Ausencia, por F.K. Esda

Ausencia. Relato seleccionado para el especial de Halloween.

                   Hoy, como cada año, te he vuelto a ver. Estabas preciosa. Caminabas sola por el parque. Estuve tentada de acercarme a saludar, no me gusta que andes por ahí sola de noche. Pero sé lo que mi presencia provocaría. Así que retuve las ganas, mordí la necesidad. Me quedé allí, oculta en las sombras, amparada entre los árboles. Mirándote. Soy boba, lo sé, boba por no poder dejar de mirarte, de admirarte, de enamorarme. Una y mil veces. Mil veces y un millón. En tantas ocasiones te viera, en tantas ocasiones me volvería a enamorar. Sin querer recordé el día que me robaste mi primer beso. No mi primer beso contigo, sino mi primer beso absoluto, que resultó ser contigo. Por supuesto tú ni idea tenías. Bueno, y qué idea habrías de tener si en aquella época no éramos las mejores amigas, éramos las más enconadas enemigas. Discutíamos, no recuerdo el motivo, sólo que discutíamos, aunque yo diría que los motivos eran lo de menos, la cosa era discutir. Discutíamos, aquel día. Te lancé una ofensa gorda. Tú la superaste. Yo te la devolví multiplicada y entonces tú, con fuego en los ojos, te acercaste a mí. Me besaste. Con rabia. Con furia. Con ternura. El beso duró un eterno minuto. Bien, tal vez no duró tanto como un minuto, pero puedo asegurarte que sí toda una eternidad. Me besaste, luego retrocediste un paso, te miraste en mis ojos, diste media vuelta, saliste del aula. Estábamos solas. Te fuiste y me dejaste ahí, rabiosa, frustrada, emocionada, nerviosa, cabreada, loca, confundida, agresiva.

                Temblando.

                Fue en ese momento cuando supe que lo que me pasaba contigo no era que te odiara, sino que te amaba tanto que le tenía pavor.

                Jajaja, qué estúpidas éramos por aquel entonces. Tardamos dos meses en reconocer lo que nos sucedía. Luego ya nada ni nadie nos podría separar. Bueno, eso era lo que pensábamos.

                Pero regresando a esta noche, que es lo que me importa. Yo te espiaba oculta entre los árboles y entonces la vi, a ella, a Julia. Se acercó a ti, venía corriendo, su respiración estaba agitada. Seguro llevaba rato buscándote. A ella tampoco, al parecer, le gusta que pasees por aquí de noche. En su rostro vi la preocupación, vi el enojo, vi el alivio. Pero, sobre todo, vi el amor. Julia está enamorada de ti. Hace tiempo que venía sospechando, pero hoy lo confirmo. Y, te lo aseguro, no siento celos. Al contrario, en ese momento deseé que desviaras unos centímetros tu mirada y pudieras ver con tus propios ojos lo que yo veía. Pero no, tú con la vista al frente, perdida en un horizonte que nunca podrás alcanzar porque, a pesar de que miras hacia delante, tus ojos ven hacia atrás, al pasado. Dios, el pasado. Olvídate de él. Fue bonito, pero eso: fue.

                Al ver el rostro del Julia, regresó a mí la necesidad de acercarme, de sacudirte, de que despertaras de ese letargo. Tú no te diste cuenta, pero una lágrima corrió por su mejilla. Julia disimuló, se atrasó un paso. Esa chica está muy enamorada de ti. Y yo sé que tú lo estás de ella. Pero me quieres ser fiel. Y lo entiendo. Después de haber sido las más enconadas enemigas nos convertimos en las más apasionadas de las amantes. Estábamos enamoradas como histéricas lunáticas perdidas por siempre en la magia del arco iris. Nos prometimos amor eterno y sé que tú pretendes cumplir con tu promesa. Escúchame bien: no quiero que lo hagas. No quiero que seas fiel a un recuerdo que el tiempo empeñará en tu memoria. No quiero verte envejecer aferrada a un amor que fue hermoso, pero que ya no es. Sufriste por mí, sufriste mucho. Lloraste por mí, más de lo que creo que merecía. No, no voy a permitir que también sacrifiques tu futuro por mí. Fuimos felices, pero ahora toca que esa felicidad la compartas con otra mujer. No, no voy a aceptar que tus sonrisas, tus balbuceos, tus caricias, tus ocurrencias, tu ternura, tus sueños, tus esfuerzos, tus metas, tus palabras, tus irritaciones, tus malos momentos… no voy a aceptar que todo esto quede sin compartir. Eres alguien que vales demasiado para encadenarte a un pasado que, sí, fue fantástico, pero ya sucedió.

                No sé si hago bien escribiéndote esto, espero que sí, porque la razón de hacerlo no es la de esclavizarte más a mí, si no la de ofrecerte la libertad. Hoy, como cada 31 de octubre, te he buscado y te he observado en la distancia. Julia parece una buena chica. Perdón, Julia es una buena chica. Te merece. Y tú la mereces a ella. Deja de culparte, tú ni siquiera conducías aquel coche. Por Dios, si era un taxi. No fue culpa tuya, deja de martirizarte ya, no repitas la estupidez de que si no hubieses estado en la fiesta habrías oído el móvil. No importa si lo habrías oído o no, yo te llamaba para decirte que ya iba en camino. Y, ¿qué? ¿Habrías dicho que esperara que venía tu papá a buscarme? Me conoces, te habría dicho que no, que yo tomaba un taxi, que vaya tontería hacerle a tu papá conducir tanto. Sabes que el taxi lo habría tomado igual. Así que olvídate, no te culpes, que nada vas a arreglar culpándote.

                No te digo que te olvides de mí, porque seguramente eso no podrás hacerlo, pero sí te pido que no ignores a quienes te rodean. Han transcurrido ya tres años, tienes diecinueve. Yo morí en aquel accidente, tú tienes la obligación de vivir por las dos. Sé feliz, porque de tu felicidad depende la mía.

                Hoy, 31 de octubre, como cada año desde mi óbito, me he acercado a verte. Me he mantenido entre las sombras y me he sentido triste porque no había una sonrisa en tu rostro. Esta noche es la noche en que las puertas se abren y los vivos pueden ver a los muertos y los muertos, al fin, pueden decir sus palabras. Yo te las he escrito porque quiero que las guardes y, en los momentos de flaqueza, vuelvas a leerlas.

                ¿Me amas? Entonces demuéstramelo: sé feliz.

 

F.K. Esda. España.

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