Parasomnia, por Andrea Nunes

Parasomnia. Relato integrante del especial de Halloween.

Despierto sobresaltado al sentir un gran peso sobre mi espalda. Elvis se pasea por mi columna, presionando mis vértebras una a una. Maldito gato gordo… realmente he de ponerle a dieta, apenas puedo respirar con él encima; siento que me machaca los huesos, la presión se extiende a las costillas, me duele el tórax. No sé qué hora es pero aún no ha amanecido. Si sigue despertándome así en mitad de la noche, tendré que encerrarle en otra habitación para poder dormir… Estoy tan agotado que no tengo fuerzas para girarme en la cama y echarle de ahí, me pesa todo el cuerpo. Trato de llamarle la atención, decirle algo, pero se me atasca la voz en la garganta. No soy capaz de articular ningún sonido. Y ahora es cuando me preocupo un poco porque por más que lo intento, no puedo moverme. De verdad que no puedo. No es que esté muy cansado, es que mi cuerpo se ha quedado tieso como un palo y me resulta imposible mover un solo músculo. Sigo tumbado boca abajo, abrazado a la almohada. Algo debe de notar Elvis, que viene a tumbarse a mi lado y me mira casi rozándome la nariz.

Mi corazón se acelera del susto porque sigo sintiendo el peso muerto sobre la espalda y veo que no es mi gato. Creo que estoy sudando. Elvis ya no me mira con curiosidad, me mira con sarcasmo. Una sonrisa tétrica se dibuja en su rostro. Podéis imaginar lo inquietante que llega a resultar una sonrisa perfecta en un gato. En un gato negro y gordo, con los ojos amarillos, que te mira fijamente. Nunca he tenido miedo de Elvis, siempre ha sido una mascota tranquila y cariñosa, pero en este instante temo que quiera arrancarme la cara a zarpazos. Él sabe qué es lo que tengo sobre la espalda, lo está viendo, y le hace gracia. Se ríe de mí. Y yo,  desde mi postura, solo puedo verle a él y un trozo de pared junto a la cama. Entonces caigo en la cuenta de que en ese trozo de pared se perfila una silueta. Cerca del techo, una figura descomunal, indescriptible, tal vez humana, con unas manos de dedos largos y huesudos. Solo puedo ver su sombra, pero es tan nítida que visualizo la imagen con total claridad; me figuro que son manos de viejo, porque de pronto siento que huele a rancio, a piel muerta. Esas manos monstruosas y probablemente gélidas manejan algo en forma de cruz. De cada extremo pende un fino hilo. Como una marioneta. Al instante lo comprendo. No lo había visto antes, pero Elvis está sujeto por unos hilos también, por los mismos hilos. Ya no es mi Elvis, es la marioneta de ese ser repugnante que se encarama en algún rincón en las alturas de mi cuarto. Me parece que quiero vomitar. Y ese ser aparenta entender lo que me pasa porque se ríe. Cuchichea con el otro ser, sea lo que sea, el que está aún a horcajadas sobre mí. Ahora me resulta más evidente, no sé cómo pude pensar que era un gato lo que tenía encima. Siento sus rodillas a mis costados, ahora aprietan más. Se están burlando de mí.

Elvis maúlla, tal vez asustado por lo agitado de mi respiración, pero sigue mirándome con sonrisa socarrona. Intuyo miedo en su interior, pero lo que muestra es totalmente distinto. Quien se ha sentado sobre mí pretende compadecerse de mi sufrimiento. Me acaricia la nuca, sube por la cabeza, revuelve mi pelo. Con esto no me tranquiliza en absoluto, si esa es su intención. Quiero gritar, que alguien me oiga y acuda en mi ayuda pero me resulta simplemente imposible. Elvis saca sus uñas, esas temibles garras retráctiles que brillan bajo la luz de las farolas que se filtra a través de la ranura de la persiana. Ahora sí va a destrozarme con ellas, no hay duda. Las manos huesudas mueven los hilos. Me muestra los colmillos. Y aún así el condenado no tiene prisa. Sé que no es él, es una marioneta, pero lo está disfrutando. Siento cómo saborea el momento, regodeándose en la angustia que me produce. Se le encrespa el pelo del lomo, se arquea sin dejar de fijar su mirada amarilla en su indefensa presa. Recula un poco, pretende ganar espacio para asestar un zarpazo más certero. Abre sus fauces al tiempo que flexiona sus patas traseras para saltar.

Entonces lo recuerdo. El dedo gordo… El dedo gordo del pie. ¡Trata de moverlo! ¡Muévelo!

Así es como lo logro. Un resorte me impulsa, me caigo al suelo, enciendo la luz de la lamparita con un movimiento casi reflejo. Elvis se ha llevado tal susto que ha saltado de la cama y se ha escondido debajo. Miro a mi alrededor. No hay nadie. No hay nada. Solo se oyen los grillos nocturnos. Me limpio el sudor de la frente, trato de acompasar mi respiración. Tranquilo, me digo a mí mismo. Solo ha sido una parálisis del sueño. Otra vez…

Andrea Nunes. España.

Relato publicado por la editorial Semilla Amarilla en la compilación de cuentos de terror titulada No voy a poder dormir esta noche.

Otras publicaciones de Halloween:

Apariciones                    Ausencia                La pulsera

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