RETO: Jugando con las palabras. Resultados

La semana pasada, propuse un juego: escribir un texto corto con una lista de palabras, sin poder cambiar ninguna de ellas, ni en género ni en número (aunque alguno ha hecho una pequeña trampa). La lista es la siguiente:

  1. Manager
  2. Autodidacta
  3. Huéspeda
  4. Champús
  5. Fracs
  6. Aguanieve
  7. Cabra montés
  8. Azúcar
  9. Aledaños
  10. Contratos basura
  11. Pósteres
  12. Pus

Además de mi propia participación, podréis leer las tres que he recibido, de Mónica Olivares, Luna Sullyr y Cabecitaloca. ¡Muchas gracias por haber participado!

Soy un tipo horrible, por Andrea Nunes

Soy un tipo horrible, lo sé.  Suelo perder la cabeza inevitablemente por toda mujer guapa, sin pensar siquiera en las consecuencias. Esta vez se trata de la preciosa sobrina de un amigo de Lyon que, como la mayoría de mis amigos manager, es avaricioso y superficial.

 La joven solo habla francés, aunque está empezando a aprender español de manera autodidacta, lo cual la hace más encantadora aún. Se llama Sophie, y será mi huéspeda durante unos días. Hace anuncios para televisión, casi siempre de champús, y ha venido a Barcelona para presentarse a un casting al que todas las chicas deben ir vestidas con fracs y bailar bajo un aguanieve artificial para promocionar unos elegantes paraguas. Cuando se probó el suyo y me preguntó inocentemente qué tal le quedaba, tuve que hacer verdaderos esfuerzos para decirle, simplemente, que estaba estupenda, y luego darme media vuelta y dejarla que se cambiara a solas. Me vuelve loco. Se mueve con tanta gracia y agilidad que parece una cabra montés, o no, qué digo una cabra montés, ¡una gacela!, eso es lo que parece. Ayer,  después de la comida, la vi recogiendo con la yema de los dedos el azúcar que, en lugar de ir a parar a su café, había caído en la mesa, y me pareció tan tierna e irresistible que deseé llevar a cabo la típica escena de película romántica en la que él, lleno de pasión, tira todo lo que hay sobre la mesa y la tumba a ella encima… pero, desgraciadamente, estábamos comiendo con unos amigos. Por eso me da tanto pavor quedarme a solas con ella, algo que acaba de suceder hace tan solo cinco minutos. Está sentada en el sofá, ojeando una revista distraídamente, y yo la miro con los ojos muy abiertos; con demasiada avidez, tal vez. Estoy tan nervioso que empiezo a sudar… Antes yo era un hombre atractivo, es cierto, pero ahora, pasados ya los cincuenta, estoy algo desmejorado. Sophie no tiene absolutamente ningún motivo para fijarse en mí, a sus veinte alegres años. No soy más que un ricachón acabado en los aledaños de su carrera —una carrera, además, poco memorable. Es más, lo único que he hecho durante todos estos años como manager ha sido aprovecharme de jóvenes ingenuos con demasiadas ansias de triunfar, ofreciéndoles contratos basura sin que apenas se dieran cuenta—. Me acerco a ella mientras observa los pósteres que trae de regalo la revista. En el último momento, cambio de opinión, consciente de que arruinaría su vida si lograra mis propósitos, pero entonces ella se dirige a mí y yo empiezo a temblar:

—Al fin solos… ¿Tomamos una copa juntos?

“¡Pus! ¡Pus! ¡Pus!” empiezo a gritar para mis adentros. Es asqueroso, lo sé, pero precisamente por eso me ayuda. Repito esta palabra interiormente cada vez que creo que no podré controlarme. Es una manera bastante inútil de alejar los pensamientos eróticos que ahora cruzan mi mente, pero al menos tenía que intentarlo. Sin embargo, me temo que es demasiado tarde…

Huéspeda en mi cabeza, por Mónica Olivares

Era una noche áspera, las calles oscuras, la bruma desfilaba como un ejército de fantasmas sobre la avenida, habían pronosticado aguanieve para el norte del país, pero esto era peor, porque la niebla se extendía y traspasaba las paredes, mis pasos eran lentos, me dirigía hacia el bar más cercano y al girar a la derecha acaparó mi atención un poste eléctrico, ahí estaban esos malditos pósteres deslavados, lo miré de cerca, entre sombras se distinguía su silueta bajo esa capa de moho, el contorno de su rostro seguía reluciente y esa sonrisa de azúcar sarcástica  me miraba, quería encontrarla y ahora sí me la pagaría, después de haberla llevado al éxito como su manager, aquí me encontraba vagando por los aledaños recónditos de la ciudad, con unas cuantas monedas en los bolsillos de mi viejo fracs, pateando mis penas, y  encontrándomela en medio de esta miserable  noche fría.

Ella  siempre fue una rufiana con talento, muy astuta, autodidacta y ambiciosa, pero tenía que pasarme lo peor para haberme dado cuenta, la ayudé cuando vagaba de bar en bar tocando puertas para saltar del anonimato, fue huéspeda en mi cabeza, le di todo, una habitación cálida, vestidos, champús, autos, alimento, le di todo y más lo que un ser humano ocupa para ser feliz, ahí está el verdadero error, creer en las sonrisas, eso no es bueno, porque el dolor que se oculta en ellas puede guardar temibles secretos, odio y ruines sentimientos, esa deformación en su rostro arruinó mi sonrisa.

¡Contratos basura!… debí poner especificaciones claras, ahora solo lo lamento, sigo mi paso, ahora voy rápido como una cabra montés, por un momento olvidé el frío, y el coraje deslava mis zapatos, espero que el aire cure la herida que se desprende de mi piel, el pus que corroe en mi desesperación por querer desaparecer, también quisiera perder la memoria y olvidar que gracias a mí eres famosa, yo te inventé, yo te escribí, te di un nombre, una fisonomía, yo te hice real en mis páginas, tú me perteneces.

Noche de invierno, por Luna Sullyr

El sonido de la lluvia impregna la ciudad, consumiendo su agonía.

El frío está al caer, lo noto.

En el tejado, veo como la huéspeda del sexto entra en su habitación seguida de su mánager. Pobre infeliz. Si supiera los contratos basura que siempre ofrece a sus clientes no estaría tan servicial con ese hombre. Es demasiado joven para saber cómo es el mundo. Todavía cree que hay buenas personas dispuestas a ayudarla sin dar nada a cambio.

De repente, veo cómo el hombre se pone agresivo, le rompe el vestido y la tira al suelo. Mis sentidos se activan y cojo mi arma. No obstante, en el último segundo me detengo. Quiero ayudarla, pero sé que solo tendré una oportunidad para cazar a mi objetivo. Hago acopio de todas mis fuerzas, trago las últimas gotas de mi champús y dejo que el azúcar reactive mi cuerpo, al mismo tiempo que desvío la mirada de la ventana del hotel. Infeliz chica de pueblo, nunca tuviste que sobrepasar los aledaños de esta ciudad.

Sin esperar más, el aguanieve hace su aparición.

Debo darme prisa. El tiempo se agota y mis heridas empiezan a supurar un pus equiparable a la escoria humana que estoy esperando.

Por desgracia, me cuesta concentrarme al observar los pósteres en la calle, de la actriz que está siendo violada delante de mis narices.

Mi cuerpo se desangra y recuerdo por qué estoy ahí. Cojo todo el aplomo que me queda y vuelvo a revisar los carteles de búsqueda de mi cuaderno, hasta que encuentro mi objetivo: Quinvel, la cabra montés. Nadie sabe cómo lo ha hecho, pero de un día para otro, se ha hecho con el tráfico de armas de la ciudad y no precisamente por su cara bonita. Su sobrenombre está bien puesto. El reguero de cadáveres que deja con el cráneo aplastado es kilométrico. Se comenta que tiene el cráneo tan duro como el acero. Pero eso a mí me da igual. Mi padre siempre me decía que tenía que ser autodidacta si quería sobrevivir en la ciudad y la verdad es que había aprendido rápido. Tan rápido había aprendido, que ahora no podía quedarme quieto mientras contemplaba cómo la ciudad se desangraba por culpa de esa calaña.

La media noche llega justo cuando le veo salir del club de estriptís, junto con un montón de hombres de negocios vestidos todos con fracs. Está claro que tendré que dejar que el ciego se encargue de ellos. Ahora debo centrarme en la ballena blanca.

Mientras los pequeños copitos de nieve caen en mi rostro, me ajusto el traje y me preparo para la batalla. Por fortuna, no tardo en ver cómo mi presa se separa del grupo y se aventura solo por las calles de la ciudad. Está claro que se cree el amo de todo. Qué equivocado está…

Ha llegado la hora, así que le sigo con sigilo por las azoteas y al ver que se adentra en un parque dirección a su mansión, me abalanzo sobre él.

El tipo, alto y fuerte como un elefante, me mira sin sorpresa alguna y me sonríe mientras se quita el sombrero blanco.

En mi mente solo tengo una cosa clara: arrancarle la cabeza de cuajo y dejar su cuerpo como un coladero.

Sin título, por Cabecitaloca (del blog Emociones)

Este invierno autodidacta nos dejó

Huéspeda de todo,

Como paisaje, algunos  que otros aledaños

Contratos basura llenos de pus inhumano, que salpican y hieren a la ciudadanía,

Pósteres afirmando que no hay gobierno ni mánager que nos compre a base de buenos champús,

En esta España hecha aguanieve

Que aunque nos echamos azúcar a esta vida tan amarga últimamente,

Y nos vistamos con nuestros mejor fracs y entre cabra montés,

Seguimos en la misma coordenada, con los mismos problemas, pero en situación peor…

Anuncios

La leyenda de Onninnona. Capítulo III

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

            Cuerpos calcinados, mutilados, aplastados, asfixiados… muerte por todas partes. Eso era lo que Onninnona encontró en el interior de la taberna. En ninguno de los dos pisos encontró un superviviente. Quien había provocado el incendio había sido un experto en pirotecnia. Aunque seguía siendo de noche, encontró enseguida los tres focos principales del atentado. Estaban colocados estratégicamente para destruir los pilares centrales de la taberna. Quien había provocado el incendio tenía como objetivo la destrucción total.

            Ahora se encontraba sentada en un árbol cercano, observando cómo un grupo de guardias junto a varios curanderos y un druwide, llegaban de una aldea cercana, al ver la humareda.

            La búsqueda de los culpables iba a parar a manos oficiales de los buscadores, así que no valía la pena preocuparse más por ese asunto. En ese instante tenía otras cosas en las que pensar, como por ejemplo, en la muerte de los padres de Avelín. Nada más encontrarlos, los había sacado de la taberna. Ambos estaban muertos de asfixia. La chiquilla, ahora dueña de la destrozada taberna, se encontraba excavando, junto con algunos familiares, que habían venido corriendo nada más saber lo sucedido, al lado de la cuadra en un rincón apartado y tranquilo.

            Al ver que ahí no podría tener descanso alguno, decidió marcharse a otro lugar. Sin más demora se montó en Cerdi con  intención de alejarse. Mientras pasaba por el lado de varios guardias, oyó algo que le sorprendió.

            —Otra quema —susurró el hombre a su compañera—. Ya van siete en apenas siete noches…

            —Está claro que alguien intenta cortar los posibles abastecimientos entre las Montañas del Ocaso y la parte central del territorio.

            En ese momento el druwide de cabellera negra se les acercó para darles unas órdenes.

            Una mirada del maestro, bastó para que Onninnona entendiera que debía marcharse. No ayudaba en nada quedarse ahí, así que tras inclinar la cabeza al druwide se alejó, esperando que las autoridades solucionaran cuanto antes esos ataques.

            Los primeros rayos del sol la alcanzaron cuando salió de las enmarañadas montañas. Había decidido dirigirse un poco al oeste para localizar el río que dividía todo el territorio. Ahora que la noticia de los incendios corría por su mente, y al parecer por las mentes de muchos viajeros que se había encontrado por el camino, dejó de lado el anonimato que había intentado seguir hasta ese momento. Estaba claro que nadie se iba a fijar en ella habiendo tantos problemas como los que había, al parecer, por toda la región.

~·~

En las afueras del clan Roca Maciza

 

            Ocultos a la vista de extraños, un grupo de bandidos descansaba plácidamente a la espera de nuevas órdenes. Después de la última quema, habían espoleado con fuerza a sus caballos para poner tierra de por medio, con el fin de no ser localizados con facilidad. Solo una pareja, formada por un salvan y una mujer, montaba guardia, por si algún campesino de la zona se les aceraba más de la cuenta.

            Hasta ahora nadie les había localizado. Eso era algo que impregnaba de orgullo al cabecilla del grupo, un salvan.

            Ahora mismo tenía intención de ponerse en contacto con su líder para informarle del éxito de su última misión. El elfo no podía evitar admitir que le congratulaba el hecho de que el otro grupo hubiera fastidiado varias misiones. Eso le ponía a él a la delantera para ser el favorito del líder. Sabía que cuando todo eso acabara y la guerra estallara, él recompensaría a su mejor súbdito y estaba dispuesto a que el puesto fuera suyo.

            Sin más preámbulos, sacó su cristal de comunicación y lo activó. Como era costumbre, no tuvo que esperar más que unos segundos antes de que la imagen holográfica de la cabeza encapuchada del líder, apareciera delante de él.

            —Mi señor —saludó inclinando un poco su cabeza—. Última misión, cumplida con éxito.

            —¿Dónde os encontráis? —el susurro de su voz parecía venir de otro mundo.

            —Al sur del clan Roca Maciza, apartados y ocultos, junto a una granja de tomates.

            —Bien hecho, Espólitor…

            Hasta ese momento nunca le había felicitado por nada, así que las palabras susurrantes del líder le impregnaron el alma, haciendo que sus largos brazos temblaran de puro placer.

            Por desgracia eso fue todo, la transmisión se cortó y el holograma se esfumó sin que el salvan pudiera consultar los avances de la otra banda.

            Pero eso ahora le daba igual. Algo le decía que estaba teniendo más éxito que sus camaradas, en las montañas del crepúsculo.

            Una gran sonrisa surcó su cara al mismo tiempo que se rascaba y acariciaba su larga cabellera dorada.

  ~·~

            —¡Rápido, cargadlo todo! —vociferó MacFinn a sus hombres.

            El tiempo se les estaba cayendo encima. Un retraso en el navío mercante había hecho que su estancia en el puerto del clan Pesquero, se prolongara más de la cuenta. Ya había comunicado al amdaur*1 responsable de las transmisiones de su clan, que iban a llegar tarde por culpa de esa demora. No obstante, quería hacer lo imposible por recorrer la distancia que les separaba del clan. Ese fue el motivo por el cual había vendido el carro de las provisiones, por una pareja de las más robustas moa*2. Tenía la intención de repartir las provisiones entre los caballos y las dos moa. De esa manera pensaba llegar en el plazo previsto.

            —¡Muy bien, chicos! —Observó que todo estaba listo— Marguerit, emprende la marcha —proclamó a la mujer, sabiendo que ella y su hermana, eran las mejores cabalgadoras del grupo.

            Sin más dilación, el grupo salió del puerto y rápidamente de la aldea por la puerta norte. Iban a recorrer toda la costa hasta cruzar el río, para después girar hacia el este y adentrarse en las Montañas del Crepúsculo por el terreno más plano que había.

            Las dos mujeres estaban montadas en las aves, cabalgando a una velocidad bastante moderada. Ambas sabían que si daban más cuerda a sus monturas, dejarían atrás a sus compañeros.

            Todo fue a pedir de boca, hasta que cruzaron el río y se encontraron que la taberna, El Cisne, estaba destrozada.

            Hacía apenas unas noches la taberna estaba en perfecto estado, así que el capitán se maldijo por su mala suerte, mas cuando cabalgaron hasta el límite de la cordillera del Crepúsculo, observaron que otra taberna había sido atacada. Entonces MacFinn empezó a inquietarse.

            Al ver que la noche se les había caído encima, decidió hacer un alto y acampar junto a la taberna chamuscada. Por fortuna, el pozo estaba intacto así que pudieron abrevar a sus monturas para que recuperaran fuerzas.

            Después de que todo el mundo se durmiera, decidió ir a dar una vuelta.

            —Volveré pronto —dictaminó a los hombres que hacían guardia.

            Sin más dilación, se encaminó con parsimonia por esas tierras, dejando la mente en blanco mientras el aire, un tanto gélido, le impregnaba la cara. Tenía ganas de estar a solas con sus pensamientos.

            Unas aves pasaron volando en la lejanía cuando vio a una caer, abatida por una flecha.

            Ipso facto se agachó y agudizó su vista para localizar al cazador. No tardó mucho en ver que a unos kilómetros al este, había un pequeño campamento camuflado entre varios árboles. Su prudencia pudo más que su curiosidad, así que antes de aventurarse para ver quiénes eran, sacó su transmisor y se lo comunicó a los vigías.

            No había muchas zonas donde esconderse al ser campo a través, pero para su sorpresa, se pudo acercar mucho al campamento sin ser visto. ¿Acaso no tenían a nadie vigilando? Se preguntó, un poco intrigado por aquellos desconocidos. Al asomarse por entre los caballos, vio a ese grupo pintoresco de… bandidos.

            —¡¡Musha!! ¡¿Pero qué haces?! —le vociferó Jasper, el líder del grupo.

            El vigía no supo qué decir más que enseñar el águila arpía que había abatido.

            Todos le vitorearon, viendo que esa noche al fin volverían a comer carne fresca. Sin poder evitarlo, Jasper resopló lleno de resignación por el grupo que le había tocado dirigir. Se preguntaba si su rival estaría teniendo tantos problemas como él a la hora de dirigir a su grupo.

            Sin muchas ganas de celebrar nada y aún en mente la conversación tan desagradable que había tenido con el líder, se alejó del pintoresco grupo para aclarar sus ideas. Fue en ese momento, cuando se alejó del ruido del campamento, cuando escuchó algo que le inquietó. Procedía de los caballos.

            Al acercarse, los contempló con detenimiento. Todo parecía estar bien, hasta que de improviso los animales salieron corriendo.

            —Pero, qué…

            Sin previo aviso, sus monturas salieron galopando en todas direcciones, pero eso no impidió que localizara a un hombre cabalgando alejándose de ahí. ¿Un ladrón entre bandidos? Vamos, qué ironía, se dijo a sí mismo, mientras gritaba a sus hombres que reagruparan a los caballos para perseguir al ladrón.

            MacFinn espoleaba sin premura a su montura, con intención de llegar cuanto antes a su campamento. Le habían descubierto husmeando en un campamento de bandidos, de eso no tenía duda. No obstante, un pensamiento le cruzó la mente. ¿Y si eran ellos los causantes de la destrucciones de las tabernas? En cualquier caso, ahora lo primero que tenía que hacer era regresar con los suyos. Luego ya tendría tiempo de llamar a las autoridades más cercanas del lugar.

            No tardó en hacer un alto al llegar junto a los vigías. Echando una última mirada hacia atrás, observó que los bandidos ya se habían organizado y se dirigían hacia ellos.

            —Debemos avisar al resto. —Bajó del caballo y se lo entregó a uno de los hombres—. Atad este caballo con el resto y regresad con el grupo —acabó ordenando, dándose la vuelta en dirección al campamento.

            Sin embargo, algo le impidió avanzar. Una punzada en el costado le había paralizado. Bajando la mirada, observó un puñal sobresalir de sus carnes. Después se produjo otra puñalada en el otro costado. Al girar la cabeza vio cómo el vigía, al cargo de su caballo, le miraba con el semblante serio, con el cuchillo ensangrentado en las manos. Un rápido vistazo le bastó para ver al otro vigía degollado en la hierba.

            —¿Por qué…?

            —No es nada personal, capitán, pero empiezas a ser una molestia para el líder…

            El capitán intentó sacar su espada para contraatacar, pero sus fuerzas flaqueaban. No pudo evitar que el traidor le derribara con una patada en el pecho. El dolor le pinzaba todos los nervios y hacía que su cerebro ardiera sin compasión. Intentó taparse ambas heridas con las manos, pero la sangre no paraba de salir. Entonces los bandidos le alcanzaron y pasaron de largo hacia el campamento. Solo un hombre se paró en seco junto al traidor. Su visión era algo borrosa, pero pudo ver que se decían algunas palabras.

            Sin muchos miramientos, ambos hombres cogieron a MacFinn por las dos piernas y lo arrastraron hasta el campamento. Al llegar, todos los soldados de la expedición habían sido asesinos, sorprendidos muchos en pleno sueño. De improviso, Jasper y el traidor alzaron al capitán e hicieron que mirara la masacre de sus camaradas, antes de lanzarlo sin miramientos al pozo.

            Un vacío impregnó a MacFinn, mientras caía sin impedimentos, observando cómo esos dos hombres le miraban con indiferencia. Antes de ser engullido por el agua, imploró perdón a los Dioses por haber metido en todo aquel asunto a la joven guerrera. Esto no iba a ser una simple disputa, ahora se daba cuenta de que había algo más detrás de todo aquello. Esperaba que Onninnona no acabara como él…

*1 amdaur: aprendiz de druwide

*2 moa: aves extintas de Nueva Zelanda

Luna Sullyr.

Iremos colgando un par de capítulos por semana, pero si no puedes esperar tanto y prefieres ir adelantando tu lectura, puedes seguir leyendo este relato en Wattpad.

La leyenda de Onninnona. Capítulo II

Capítulo 1

Capítulo 2

            Los rayos del sol acariciaban el pequeño valle donde residía el clan Viento Fresco, cuando Onninnona hacía un alto a Cerdi, su montura gregún, para volver la mirada a su hogar. La noche anterior, nada más partir MacFinn, se había encargado, primero de hablar con Rosa para dejarla a cargo de la escuela y segundo, despedirse de su familia. Sus seis hermanitos no se lo habían tomado muy bien. Apenas volvía a instalarse en la rutina del clan, cuando se marchaba de nuevo. Tampoco para ella había sido fácil despedirse de ellos. Por suerte, sus padres habían comprendido enseguida que era necesario que se marchara para intentar solucionar el problema que tenía entre manos. La verdad sea dicha, si había llegado donde había llegado, había sido, en parte, gracias al apoyo constante de sus padres.

            Sabía que tenía que marcharse, así que no lo demoró más y tras acariciar la cabecita de su montura, volvió a reemprender viaje hacia el norte.

            Mientras viajaba rauda como el rayo por las colinas, valles y montañas, no puedo evitar acordarse de cuando conoció a Cerdi. Había sido hacía ya muchísimos soles, justo cuando emprendía su primer viaje en solitario al Bosque Central. Era un viaje que le entusiasmaba hacer, pero al mismo tiempo estaba temerosa de perderse por las montañas. Por voluntad divina, le había encontrado en su forma primaria, un nym. Nunca había visto a ninguno con el pelaje rojo. Era algo inusual en las Tierras Heladas. El pequeño parecía acabado de nacer y se encontraba solo, así que nada más acerarse, no pudo evitar acariciarle y ver cómo estaba. Seguramente su manada le había abandonado por ser diferente y pensar que no sobreviviría por esas tierras tan frías. Sin pensárselo dos veces lo había acogido entre sus brazos y había recorrido con él las Montañas del Ocaso.

            Al volver de nuevo al clan, una luna después, el pequeño Cerdi había evolucionado a un precioso perro de pelo corto. No sabía si sus padres se habían tomado la noticia de un nuevo miembro a la familia muy bien, pero el caso es que desde entonces, Cerdi siempre le había acompañado en sus viajes.

            Hacía bastantes soles que el pequeño perro había vuelto a evolucionar a su forma definitiva, un gregún de tres grandes colas.

            Ahora estaba recorriendo un camino secundario por un pequeño valle, para poder adentrarse en una cueva que conocía. Sabía que si recorría el camino convencional podría llegar antes a la Taberna del Viento, pero también sabía que por ahí encontraría a muchos bindir de los clanes vecinos. Dada su misión, quería pasar inadvertida todo lo que pudiera.

            Era el mediodía cuando llegaron al pequeño valle de frondosos árboles, cuando hicieron un alto antes de adentrarse en la ruta escondida que les llevaría hasta la taberna y por consiguiente, el límite de las Montañas del Ocaso.

            Mientras Cerdi bebía en el río, que se acababa perdiendo entre las montañas, Onninnona decidió instalar una pequeña tienda para descansar unas horas. Sabía que por aquella zona no había muchos peligros que Cerdi no pudiera repeler, por lo tanto tenía intención de descansar hasta que la noche les alcanzara. Era peligroso, lo sabía, pero bajo el amparo de las estrellas, disminuían los ojos vigilantes de los extraños.

            Depositó con cuidado sus pertenencias a un lado y se tumbó en la manta que había extendido, al mismo tiempo que echaba la cabeza a un lado y contemplaba su espada. Estaba bien enfundada en su cinto. Los recuerdos le golpearon la mente de un modo arrollador y un sentimiento de tristeza inundó su corazón.

            En ese momento Cerdi se le acercó y se recostó a su lado, para hacerle compañía. De ese modo, de un plumazo sus recuerdos volvieron al olvido de su memoria.

            El atardecer estaba ocultando de nuevo al astro solar, cuando la aventurera recogió sus bártulos. Esperó pacientemente a que el sol se ocultara entre las montañas. En este último tramo iba a tener que emplear a fondo a su compañero. Quería que descansara todo lo que pudiera. Ya había recorrido varias veces ese camino con él, y aunque nunca habían salido heridos de gravedad, sabía que un pequeño descuido y no saldrían vivos de las entrañas de la montaña. Las historias que contaban sobre el laberinto del Come Piedras era lo que antaño la había impulsado a aventurarse para travesarlo. Había pasado tiempo de su primera vez. Ahora ya, más madura, no podía evitar detenerse un momento para pensar las consecuencias de sus actos. Se estaba haciendo mayor… se dijo a sí misma, un poco desanimada al ver que el tiempo había pasado volando.

            —Bueno, el momento ha llegado —susurró al aire—. Cerdi, nos vamos—proclamó con decisión.

            Sin más preámbulos, unos minutos después ya estaba montada en su montura, atravesando el valle, cuando llegaron a la entrada oculta del laberinto del Come Piedras.

La noche había ocultado al sol y ahora geann iluminaba con su tenue luz verde.

            —Preparado, pequeño. —Le acarició detrás de las extremidades que los de su raza tenían alrededor del cuello—Ya sabes qué hacer —acabó besándole en la cabeza para darle ánimos.

            Unos segundos después, el gregún tensó su cuerpo y las extremidades de su cuello se alzaron al mismo tiempo que aullaba, produciendo el característico ataque especial de los de su raza, el ataque sónico.

            Sabiendo qué hacer, no esperó orden alguna y se aventuró por los túneles, utilizando las vibraciones de su ataque para ver en la oscuridad. Por su lado, Onninnona había encendido dos antorchas de calcitas de color amarillo y las había colocado en los laterales de la silla de montar. En ese momento no podía hacer otra cosa que confiar en su amigo. Ella no era capaz de percibir a esa velocidad los obstáculos que se iban encontrando, solo podía ver, difuminados en la oscuridad, los pequeños murciélagos y los papiks que residían en el laberinto.

            Agazapada en la silla de montar, supo, sin necesidad de ver nada, que habían  llegado a la mitad del laberinto. Lo sabía porque en ese momento, tras lanzar otro de sus ataques sónicos, Cerdi había aumentado la velocidad. Eso solo podía significar una cosa, el gran salto estaba por llegar. En ese punto, muchos aventureros morían engullidos por el abismo que se prolongaba kilómetros y kilómetros en las entrañas de la montaña. Muchos intentaban saltarlo con sus caballos, y otros tantos habían acampado en su límite para crear un puente, pero ambas opciones bien sabía que no eran acertadas. La primera, porque un caballo no podía saltar tanta longitud y la segunda, porque los animales de las cavernas no eran muy propensos a tener visitas.

            Volviendo al presente, un chorro de adrenalina le recorrió las venas justo cuando Cerdi saltó al vacío. Esa sensación, en plena oscuridad, era algo que siempre le encogía el corazón. No por miedo a no llegar al otro extremo, no, de eso estaba segura. Todavía tenía la cicatriz en el hombro que le causó el primer salto. Su pequeño y alocado compañero había calculado muy mal el salto y habían llegado a estrellarse contra las estalactitas del techo de la cueva. Desde ese momento, cuando saltaban, lo único que le daba miedo era volverse a topar contra alguna estalactita y acabar con un chichón en la cabeza. Por fortuna todo eso era parte del pasado y el Cerdi de ahora, era mayor y sabio, así que tras aterrizar perfectamente al orto lado, continuaron el recorrido.

            Al llegar al final de túnel, tras haber tenido que luchar con algunos murciélagos para salir, observaron con alegría la Taberna del Viento. Seguía siendo de noche. Dedujo que todavía faltarían varias horas para el amanecer, de modo que tras ver el cansancio de su compañero, decidió acampar por aquella zona y aventurarse hacia la taberna a la luz del día.

            Siempre había preferido acampar a la intemperie que entre cuatro paredes. Parecía que por mucho que pasara el tiempo, la libertad era algo que ansiaba encontrar en cada momento de su vida.

            Antes de cerrar los ojos y dormir durante unas horas, algo en la lejanía captó su atención. Una pequeña explosión se produjo en la taberna y las llamas aparecieron impregnando la noche de una iluminación llena de sangre y muerte.

            Sin pensárselo dos veces lo recogió todo y volvió a montar a Cerdi.

            Apenas unos minutos después se encontraban enfrente de la taberna, observando cómo algunos supervivientes se tumbaban a lo lejos, heridos, mientras el fuego acababa de engullir las voces de los desafortunados que se encontraban envueltos en llamas, en el interior de la estructura. El mecanismo anti incendios no tardó en activarse y una gran cantidad de agua de la cisterna del tejado, apaciguó las llamas del lugar.

            Onninnona observó que una de las supervivientes era la hija de los dueños de la taberna. Se llamaba Avelín, la conocía de otras veces. La chica de largos cabellos dorados ahora yacía en el suelo, manchada de mugre, llorando, mientras otra mujer le vendaba la cabeza donde anteaño había relucido su cabellera.

            —Avelín —la saludó aproximándose todavía montada en su montura—. ¿Dónde están tus padres?

            La chiquilla alzó la cabeza al reconocer su voz. Al verla, se alzó y se arrodilló ante ella, cogiéndole la pierna mientras sollozaba con más fuerza.

            —Estaban dentro —consiguió gritar entre jadeos mientras perdía las fuerzas y acaba tumbada en el suelo—, estaban dentro…

            Al saber eso, Onninnona desmontó y tras vociferar órdenes a algunos bindir que se encontraban ilesos, se adentró en la devastada taberna para encontrar a sus amigos y a los posibles supervivientes.

Luna Sullyr.

Iremos colgando un par de capítulos por semana, pero si no puedes esperar tanto y prefieres ir adelantando tu lectura, puedes seguir leyendo este relato en Wattpad.

RETO: Jugando con las palabras

Hace unos añitos, cuando era estudiante, un profesor de Lengua nos propuso un ejercicio muy común, que seguro que muchos habéis llevado a cabo en algún momento, pero este en concreto dio unos resultados más que interesantes. Se trataba, simplemente, de escribir un texto en el que figuraran una lista de palabras. Hoy, revolviendo entre trastos viejos y antiguos escritos, he encontrado este ejercicio y me ha hecho mucha gracia, tanta, que me ha apetecido compartirlo, pero no sin antes pedir a cambio vuestra participación. ¿Quién se anima?

Se trata de escribir un texto de no más de una página (entre 500 y 700 palabras, más o menos), usando todas y cada una de las siguientes palabras (tal cual salen en la lista, sin posibilidad de cambiar el género o el número, aunque pueden aparecer en el orden que queráis):

  1. Manager
  2. Autodidacta
  3. Huéspeda
  4. Champús
  5. Fracs
  6. Aguanieve
  7. Cabra montés
  8. Azúcar
  9. Aledaños
  10. Contratos basura
  11. Pósteres
  12. Pus

Para quien quiera aceptar este reto, puede enviar su participación a parentesissite@gmail.com

Publicaré todos los textos que reciba juntos, y el mío también, el 31 de marzo. ¡Tenéis algo más de una semana!

La leyenda de Onninnona. Capítulo I

Capítulo 1

            La noche había caído en el gran valle de las Montañas del Ocaso. Era pleno verano y la brisa que llegaba, silbando entre los recovecos de los peñascos, hacía que los habitantes de la región salieran de sus hogares para impregnarse de su frescura. En el cielo nocturno, geann, la gran luna esmeralda, resplandecía con intensidad, acompañada de un sinfín de estrellas que se perfilaban en el firmamento.

            Los animales de la zona también disfrutaban de tan agradable espectáculo, aullando al cielo algunos, mientras que otros se tumbaban en la fresca hierba de la llanura que rodeaba la pequeña aldea del clan Viento Fresco.

            Todos parecían estar descansando, mas en una pequeña cabaña a las afueras de la aldea, la joven profesora todavía no había acabado de recoger los utensilios que utilizaron sus alumnos en la fiesta de la noche anterior.

            El solsticio de verano era un evento que todos los niños esperaban durante todo el ciclo solar. Los fuegos artificiales les entusiasmaban, eso era innegable. No obstante, para Onninnona había sido algo agotador. Había sido su primer y esperaba que el último, solsticio de verano en la escuela. Hacía pocas lunas que la antigua druwide¹ había fallecido. En la druidería ya sabían de ese evento, pero aun no habían enviado a ninguna sustituta/o así que ella había sido la elegida, por el consejo de la aldea, para ser la maestra sustituta.

            Acababa de regresar de uno de sus largos viajes por las regiones del norte y lo único que deseaba era estarse durante una buena temporada en su hogar, tranquila y disfrutando de la calma del valle. Qué ilusa había sido al aceptar el cargo de maestra, pensando que podría llegar a cabo esa labor sin esfuerzo alguno. Solo había tardado unas noches en darse cuenta de lo cansado que era enseñar en la escuela. No pasaba ni una noche, sin que deseara que una druwide se divisara en el horizonte con la intención de relevarla del cargo.

            En ese momento su ayudante seguía recogiéndolo todo para que al nuevo amanecer todo estuviera limpio y listo para los alumnos.

            Rosa era una pequeña brownie que había llegado hacía unos soles a la aldea, con la intención de instalarse permanentemente. Como Onninnona, ella también era una intrépida aventurera. Se había pasado gran parte de su longeva vida viajando por las islas de Bíroc. Sus experiencias eran bien valoradas en las clases que impartía por las tardes, a los alumnos más mayores.

            Ahora mismo estaba acabando de barrer el interior de la gran aula, cuando alguien interrumpió su trabajo.

            De improviso, un hombre encapuchado, armado con una gran espada a la espalda y una porte disciplinada, que solo un soldado veterano podía tener, había abierto la puerta de la escuela sin tan siquiera llamar.

            —¿Qué hay de nuevo, forastero? —le saludó cortésmente dejando la escoba a un lado y tensando mínimamente sus músculos—¿Puedo ayudarte en algo?

            El hombre no se molestó ni en mirarla. Simplemente se quedó ahí parado, examinando el aula como su estuviera buscando algo o alguien. Al ver que salía una luz de una puerta, que sin duda daba a un despacho, al fondo de la sala, decidió aventurarse como si fuera amo y señor de todo lo que pisaba.

            Al ver que ese extraño bindir no parecía estar dispuesto a decirle qué quería, la brownie se interpuso en su camino y en un momento cambió a su fase súper, desgarrando la parte superior de su vestido, con sus púas.

            —Solo te lo diré una vez —empezó a decir de modo desafiante—. Vete por donde has venido o me veré obligada a echarte de mala amanera…

            El encapuchado se quedó parado durante un momento, observando por primera vez a la pequeña duende.

            —Estoy buscando a una mujer de cabellera rojiza con tonalidades doradas, de estatura mediana y ojos verde azulados.

            Al oír la descripción, Rosa supo enseguida que estaba describiendo a Onninnona. No obstante, no tenía intención de dejarlo pasar. Ese hombre no parecía tener buenas intenciones.

            —No conozco a nadie así. Será mejor que te vayas —escupió esas palabras de tal manera que el hombre entendiera que no estaba de broma.

            El ambiente empezó a tensarse cuando el hombre se quitó la capucha y dejó al descubierto su cara. Estaba manchada de arrugas y una gran cicatriz que le rajaba el ojo izquierdo, perdiéndose por la calva. Su barba desaliñada y negra, indicaba que llevaba mucho tiempo viajando. Estaba claro que había venido de muy lejos, meditó la brownie, empezando a mover sutilmente sus manos acabadas en garras.

            En ese instante una voz salió del despacho.

            —Rosa, ¿hay alguien contigo?

            Al ver que el encuentro entre la profesora y el extraño era inevitable decidió no ocultar lo evidente.

            —Onninnona, hay alguien que te busca —fue su escueta respuesta.

            El desconocido hizo hincapié de avanzar, pero una garra de la brownie impidió su avance.

        —Tú te quedas aquí —dictaminó mirándole de forma amenazadora, aprovechando su aumento de tamaño al estar en fase súper.

            Al cabo de poco, la puerta del despacho se abrió y de su interior salió una mujer de mediana estatura, con unos pantalones vaqueros, una camiseta de tirantes blanca y una coleta reagrupando su larga cabellera.

            Nada más entrar en el aula y observar a lo lejos al hombre, supo de quién se trataba.

           —¿McFinn…?

           —Me alegra verte de nuevo, joven guerrera —su postura se relajó un poco—. Por desgracia mi visita ampara malas noticias…

            La mujer se les aproximó y al llegar junto a su compañera, le tocó el hombro y le indicó que todo estaba bien, acto que hizo que la brownie se relajara y volviera a su estado original.

            —Será mejor que nos sentemos —aclaró Onninnona al ver de cerca el rostro cansado del guerrero—. Rosa, por favor, ¿podrías preparar un poco de té y traer algo para comer?

            Sin acabar de fiarse del todo de aquel desconocido, la brownie asintió y subió al piso superior por la escalera de caracol que había en la esquina sureste.

           —¿Qué ha pasado? —preguntó directamente, al mismo tiempo que acompañaba a su invitado a sentarse junto a la mesa circular que rodeaba el tronco del árbol que estaba justo en el centro del aula.

            —Todavía no ha pasado nada, pero… —se acabó quitando el cinto de sus espada y se recostó en su asiento–. La hija del rîgos² del clan Aullador ha desaparecido.

               —Alana…

            —Dado que os hicisteis amigas en tu estancia en la aldea, me han enviado a buscaros para que nos ayudes a encontrarla.

            En ese momento Rosa empezó a bajar las escales con una bandeja con: una tetera, varios vasos, fruta, pan, queso y carne ahumada. El silencio volvió a aparecer mientras McFinn iba engullendo todo lo que había en la bandeja. Dada la importancia de su misión, Onninnona dedujo que había estado viajando, sin apenas descanso, desde las montañas del crepúsculo, al norte. Antes de que el guerrero acabara de comer, indicó a la brownie que ya se podía marchar a casa. Un poco indecisa, la ayudante se acabó alejando de la escuela, no sin antes mirar varias veces hacia atrás, con la inquietud de si estaba haciendo lo correcto, dejando a la maestra sola con ese hombre.

            Una vez solos de nuevo y después de llenarse de nuevo el estómago, el hombre prosiguió diciendo:

            —Sé que te estarás preguntando por qué te pedimos ayuda a ti, en vez de al grupo de buscadores —es lo primero que se había preguntado la joven profesora—. La respuesta es sencilla —hizo una pausa para acabar diciendo—, creemos que los responsables son los del clan Roca Maciza.

            Ante la mención del clan enemigo, la profesora empezó a reflexionar en voz alta.

            —Si pidieseis ayuda a los buscadores, esto sería oficial… —su cerebro iba procesando todo aquello mientras se iba quitando la coleta, dejando su pelo libre—. Si vuestras dudas se confirmaran, habría guerra entre ambos clanes…

            —Una guerra que por desgracia, ahora mismo no podríamos ganar…

            —McFinn… ¿Quién te envía?

            La pregunta que esperaba evitar contestar hasta haber emprendido viaje, le golpeó de lleno. La astucia de Onninnona parecía no haber menguado ni un ápice, pensó para sus adentros. Viendo que tenía que decir la verdad, cogió fuerzas y la soltó del tirón.

            —Nadie sabe que estoy aquí. Se supone que estoy de viaje a la Aldea Costera, esperando suministros.

            —Tu rîgos se está preparando para la batalla y tú quieres evitarla, aun a costa de trabajar a sus espaldas —concluyó la mujer de piel pecosa, intentando agrupar todas las piezas del puzle.

            —Soy leal a mi clan —soltó de repente levantándose bruscamente como si la insinuación de la profesora hubiera herido su orgullo—. Lo único que intento es salvar a la chiquilla sin derramar sangre alguna —sentenció con decisión.

            —Sin embargo, me estás pidiendo que arriesgue mi vida.

            Las palabras salieron de su boca como cuchillas, desgarrando el aire.

            El guerrero no tuvo más remedio que calmarse y volverse a sentar. A fin de cuentas, esa mujer estaba en lo cierto. Básicamente lo que le pedía era que rescatara a Alana, sabiendo que muy posiblemente tuviera que arriesgar su vida en su empeño.

            Llegados a ese punto supo qué hacer.

            Sin más dilación se puso de rodillas y agachó la cabeza de forma sumisa mientras le decía:

            —Sé que es egoísta, pero por favor, salva a Alana.

            Ante tanta desfachatez del guerrero, la mujer no pudo evitar resoplar. Apenas se había vuelto a instalar en su casa y ahora le pedían que volviera a emprender viaje, pero no un viaje cualquiera, sino un viaje que le acarrearía muy posiblemente la muerte. Por otro lado, hacía rato que ya había tomado una decisión, así que no valía la pena hacer sufrir más al hombre.

            —Musha³, levántate de una vez. No hace falta todo esto —el guerrero alzó la cabeza–. Alana es mi amiga, así que iré a rescatarla.

1*Druwide: druída

2*Rîgos: rey

3*Musha: exclamación celta de contrariedad, equivalente a “¡caray!, ¡caramba! o ¡demonios!”.

mapa

Luna Sullyr.

Iremos colgando un par de capítulos por semana, pero si no puedes esperar tanto y prefieres ir adelantando tu lectura, puedes seguir leyendo este relato en Wattpad.

Resultados del taller: Día mundial de la felicidad

Taller literario: Día mundial de la felicidad

En primer lugar, muchas gracias a todos por haber participado, y también a los lectores que han votado y comentado los textos del taller.

Como ya sabréis, se conceden dos premios, uno otorgado por el público (balance de comentarios positivos y Me gusta en los textos), y otro otorgado por Paréntesis al texto que más le haya gustado, independientemente de los votos y comentarios de los demás lectores. Los resultados son los siguientes:

  1. El premio otorgado por el público es para Lidia Trujillo (Yo no sufro de locura, la disfruta a cada momento), con un balance de 5 comentarios y 11 Me gusta.
  2. El premio otorgado por Paréntesis es para Henry Castellanos (Lo desconocido, algo ya conocido)

¡Enhorabuena a los ganadores! Como se explicaba en las bases del taller-concurso, vuestro premio es un libro digital, a elegir entre:

  1. La vecina orilla, de Mario Benedetti.
  2. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes.
  3. De amor y de sombra, de Isabel Allende.
  4. Iacobus, de Matilde Asensi.

Para solicitar vuestro premio, escribid un correo electrónico a Paréntesis (parentesissite@gmail.com) indicando qué libro preferís.

Aquí podéis leer los textos de los ganadores de este taller:

Yo no sufro de locura, la disfruta a cada momento; por Lidia Trujillo

Lo desconocido, algo ya conocido; por Henry Castellanos

¡Hasta el próximo taller!

Una sonrisa vale más que…, por Luna Sullyr

Una sonrisa vale más que…

Taller literario: Día mundial de la Felicidad

Felicidad, que gran palabra con tantos matices como para volverte loco.

¿Qué es la felicidad?

Para algunos es algo innegable de la vida. Algo que se palpa en el ambiente y que es necesario para la vida, mas no para todo el mundo es así. Para muchos la felicidad es sinónimo de sufrimiento, agresión, depresión… Es verdad que la felicidad puede ser un sentimiento que te llene el alma, pero también es verdad que no todo el mundo ha nacido para sentirla de igual modo.

Sin duda para la gran mayoría vivir una vida sin felicidad, sería algo triste y gris. No obstante, muchos viven así. Puede que sea el vecino que tantas sonrisas te muestra para ocultar su soledad, o la dependienta que se esfuerza por mostrarte una sonrisa cuando de verdad quisiera llorar porque su hijo ha caído en las drogas, o quizás también sea algún familiar que, por orgullo o porque no sabe hacerlo, no te pide ayuda para salir del pozo de tristeza donde se ha metido.

La felicidad es un sentimiento dulce, agradable, refrescante… Pero no todos pueden saborearlo como es debido. Quizá no sea culpa suya, no lo sé. De lo único que estoy seguro es que muchas veces la felicidad equivale a egoísmo. Mientras uno sea feliz, ¿qué más da los demás? Que cada uno se ocupe de sus asuntos, total, ¿para qué me voy a molestar en ayudar a alguien si eso conllevara a perder el día tan magnífico que estoy teniendo?

La felicidad es un sentimiento que puede mover el mundo y también pararlo.

No dejemos que el mundo se pare.

Luna Sullyr. 

 

Otros participantes del taller:

Yo no sufro de locura, la disfruto a cada  momento; por Lidia Trujillo

Lo desconocido, algo ya conocido; por Henry Castellanos

Nuestro primer beso, por Andrea Nunes

—¿Estás nerviosa?

—No… ¿Por qué?

—Trae… —le quita el vaso de la mano, lo coloca en la mesa. Le pasa la yema de los dedos por  la mejilla, le aparta el pelo de la cara— Quiero que estés cómoda.

—Estoy cómoda.

—Estás evitando mirarme…

—No… —la frase se queda a medias, iba a ser una mentira. Deja que sus miradas se encuentren. Deja que se atrapen. Ya no hay vuelta atrás.

Entreabre los labios. Entrecierra los ojos.

Se estremece, le cosquillea la nuca.

Recibe su aliento. Entrega un suspiro.

Se regalan un beso. Suave, apenas un roce.

Sus mejillas se encienden. Baja la vista, sonríe con timidez. Recurre a un abrazo para esconderse. Oculta la cara en el hueco de su hombro. Llena los pulmones con su aroma de mujer.

—No te preocupes, ya me has dado mucho.

Sí, pero ella quiere más. Abandona el hueco del hombro, sale de su escondite. Esta vez son sus ojos los que atrapan. Le acaricia el pelo, se lo recoge tras las orejas, baja por la nuca. Un segundo beso. Ella sola empieza a labrar su propio sendero hacia la perdición.

henri-de-toulouse-lautrec-in-bed-the-kiss
En la cama. El beso (Toulouse-Lautrec, 1982)

 

No entiendo lo que ha pasado. No entiendo cómo ha podido pasar. Me ha mirado a los ojos y no he podido evitar asomarme al precipicio que abría su mirada. Ella lo ha notado, he visto cómo sus pupilas se agrandaban, como si quisieran aumentar el abismo, hacerme perder el equilibrio. Y es lo que ha sucedido, el terreno que pisaban mis pies se ha ido resquebrajando y yo he caído al vacío, de cabeza.

                                                                                                              Septiembre

Andrea Nunes. España.

Otras publicaciones de la misma autora:

Un asalto a la cultura              Parasomnia                    Procrastinación