrito por mí se salió de control —reconoció encolerizado, tamborileando sus dedos en su pierna derecha.

—Abstente, poca cosa ganas con la ira. ¿Llamas descontrol al libre albedrío de la vida? —miró divertida a Kamil, como un adulto que observa a un niño.

—Hablas como si lo supieras todo —criticó y cruzó los brazos—, aquí no existe el tiempo. No he visto ningún reloj. ¿Con qué derecho me formulas esa pregunta? ¡¿No te sentirías molesta si fueras yo?!

—Con sinceridad te diré que no. El tiempo no se mide en segundos, se mide con base a las experiencias. Nos hiciste perfectos según tus propios conceptos, pero eso no significa que estemos restringidos a las emociones contrarias a lo que tú supones cabal —Azure detuvo su voz y se asomó por la ventanilla para reconocer el sitio por donde avanzaban—. Biagio es un amigo y tú una divinidad en este lugar. ¿No te sentirías inferior si te pusieras en sus zapatos?

—Sí… —musitó— ¿Podrías contarme cómo saben que yo soy la causa de su origen?

—Por supuesto. La respuesta es simple: yo se lo conté por medio de mis trazos. Justo a la mitad de mi obra te retraté, por eso los primeros hombres en usar el raciocinio creyeron que tú eras un dios, al notar cómo de tu mano se cimentaba este universo. Te adoran y temen tu poder. Nos creaste y eres también el único que puede arruinarnos —explicó seria con tétrica expresión.

— ¿Cómo es posible que seas la única en saber la verdad? —inquirió de nuevo. Kamil empezaba a sentir nervios por tales revelaciones.

—Existe una gran distinción entre nosotros: ellos son invenciones y yo soy un recuerdo tuyo, originado en una persona fallecida en tu dimensión —en ese momento, Azure agarró una daga de marfil que estaba entre los tesoros guardados en un recoveco de la carreta y la observó con detenimiento—. Estando en este punto, deseo aclararte algo… Yo te amo por darme una segunda vida, más hermosa que la anterior y resguardada de la soledad que mató a muchos en Viareggia, pero te odio por este tormento —empuñó el arma entre sus manos, clavándosela en el abdomen para después abrirse en canal. Gritó por el dolor y luego arrojó el objeto albo—. Nos condenaste a la inmortalidad.

La sangre derramada se desvaneció y la herida fue cerrada a la prontitud. Kamil tapó su boca para evitar un grito de pánico. Luego de serenarse la plática se reanudó.

—No entiendo por qué tomas como castigo ese don. Viven en un paraíso, no tienen razón para lamentarse.

—Eso nunca lo entenderás. Eres imperfecto, inmaduro; en cambio yo soy el otro lado que escapa a tu pobre percepción de la totalidad —aseguró con cruel tono—. Es imposible estar a tu lado de la manera en que tú lo deseas. Entretanto, estoy dispuesta a llevar a cabo un trueque contigo: seré tu compañía por una noche, a cambio de una creación tuya… un hombre adecuado para mí.

Kamil dudaba en aceptar semejante acuerdo, mas sus ansias de explorar por primera vez el cuerpo de una mujer lo convencieron de acceder al trato.

En cuanto llegaron a los aposentos de Azure, el adolescente no tardó en desvestirla y tocarla con brusquedad. Ella lloraba por la lujuria que la sodomizaba. Cada beso resultaba doloroso, cada profanación era un suplicio; el amor en Kamil era un fuego abrasador que estuvo a punto de asesinar a la poseedora de una pureza incompatible, con la corrupción de un ser decadente. La pena se volvió tangible en el muchacho precoz. Sin decir perdón por su bestialidad, partió para efectuar su parte del convenio.

El frío y la incipiente hambruna le dieron la bienvenida. Salió a donde estaba su cultivo para llevarse algo a la boca. La sorpresa en él fue grande, pues su tierra estaba baldía. Echó un vistazo a su alrededor y se dio cuenta de que las cabañas vecinas estaban descuidadas. Llamó a los aldeanos, pero nadie contestó: Viareggia estaba totalmente deshabitada. La congoja lo orilló a tragarse puñados de tierra. Aun con eso su organismo exigía alimento y no poseía los medios para obtenerlo. Resolvió cometer una barbarie para nutrirse: amputó su brazo izquierdo y sus piernas para después asarlas. Con la ayuda del barril de sal que guardaba en la cocina de su choza, pudo impedir su desangramiento al untarla en los muñones.

Posteriormente se concentró en lo que debía hacer. “La persona ideal para Azure debe poseer la esencia opuesta a la mía”. Con este pensamiento redactó los pormenores de aquel hombre llamado Erzo: un adulto con la fisonomía bien formada, alto, con bronce en su piel, ojos negros y sonrisa gallarda; dueño de sentimientos templados, carácter extrovertido, sabio y atento a los detalles.

Al culminar, de inmediato acudió a la utopía para atestiguar el resultado de su imaginación. Cuando Kamil llegó a la estancia de Azure, fue el imprevisto espectador de una escena indecorosa… Su reciente invención gozaba de quien fuese un sueño permanente. Ella se notaba feliz, plena, rebosante de satisfacción. Comprendió que nada podía hacer para obtener el afecto de su deseo imposible.

Por algunos instantes concibió la idea de aniquilarlos a todos, vengarse por la blasfemia sufrida. No obstante, lo reconsideró; ese mundo era mejor que el suyo. La soledad nunca lo abandonó, pero podía encontrar consuelo al brindarle a su amada una realidad que fuera ideal para su inmortalidad. Y así lo hizo. Durante un mes entero describió el universo infinito usando todo el papel que encontró en los restos de Viareggia, además de las paredes de las casas y hasta en su propia persona con el filo de una navaja. Sólo de esta forma logró ser capaz de quitarle el concepto condenatorio a la tierra sin cementerios.

Kamil marchó para nunca regresar a su cabaña. Tenía ese propósito y era el único destino que le quedaba. Persistió en aquel Edén hasta que su vida terrena mermó. Durante todo ese tiempo, fue voyeur del bienestar de Azure. Sus creaciones por su parte, hicieron lo posible por aliviar su soledad, mas nunca lo consiguieron; vivió en melancolía, reprochándose por la imposibilidad de ser perfecto. El creador envidió a sus creaciones y estas le glorificaron.

Azure quiso mostrarse indiferente al escuchar sobre el deceso de su ferviente amante. Pasaron eones hasta que pudo compadecerse de la memoria de Kamil. En vista de ser un recuerdo y no una invención como los demás, recreó lo hecho por aquel muchacho. De esta manera, podía tener una segunda vida como ella… con alguien realmente merecedor de sus sentimientos. Fue así que describió la vida de Kamil, tal cual como lo conoció en su niñez. Sin excepción alguna, introdujo en sus líneas las mismas características de su existencia, suprimiendo la soledad que enfermó a los aldeanos.

Cuando la pluma se desprendió del papel, Azure cerró los ojos suponiendo que de esa manera viajaría hacia la nueva Viareggia. Al estar a las afueras de su casa observó al escuálido chico, junto con la persona que había creado especialmente para él. Justo cuando estaba por irse, una voz la llamó. Era Kamil junto con su mujer ideal.

— ¿Te das cuenta de lo que has hecho? —interrogó el chico.

La aludida tartamudeó. Tenía la mente en blanco.

—Solo quise pagar la deuda de mi gente. Sé feliz.

—Azure… dejarás de existir. Aquí somos mortales. Me has obsequiado la misma realidad en la que yo te creé, pero con una diferencia: creaste a Elza… y por ese motivo no podré crearte, porque no te necesito. Construiste la misma realidad que antes compartimos, a diferencia mía que inventé ilusiones.

La muchacha palideció. Cegó sus luceros para regresar con los suyos…Todo se desvaneció.

Isobel Ulquiorra. México.

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A veces te pienso, por Fernando Bermúdez.

A veces te pienso

A veces te pienso, te miro en suspiros, camino en el tiempo, te vuelvo a mirar cuando nadie me mira. A veces te quiero & muchas otras te olvido, no te compenso con nada, eres alba que muere entre días, eres mi piel que se enfría, te mantengo como llama en mi ser, te me haces lejana cuando te pierdo la pista, te me haces kilómetros en un camino lleno de atajos. A veces eres fantasma que me persigue en mis noches de insomnio, te quisiera para mí & para hacerte eterna, pero en días como hoy, con tanto que extrañar & poco que perder, suelo acariciar tu recuerdo diciendo te quiero.

Tal vez me encuentro vacío o solo esté lleno de nada, estoy temblando de frío, me estoy quedando sin recuerdos. Desde que te marchaste este corazón ya no es habitable, estoy tratando de olvidar tu nombre, tu color de piel, el lunar 27 que tienes en la espalda, esas piernas que contaba a besos. Ya he ordenado borrar tus huellas del mapa, y por cualquier situación que pueda ocurrir me he pegado un tiro, por si no muero en el transcurso de mi vida.

            Puede ser poco realista extrañarte tanto, pero lo hago; te extraño como extraño a la luna en tiempo de sequía. Eres un silencio que atrapa miradas & recuerdos, podría tenerte en mis dudas, en mi piel, como perfume de ternura ahí en la intemperie, escondida de mi tacto, huyendo de una historia entre mis días, efusiva con tropiezos, aunque a veces debería dejar que te marcharas para respirarte al compás de mis destierros, de mi calma & mis sombras.

            Siento un calor que recorre mi cuerpo hirviente, vulcano con ganas de erosionar entre espacio & tiempo; tengo ganas de que llegue la noche & volarme a tu morada, abatirte los sueños & quedarme contigo. Tengo ganas de ser inmune a la distancia & tomarte a cada legua, tengo muchas ganas de quedarme perpetuo entre tu piel, ahí tatuado como los recuerdos que se marchan hasta el último aliento; tengo ganas  de no pensarte ahora pero no puedo, ya eres una fiel mensajera de mi pluma, ya eres tertulia, eres musa, eres una luna llena que abate mis labios en tiempo de abstinencia, ya eres un pensamiento intenso que canta & llora al mismo tiempo.

            Aunque a veces te pienso, muchas otras te siento como se siente el frío & el calor del clima, el de tu cuerpo; ahora te dejo ardiente entre mi pluma para sentirte al despertar. Cada vez que te recuerdo, se me pinta una sonrisa, pero cuando te me haces kilómetros hay una silueta de tristeza que me abate & dejo de sonreír.

La distancia es de mares & de playas, las leguas no van conmigo, son demasiado largas; bellas, pero largas. Solo dejaré mis ojos en cierre, dejaré que la mañana sea mi próximo verano, dejaré que te mermes en mi mente, así como la muerte nos merma con el tiempo. Igual te llevo conmigo en mi último camino.

“El amor es ciego, a veces sordo, es verbal, de tacto & el resto de su vida emocional”.

Fernando Bermúdez. México.

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El último dragón, por Jordi Villalobos

El último dragón

linderiun

Frienia, año 1600 de la primera era (anotaciones del Mago Blanco)

La lluvia caía con violencia, los rayos iluminaban intermitentemente el umbrío mediodía que casi asemejaba noche por culpa de los espesos nubarrones que cubrían todo de oscuridad hasta donde alcanzaba la vista. Los truenos que seguían a los rayos se confundían con los rugidos del dragón blanco que luchaba a muerte en lo alto de una loma contra un fornido guerrero gigante, cuyos gritos de furia también competían para confundirse con los numerosos estampidos de la tormenta.

Los movimientos del gigante eran tan ágiles como precisos y sus reflejos tan rápidos que sorprendía verlos en un ser de ese tamaño y corpulencia. El gigante parecía bastante fuerte, con un cuerpo muy musculoso, aunque también daba la impresión de no ser demasiado inteligente. Sin embargo, por su anticipación a las acciones del gran reptil, daba la sensación de haber nacido para luchar contra los dragones con fundadas garantías de éxito.

La bestia también se movía con rapidez, pero no estaba acostumbrada a medir sus fuerzas con alguien que le plantara tanta cara, y además con éxito. Aun así, se defendía y atacaba con la ferocidad característica de su especie.

A priori, habría parecido que el dragón vencería al gigante sin problemas. No obstante, el guerrero era un experto y hábil matadragones, quizás el mejor de toda Frienia, y sabía cómo esquivar los embates del reptil e irle causando heridas que, poco a poco, iban debilitándolo y mermando sus fuerzas.

La enorme fiera ya había lanzado una de sus mortales bocanadas de fuego, que el gigante evitó con mucha habilidad, y pasarían algunos minutos más hasta que recuperara su ígneo aliento, la más mortal de sus armas.

Pero a punto estuvo de alcanzar a su contrincante con un rápido latigazo de su cola, lo que sin duda habría sido fatal para el guerrero pero, en la última centésima de segundo, pudo eludir  la embestida.

Precisamente, gracias a la posición en la que quedaron los combatientes, después de la veloz maniobra del gigante, este pudo asestarle al dragón el golpe definitivo con su afilada hacha. Celebrándolo con un grito terrorífico de rabia contenida y triunfo, que precedió a un estruendoso trueno que  se confundió con la continuación del bramido del guerrero. Después de tres certeros hachazos arrancó el enorme corazón del pecho de la exánime criatura.

Garrak, al igual que cada vez que conseguía matar un dragón, se sintió como el ser más poderoso  de todas las tierras conocidas y alzó el aún caliente corazón del monstruo por encima de su cabeza mientras daba otro ensordecedor alarido triunfal.

El siguiente rayo, que zigzagueó en la penumbra, recortó entre las sombras la silueta de una figura encapuchada que heló la sangre del gigante cuando la vio de repente; y con respeto, e incluso podría decirse que hasta cierto temor, le dijo sumiso:

—¡Amo! No le esperaba aquí, ahora iba a entregarle el último corazón.

—Sí, mi buen Garrak, el último corazón que nos faltaba. Me has servido muy bien y yo siempre recompenso a los que me ayudan —dijo el encapuchado, con apenas media sonrisa—. Lástima que, aparte de los discípulos, solo tú y yo sepamos lo que hemos estado haciendo y que no pueda haber nadie más que lo sepa ni arriesgarme a que se lo cuentes a alguien —añadió con forzada delicadeza la sombría figura.

—¿Qué quiere decir con eso, amo? Garrak no dirá nunca nada, Garrak quiere y respeta al amo y nunca lo traicionaría —respondió el gigante, con turbación.

—Lo sé, lo sé, mi querido Garrak, pero hay enemigos poderosos que me acechan y muchos de ellos serían capaces de hacerte hablar sin que te dieras cuenta, lo sabes, ¿verdad? —inquirió el encapuchado, con fingida amabilidad.

—Garrak no entiende nada de eso, amo. Garrak nunca dirá nada. Garrak siempre estará callado sobre el amo. ¿Amo quiere convertir en piedra el corazón? —ofreció el gigante, con una sonrisa casi bobalicona.

—Claro que sí, mi fiel Garrak, vamos a transformar la piedra. ¡Es la última que nos faltaba! Y todas las hemos conseguido gracias a ti —alabó el amo, con una sonrisa tranquilizadora.

Con una enorme sonrisa, el coloso encerró el corazón del dragón entre sus enormes manazas y esperó sumiso la intervención de su amo.

El encapuchado empezó a recitar una serie de sortilegios en una lengua sumamente extraña, alzando sus brazos hacia el cielo y bajándolos con lentitud hasta apuntar con ellos al corazón custodiado por el gigante. A continuación, el amo salmodió varias veces, con mayor énfasis primero, y luego con total frenesí:

—LINDERIUN TESARIEN RACEM.

Mientras que unos rayos salieron de sus dedos y chocaron contra las enormes manos del guerrero. Poco a poco, los rayos aumentaron de intensidad y una luz cegadora surgió entre las palmas de Garrak durante tan solo un breve instante.

Con una amplia sonrisa, el gigante abrió sus manos y el aún sanguinolento corazón del dragón había desaparecido, aflorando en su lugar una luminosa piedra preciosa de color blanco, de tamaño similar al de un puño humano, que el guerrero ofreció a su amo con una sumisa sonrisa.

El siniestro mago tomó la piedra con suma delicadeza, como si temiera que fuera a romperse si la apretaba demasiado. Y muy lentamente, como si formara parte de un ritual, envolvió la gema en un paño con cuidado y la guardó en su bolsa.

Después, mirando a Garrak con pesar en el semblante, le dijo:

—Mi servicial Garrak, me has servido muy bien, quizás mejor que todos los que me habían atendido hasta ahora y me gustaría recompensarte, pero…

—Amo, Garrak solo quiere seguir sirviendo al amo. Garrak no necesita nada más —contestó el gigante, mirando expectante al amo.

—Lo sé, mi buen Garrak, lo sé. Eres fiel y servicial como nadie. Por eso me cuesta tanto hacer lo que estoy obligado a hacer. Te aseguro que querría tenerte siempre a mi lado y voy a echarte mucho de menos —declaró el mago, con pesadumbre.

Mazorik dudó durante unos instantes. Aunque le costara reconocerlo, la devoción que el gigante siempre le había mostrado hizo que llegara a sentir un atisbo de compasión, aunque no lo suficiente como para que le hiciera cambiar sus planes.

—¿Qué quiere decir, amo? ¿Va a echarme? No, por favor, Garrak siempre estará callado, siempre callado, Garrak quiere al amo, amo siempre bueno con Garrr…

El gigante no pudo ni terminar la frase. Con un gesto rápido, el mago lanzó un mortal rayo a la cabeza del guerrero, que le arrebató la vida en el acto. No sufrió, no le dolió, ni siquiera fue consciente en ningún momento de que fuera a morir. Cuando cayó pesadamente al suelo, ya hacía unos segundos que la vida había abandonado su cuerpo.

El lúgubre mago dejó escapar una lágrima de sus ojos, que se confundió con las numerosas gotas de lluvia que aún caían. Pensó que hacía muchos años que no derramaba una lágrima por nadie, de hecho, no recordaba haber llorado nunca y pensó que estaba haciéndose mayor. Pero Garrak había sido mucho más que su esclavo, había sido un devoto y fiel servidor que nunca le había protestado y que siempre había cumplido sus deseos con suma celeridad. Sin embargo, también sabía que Garrak no tenía demasiada inteligencia, era muy fuerte y un guerrero feroz, pero tarde o temprano se le habría podido escapar algo que, escuchado por según qué oídos, podría haber sido fatal para sus planes. Y eso no debía permitirlo, no podía haber tomado otra decisión sobre Garrak.

Alzó los brazos y, mientras pronunciaba unas frases en la misma extraña jerga, el gigante empezó a hundirse en el fango. El mago pensó que merecía un buen entierro y no ser devorado por las alimañas y criaturas que habitaban en aquel lugar.

El gigante no tardó en desaparecer, sepultado por el lodo, y cuando concluyó la insólita y fúnebre ceremonia, el mago ya estaba pensando en otra cosa: en que ya tenía, por fin, todas las piedras y en que ya podía empezar a poner en marcha la segunda fase de su plan. Comenzó a reír de una forma muy estridente, con unas carcajadas tan fuertes y tan terribles que ni los propios truenos podían acallarlas.

Jordi Villalobos. España.

Capítulo 12 de la novela titulada Linderiun tesarien racem: la invasión de los sombríos.

Pasadizos secretos de la mente, por Mónica Olivares

Pasadizos secretos de la mente

 

El dolor deambula en busca de asilo,

Despierta silencios,

Desgarra el llanto,

Mira y ataca.

El dolor habita en la imaginación de la víctima,

 Espera el momento.

Luego todo es real.

Mónica Olivares. México.

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Podríamos morir mañana, por Jonathan Haller

podríamos morir mañana

Podríamos morir mañana

Podríamos ser mujeres
y asir nuestras manos
en medio de una iglesia
repleta de creyentes.

Podríamos ser hombres
y besarnos sin pudor
a la vista de un colegio
henchido de infantes.

Podríamos ser juventud y vejez,
y confesarnos lujuria
en la plaza comercial
llena de calumniadores.

Podríamos ser maldad y fe
y caer en la concupiscencia,
ignorando la existencia absurda
de ateos optimistas.

Podríamos ser vida y muerte,
y apasionarnos
entre lágrimas y cementerios,
desoyendo a occisos y miserables.

Podríamos ser cualquier cosa;
no temas a lo que imponen
los idiotas, el ayer y las heridas.
Esto es amor…

Ámame ahora…
O podríamos morir mañana.

J. Haller. México.

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