Saranda, la princesa del abismo en la mirada, por F.K. Esda

Saranda, la princesa del abismo en la mirada
ilustración iris

A la hora de la ejecución, la plaza del pueblo está a rebosar. Todos están aquí. Está el artesano que curte las pieles y trata con despotismo a sus aprendices. Está el que cuece el pan en su horno de leña y siempre miente en el peso. Está el que remienda los zapatos y golpea a su mujer por las noches a puerta cerrada. Está el que elabora bellas piezas de cerámica y siempre espía a su hija mientras esta se baña. Está el que siembra patatas y aún no hace una semana rompió el brazo a su hijo por desobediente. Está el que pule la piedra y se acuesta con la mujer del de los zapatos. Está el que cultiva hortalizas y cada tres semanas roba un conejo al vecino para después culpar al zorro. Todos. Están todos. También ellas. Sí, ellas también están. Está la mujer del panadero, que atiende más a conversaciones ajenas que a su propio mostrador. Está la mujer del zapatero, que se deshizo de sus dos mejores amigas para conseguir al cantero. Está la mujer del curtidor, que calma la aprensión de los aprendices con algo más que caricias. Está la mujer del alfarero, que tiene la lengua muy larga, la mirada muy aviesa, el cerebro muy breve. Está la mujer del cantero, que conoce su romance y no se está a la zaga. Todos. Todos están. Incluso está el niño que siempre tira de las trenzas a Elisendra y luego se escapa entre risas. También está el niño que quiere ser caballero de mayor y que, mientras tanto, practica estocadas con los perros. Y está la niña que siempre saca la lengua y que ya no es virgen. Todos. Están todos. Por estar, está incluso el rey. Ocupando su lugar de honor, en su palco, justo ahí, a la altura exacta para que todos tengan que alzar la cabeza al mirarlo, pero que él no deba inclinarse para escuchar. Bordado en oro, rodeado de lacayos, imponiendo temor, anhelando respeto; el rey.

Y, por supuesto, no podía faltar, también está él: el reo.

Es un hombre joven, tal vez de veintidós, o veintitrés, no más de veinticinco años. Mirándolo ahora, ahí de pie, en el patíbulo, con las manos atadas a la espalda, la ropa sucia, descosida, tan delgado él, tan poca cosa, la mirada al suelo, la cabeza caída hacia delante por el cansancio, las rodillas dobladas por el peso de la condena, mirándolo ahora, cuesta creer que pueda suponer peligro alguno para el reino. Ni para este ni para ningún otro.

A su derecha, justo atrasado un paso, está el verdugo, que anda con la capucha pero que todos saben quién es, porque el pueblo no es tan grande y carnicería solo hay una.

En el mismo lado, pero un paso por delante del reo, está el alcalde. Solo hay que ver su barriga para deducir que el desempeño de su cargo no requiere de mucho movimiento. La voz del alcalde es fuerte, en armonía con su inmenso abdomen, pero adquiere una cierta tonalidad de soprano cuando la alza, aunque es un detalle que solo adviertes cuando está muy, muy enfadado. Por lo demás, es una voz que está hecha para ser escuchada. Todo esto lo sabemos porque, justo en este momento, el alcalde está hablando:

—Torzuán de Villatierna, has sido condenado a la pena capital por sedición, incitación al motín, espionaje y, en definitiva, por atentar contra la paz y la prosperidad de este reino de Su Majestad el Rey. La pena será ejecutada en breve, pero antes, y como muestra de su magnanimidad, Su Majestad el Rey —el alcalde siempre habla así cuando se refiere al rey, en mayúsculas; es bastante lameculos—, Su Majestad el Rey, te concede un último deseo. ¿Tienes alguno, Torzuán de Villatierna?

—Exigir la inmediata liberación no entra dentro de la lista de deseos válidos, ¿verdad? —susurra. El alcalde le contesta con una mirada severa— Me lo imaginaba. No, si tiene su lógica, claro, pero por intentarlo… Pues entonces, mi último deseo… —reflexiona un instante, luego carraspea, aclara la garganta, levanta la cabeza, alza la voz— Mi último deseo es poder contar un cuento a los aquí reunidos.

—¿Un cuento? —ahora es el alcalde el que susurra.

—Un cuento, sí, un cuento. ¿No sabes lo que es un cuento? —también en un susurro. Y, alzando de nuevo la voz— Esta es mi última voluntad, poder contar un cuento a los que con tanta amabilidad, entusiasmo y esfuerzo, se han reunido hoy aquí a pesar de las tantísimas tareas que, a buen seguro, han dejado pendientes.

—Lo siento, Su Majestad —empieza a disculparse el alcalde, visiblemente azorado—. Está… está loco. Debe de ser el sol que…

—Alcalde —brama el rey, al que la edad ha tornado sedentario y ahora no hay quien le gane a tripa—. Alcalde, dejad que cuente su cuento. Al menos así amenizará un poco la tarde y dará un toque exótico a esta ejecución que, por otro lado, últimamente resultan bastante tediosas y repetitivas como… —busca, rastrea; encuentra— como el ajo.

Un estallido colectivo de risas. Así es nuestro rey, gracioso como él solo. El alcalde espera a que las risas amainen, lo cual no tarda mucho en acontecer. Es lo que tiene reír a punta de espada.

—Como usted ordene, Su Majestad Mi Rey —inclinándose en una reverencia, mirando de reojo al reo, susurrándole a este con urgencia—. Venga, tú, habla pues. Pero habla ya, antes de que se arrepienta. Que este cambia de opinión como tú de rop… Bueno, cambia mucho de opinión.

El reo se vuelve a aclarar la garganta antes de dirigirse de nuevo al rey:

—Otra cosa oso demandaros, Majestad, y es que liberéis mis manos de sus ligaduras, pues no hay peor manera de contar un cuento que con las manos a la espalda, coartando con ello cualquier libertad para gesticular.

El alcalde se queda blanco. Tose. Se recompone. Está abriendo la boca para amonestar al insolente cuando el rey interrumpe:

—Concedédselo. Liberadle las manos —y ante la mirada del alcalde, y aun no teniendo por qué hacerlo dada su condición de soberano, aclara— ¿Qué hemos de temer si él apenas se mantiene en pie y está rodeado de soldados armados hasta los dientes?

El alcalde asiente.

—¡Ya habéis oído! Cortad esas cuerdas —pero no puede dejar de pensar en lo blando que se está volviendo el Rey. Será la edad, que ya pasa recibo y poco a poco se bebe el sentido común. O será el sol que, inclemente, cae a plomo y reblandece los cerebros.

El reo se frota las muñecas, enrojecidas, rasguñadas, adormecidas y, consciente de la oportunidad que se le ha dado, se dirige a los allí presentes con voz clara, alta:

—Señores, señoras, gentiles todos vosotros, Majestad, os voy a contar un cuento que, os aseguro, no os dejará indiferentes. Al finalizar el mismo, ninguno seréis lo que ahora sois — si alguno hay que intenta descifrar las palabras, ha perdido su oportunidad, porque el reo de nombre Torzuán, no hace pausa alguna y sigue con su historia—. Habíase una vez, una princesa que por su hermosura era conocida, incluso, allende el horizonte que sus ojos alcanzaban a ver. En el pequeño reino que habitaba era querida por todos, pues además de bella, era bondadosa, rasgo heredado del rey, su padre. Desde que tuvo edad casadera, muchos fueron los pretendientes que la cortejaron, pero ninguno fue el que conquistó su corazón. Por ser rechazado fue rechazado hasta el mismísimo rey Gordion, al que su padre, el padre de la princesa, respetaba y con el que no deseaba enemistad.

“Había una vez… No, no pongáis esa cara, que el cuento es el mismo, no ha cambiado. Escuchad. Había, pues, una vez, un rey al que llamaremos Gordion. El reino del rey Gordion era inmenso y, gracias a las conquistas, crecía año tras año. A oídos del rey Gordion llegó un día la noticia de que existía una princesa hermosa como el amanecer, dulce como la miel del panal, cándida como la gota de lluvia recién caída. Tanto oyó hablar de ella y de su belleza y de su candidez que se enamoró incluso antes de conocerla. El rey Gordion ordenó que preparasen lo necesario para partir de inmediato al reino del rey Balsar, padre de la princesa. Nada más llegar, Gordion, respetando los protocolos, mostró interés por los asuntos de Balsar, pero después de unos minutos de plática y sin más miramientos, plenamente consciente de su posición dominante, Gordion ofreció a Balsar una alianza por los siglos, una alianza que sería respetada por hijos y nietos, si le concedía la mano de su hija. Balsar, rey sabio y conocedor de lo engañoso de las palabras y lo traicionero y efímero de los sentimientos, pero, sobre todo, amante y protector de su hija, contestó que era a ella a la que le correspondía decidir, no a él.

“Tras la primera negativa, Gordion pasó dos meses en el castillo intentando seducir a la joven princesa, cuyos ojos, del color del cerezo en flor, se posaban en las cosas con la delicadeza y el asombro de una mariposa. Cuya sonrisa, fresca como un manantial, iluminaba su rostro y toda una estancia. Cuyo cabello, largo, sedoso, trenzado, brillaba adiamantado al contacto con el sol. Pasó dos meses contemplándola, estudiándola, anhelándola. Cuando finalmente reunió el valor necesario y la pidió en matrimonio por vez segunda, la princesa, con las mejillas encendidas, la mirada esquiva, lo rechazó nuevamente.

“El rey Gordion abandonó el reino hecho una furia, corrió a su castillo, bajó a las profundidades de los sótanos, pidió, suplicó, rogó, ayuda a Targ, su mago. El mago le preguntó qué era lo que deseaba exactamente y Gordion, todavía esclavo de la ira, respondió que lo que quería era asegurarse de que si la princesa no era suya, de nadie más fuese y que esa misma belleza que había sido regalo divino se convirtiese en su maldición. Targ, que como mago era muy bueno, pero que como sayón no tenía parangón, urdió enseguida el castigo perfecto.

“—Dices que la belleza de sus ojos es tal que es imposible no admirarla, ¿verdad?

“—Sí, eso digo.

“—Pues yo digo que todo aquel que se atreva a mirarla a los ojos se perderá por siempre en el abismo de su mirada, quedando preso de ellos, quedando vacío y sin alma.

“Sin mayor tardanza, preparó la poción, recitó los hechizos, elaboró los planes y, al amanecer del cuarto día, un jinete partió del reino del rey Gordion con un presente para la princesa: una bebida de sabor único que, según explicó el emisario, solo sabían preparar las hadas de la cima del monte Satur. La princesa, ignorante y agradecida, bebió lo que se le ofrecía. Notó un sabor fresco, dulce, como de níspero con grosella, pero más suave. Notó un ligero cosquilleo, agradable, en el paladar. Notó la fragancia de la bebida, que inundaba el espacio y se colaba por sus fosas nasales, acaramelada, apaciguadora. Sin lugar a dudas una bebida así solo podía ser obra de unas hadas. Pero también notó otra cosa. Notó que cuando levantó la cabeza para agradecer al emisario tan delicado presente, este cayó desplomado al suelo, lívido como la cal, tieso como el madero, sin pulso. Al volverse hacia su doncella, atemorizada, interrogante, al volverse hacia ella, la doncella se desplomó de igual modo. Pronto comprendió la princesa que aquella no era una bebida de las hadas, sino una poción del mago del rey Gordion. Lo que Targ no supo es que tanto fue el fervor con el que preparó la poción, tanta fue su maldad, que los efectos resultaron ser mayores de lo esperado. Allá donde la princesa posara su vista, la vida desaparecía, absorbida por el abismo de esos ojos del color del cerezo en flor. Las flores perdían su luminosidad y se marchitaban. Los árboles quedaban sin hojas y se secaban. Los objetos perdían lustre, los metales se oxidaban, las maderas se agrietaban, las sedas se deshacían. La princesa se encerró en sus aposentos y permaneció allí largo tiempo confinada, sin que ningún médico, brujo o mago, alcanzase a crear un antídoto para la maldición que le había sido impuesta. Sus aposentos pronto adquirieron una cualidad gris y yerma que era más propia de una prisión que de la habitación de una princesa.

“No había pasado un año cuando una tarde oyó un ruido a sus espaldas. Temerosa de volverse y causar perjuicio a alguien o a algo, siquiera a un animalillo, permaneció en su posición y dominó la tentación, pues desde hacía tiempo el único ruido que se oía ahí dentro era el de la bandeja que le pasaban por debajo de la puerta.

“—¿Quién anda ahí?

“Al no obtener respuesta empezó a volverse despacio, pues la curiosidad suele ser más poderosa que la prudencia.

“—No os asustéis, mi señora, soy yo.

“—¿Yo? ¿Quién es yo?

La princesa se detuvo. A pesar del confinamiento voluntario, su voz no había perdido la tersura del revuelo de sedas.

“—Un simple lacayo, mi señora, que desde hace meses, y porque aún sigo prendado de vuestra belleza, subo hasta aquí, hasta esta ventana y paso las horas contemplándoos.

La voz, masculina, era la voz de un hombre joven con el espíritu de un niño. La voz de un joven hecho ya hombre con la sabiduría de un viejo.

“—¿Y cómo es que nunca te había escuchado hasta ahora?

“—Porque soy muy sigiloso, mi señora, pero hoy… Hoy he sido torpe. Lo siento.

“—¿Y no temes? ¿No temes que sin querer pueda…? ¿No temes que en un descuido…?

“—Mi señora, he visto varias formas de muerte en mi corta vida y puedo asegurarle que prefiero que me llegue contemplando la belleza de sus ojos que a través del filo de una espada o la coz de una mula.

“—No sabes lo que te dices.

“—Sí lo sé, señora. De igual modo que sé que no tendría por qué permanecer prisionera de sus penas.

“—¿Mis penas? ¿Qué sabrás tú de mis penas?

“—Poco sé de sus penas, cierto es, pero sí sé que la vida, mi señora, no se limita solo a aquello que podemos ver. Escuchad, cuando yo era pequeño me aquejó una dolencia que me tuvo sin vista más de seis meses y aprendí que la vida se puede ver de otras maneras.

“La princesa oyó los pasos del joven al acercarse. Notó cómo sus manos le recogieron el cabello por detrás, cabello no hacía tanto sedoso y brillante, ahora sucio y enmarañado. Sintió la tela que posó en su piel, que tapó los ojos. Notó cómo, con suavidad, la afianzó con un nudo a la nuca.

“Y notó cómo le cogió de la mano.

“—Vamos, mi señora, os enseñaré el mundo.

“—No. No soy tu señora. Yo soy princesa. Y para ti, soy tu amiga. El joven, pongámosle de nombre Rass, mostró, en verdad, un mundo maravilloso a la princesa. Un mundo de sonido y tactos y sabores. Muy pronto quedó patente que las manos de los dioses no solamente habían tocado a la princesa otorgándole un bello rostro, unos ojos cautivadores, una piel sedosa. También fueron generosos con ella al haberle dotado de un oído fino y altamente sensible. En unos días, la princesa fue capaz de diferenciar la pisada de una vaca a la de un caballo. En unas semanas diferenciaba las flores por el rumor del viento al correr entre sus pétalos. En unos meses fue capaz de distinguir el vuelo de una mariposa a varios metros de distancia bajo una lluvia torrencial. Y no pasó un año en que ya fue capaz de reconocer los objetos por el sonido de su silencio. Tan fino era su oído que el mundo que se abrió ante ella no tenía nada que envidiar al que solo conocía de vista. Aprendió a cabalgar con los ojos vendados, a cocinar, a esquivar obstáculos, a manejarse con la espada, a acertar con la flecha, a realizar desde las tareas más pequeñas y arduas, hasta las más grandes y pesadas, que ni con los ojos había aprendido a realizar. Pronto sus ojos cayeron en el olvido de su memoria y viéndola caminar por el bosque, era difícil creer que no fuera con ellos con los que se guiase. Fue una época muy feliz aquella para la princesa. No solo había recuperado la vida, sino que también había encontrado el amor.

“Pero sucedió que la ambición del rey Gordion era tan insaciable como el abismo de la mirada de la princesa. En su afán por conquistarlo todo, por poseerlo todo, por alzarse como señor único y poderoso de todos los confines del mundo, Gordion acabó llegando con su ejército a las puertas del rey Balsar. Es posible que os preguntéis si el rey Gordion nunca trató de saber sobre la salud de la princesa. En respuesta os diré que no. Pero no porque no hubiese sido ese su deseo, sino porque Targ, el mago, conociendo como conocía a su señor, le hizo beber a él una poción cuyo efecto era el de borrarla de su memoria. Targ sabía que su rey era tan estúpido e impetuoso que habría acudido en busca de la princesa para comprobar con sus propios ojos que el hechizo había funcionado. Así que cuando llegó a las puertas del reino de Balsar, Gordion no recordaba ni a Balsar ni a la princesa.

“Balsar, que siempre había sido un rey pacífico, reunió como pudo un pequeño ejército de hombres mal pertrechados, con más amor hacia su rey que coraje, con más intenciones que medios, y avanzó en busca del ejército invasor. Tres días más tarde solo regresaron un viejo caballo y un muchacho que iba tendido en su lomo a punto de perder el sentido. Sin apenas fuerzas para hacerlo, el muchacho contó lo que había sucedido. Habló de la crueldad de Gordion, de cómo se había cebado con Balsar en vida y cómo lo había profanado en muerte. La princesa, al oír todo aquello, no pudo por menos que echarse a llorar y sentir cómo su corazón se partía en mil pedazos de dolor. Tanta fue su pena que pasó cien días y cien noches llorando, escondida en una cueva mientras el ejército de Gordion arrasaba con todo.

“Rass, que no soportaba ver el padecimiento en la persona de su amada, trepó hasta la roca más alta del reino y allí se sentó, con la mirada fija en el horizonte, hasta que urdió un plan que, si bien no devolvería la vida al difunto rey Balsar, sí procuraría la paz del resto de reinos y, por extensión, alivio para el corazón de su amada. Rass regresó y explicó a la princesa lo que había tramado. Ella, escuchando atenta, con una mano posada ligera en su mejilla, dijo:

“—Eso es muy arriesgado para ti. Ya he perdido a aquel que me dio la vida en una primera ocasión. No quiero perder también al que me la hizo recuperar.

“—No te preocupes, mi señora, no correré riesgo. Confío en ti.

“—No. No soy tu señora. Yo soy princesa. Y para ti soy tu amada.

“Sin pérdida de tiempo, ensillaron dos caballos y cabalgaron hacia el reino del rey Gordion. El objetivo era evidente: dar muerte al rey. El plan, algo más complejo. El rey Gordion siempre estaba en su castillo, rodeado de soldados veteranos capaces de cortar las alas de una mosca con un solo gesto. De modo que lo que había que hacer era sacar al rey de su castillo. ¿Y cómo se puede sacar de su castillo a una rata gorda y siempre hambrienta que se alimenta con el padecimiento ajeno? Solo hay una manera: con la promesa de sangre.

Así que Rass llegó al reino adelantándose por días a la princesa, sublevó las aldeas, amotinó a los campesinos, prometió la ruina total del reino y se dejó apresar. Como no era menos de esperar, fue condenado a muerte, pero no una muerte rápida y clemente, sino lenta y dolorosa como gustaba al rey Gordion, que no pudo escapar al impulso de su oscuro apetito y ocupó un lugar privilegiado en la plaza del pueblo, donde todos, todos, se habían reunido —los ojos de Torzuán de Villatierna, si es que ese es su nombre, empiezan a moverse inquietos, nerviosos, buscando algo, alguien, que no acaban de encontrar—. Pero Rass, en ningún momento temió por su vida, porque sabía de la inminente llegada de la princesa y conocía el final de la historia.

El alcalde no es el último en reaccionar, pero tampoco es el primero. El primero es un niño al que Elisendra conoce muy bien, pues está harta de que le tire de las trenzas y eche a correr entre risas.

—¡Tú eres Rass! —no hay malicia en sus ojos, abiertos como sandías, ni oscura intención en el dedo que señala, pequeño y redondo. No hay malicia, no hay oscura intención, solo es la emoción de un niño al que han explicado un cuento y reconoce al personaje principal —¡Él es Rass! —por si hay algún despistado.

El segundo en reaccionar es uno de los soldados que conforman la guardia personal del rey. Desenfunda la espada, haciendo que el frío acero resplandezca ante la influencia del sofocante sol y se queda quieto, estólido, sin saber qué más hacer, pues no ha recibido orden alguna y ahora se siente un tanto cohibido por su vehemencia.

Y ahora sí, ahora el que reacciona es el alcalde, en el mismo instante en que su cerebro acaba de procesar todo lo que ha entrado por sus oídos.

—Tú… —retrocede un paso— Tú… —retrocede otro— ¡Soldados, dadle muerte!

Se oye el siseo de una veintena de espadas al ser desenfundadas, el retumbar de una veintena de armaduras colocándose en posición. Y Rass, incluso, puede oír el loco batir de su corazón que, si bien no duda de la diligencia de su amada, tiene ciertas reservas en cuanto a las intenciones del destino.

Y el rey, que no se llama Gordion, sino Noidrog, no empieza a reaccionar, no empieza a comprender, hasta que el jinete entra en escena. Y para entonces, ya es tarde.

El jinete no es alto, alto es el caballo, que relincha, se alza sobre sus cuartos traseros cuando las bridas lo detienen en seco. El jinete viste una armadura que obliga a muchos de los presentes a entrecerrar los ojos por su brillo. La armadura muestra ciertas características que hacen saber que quien la porta no es un hombre, sino una mujer. Con una mano, la que no sujeta las riendas, el jinete se deshace del yelmo, que suena característico en su chocar contra el suelo de piedra y traza un medio círculo antes de detenerse. Al desprenderse del yelmo, una mata de pelo negro, negro como la noche en la que anidan las más terribles pesadillas, y largo, largo como los dedos del destino que urde la trama de todos los hombres, y suave, suave como un dosel de seda azotado por el viento, al desprenderse del yelmo una mata de pelo negro y largo y suave, aletea libre en la dirección de la débil brisa. La mano del jinete aferra la tela que cubre sus ojos y con un movimiento único, deliberado, desata su mirada.

Quien es lo suficientemente necio como para cruzar sus ojos con los del jinete, pierde su alma al instante. Quien no, la pierde poco a poco. Los soldados notan que sus armaduras pierden movilidad hasta el punto de quedar prisioneros en ellas, congelados en el acto de agredir a Rass. Sus espadas se oxidan, van perdiendo la consistencia sólida hasta convertirse en un fino polvo que los gritos de pavor arrastran cual viento. Los metales se oxidan, las maderas se astillan, las ropas se deshacen. Las almas, se condenan.

Apenas transcurre un minuto antes de que la plaza quede silenciosa, vacía. Cualquier rastro de vida que en ella hubiese podido haber pertenece a un pasado por el que ya no vale la pena perder el tiempo.

—Os lo dije, al acabar el cuento no seréis los mismos —murmura Rass—. Yo nunca miento.

El jinete se acerca a Rass. El jinete tiene buen cuidado de permanecer con los ojos cerrados. Rass tiene el buen juicio de no intentar mirárselos.

—Creí que no llegarías a tiempo.

—Y yo creí que no sabrías aguantar.

—¿Y ahora?

—Ahora al castillo. A por el mago.

Llegar hasta el mago es más sencillo, pues la lealtad y los deberes del ejército son solo para con el rey. El mago, cuyo verdadero nombre es Falag, no se vuelve cuando se abre la puerta de sus aposentos en lo más hondo de la tierra.

—Así que has conseguido llegar hasta aquí, princesa —sin mirar, no lo necesita, hay cosas que los magos no necesitan conocer para saber— ¿Y qué pretendes hacer?¿Matarme?

—Todavía no, mago. Quiero que me liberes de esta maldición.

Falag ríe. Es una risa desagradable que suena a un saco lleno de guijarros.

—No puedo, princesa. Nadie puede. A mi magia no la afectan los contrahechizos.

El rostro de la princesa se endurece, es una flor que se convierte en piedra.

—Entonces será tu propia maldad la que acabe contigo.

—¿Estás segura? —las manos de Falag, con disimulo, inician los gestos que son el comienzo de un hechizo— ¿Crees que podrás?

Hay una cosa que no se ha dicho de Rass. Rass es rápido, rápido como el aliento. Esto lo acaba de descubrir Falag, que ya tiene a Rass a su lado retorciéndole el brazo derecho.

—Deja esas manos quietas —le dice.

Por cierto, Rass también es muy bueno con los cuchillos.

—Eeeestá bien —balbucea el mago sin poder dejar de mirar el cuchillo que amenaza su cuello. El cuchillo está tan cerca, que más cerca sería dentro.

La princesa avanza los pasos que la separan del mago. Con manos suaves le sujeta la cara por el mentón, estas manos no saben ser bruscas. Le obligan, con cierto esfuerzo, a volverse hasta quedar frente a frente. Cuando la princesa abre los ojos el mago cierra los suyos. La princesa se contraría, pero no se enfurece.

—Nnnno puedes obligarme a que mire.

—Puedo.

Sus manos no saben ser bruscas, pero hoy harán una excepción. La uña del índice se clava en el punto más doloroso de la cara del mago. El dolor le hace abrir los ojos, y el resto es tan solo el fruto de la maldad propia de un mago.

El cuerpo del mago cae sin vida, vacío. Sin alma.

—Ves como sí que puedo.

El anciano sonríe. Le gusta esa cara que queda en los niños cuando cuenta sus cuentos. Toma su cantimplora, tiene el gaznate seco de tanto hablar. Echa un trago. Un trago largo. Los más ilusos creerán que en la cantimplora hay agua. Los más veteranos conocen la verdad.

Tras la breve pausa prosigue:

—Cuentan las lenguas, algunas de ellas buenas y otras malas, que la vida de Rass y la princesa, cuyo nombre era Saranda, fue larga y complaciente. Dicen que Rass declinó su derecho a ser rey y que la princesa, como lo único que quería era estar por siempre al lado de su amado, jamás se sentó en el trono, convirtiéndose de este modo aquel reino en el primer reino en el que el poder recayó directamente sobre el pueblo. Dicen que tuvieron dos hijos, un chico y una chica, que fueron envidiados por su belleza y queridos por su generosidad y los cuales alcanzaron grandes logros que incrementaron la prosperidad del reino. Dicen que el amor de Rass y Saranda fue tal que nunca dejaron de amarse y que, cuando ya el tiempo había cuarteado sus pieles y secado sus ánimos, en el lecho de muerte de Saranda, Rass se inclinó sobre su amada, le besó en la frente, liberó sus ojos de la prisión de la venda.

“—¿Qué haces? —preguntó ella con voz cansada.

“—Mirarte. Y hacer que me mires. Quiero que mi rostro sea lo último que vean tus ojos, para que lo puedas reconocer. Y quiero que tus ojos queden grabados en mi memoria para que no pueda olvidarlos. Porque allá donde sea que vamos te buscaré. Que lo sepas, te buscaré. Me niego a vagar toda la eternidad si tú no estás a mi lado.

“Y con una sonrisa y el valor que proporciona el más limpio de los amores, Rass se asomó a los ojos de Saranda y no sintió miedo cuando al abismo de su mirada se enfrentó.

F.K. Esda. España.

Fragmento de la novela La princesa del abismo en la mirada, por F.K. Essaza y Andrea Nunes.

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