Inmortales, por Isobel Ulquiorra

INMORTALES 

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“La soledad no puede ser vencida, solo se olvida al compartirse con otro ser humano”, pensaba el joven que miraba desde su ventana a los hombres que iban y venían entre la polvareda,.afligidos por la nula presencia femenina en el pueblo; todas se habían marchado a un convento distante, sometidas por la desesperación que la misma soledad les causaba.

Este mal era responsable a su vez de la desolación y la miseria que sufría aquella localidad. Innumerables fueron los suicidas que no fueron capaces de soportar el peso de una vida desasosegada. Esta aniquilación nacida por la invencible epidemia, indujo a los varones a mandar a sus esposas e hijas a encontrar una solución entre las paredes de la iglesia, alejada por varios kilómetros de distancia.

Ellos creyeron que la palabra sagrada podría otorgarles la salvación, sin embargo eso no llegó a suceder. Las presuntas mensajeras de la divinidad jamás volvieron. Tras su reclusión, fueron convencidas de ser las únicas almas destinadas a salvarse. Las primeras aseveraciones de Alestra, madre superiora y lideresa de su congregación, fueron contundentes:

—Los hombres son pecadores innatos. Ustedes portan el don de la creación. Ellos llevan la destrucción a su morada, a su corazón. Ese vacío que toda persona siente cuando su existencia se limita a lo terrenal, únicamente es llenado al permitir que la esperanza en nuestro Señor se convierta en pensamiento y devoción constante.

Las creyentes descubrieron al poco tiempo que solo podían ser constantes en su misión, al estar en contacto con la imagen del mesías crucificado. Un paso hacia el exterior rompería con su fervor hacia él. Estaban atrapadas por la fe y el miedo al desamparo; liberadas de su escarnio interno, pero inútiles para aliviar la aflicción de los hombres. Limitándose a implorar día y noche a la omnipotencia por el auxilio de los abandonados.

Esta decadencia jamás escuchada por dichos ruegos, era ineludible para el muchacho que antes reflexionaba al observarla con detenimiento desde su barraca. No existía cambio en el presente pasado y en el sucesivo. La carga de la monotonía, el calor lacerante y la penuria económica, convertía el sueño en la última escapatoria temporal. Una muerte efímera.

Kamil no era invulnerable al tormento; araba la tierra cada mañana, careciendo del brío que la faena exigía; vendía algunas mazorcas para subsistir sin reparar en la podredumbre de su cosecha; hablaba con sus amistades a fin de hacer tolerables los atardeceres; pero cada intento era en vano. Incluso pensaba alternativas para no padecer la misma fatalidad que su hermano mayor, mas nunca encontraba alguna opción viable.

Aún después de dos años de aquel suceso, la pesadilla donde se mostraba a Malone colgando del árbol del traspatio, le provocaba aversión al acto de dormir. Aguantaba varios días sin permitirse el descanso, llegando así a las lindes de su resistencia. El dolor en todas sus facetas convivía con él en todo momento. Solo el eludido letargo le concedía un respiro contaminado con una memoria traumática.

Su cansancio era notable en su rostro amarillento: las ojeras, el sudor abundante y la piel pegada a sus costillas eran señales inequívocas de que la muerte lo rondaba. Se dio cuenta de este hecho al anochecer, cuando el aire dejó de entrar a sus pulmones sin razón. Después de un agónico esfuerzo, volvió a respirar. No obstante, el sobresalto no lo dejó tranquilo. Pasaron las horas y el pánico se acrecentó.

Exasperado, comenzó a romper sus pertenencias. Aquellos recuerdos invocados por los objetos que despedazaba, engendraron el odio hacia su madre y a su desconsiderado hermano; seres desalmados que lo llevaron a una guerra contra sus pesares que lo estaban sacando de quicio.

Luego del exterminio de sus posesiones y del desahogo de su impotencia, sintió una incómoda vulnerabilidad que cernía extrañeza en sus sensaciones. Sin explicación aparente, tuvo la necesidad impaciente de volcar dichas sensaciones en la escritura, al vislumbrar un cuadernillo arrumbado y roído. De inmediato encontró un trozo de carboncillo y con frenesí escribió algunas líneas con nulo significado, sin coherencia. Lejos de irritarse, la vorágine de su redacciónacallaba los aullidos del pavor. Sustituyéndolos lentamente con el susurro de la vehemencia.

“Necesito la presencia de alguien”, murmuró mientras terminaba de llenar una hoja con sus trazos deformes e ilegibles. Cerró sus párpados y en la oscuridad encontró una silueta; un esbozo de una atracción vetusta que no logró traspasar el umbral de la amistad, la cual mitigaría su ansia. Con exactitud describió los rasgos físicos, la vestimenta y la personalidad de la pretendida Azure. Sin embargo lo anterior no bastó para apaciguarse. Necesitaba darle más humanidad a su creación. De nuevo acudió a las penumbras para vislumbrar la sombra de un hogar: una casa modesta para la ignorante de la arrogancia.

Inmóvil permaneció Kamil luego de escribir los burdos detalles que conformaban el entorno de la muchacha. Una vez más clausuró su vista y la mujer plasmada en el papel apareció sonriéndole, estando dentro de una habitación azul con características más sublimes que las descritas por su mano. Estupefacto, se acercó con timidez y tocó su mano. La calidez de la chica lo convenció de no estar preso en un delirio. Era real.

—Gracias por crearme, Kamil —susurró en su oído al abrazarlo.

—La gratitud es mutua. Estuve a punto de morir, pero tu calor me ha devuelto el consuelo que perdí hace mucho —expresó reprimiendo un imprevisto sollozo.

— ¿Estás convencido de que no soy una alucinación? —inquirió Azure, sustrayendo la tosquedad de su pregunta.

—Sé que no eres un sueño, pero al abrir los ojos a mi realidad, lo serás.

—No lo hagas, quédate conmigo. Detesto la soledad tanto como tú.

El joven cumplió su petición. Sujetó su rostro para cometer un atrevimiento anhelado por él. Al hacerlo, descubrió una anomalía en Azure: sus labios se arrugaron como si fuera una hoja de papel. Kamil palideció. Ella se mostró turbada.

— ¿Me abandonarás por mi fragilidad?

Su oyente no respondió. Siguió acariciándole en silencio.

—Por siempre no puedo estar, aunque la brevedad que compartamos puede valorarse como una eternidad.

Aclarado lo anterior, salieron de la alcoba aferrándose el uno al otro. Al estar en la sala conversaron por largo tiempo. No obstante, Azure terminó enmudeciendo de pronto, lo cual consternó a su acompañante.

— ¿Te has cansado de hablar?

—Para nada —murmuró—, solo me he quedado callada porque no poseo una vida verdadera. Estoy restringida a los muros de mi casa. Tú eres mi mundo, pese a ello me siento incompleta. Necesito conocer gente y descubrir lugares inhóspitos.

La culpabilidad de ser un egoísta hizo que Kamil se despidiese, no sin antes prometer su regreso. Estaba determinado a construir una utopía para la plenitud de Azure.

El cantar de las aves coincidió con su retorno al desorden de su espacio. Ignorando el ruido que producía su estómago hambriento, emprendió la tarea propuesta antes de la caída del alba. Con sumo cuidado erigió una ciudad rodeada de un inmenso valle, aledaño a una playa. Detalló cada cualidad de los edificios y sus funciones. Asimismo de las personas que habitaban en él: nombres, rutinas, miedos, psiques, etc.

Cuando dio por concluida su obra se trasladó con Azure, empujado más por el júbilo que por agotamiento. A su llegada esperaba verla frente a él, mas no fue así. Buscó por cada rincón de la vivienda sin tener éxito. Salió a la calle y frente a sus ojos, una urbe esplendorosa se alzaba mostrando la perfección inexistente en su realidad; una mezcla de naturaleza y civilización, con gentes distintas, felices, alejadas del pesimismo y la pena. No existía la riqueza, tampoco la pobreza. Aceptaban lo que tenían, sin lamentarse por sus pocas carencias y su desigualdad no los llevaba a la envidia y la calumnia. Era el paraíso de la humanidad.

Los habitantes quedaban estupefactos al darse cuenta de la aparición de Kamil en esas tierras. Algunos, sin motivo aparente, le ofrecían toda clase de obsequios: desde comida austera hasta antigüedades de oro ornamentadas con diamantes. Él aceptaba sin objetar. Devoró cada manjar y recibió una cantidad exagerada de excentricidades. Cuando tuvo la oportunidad, cuestionó a sus anfitriones sobre el paradero de Azure. Uno de los presentes sabía su localización y además le hizo el favor de llevarlo en su carreta. De ese modo podía transportarse con rapidez cargando con sus presentes. Kamil intentó dialogar con el hospitalario cochero, pero este era inescrutable al escudarse con una exagerada cortesía que rayaba en servidumbre.

Al cruzar diversas calles pavimentadas con espejos, arribaron a la entrada de un laberinto que también desempeñaba la función de una obra de arte: los muros exhibían un paisaje gigantesco. Mientras el conductor del transporte esperaba afuera, Kamil se adentró. Le resultaba imposible no admirar la belleza de aquellas pinceladas, empero la duda del comportamiento de los ciudadanos avivó su conmoción. No parecía normal…

Transcurrieron horas, según la deducción del recién llegado, cuando por fin dio con Azure, quien reposaba con sombrilla en mano para protegerse del sol. Cuando ella lo vislumbró se puso de pie y corrió para abrazarlo.

—Te eché de menos —dijo agitada.

—Igual yo… Pasaron apenas unas horas desde nuestro primer encuentro, pero advierto que pasaron siglos.

—No estás equivocado en eso. Nuestros ayeres son diferentes, Kamil. Aquí el tiempo va deprisa. En el lapso que duró tu empresa yo obtuve una vida real: conocí y discerní entre los seres que fuiste moldeando, sentí emociones y también tristezas. Hallé sapiencia entre los muros que edificaste. Por ello, pinté este laberinto para así agradecerte por lo que has hecho por mí… por nosotros —reveló con visible entusiasmo.

—No debiste hacerlo. Es suficiente para mí el estar contigo.

Azure prefirió callar. Se manifestó incómoda con la declaración. Caminaron juntos hacia la salida, durante su charla sobre el mural que contenía una historia implícita: la creación misma de ese mundo. Kamil escuchaba con atención el relato de la pintora. De esta manera supo que nada surgió de golpe como él imaginaba. El nacimiento de esa tierra fue gradual, como su eventual florecer.

Al salir del laberinto, se toparon con el cochero que fumaba un cigarrillo. Estaba malhumorado, pero en cuanto la chica se acercó para saludarlo su semblante cambió. Kamil se dio cuenta de esto y lanzo una furibunda mirada al individuo corpulento.

— ¿Quién es él? —interrogó celoso.

—Deberías saberlo. Tú lo creaste.

—Así es, sin embargo lo escrito por mí se salió de control —reconoció encolerizado, tamborileando sus dedos en su pierna derecha.

—Abstente, poca cosa ganas con la ira. ¿Llamas descontrol al libre albedrío de la vida? —miró divertida a Kamil, como un adulto que observa a un niño.

—Hablas como si lo supieras todo —criticó y cruzó los brazos—, aquí no existe el tiempo. No he visto ningún reloj. ¿Con qué derecho me formulas esa pregunta? ¡¿No te sentirías molesta si fueras yo?!

—Con sinceridad te diré que no. El tiempo no se mide en segundos, se mide con base a las experiencias. Nos hiciste perfectos según tus propios conceptos, pero eso no significa que estemos restringidos a las emociones contrarias a lo que tú supones cabal —Azure detuvo su voz y se asomó por la ventanilla para reconocer el sitio por donde avanzaban—. Biagio es un amigo y tú una divinidad en este lugar. ¿No te sentirías inferior si te pusieras en sus zapatos?

—Sí… —musitó— ¿Podrías contarme cómo saben que yo soy la causa de su origen?

—Por supuesto. La respuesta es simple: yo se lo conté por medio de mis trazos. Justo a la mitad de mi obra te retraté, por eso los primeros hombres en usar el raciocinio creyeron que tú eras un dios, al notar cómo de tu mano se cimentaba este universo. Te adoran y temen tu poder. Nos creaste y eres también el único que puede arruinarnos —explicó seria con tétrica expresión.

— ¿Cómo es posible que seas la única en saber la verdad? —inquirió de nuevo. Kamil empezaba a sentir nervios por tales revelaciones.

—Existe una gran distinción entre nosotros: ellos son invenciones y yo soy un recuerdo tuyo, originado en una persona fallecida en tu dimensión —en ese momento, Azure agarró una daga de marfil que estaba entre los tesoros guardados en un recoveco de la carreta y la observó con detenimiento—. Estando en este punto, deseo aclararte algo… Yo te amo por darme una segunda vida, más hermosa que la anterior y resguardada de la soledad que mató a muchos en Viareggia, pero te odio por este tormento —empuñó el arma entre sus manos, clavándosela en el abdomen para después abrirse en canal. Gritó por el dolor y luego arrojó el objeto albo—. Nos condenaste a la inmortalidad.

La sangre derramada se desvaneció y la herida fue cerrada a la prontitud. Kamil tapó su boca para evitar un grito de pánico. Luego de serenarse la plática se reanudó.

—No entiendo por qué tomas como castigo ese don. Viven en un paraíso, no tienen razón para lamentarse.

—Eso nunca lo entenderás. Eres imperfecto, inmaduro; en cambio yo soy el otro lado que escapa a tu pobre percepción de la totalidad —aseguró con cruel tono—. Es imposible estar a tu lado de la manera en que tú lo deseas. Entretanto, estoy dispuesta a llevar a cabo un trueque contigo: seré tu compañía por una noche, a cambio de una creación tuya… un hombre adecuado para mí.

Kamil dudaba en aceptar semejante acuerdo, mas sus ansias de explorar por primera vez el cuerpo de una mujer lo convencieron de acceder al trato.

En cuanto llegaron a los aposentos de Azure, el adolescente no tardó en desvestirla y tocarla con brusquedad. Ella lloraba por la lujuria que la sodomizaba. Cada beso resultaba doloroso, cada profanación era un suplicio; el amor en Kamil era un fuego abrasador que estuvo a punto de asesinar a la poseedora de una pureza incompatible, con la corrupción de un ser decadente. La pena se volvió tangible en el muchacho precoz. Sin decir perdón por su bestialidad, partió para efectuar su parte del convenio.

El frío y la incipiente hambruna le dieron la bienvenida. Salió a donde estaba su cultivo para llevarse algo a la boca. La sorpresa en él fue grande, pues su tierra estaba baldía. Echó un vistazo a su alrededor y se dio cuenta de que las cabañas vecinas estaban descuidadas. Llamó a los aldeanos, pero nadie contestó: Viareggia estaba totalmente deshabitada. La congoja lo orilló a tragarse puñados de tierra. Aun con eso su organismo exigía alimento y no poseía los medios para obtenerlo. Resolvió cometer una barbarie para nutrirse: amputó su brazo izquierdo y sus piernas para después asarlas. Con la ayuda del barril de sal que guardaba en la cocina de su choza, pudo impedir su desangramiento al untarla en los muñones.

Posteriormente se concentró en lo que debía hacer. “La persona ideal para Azure debe poseer la esencia opuesta a la mía”. Con este pensamiento redactó los pormenores de aquel hombre llamado Erzo: un adulto con la fisonomía bien formada, alto, con bronce en su piel, ojos negros y sonrisa gallarda; dueño de sentimientos templados, carácter extrovertido, sabio y atento a los detalles.

Al culminar, de inmediato acudió a la utopía para atestiguar el resultado de su imaginación. Cuando Kamil llegó a la estancia de Azure, fue el imprevisto espectador de una escena indecorosa… Su reciente invención gozaba de quien fuese un sueño permanente. Ella se notaba feliz, plena, rebosante de satisfacción. Comprendió que nada podía hacer para obtener el afecto de su deseo imposible.

Por algunos instantes concibió la idea de aniquilarlos a todos, vengarse por la blasfemia sufrida. No obstante, lo reconsideró; ese mundo era mejor que el suyo. La soledad nunca lo abandonó, pero podía encontrar consuelo al brindarle a su amada una realidad que fuera ideal para su inmortalidad. Y así lo hizo. Durante un mes entero describió el universo infinito usando todo el papel que encontró en los restos de Viareggia, además de las paredes de las casas y hasta en su propia persona con el filo de una navaja. Sólo de esta forma logró ser capaz de quitarle el concepto condenatorio a la tierra sin cementerios.

Kamil marchó para nunca regresar a su cabaña. Tenía ese propósito y era el único destino que le quedaba. Persistió en aquel Edén hasta que su vida terrena mermó. Durante todo ese tiempo, fue voyeur del bienestar de Azure. Sus creaciones por su parte, hicieron lo posible por aliviar su soledad, mas nunca lo consiguieron; vivió en melancolía, reprochándose por la imposibilidad de ser perfecto. El creador envidió a sus creaciones y estas le glorificaron.

Azure quiso mostrarse indiferente al escuchar sobre el deceso de su ferviente amante. Pasaron eones hasta que pudo compadecerse de la memoria de Kamil. En vista de ser un recuerdo y no una invención como los demás, recreó lo hecho por aquel muchacho. De esta manera, podía tener una segunda vida como ella… con alguien realmente merecedor de sus sentimientos. Fue así que describió la vida de Kamil, tal cual como lo conoció en su niñez. Sin excepción alguna, introdujo en sus líneas las mismas características de su existencia, suprimiendo la soledad que enfermó a los aldeanos.

Cuando la pluma se desprendió del papel, Azure cerró los ojos suponiendo que de esa manera viajaría hacia la nueva Viareggia. Al estar a las afueras de su casa observó al escuálido chico, junto con la persona que había creado especialmente para él. Justo cuando estaba por irse, una voz la llamó. Era Kamil junto con su mujer ideal.

— ¿Te das cuenta de lo que has hecho? —interrogó el chico.

La aludida tartamudeó. Tenía la mente en blanco.

—Solo quise pagar la deuda de mi gente. Sé feliz.

—Azure… dejarás de existir. Aquí somos mortales. Me has obsequiado la misma realidad en la que yo te creé, pero con una diferencia: creaste a Elza… y por ese motivo no podré crearte, porque no te necesito. Construiste la misma realidad que antes compartimos, a diferencia mía que inventé ilusiones.

La muchacha palideció. Cegó sus luceros para regresar con los suyos…Todo se desvaneció.

Isobel Ulquiorra. México.

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