La chica numen, por Montserrat J. Covarrubias

La chica numen

De pronto, al salir del lugar, la oscuridad me deslumbra; allá dentro todo refulge en blanco impoluto, aquí ante la ignota realidad la noche carbonizada no ve ni una estrella y las nubes embriagadas por lluvia amenazan con vomitar y gritar truenos sobre relámpagos.

Me recargo en la verja que divide el idilio de la amenaza oscura, estoy a un simple paso de violar la penumbra, de hacerla temblar con risas inocentes y andares silenciosos. Entrego mis pensamientos al escrutinio de lo  que tengo al frente. En realidad no veo nada pero hay tanto, sé que hay  mucho porque mi cautiverio me ha hecho ser curiosa y cuando nadie mira yo echo ojeadas desesperadas al exterior. A cada lado, a unos dos metros de las columnas hay árboles, más allá pavimento que conduce a algún lugar, un par de bancas metálicas que a diario son refugio de enamorados y viajeros solitarios; en el otro extremo  pequeños jardines cercados con maderitas simétricas y flores amarillas que surgen de la nada, también hay objetos que son más de deseo que de realidad, mariposas de plástico y colibríes atados a campanas de viento,  farolas rústicas y ladrillos rojos construyendo sus mundos… pero no veo algo concreto.

En un arrollador acto de valentía levanto mi brazo a la altura del hombro y lo extiendo lejos de los límites de la última partícula de luz que toca mi piel. Todo lo existente más allá de mi codo es engullido por esa nata semitransparente materializada entre bancas, árboles y ladrillos rojos. Hay un sentimiento nulo, la oscuridad no se siente como algo especial así que doy el simple paso junto con un suspiro prolongado que nada más toca la penumbra, adquiere forma líquida. Le veo levantarse como un perfecto astro que sube casi rozando mi nariz para perderse lejos de mi entendimiento… ¿Que acaso si fuera acuosa podría volar?

Tan espontánea cavilación es interrumpida por un espasmo físico que consigue ovillarme un poco. Sin que lo note de entre las columnas principales surge una mano furiosa que jala de mi cabello y luego de mi camisa. Gritan mi nombre. No hizo falta mucho para traerme de vuelta. Con las manos raspadas y la curiosidad mareada trato de erguirme.

Sé que no estuve allí por más de medio minuto, ese lapso fue suficiente para desconectar un poco de mí. El piso tapizado con piedras de río me sostiene, pero a la vez yo sostengo cada una de ellas, suben por mis rodillas con cicatrices y se pierden en mi columna. Aquella mano salvadora me sorprende al ser dueña de un cuerpo entero… es ella, sí, es ella: la chica numen. Ahora me observa incrédula.

De repente lo sé, la certeza ahoga mis palabras pero vitaliza mis conjeturas. La chica numen me salvó pero al jalar de mi ropa lo hizo hacia el frente y por eso estoy de rodillas en el suelo, lo más sensato hubiese sido llevarme hacia atrás, regresarme a la luz… pero no.

Algo se rompe, es mi entendimiento, ¿por qué ya no es gris piedra de río?, ¿por qué no es negro carbonizado? Es la chica numen que dijeron había desaparecido en una roca estelar.

Entonces es como zambullirse en esa nata que está más allá de la verja, entonces se vuelve palpable, entonces corro hacia dentro tratando de salir…

Montserrat J. Covarrubias. México.

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