Noventa días tiene Luz Marina, por Geovanny Soto (Taller literario: 3 temas)

Taller literario 3 temas: Día internacional contra el cáncer

 

NOVENTA DÍAS TIENE LUZ MARINA

(Dedicado a mi madre, que murió de cáncer de mama hace ocho años. Y a su ejemplo: el cáncer minó su cuerpo, no su espíritu.)

“No busques al amigo para matar las horas, sino búscale con horas para vivir.” (Khalil Gibrán)

   ¿Hay caminos inciertos? Claro. Pero podríamos transitar por ellos. Si elegís aventurarte asumís el éxito o el fracaso de la expedición. Pero si es una fuerza mayor a tu voluntad la responsable de tal viaje, será la actitud que llevés en el salveque el único instrumento de orientación en los momentos de extravío.

Día 1:-Lamento decirle, joven, que los resultados de los exámenes dieron positivo.

   El médico le explicó a Luz Marina, de forma fría y clara, cuál era el tipo de leucemia que padecía, la manera correcta de abordarla y, sobre todo, la expectativa de vida.

   Sangrados relativamente leves pero frecuentes en las encías y la nariz no la habían preocupado mucho. <<Es el estrés de los estudios>>, le dijo una compañera de la universidad. Pues Luz Marina estaba en plena carrera de arquitectura y ni sus veinte años podían evitar esas pequeñas incomodidades. Sin embargo, ciertas sudoraciones nocturnas fuera de lo común, la última menstruación un poco violenta y un desmayo sin razón alguna fueron las causas de la visita al doctor.

   Sus padres estaban sentados detrás de ella escuchando estupefactos el diagnóstico. No lo podían creer. Su hija, su única hija, morena como la madre, con el cabello castaño oscuro, espeso y acolochado, largo hasta los omoplatos, con ojos de un café muy profundo, de facciones medianamente gruesas y una figura de revista… imposible poderlo siquiera imaginar.

-¿Voy a morir, doctor?-preguntó Luz Marina secamente, con mirada vidriosa y voz de tono bajo. El galeno fue directo: el perfil, según los resultados, era el de un cáncer… agresivo, sin más miramientos. En los casos como el de ella, la quimioterapia debía iniciarse de inmediato, al día siguiente si se podía.

-¿Cuánto tiempo, doctor, dígame cuánto tiempo me queda?

-Me parece que su atención debería concentrarse en el tratamiento. Una actitud positiva es fundamental para…

-Disculpe, doctor, no quiero ser insolente, pero creo que mi pregunta fue bastante clara. ¿Cuánto tiempo?

-Si no logramos resultados a corto plazo… solo dos o tres meses.

Día 2: De vuelta a su casa, después de la primera quimio, Luz Marina comenzaba los vómitos que se esperaban de normal pasadas, al menos, dos o tres sesiones. El tratamiento debía ser más intensivo en ella.

   Transcurridas varias horas, la joven recibía el segundo golpe bajo. Su novio, sin valor para hablarle de frente, le llamaba por teléfono para darle un rotundo adiós. Luz Marina no lo soportó. Se levantó de la cama y comenzó a gritar y a maldecir. Tiró al suelo el colchón. Lámpara y retrato de la mesita de noche se estrellaron contra la pared. Toda su ropa alfombró el piso y los zapatos dieron en la ventana que, a fuerza de taconazos con números altos, terminó entregando sus multiplicados hijos al suelo arenoso del otro lado.

   El alboroto fue monumental. Padre y madre corrieron alarmados hasta la habitación de la muchacha. Ya esperaban una reacción de estas.

-¡Hija, por favor, calmate!-fue lo que su madre atinó a decirle al instante de abrir la puerta… y lo único que pudo expresar.

-¿Que me calme, mami, que me calme? ¿Es que acaso no escuchaste al doctor ayer? ¡Noventa días, mami, solo tengo noventa días!… ¡y me decís que me calme! ¡Voy a morir! ¿Por qué la vida me trata así? Soy joven, bella, inteligente… y mi carrera, no la he terminado y ya se cayeron los edificios que iba a construir. ¡Ah, pero no era suficiente! Me acaba de llamar Alejandro. ¿Sabés para qué? ¡El muy maldito me cortó, mami, después de seis años! Ni siquiera tuvo el valor de darme la cara ese desgraciado. ¡Él no puede desperdiciar su vida, el tiempo es muy corto!… ¡mirá a quién se lo dice! ¡Es un idiota, un imbécil! ¡Ojalá se pudra en los infiernos!… ¡quiero morir, mami, quiero morir rápido! No creo que pueda soportar tanto, no puedo, no puedo…

   Luz Marina se sentó sobre vestidos rasgados, abrazando un enorme oso de peluche. Lloró con muchísima amargura.

Día 3: En su dolor, la joven decidió no volver a los tratamientos prescritos. Había determinado morir pronto. Postrada en su cama, miraba, por la ventana destrozada, la risueña y tranquila playa de Caldera de Puntarenas, con su oleaje suave y dormido. El sol coqueteaba con las aguas calmas de olas pequeñas tiñéndolas de plata. Pelícanos hacían cosquillas al cielo inmaculado de nubes. Y unas cuantas lanchas artesanales, asemejando cáscaras de maní, se veían como si pudieran ser movidas por el antojo del viento. Todo eso habría, en otro tiempo, extasiado el corazón de Luz Marina. Ahora le daba náuseas.

   La puerta del cuarto dio paso a la madre de la muchacha. Le traía el desayuno. No lo quiso ni ver, no tenía hambre. Al voltearse para reafirmar a aquella que no iba a comer, recibió en la palma de la mano un sobre de color amarillo brillante. En su exterior se leía la frase: “De un amigo secreto”. Preguntó a su madre de qué se trataba el asunto, a lo cual solo escuchó que lo había encontrado apoyado en la puerta de la entrada al abrirla por la mañana.

-Esto es una broma de mal gusto. ¡Amigo secreto! ¡Qué tontería!-y lo arrugó sin abrirlo. Luego se durmió muchas horas, no tanto por cansancio, sino por el agobio de la depresión.

   La despertaron unos pasos que intentaban no molestarla. Era su madre que volvía con otro sobre amarillo. Esta vez la frase decía: “Por favor no lo rompás”. Luz Marina pidió explicación de la nueva misiva. Su madre nada más le comentó que volvió a encontrarlo junto a la puerta. “¿Será que alguien me vigila?”-pensó la joven. Estuvo largo rato observándolo y notó que dentro, además de una carta, había dos cosas más. Y la curiosidad venció a la indiferencia.

   En efecto, tenía una hojita tierna de naranjo que aromatizaba el interior, una pieza de rompecabezas pequeña y una hermosa carta escrita en papel amarillo claro:

   “Querida Luz Marina: Gracias por no tirar esta vez el sobre. SOY TU AMIGO. Ahora necesitás uno como nunca. No murás todavía. Viví la vida, tu vida. No te sentés a celebrar la muerte. Decidí vivir. ¿Ves la pieza de rompecabezas? Pronto podrás formar la foto que escogí para tu asombro. Eso sí, te pido que lo armés por el lado contrario hasta que quede terminado. ¡Sin trampas! Viví. Yo también te necesito. TU AMIGO SECRETO.”

   Cuando hubo concluido de leerla se dio cuenta que el corazón le palpitaba a un ritmo más animoso, que sentía un poco de paz. Y sus ojos se humedecieron. Tomó una hoja de papel blanco para contestar la carta de su nuevo amigo. Al acabar la introdujo en un sobre rosado. Llamó a su madre y le pidió que la dejara al otro lado de la puerta…

Día 4: Fue una noche terrible. La invadieron escalofríos agudos y un dolor de cabeza le hizo de almohada. Durmió muy poco. Cuando el sol la saludó al amanecer, las ojeras habían acordado servirle de elegantes joyas.

   Igual que la mañana anterior no apeteció comer; pero, en cambio, esperó con ansias noticias de su amigo secreto. Y fueron colmadas, pues el sobre amarillo brillante encontró nido, otra vez, en sus manos:

   “Me preguntás quién soy y cómo me llamo. Te diré solo mi nombre: el yigüirro que canta en la ventana quebrada de tu cuarto, el calor de la tarde y el viento cargado de sal que la refresca; tal vez un pensamiento alegre, un beso de tu padre, un abrazo de tu madre. ¡Ya hasta poeta me he vuelto! Pero, de verdad, así me llamo, porque mi nombre es COMPAÑÍA.”

   Dentro encontró una hoja tierna de naranjo y la siguiente pieza del rompecabezas.

Día 20: En vano sus padres le insistían a Luz Marina que recibiera la quimioterapia. Desde su punto de vista era una pérdida de tiempo. Su salud estaba ya visiblemente deteriorada, bajó unos kilos y la palidez empezaba a afincarse. Las visitas las prohibió de manera irrevocable; cero llamadas, cero contactos con el exterior. Nada más leía las cartas de su amigo secreto. Ellas le daban la sensación de seguir viva, pues no en escasos momentos pensaba que ya estaba muerta.

   Esa mañana se despertó con la carta de siempre y dos globos de colores, uno azul y otro blanco:

   “Decime que guardás las cartas que te he enviado todos los días. Jurame que no estás haciendo trampa con lo del rompecabezas. Te regalo esos globos. El azul es parecido al del cielo despejado de Caldera. El blanco… es nada más porque me gusta ese color.”

Día 35: “Sé que la estás pasando mal. Siento pena por no poder estar con vos. Algo me lo impide. Yo también he pensado en el día de mi muerte. Me gustaría que fuera en un atardecer, o mejor a la orilla del mar, en la playa, acariciándome el pelo la brisa fresca que viene desde Puntarenas, dándole gracias a la vida, sin quejas, alegre.”

Día 38: Durante toda la tarde llovió en Mata de Limón. La lluvia dejó, a pesar de todo, una mísera oportunidad para que el sol mortificara, con elegante disimulo, a la gente. Pero, aunque pareciera increíble, Luz Marina sintió un tremendo frío, un frío que la cobija no logró socorrer. Sangrados tenues, pero diarios, de la nariz eran parte del collage patológico de la joven. Moretones en su cuerpo y un dolor a la altura del hígado se le iban pronunciando cada vez más. Sus fuerzas decaían con velocidad. Sin embargo, haciendo acopio de ellas, se levantó de la cama, encaminó los pasos en dirección al baño y bebió un trago de agua. Al verse en el espejo del lavamanos no pudo evitar sentir lástima de sí misma y, la otrora universitaria, la que se comía al mundo, sintió que el mundo se la comió a ella. “¿Dónde está mi juventud?, ¿qué se hicieron mis ilusiones, mi carrera, mi futuro? Amigo, ¿dónde estás?, ¿por qué no venís aquí, a mi lado? Hablame con esas palabras tan llenas de vida… necesito vivir, amigo, necesito vivir.” Lloró el resto de la tarde y sus lágrimas se confundieron con las de las nubes.

Día 39: “¡No me vengás a lloriquear que estás mal! ¡Nosotros sí estaremos mal! Porque te vas y aquí quedaremos viendo el asiento que dejarás vacío. Decime, ¿a quién sentaremos en él?, ¿quién ocupará tu sitio?, ¡decímelo! Mientras tanto, por todos los Cielos, ¡VIVÍ!, aún no te has muerto, o ¿es que no lo sabés? Todavía tenés mucho para dar, ¿no sos consciente de eso? ¿Sos acaso tan egoísta de despedirte y no dejarnos algo, alguna cosa, lo que sea? Mientras tanto no desechés las hojas de naranjo, tenelas por ahí.”

Día 47: Por insistencia de sus padres, el médico y la enfermera de Cuidados Paliativos de Puntarenas comenzaron a visitar a Luz Marina cada semana. El aspecto de la paciente era desalentador. Fiebres la doblegaban y el dolor de cabeza se le convirtió en un compañero fiel.

Día 56: “No pensés en lo que podrías haber hecho. Pensá en lo que podés hacer con lo que tenés enfrente: LA VIDA.”

Día 61: “Ya casi, sí, ya casi terminamos el rompecabezas. Estoy seguro que lo disfrutarás. Tené paciencia y no me preguntés tanto, sabés muy bien que no te diré nada.”

Día 74: La leucemia logró postrar definitivamente a Luz Marina en cama, hacerla lucir demacrada, sumamente pálida y muy baja de peso. Pero todavía leía por sí misma las cartas de su amigo y escribía de su puño y letra las contestaciones, no sin mucha dificultad, cansancio y en contra de la voluntad de sus padres.

   Las últimas cartas habían provocado en Luz Marina una inquietud que no conseguía dilucidar. Sabía que iba a morir pero eso no le molestaba. Era otra cosa. Algo más importante que la muerte. Algo que la lanzaba a la vida. No conseguía abrir la caja correcta…

   Al recibir la carta de ese día, se dio cuenta que con ella venía la pieza final del rompecabezas. Sintió emoción. Llamó a su padre para dársela, pues el rompecabezas se encontraba sobre una mesa cerca de la ventana-ya reparada-de su cuarto. Al completarlo se formó la frase: “Viví mientras estés viva”. Luz Marina se estremeció. <<¡Qué bello es mi amigo!>>, expresó con suma dulzura. Con impaciencia agregó: <<Papi, acercá la mesa a mi cama y tratá de darle vuelta al rompecabezas, tengo ansiedad por verlo>>. Cuando aquel lo consiguió la sorpresa fue mayúscula. Era la fotografía de un inmenso naranjo que el papá de Luz Marina derribó cuando ella tenía ocho años.

-¡Cómo olvidarlo! Las mejores naranjas de toda la zona las dio este palo. Lástima que se enfermó y se secó. Por eso lo corté, estaba muy cerca de la casa.

   “Enfermó” y “secó” fueron las dos palabras que encendieron el rostro de Luz Marina, una hoguera incontrolable le hizo combustión en el alma. Entendió algo. A como pudo, sin pensarlo, sacó de la mesita de noche una cajita de cartón donde estuvo guardando todas las hojas tiernas de naranjo. La mayoría mantenían aún su verdor, como si estuvieran luchando por vivir. La joven, haciendo un gran esfuerzo para sentarse en la cama, las colocó sobre el árbol en el lugar del follaje. Y, con gozo en la voz, preguntó:

-¿Te acordás, papi, lo que nos llamó la atención el día que cortaste este palo de naranja?

-¡Claro, mi cielo! Las dos naranjas más grandes y jugosas nunca vistas.

-Y… ¿lo que hiciste con ellas?

-Primero un jugo exquisito. Después guardé y sembré las semillas. Cuando los arbolitos nacieron los repartí a todos los familiares y, por supuesto, nos dejamos uno, el que creció alto y frondoso en el patio, un digno hijo.

   De haber tenido las energías para ello, Luz Marina habría saltado y gritado con euforia. Con visible agotamiento se acostó de nuevo, y con un llanto de hondísima felicidad decía:

-¡Mis semillas, papi, mis semillas, debo dejar mis semillas! ¡Hoy lo entiendo todo! Esto es lo que mi amigo me quería decir. Nuestro naranjo no se dejó aplastar ni vencer por su suerte. ¡Peleó hasta el final! Y en su agonía nos demostró que era capaz de heredar algo: las expresiones de su amor. Cosechó sus mejores frutos para despedirse, papi, vivió mientras estuvo vivo, ¡vivió mientras vivió!

   Al instante le solicitó a su padre que trajera muchas hojas blancas y un bolígrafo. Necesitaba escribir. No quería perder tiempo. <<Me queda poco, papi, corré>>, le dijo. Y encargó a su mamá un sobre de tono azul como el cielo límpido de Caldera. Quería enviar en él una carta para su amigo secreto, decirle cuánto lo amaba, cuánto le agradecía el don de la vida que le había regalado. Y luego escribió muchas cartas. Parecía como si la mitad de la leucemia estuviera dormida. Cartas a todos sus familiares: primos, abuelos, tíos; y a sus amigos… Les dijo que los quería, que eran su orgullo. Dejó semillas de amor en cada letra, ternura, sinceridad, respeto. Simiente que en otro tiempo sembrara, pero que el descuido olvidó regar. Y mandó a su padre a hacer las veces de cartero, puerta por puerta, casa por casa.

Día 89: La habitación de Luz Marina desbordaba de familiares y amigos. Cada uno la abrazó, lloró con ella, rio con ella, asintió con ella. Era una fronda de naranjo con hojas tiernas y frutos dulces. Solo faltaba su mejor amigo, su amigo secreto, la naranja de gajos medicinales y aroma de incienso.

   Esa noche Luz Marina tuvo un sueño. Caminaba por la playa de Caldera, llegando casi al muelle. Las olas, un poco agitadas, le empapaban las rodillas, dejándole pequeñas conchas de colores en los pies. Luego el agua le mojaba a la altura del pecho. Hasta que las olas le llegaron a la cara. Entonces se despertó de improviso. Gran cantidad de sangre salía de su boca y nariz. Sintió espanto y horror. <<¡Mami, papi, me desangro, ayúdenme, por favor!… ¡papi, mami!>>, gemía desesperada.

Día 90: En el Hospital Monseñor Sanabria consiguieron detener las hemorragias. El médico explicó a sus padres que ya le quedaba muy poco tiempo. <<No la dejen sola>>, advirtió.

   De camino a su casa, en el carro, vuelta en sí, haciendo esfuerzo por hablar, Luz Marina suplicó a su papá:

-Papi, llevame a la playa antes de que entremos a la casa, por favor, ¿sí?, deseo ver el atardecer.

-Lo que querás, mi princesa, lo que querás-pudo apenas decir su papá, aguantándose las ganas de llorar.

   Complaciéndola, detuvo el vehículo, la cargó con absoluta delicadeza y se acercó lo más posible a la espuma que acariciaba maternalmente a la arena. Y Luz Marina, recibiendo los consuelos de la brisa que desde niña la chineó, alzando su débil voz, quiso dejar la última semilla:

-¡Gracias Vida! ¡Gracias por dejarme vivir mientras vivía! No tengo con qué pagarte todos los regalos que me has hecho: mis padres, mi familia, mi amigo secreto. No hay nada qué reprocharte, me voy en paz, Amiga, me voy… en paz.

   Luz Marina observó al sol que se despedía con luces amarillas y rojas, tendiendo rayos que cortaban las nubes acostadas en la línea del horizonte. Sus ojos cansados se fueron cerrando suavemente y, con una sonrisa apacible en su rostro, murió, regalándole un suspiro al crepúsculo.

   A lo lejos, detrás de una palmera, Alejandro sostenía con la mano derecha, cerca del corazón, un puñado de sobres rosados… y en la izquierda uno de tono azul…

 

Geovanny Soto Sosa. Costa Rica.

90 días tiene Luz Marina

Otros participantes del taller:

Los días sin luz, por Alina Reyes

El padecimiento de todos, detonado en algunos; por Fernando Bermúdez

El veneno, por Círculo Novel

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2 comentarios en “Noventa días tiene Luz Marina, por Geovanny Soto (Taller literario: 3 temas)

  1. Excelente, Geovanny, bonita historia de la que todos podemos aprender, y muy bien redactada.
    La próxima vez, intenta corregir el uso de las rayas de diálogo. Es muy frecuente confundir la raya con el guion (la raya es ligeramente más larga que el guion), que es lo que sucede en tu texto. La raya no puede escribirse directamente con el teclado a no ser que utilicemos un atajo (y depende del ordenador). En Word, por ejemplo, puede incluirse desde la pestaña “Insertar” y luego en “Símbolo” (lleva el nombre de M-DASH).
    Si tienes dudas sobre cuándo usar la raya o el guion, aquí puedes resolverlas:
    Uso de la raya: http://lema.rae.es/dpd/srv/search?id=kyRrDVgsOD6Xup8Dpt
    Uso del guion: http://lema.rae.es/dpd/srv/search?id=cvqPbpreSD6esL3ahc
    ¡Mucha suerte!

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