Reencuentro, por Deni Morzilli

Reencuentro

Me tengo que ir, razones hay millones, ninguna tan buena para molestarse. El tren llega en media hora, la nieve cae sobre el andén, cubriendo las hojas que el otoño despidió. Trato de convencerme: cuando tome el tren todo será mejor, este me llevará al destino indicado, que  no sé cual es pero será el correcto. Llevo en mi bolso muy poca ropa, mis vestidos preferidos, un par de libros, esos que leí diez veces y que leeré diez veces más; llevarme los libros nuevos no tiene sentido porque aún no sé si me gustan o no, estos sé que no me fallarán.
Ya no tengo esperanzas, pero sigo mirando cada tanto para saber si decide venir a buscarme o a despedirme, quién sabe. Escucho pasos y temo darme la vuelta, que este sea el fin que tanto temo. Cuando finalmente lo hago me encuentro con una señora mayor con un ridículo sombrero lleno de plumas verdes, que me mira algo enfadada. Hago un movimiento con la cabeza, lo que creo que es una señal universal de saludo; ella no responde, suspira y muy oronda camina hacia los bancos del andén. La nieve comienza a caer en pequeños copos que apenas siento, pero son un alivio para mi rostro afiebrado de tanto llorar.
Otros pasos se acercan, una familia por lo visto, dos niñas de no más de cinco años se adelantan y corren a mi alrededor; gritan felices por la nieve. Decido alejarme unos pasos del barullo y vuelvo a mirar el sendero, donde el lecho de hojas rojizas se está tornando blanco. Un hombre camina, lleva un piloto negro y un maletín; a lo lejos me parece que es él, observo expectante, busco un parecido en la forma de caminar aunque ya sé que no es, ya no vendrá. El hombre se acerca a mí y sonríe, me pregunta sobre el tren, a qué hora pasa. Lo observo con detenimiento, es bellísimo, con unos labios redondeados, la piel blanca, pero sus cejas desentonan, son muy gruesas y oscuras. Le respondo y me alejo, harta de esperar en el andén y algo asustada de que el hombre quiera continuar con la charla banal.
Camino ida y vuelta por el sendero, sin importarme la mirada ansiosa del hombre, la curiosidad con la que me miran las criaturas o el gesto de disgusto y superioridad de la anciana que lleva en la cabeza por adorno un loro. Desisto, me paro en seco y empiezo a llorar. Los copos de nieve son más grandes ahora, no me importa, tengo una especie de rabieta donde me tiro al suelo, siento las hojas mojadas bajo mis rodillas pero no me importa. Me tapo la cara, la oscuridad que crean mis manos apretadas contra mis ojos me tranquiliza. No quiero tomar el tren. No quiero ir. Estoy paralizada. Alguien se acerca, el hombre del andén probablemente, se arrodilla junto a mí y trata de separar mis manos de mis ojos; no quiero ver. Al final, después de mucho esfuerzo y palabras susurradas, lo logra, yo sigo sin abrir los ojos, no quiero ver el mundo que me rodea por un par de minutos, me he aprendido este camino de memoria. Me sorprende que unos labios cálidos me besen, las mejillas, los ojos y finalmente…. Abro los ojos alterada porque ese desconocido haya despertado cosas en mí que hace tiempo no sentía. Me asombra ver que no es el hombre del andén.
No me tengo que ir, volvemos a casa en silencio, sin decir nada, como dos extraños que comparten un gran secreto.

Deni Morzilli. Argentina.

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