Fábula: La Garza que quería ser flamenco, por Andrea Nunes

                                                  La Garza que quería ser flamenco

Existe un lugar en Arbelok, al sur del Gran Continente, donde se pueden contemplar grandes maravillas de la naturaleza. Se trata del lago de Haikuru, kilómetros y kilómetros de lago en un espléndido valle, rodeado de montañas tan altas que sus cumbres se mantienen cubiertas de nieve todo el año.
Las aguas de este lago atraen a toda clase de animales, pero los reyes del espectáculo son, sin duda, los flamencos. Miles de flamencos pasan el tiempo en las aguas poco profundas de la orilla, y a los ojos de cualquier espectador, tiñen el lago de rosa en un sinfín de tonalidades que al atardecer se vuelven soberbias.
Loa flamencos, plenamente conscientes del efecto que causan, se pasean con elegancia, disfrutando de atraer las miradas de todos, sabedores de la envidia de algunos. Suelen mirar a los demás con cierta indiferencia, pero nunca se mezclan con otras especies.
Sin embargo, hubo en una ocasión una Garza que quiso ser amiga de los flamencos. Era esta una Garza muy peculiar. Admiraba especialmente el plumaje rosado de sus vecinos, ansiaba ser como ellos, pasar el tiempo con ellos, ser parte de su comunidad y despertar la admiración de los demás. Como era de esperar, sus primeros intentos de acercamiento fueron un fracaso absoluto. Los flamencos no consideraban a una simple Garza digna de su atención, mucho menos de su amistad y confianza. Se limitaban a darle la espalda e ignorar su presencia.
Las otras garzas intentaron advertir a su compañera de que perdía el tiempo, y de que no merecía la pena mezclarse con aves tan arrogantes. Su amigo el elefante también le dijo que probablemente no era buena idea empeñarse tanto en ser amigo de quien le rechazaba tan abiertamente.
Pero la Garza era cabezota.

Una noche, mientras volvía a su nido para dormir, pasó junto a unas llamativas flores del mismo color rosado que el de los flamencos, y tuvo entonces una brillante idea.
Machacó las flores y elaboró un mejunje mezclándolas con salvia fresca hasta que consiguió una pasta rosácea y pegajosa. Con mucha paciencia, se la untó por todo el cuerpo, tiñendo de rosa sus plumas blancas, y a la mañana siguiente se presentó así en el lago, haciéndose pasar por flamenco con un éxito asombroso. Si bien le entristeció un poco comprobar que las otras garzas le daban la espalda, sin reconocerla, pronto se recobró al darse cuenta de cómo la miraban los demás, cautivados por su belleza. Cuando se acercó a los flamencos, pudo mezclarse entre ellos y participar en sus conversaciones, entusiasmada.
Pasó la Garza un día estupendo, riendo en compañía de los reyes del lago, dichosa y envidiada por los suyos. Al caer la noche, cercana la hora de regresar al nido, algo sucedió. Nada extraordinario, pues es algo que sucede con frecuencia en el lago Haikuru, pero los resultados suelen ser distintos la mayoría de las veces.

Se advirtió cierto movimiento en las aguas, cerca de los flamencos. Todos se pusieron alerta, sabían lo que probablemente se avecinaba. Y desde luego no se equivocaban.
―¡¡Cocodrilo!! ―gritó uno de ellos.
Se armó un gran revuelo, las aves querían salir del lago a toda prisa. Y todas lo consiguieron, salvo una. Pues había una Garza disfrazada de flamenco, cuyas alas estaban pringosas a causa de un tinte natural. A lo largo del día, debido al calor y a la humedad, la mezcla se había ido espesando, y cuando quiso alzar el vuelo, las plumas se le quedaron pegadas, tardó más de la cuenta en desplegar sus alas, y el cocodrilo fue más rápido que ella.  Por suerte, la Garza contaba aún con un buen amigo, que acudió en su auxilio.
Desde entonces, al contemplar la hermosa vista del lago Haikuru, además de los deslumbrantes flamencos, se puede apreciar una nueva atracción. Pues ahora también atrae las miradas una particular pareja formada por un elefante y una Garza coja, que pasean siempre por la orilla sin acercarse demasiado al agua. Cuando el calor es insoportable, el elefante alarga su trompa hacia el lago y la usa a modo de manguera, aliviando así también a su amiga y logrando la tierna sonrisa de los viajeros que pasan por ahí.

Andrea Nunes. España.

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