El último dragón, por Jordi Villalobos

El último dragón

linderiun

Frienia, año 1600 de la primera era (anotaciones del Mago Blanco)

La lluvia caía con violencia, los rayos iluminaban intermitentemente el umbrío mediodía que casi asemejaba noche por culpa de los espesos nubarrones que cubrían todo de oscuridad hasta donde alcanzaba la vista. Los truenos que seguían a los rayos se confundían con los rugidos del dragón blanco que luchaba a muerte en lo alto de una loma contra un fornido guerrero gigante, cuyos gritos de furia también competían para confundirse con los numerosos estampidos de la tormenta.

Los movimientos del gigante eran tan ágiles como precisos y sus reflejos tan rápidos que sorprendía verlos en un ser de ese tamaño y corpulencia. El gigante parecía bastante fuerte, con un cuerpo muy musculoso, aunque también daba la impresión de no ser demasiado inteligente. Sin embargo, por su anticipación a las acciones del gran reptil, daba la sensación de haber nacido para luchar contra los dragones con fundadas garantías de éxito.

La bestia también se movía con rapidez, pero no estaba acostumbrada a medir sus fuerzas con alguien que le plantara tanta cara, y además con éxito. Aun así, se defendía y atacaba con la ferocidad característica de su especie.

A priori, habría parecido que el dragón vencería al gigante sin problemas. No obstante, el guerrero era un experto y hábil matadragones, quizás el mejor de toda Frienia, y sabía cómo esquivar los embates del reptil e irle causando heridas que, poco a poco, iban debilitándolo y mermando sus fuerzas.

La enorme fiera ya había lanzado una de sus mortales bocanadas de fuego, que el gigante evitó con mucha habilidad, y pasarían algunos minutos más hasta que recuperara su ígneo aliento, la más mortal de sus armas.

Pero a punto estuvo de alcanzar a su contrincante con un rápido latigazo de su cola, lo que sin duda habría sido fatal para el guerrero pero, en la última centésima de segundo, pudo eludir  la embestida.

Precisamente, gracias a la posición en la que quedaron los combatientes, después de la veloz maniobra del gigante, este pudo asestarle al dragón el golpe definitivo con su afilada hacha. Celebrándolo con un grito terrorífico de rabia contenida y triunfo, que precedió a un estruendoso trueno que  se confundió con la continuación del bramido del guerrero. Después de tres certeros hachazos arrancó el enorme corazón del pecho de la exánime criatura.

Garrak, al igual que cada vez que conseguía matar un dragón, se sintió como el ser más poderoso  de todas las tierras conocidas y alzó el aún caliente corazón del monstruo por encima de su cabeza mientras daba otro ensordecedor alarido triunfal.

El siguiente rayo, que zigzagueó en la penumbra, recortó entre las sombras la silueta de una figura encapuchada que heló la sangre del gigante cuando la vio de repente; y con respeto, e incluso podría decirse que hasta cierto temor, le dijo sumiso:

—¡Amo! No le esperaba aquí, ahora iba a entregarle el último corazón.

—Sí, mi buen Garrak, el último corazón que nos faltaba. Me has servido muy bien y yo siempre recompenso a los que me ayudan —dijo el encapuchado, con apenas media sonrisa—. Lástima que, aparte de los discípulos, solo tú y yo sepamos lo que hemos estado haciendo y que no pueda haber nadie más que lo sepa ni arriesgarme a que se lo cuentes a alguien —añadió con forzada delicadeza la sombría figura.

—¿Qué quiere decir con eso, amo? Garrak no dirá nunca nada, Garrak quiere y respeta al amo y nunca lo traicionaría —respondió el gigante, con turbación.

—Lo sé, lo sé, mi querido Garrak, pero hay enemigos poderosos que me acechan y muchos de ellos serían capaces de hacerte hablar sin que te dieras cuenta, lo sabes, ¿verdad? —inquirió el encapuchado, con fingida amabilidad.

—Garrak no entiende nada de eso, amo. Garrak nunca dirá nada. Garrak siempre estará callado sobre el amo. ¿Amo quiere convertir en piedra el corazón? —ofreció el gigante, con una sonrisa casi bobalicona.

—Claro que sí, mi fiel Garrak, vamos a transformar la piedra. ¡Es la última que nos faltaba! Y todas las hemos conseguido gracias a ti —alabó el amo, con una sonrisa tranquilizadora.

Con una enorme sonrisa, el coloso encerró el corazón del dragón entre sus enormes manazas y esperó sumiso la intervención de su amo.

El encapuchado empezó a recitar una serie de sortilegios en una lengua sumamente extraña, alzando sus brazos hacia el cielo y bajándolos con lentitud hasta apuntar con ellos al corazón custodiado por el gigante. A continuación, el amo salmodió varias veces, con mayor énfasis primero, y luego con total frenesí:

—LINDERIUN TESARIEN RACEM.

Mientras que unos rayos salieron de sus dedos y chocaron contra las enormes manos del guerrero. Poco a poco, los rayos aumentaron de intensidad y una luz cegadora surgió entre las palmas de Garrak durante tan solo un breve instante.

Con una amplia sonrisa, el gigante abrió sus manos y el aún sanguinolento corazón del dragón había desaparecido, aflorando en su lugar una luminosa piedra preciosa de color blanco, de tamaño similar al de un puño humano, que el guerrero ofreció a su amo con una sumisa sonrisa.

El siniestro mago tomó la piedra con suma delicadeza, como si temiera que fuera a romperse si la apretaba demasiado. Y muy lentamente, como si formara parte de un ritual, envolvió la gema en un paño con cuidado y la guardó en su bolsa.

Después, mirando a Garrak con pesar en el semblante, le dijo:

—Mi servicial Garrak, me has servido muy bien, quizás mejor que todos los que me habían atendido hasta ahora y me gustaría recompensarte, pero…

—Amo, Garrak solo quiere seguir sirviendo al amo. Garrak no necesita nada más —contestó el gigante, mirando expectante al amo.

—Lo sé, mi buen Garrak, lo sé. Eres fiel y servicial como nadie. Por eso me cuesta tanto hacer lo que estoy obligado a hacer. Te aseguro que querría tenerte siempre a mi lado y voy a echarte mucho de menos —declaró el mago, con pesadumbre.

Mazorik dudó durante unos instantes. Aunque le costara reconocerlo, la devoción que el gigante siempre le había mostrado hizo que llegara a sentir un atisbo de compasión, aunque no lo suficiente como para que le hiciera cambiar sus planes.

—¿Qué quiere decir, amo? ¿Va a echarme? No, por favor, Garrak siempre estará callado, siempre callado, Garrak quiere al amo, amo siempre bueno con Garrr…

El gigante no pudo ni terminar la frase. Con un gesto rápido, el mago lanzó un mortal rayo a la cabeza del guerrero, que le arrebató la vida en el acto. No sufrió, no le dolió, ni siquiera fue consciente en ningún momento de que fuera a morir. Cuando cayó pesadamente al suelo, ya hacía unos segundos que la vida había abandonado su cuerpo.

El lúgubre mago dejó escapar una lágrima de sus ojos, que se confundió con las numerosas gotas de lluvia que aún caían. Pensó que hacía muchos años que no derramaba una lágrima por nadie, de hecho, no recordaba haber llorado nunca y pensó que estaba haciéndose mayor. Pero Garrak había sido mucho más que su esclavo, había sido un devoto y fiel servidor que nunca le había protestado y que siempre había cumplido sus deseos con suma celeridad. Sin embargo, también sabía que Garrak no tenía demasiada inteligencia, era muy fuerte y un guerrero feroz, pero tarde o temprano se le habría podido escapar algo que, escuchado por según qué oídos, podría haber sido fatal para sus planes. Y eso no debía permitirlo, no podía haber tomado otra decisión sobre Garrak.

Alzó los brazos y, mientras pronunciaba unas frases en la misma extraña jerga, el gigante empezó a hundirse en el fango. El mago pensó que merecía un buen entierro y no ser devorado por las alimañas y criaturas que habitaban en aquel lugar.

El gigante no tardó en desaparecer, sepultado por el lodo, y cuando concluyó la insólita y fúnebre ceremonia, el mago ya estaba pensando en otra cosa: en que ya tenía, por fin, todas las piedras y en que ya podía empezar a poner en marcha la segunda fase de su plan. Comenzó a reír de una forma muy estridente, con unas carcajadas tan fuertes y tan terribles que ni los propios truenos podían acallarlas.

Jordi Villalobos. España.

Capítulo 12 de la novela titulada Linderiun tesarien racem: la invasión de los sombríos.

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