Jenny Fernández y Juan Carlos Cortes Saraza, finalistas del concurso de Navidad

Como habíamos prometido, aquí tenéis también los textos de los finalistas del concurso de Navidad: Jenny Fernández (España) y Juan Carlos Cortes Saraza (Colombia) ¡Enhorabuena y muchas gracias por haber participado!

Querido Papá Noel

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Querido Papá Noel:

Como supongo que con tantas tecnologías te habrás modernizado ya y las cartas este año te llegarán vía e-mail, yo haré lo mismo… pero solo por esta vez.

Este año quiero pedirte ‘lo de siempre’, como en la cafetería donde desayuno cada mañana. No quiero nada para mí y tampoco nada material para nadie, quiero que te escriban las cartas en papel de su puño y letra, quiero que se arruinen las compañías telefónicas porque todos prefiramos hablar cara a cara para poder mirarnos a los ojos. Que las risas no se lean y se oigan, que contagien. Que la paz no sea una paloma blanca, ni un símbolo, ni siquiera Jonh Lennon; que la paz sea real. Que la gente ame de verdad. Quiero bibliotecas llenas de libros con magia como en las películas americanas.

Quiero lectores porque el mundo ni siquiera necesita poetas, necesita poesía.

Jenny Fernández. España.

(Autora de Los suspiros de Nay)

Invierno en Navidad

invierno en navidad

El invierno no había dado tregua. Aquel pequeño pueblo parecía condenado a perecer sepultado bajo un manto blanco. Poco a poco su actividad disminuyó; lo que a un principio parecía un anticipo de una navidad como las demás, fue empeorando hasta acabar con las ilusiones de una festividad cálida y encantadora.

Los niños dejaron de jugar con la nieve, no hubo oportunidad de celebrar la novena comunitaria que cada año se rezaba. La promesa de diversión y descanso se transformó en la obligación de recoger leña, abastecerse de provisiones y racionar todos los alimentos. Cada mañana los hombres hacían brigadas para despejar un poco los caminos y conseguir cualquier cosa que tuviera utilidad para afrontar la cruda estación.

En la víspera de navidad, la celebración fue opaca, la acostumbrada misa fue una ceremonia corta en donde el frío anuló cualquier muestra de devoción, la comunión fue recibida en medio de la helada, y la buena intención de los feligreses fue castigada con una temperatura que taladraba los huesos. En un acto de constricción un grupo de jóvenes fueron al campanario y tras forcejear con una cuerda congelada, pudieron tocar la campana, logrando salvar uno de los rituales decembrinos que el invierno se empeñaba en robar.

Con el transcurso del día, la nieve cayó con más fuerza, recluyendo a cada familia al interior de sus casas. En un  intento de salir adelante a los contratiempos, en cada hogar se hizo lo necesario para recibir de la mejor manera posible la Nochebuena. Los niños improvisaron un pesebre con sus escasos juguetes, los padres alimentaron el fuego con cualquier material utilizable y las madres prepararon con todo su corazón una modesta cena navideña. Esta vez la perdiz, el conejo y los embutidos fueron reemplazados por carne curada; la natilla y la torta de reyes por masitas de harina dulces o saladas. Por si fuera poco los juguetes empacados para la ocasión tuvieron que ser utilizados como combustible y las peticiones de regalos se transformaron en deseos de un mejor clima.

Conforme la medianoche se acercaba, el frío fue desplazado por la calidez del amor filial, no hubo una gran celebración pero en consecuencia todos los esfuerzos por conmemorar la navidad, habían afianzado los vínculos entre cada familia ya que aprendieron a encontrar la luz en la adversidad.

Una hora antes de la nochebuena el silencio fue interrumpido por los gritos de un hombre que pedía posada para su familia. Una gran cantidad de ojos curiosos se asomaron a las ventanas. En efecto en medio de la fuerte nevada una pareja acompañada por un burro recorrían con dificultad el camino. Conscientes de la desdicha de los forasteros y dispuestos a ayudar al prójimo, las puertas de las casas se abrieron para recibir a los viajeros. Sin detenerse a escoger, la pareja entro a la casa más cercana.

Una vez dentro, los anfitriones ubicaron a sus huéspedes, incluida la bestia, cerca de la chimenea para que recobraran el calor. Con presteza los niños de la familia trajeron mantas y toallas, el padre tomo la ropa empapada y la madre les brindo con devoción una porción de la cena navideña. Los forasteros aceptaron en silencio las atenciones. Después de comer y recuperar el calor, agradecieron con alegría la ayuda prestada. El hombre explico que tenían que viajar sin importar el clima, si querían llegar a donde sus padres a tiempo para el parto de su esposa. Fatigada la mujer se durmió pronto y la conversación quedo aplazada para el otro día. Por lo menos la hospitalidad del pueblo y de aquella familia les había salvado la vida.

Al amanecer la familia comprobó consternada la partida de sus huéspedes, en el lugar donde la mujer embarazada había dormido encontraron una estrella de oro. Dispuestos a averiguar el rumbo de sus invitados los anfitriones salieron de la casa, para descubrir que la nieve ya no caía y milagrosamente  el pueblo ya no estaba tapado por aquel manto blanco. Junto con los demás habitantes recorrieron las calles constatando que el motivo de sus preocupaciones se había desvanecido y en su lugar pequeños brotes de hierba se asomaban. El detalle más grandioso lo encontraron en la plaza del pueblo en donde un hermoso nacimiento adornaba la mitad del lugar, devolviéndoles la alegría a todos.

Con júbilo la familia anfitriona reconoció en los rostros de las figuras de San José y la virgen María, las identidades de la misteriosa pareja a la cual le habían brindado posada en Nochebuena y que en virtud de sus buenas intenciones habían propiciado un milagro, liberándolos de la amenaza invernal.

Juan Carlos Cortes Saraza (Shiogen). Colombia.

 

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