La pulsera, por Carolina Maita

La pulsera. Relato seleccionado para el especial de Halloween.

Treinta años han pasado desde que entré por primera vez en esta mansión, veinte desde que me fui, dejando esta enorme casa en manos de personas que eran muy queridas por mí. Hoy volví, y recordé todo lo que viví, recordé esos momentos en los que era un niño feliz, al que no le importaba embarrarse en los charcos de lodo que se formaban luego de cada tormenta, recordé cada vez que mamá me retaba y yo corría a esconderme en la habitación de mi pequeña hermana, en la cual mi madre no me retaba ya que si lo hacía podría despertar a la bebé. Recordé la primera vez que entró Juanita por la puerta del fondo para encontrarse con mi hermano, y yo caí profundamente enamorado de ella, una lástima que me llevara más de 10 años. Cómo extraño esos momentos en los que era un niño inocente que no se preocupaba más que de cuándo la bebé se despertaría para ir a jugar con ella. Recuerdo que mamá no quería que la cargara, pero cuando estaba con papá no me decía nada y yo podía jugar tranquilamente con ella. Papá murió muy joven, cuando yo tenía 10 años, con él se llevó a su hijo, y nunca lo volví a ver. Una vez, cuando era chiquitito, le pregunté a mamá por qué el abuelo había muerto, me explicó que a veces nuestro cuerpo ya no se siente bien y nos vamos al cielo. Después de eso, trataba de no enfermarme, tenía mucho miedo de morir; ahora sé que era una tontería.

Recorro la planta baja viendo recuerdos por todos lados. Subo la escalera y entro en la que solía ser mi habitación. La veo tal cual la dejé el día que me fui, mi cama en el centro de la pieza, y mi escritorio a un costado, me acerco y observo la repisa llena de viejas fotos, fotos mías de pequeño, con mis hermanos y mis padres. Sobre el escritorio hay una fotografía de un accidente, le paso la mano para sacudirle toda la tierra que tiene encima, es del accidente de mi padre. En ella se ve el auto destrozado y en un costado de la imagen hay una pequeña bolsa negra, tratando de cubrir un cuerpo ya sin vida.

Desde el día del accidente de mi padre no volví a ver a mi familia. Los extraño mucho, al principio me sentía perdido, no sabía para dónde ir ni que hacer. No conocía nada ni a nadie. Me tomó años recordar toda mi vida; hace poco recordé la dirección de la casa y decidí venir a ver mi antigua vivienda. Extraño mucho a mama y a papá, también extraño a mi hermano Nicolás y a mi hermanita Felisa. Todavía los extraño después de veinte años. Todavía siento que necesito encontrarlos, todavía debo darle el regalo de cumpleaños a mi hermana, meto mi mano en el bolsillo y saco una pequeña pulserita con el nombre Felisa grabado. La compré cuando se acercaba el primer año de mi hermanita. Todavía tengo que dársela, aunque no sé si le irá ya, debe de ser toda una mujer ya, capaz que ya tiene hijos, pero yo de igual modo se la tengo que dar, para eso vine aquí. Necesito una pista de dónde está. Si yo consigo darle esta pulserita seré libre de irme con mi papá.

Entro a la habitación de mi hermana, está totalmente vacía. Lo mismo sucede con la de mi hermano y la de mi madre. En ese momento recuerdo a Juanita; yo sé dónde vive, recuerdo que siempre entraba por la puerta de atrás ya que el patio trasero daba a su casa. Me dirijo en silencio a su casa y entro. Una señora carga a un pequeño y otra más joven le prepara la mamadera. La reconozco, Juanita está más bonita que nunca:

—Virginia, no le calientes mucho la leche que se va a quemar — reprende la mujer. Qué extraño, no es Juanita. En ese momento entra un hombre. ¡Mi hermano! Es mucho más grande de lo que recordaba. Ya es un hombre, saluda a Virginia y a la mujer sentada con un beso en los labios. Ahora lo entiendo, Juanita es la mujer que carga al niño, claro que iban a estar más grandes.

—Felisa quiere que vayamos hoy a comer —dice mi hermano. Genial. Mi oportunidad de entregarle mi regalo. Decido matar el tiempo recorriendo la casa. Me acerco a una repisa llena de fotografías. Hay fotos del casamiento de mi hermano. Muchas de Juanita embarazada y hay otras de 3 niños. Hay una foto que me llama la atención. Es una foto de mi hermano cargándome en brazos, es de cuando tenía aproximadamente 10 meses. Él sonreía mucho y yo lo observaba con admiración. La foto tiene una pequeña descripción: “Me abandonaste muy rápido”. No lo entiendo, yo no lo quería abandonar, no quería pero no tuve opción.

El auto de mi hermano se frena delante de una casa bastante bonita. Es pequeña pero muy bien arreglada. Entro a la casa luego de que entra él. Observo cómo todos se saludan. Reconozco a mi madre, qué bella que está. Es una señora mayor muy bien cuidada, no reconozco quién es Fel hasta que mi madre la nombra:

—Felisa, fíjate la salsa.

Observo a mi hermana dirigirse a la cocina y la sigo. No puedo creer en la mujer que se ha convertido. Está tan hermosa.

—Mamá, tengo hambre —dice un pequeño.

—Ya va a estar Lucas —me sorprendo al escuchar mi nombre, la miro tratando de entender si se dirige a mí, pero no, parece que le ha puesto a su hijo mi nombre. Felisa se apoya en la mesada luego de que el niño sale.

—¿Qué pasa, tesoro? —le dice mi madre al verla tan triste.

—Es que me siento mal al no acordarme de él, mamá. Todos lo recuerdan y yo sé que me amaba mucho, pero no logro recordarlo.

—Es que eras muy pequeña. Te puedo asegurar que te amaba mucho, él y tu padre. No te sientas mal por no recordarlo.

Mi madre se acerca a mi hermana y la abraza, Feli llora mucho y no me gusta verla llorar. No puedo verla sufrir tanto por no recordarme. Decido dejar la pulsera en donde la vea.

—El día del accidente, tu padre y tu hermano te fueron a comprar tu regalo de cumpleaños. Lucas había ahorrado desde que naciste para poder comprártelo. No encontraron la pulsera. Una lástima, sería lindo que la tengas —dice mi madre entre sollozos.

Decido que ya no aguanto más, dejo la pulsera en la habitación de mi hermana y espero sentado en la ventana a que la encuentre.

Más tarde esa noche, Felisa entra a la habitación y se dirige al joyero en donde deja sus aros y cadena y la ve, ve la hermosa pulsera plateada con su nombre grabado en ella. Y junto con la pulsera encuentra la carta que le había dibujado hace tantos años. En ella dice: “Para que mi hermosa hermanita jamás olvide quién es”.

En ese momento todo se aclara, y allí, al final del pasillo, está mi papá, tiene los brazos abiertos y está agachado, está esperando un abrazo, que corra a sus brazos y yo soy de vuelta un niño, un niño que ha extrañado mucho a su padre y que corre a su encuentro para estar para siempre con él, y esperar que a su tiempo mis hermanos y mi madre se reúnan con nosotros.

Carolina Maita. Argentina.

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