La leyenda de Onninnona. Capítulo X

Capítulo 1    Capítulo 2

Capítulo 3   Capítulo 4

Capítulo 5   Capítulo 6

Capítulo 7    Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

A las afueras del clan Aullador 

            —Ha llegado tu hora —sentenció el druwide en un susurro amenazante, apuntándole con su bastón.

            El sombra no paraba de jadear mientras alzaba la cabeza y contemplaba al hombre que se alzaba delante de él, apuntándole con su bastón, con la intención de asestarle el golpe final que le llevaría al olvido. No obstante, no tenía miedo. Si todavía tuviera la habilidad de derramar alguna lágrima, sabía que en aquel momento no podría evitar que alguna cayera por su rostro, al contemplar toda la muerte que había causado. Había cuerpos desangrados por doquier, aunque solo había uno que le importaba. No tardó en localizarla y, al contemplarla, pudo notar su entrecortada respiración. El gregún seguía recostado a su lado, lamiéndole las heridas, y entonces un leve esfuerzo de la mujer hizo que girara la cabeza y le observara.

            En ese momento no pudo evitar sentir vergüenza por lo que había hecho así que se levantó como pudo y le susurró al druwide.

            —Mátame…

Una hora antes

             Acababan de salir del clan por uno de los túneles de los alcantarillados y habían salido a una distancia suficiente como para que ningún centinela pudiera localizarles. No obstante, Duminólix no quería correr ningún riesgo así que había sugerido que se movieran con sigilo entre la maleza del bosque, que rodeaba el clan, para no ser detectados por las patrullas que vigilaban el lugar.

            Onninnona, nada más salir del túnel, se había subido a los lomos de su compañero para asegurarse una mejor posición donde poder observar su entorno. Por fortuna, la luz de geann fue lo suficientemente brillante para iluminarles el camino. Seguía sin acabar de fiarse de ese hombre, por lo tanto quería estar preparada para cualquier acontecimiento que pudiera suceder.

            El trayecto les deparó varias sorpresas, al toparse con alguna patrulla, pero por fortuna las habían podido esquivar sin ser detectados. Ahora se encontraban parados en un pequeñísimo claro, vigilado en su centro, por un anciano roble.

            —Creo que va siendo hora de que te presentes, maestro…

            El hombre pareció no haber captado la voz de la mujer, ya que siguió inspeccionando el lugar, como si ella no existiese.

            De repente un glotón apareció en escena y se acercó raudo hacia el maestro. Acto que hizo que volviera al presente.

            —Duminólix es mi nombre —soltó sin más antes de bajarse la capucha para observarla mejor—. Creo que será mejor que te prepare para el encuentro con tu amigo.

            La aventurera no entendió a qué se había referido con eso de que se preparase. Aunque debía admitir que a cada momento que pasaba, su instinto le apremiaba a que estuviera lista para el combate.

            En ese momento, una silueta apareció de detrás del roble y un escalofrío recorrió a Onninnona.

            Cerdi se puso inmediatamente en tensión enseñando los dientes.

            —Tu amigo MacFinn ya no está en el mismo plano que nosotros —empezó a explicar el druwide señalando la figura que acababa de aparecer—. Todavía no sé los detalles, pero al parecer se trata de un grupo de bandidos comandado por el causante de todo lo que está pasando en Cymru. —En ese momento Onninnona le clavó la mirada con aire interrogativo—. Perdón, quería decir las Tierras Heladas. —La silueta recubierta en sombras dio otro paso, saliendo de su escondite—. Lo que intento decirte es que tu amigo ha muerto. Lo que estamos viendo ahora mismo es MacFinn, convertido en un sombra.

            La noticia impactó de lleno en la mujer. Al saber que su amigo quería reunirse con ella, no se le había pasado por la cabeza el hecho de que ya no fuera más que un sombra. Eso solo le decía que su muerte le había sorprendido de tal modo que no había podido cruzar el umbral y pasar al otro lado. Estaba claro que todo eso se estaba complicando cada vez más a cada segundo que pasaba.

Observando la túnica harapienta que envolvía las sombras, donde antes había estado el cuerpo de su amigo, no pudo evitar sentir pena por él.

—No pierdas más el tiempo —le apremió el druwide, notando algo extraño en el ambiente—. Al parecer tu amigo tiene algo importante que decirte relacionado con Saxtris…

Llamas Silbantes se percató de ese último detalle que había soltado el druwide, pero en ese momento decidió dejarlo estar. Ahora lo único que le interesaba era escuchar la historia de su amigo.

Desmontó con agilidad de Cerdi y se encaminó pausadamente al encuentro del sombra. El gregún intentó acompañarla, pero un gesto de la mujer bastó para que interrumpiera su caminar y se detuviera. Quería ir sola al encuentro de MacFinn. No tenía ningún miedo. Por mucho que ahora ya no estuviera vivo, seguía confiando en él.

El sonido del bosque parecía impregnar toda la escena con un silencio un tanto agobiante, como si la historia del soldado arrastrara una tristeza de tal magnitud, que todos los seres vivos que les rodeaban se impregnaran de ella.

Se detuvo a unos metros del sombra, al notar una repentina bajada de la temperatura. Sabía que los de su especie tenían esa habilidad. Muchos la llamaban la esencia de los muertos, pero a ella nunca le había gustado esa descripción. Para ella, ese frescor solo era un síntoma de un alma en pena que no podía pasar el umbral hacia el Otro Mundo, donde le esperaban todos sus seres queridos. Era algo triste que solo se merecía la compasión de los que seguían estando vivos.

Al contemplarle más de cerca, intentó localizar algún rasgo característico de su amigo, y lo único que vio fue su cicatriz en el ojo izquierdo. Todo lo demás, a excepción de la silueta de su boca y su ojo bueno, eran sombras que intentaban formar un cuerpo definido.

—¿Onninnona?

Su voz parecía venir de un lugar muy lejano.

—Soy yo, viejo amigo —le contestó con cariño.

En ese momento unos ruidos procedentes de la copa del roble atrajeron su atención. Como si hubieran salido de las mismísimas sombras, las siluetas de diez hombres aterrizaron de sopetón a los pies del anciano árbol. En ese momento el sombra tocó el tronco del árbol y al instante la ilusión se deshizo, haciendo que todos los presentes vieran al fin la imagen maltrecha y muerta del viejo roble.

La sorpresa se dibujaba en los rostros de Duminólix, Cerdi, Max y Onninnona.

—Lo siento, amiga mía —dictaminó con tristeza MacFinn en el mismo instante en que un hombre aparecía de la nada y atravesaba a Onninnona con un puñal—. Lo siento…

Lo último que vio la aventurera antes de caer el suelo, fue la cara  malévola de Jasper.

* El sombra: Espíritu que se ha quedado entre el mundo de los vivos y el de los muertos a causa de una deuda pendiente que le impide pasar hacia el Otro Mundo.

Luna Sullyr.

Colgaremos más capítulos la semana que viene, pero si no puedes esperar tanto y prefieres ir adelantando tu lectura, puedes seguir leyendo este relato en Wattpad.

¿Alguna vez has hecho el amor de verdad?, por Fernando Bermúdez

¿Alguna vez has hecho el amor de verdad?

El pasado siempre ha tenido un toque de curiosidad para mí, para ser exacto es  un tremendo trecho de muertes insaciables, que pocos de sus restos salen al presente. Pertenecer a uno mismo es lo que te hace tan deseable, la vida busca lo que aún no domina, lo que no es suyo, lo que no muere por ella, la vida es un delirio lleno de nostalgia & pasión.

La valentía suele acabar viendo a la muerte de forma cautiva, amada & amiga. Es lo mismo a poseer el miedo de una forma tangente, dolorosa, inspirada, & con sus olvidos en caída libre.

Hacer el amor es el equilibrio perfecto entre lo humano & lo divino, suelo poseer mis pensamientos al término de una nota, de un silencio, de lo que mis recuerdos quieren declamar. El miedo me visita cada momento inesperado, en cada exilio de mi mente al creer en mí, es apocalíptico sentir que no eres lo suficientemente bueno para dejar marea en la vida de tu gente.

& me retorno a pensar en el amor profundo que Mozart, Beethoven, Hemingway, los Fitzgerald, Sabines, Picasso, Dalí, Paz, Benedetti, Márquez, Galeana, Rivera, Orozco, Rulfo, Velarde, & otros más al copular en sus obras, haciendo treguas con la muerte, compartiendo con sus soledad sus emociones, su prosa llena de verdad, sus miedos, ese amor tan profundo que llenaba cada partitura, cada recinto al pintar, cada musa, cada hoja vacía que es penetrada por la tinta. Qué bondad, qué amor tan grande para trascender con ellos mismos & compartir la sensación a quienes con sus obras se cautivaban.

Hacer el amor, es olvidar que uno existe, es brindar el todo & sentirte con la nada, es ser, en medio de una tregua, es dejarse llevar por la malicia, la lujuria & lo interminable, hacer el amor, es perder el miedo a la muerte, es aún mayor, es morir, tocar el cielo & revivir. No hay mayor sensación que perderse con el miedo & regresar con el cómo grandes amigos.

“Al hacer el amor, sientes una pasión que te hace perder el miedo a la muerte, pienso que el amor que es cierto & real hace una tregua con la muerte, debido a que aman con suficiente pasión para apartar a la muerte de su mente. Hasta que vuelve & es hora de hacer el amor de verdad”.

Ernest Hemingway (Medianoche en París)

“Soy el ancla que se clava entre los mares, sobre los puertos que desean escuchar nuestros nombres”

Fernando Bermúdez. México.

Otras publicaciones del mismo autor:

Lo que ves es lo que soy                    Tierra                       Recuérdame

La leyenda de Onninnona. Capítulo IX

Capítulo 1    Capítulo 2

Capítulo 3   Capítulo 4

Capítulo 5   Capítulo 6

Capítulo 7    Capítulo 8

Capítulo 9

Clan Aullador

             El sol se estaba poniendo justo cuando los aldeanos salían del recinto donde se había celebrado el torneo lunar de gwyddbivyll.

            Era un torneo donde participaban muchos bindir de las cuantiosas aldeas de los alrededores del clan Aullador. Aunque ese torneo había sido un tanto particular. A causa del conflicto que había entre los dos clanes dominantes de las Tierras Heladas, muchos integrantes del ejército, que se estaba preparando para la batalla, habían participado para entrenar las estrategias de combate. No era muy habitual verlos participar en ese tipo de competiciones pero la ocasión así lo había requerido. El rîgos del clan tenía intención de preparar lo mejor que pudiera a sus oficiales.

            En el interior del edificio solo quedaban varios brownies recogiéndolo todo y una mujer de cabellera llameante, echándoles una mano.

            Onninnona llevaba casi siete noches en la aldea y era la huéspeda de esa adorable pareja de duendes, encargados de organizar el evento que acababa de terminar. En todo ese tiempo no había podido aclarar mucho el asunto de la desaparición de los príncipes. Se había encontrado con el mismo panorama que en el clan Roca Maciza. Ambos habían caído en la misma simulación e inmediatamente habían culpado al clan contrario, si bien eso la había sorprendido. Esperaba que, al llegar a la aldea, su amigo MacFinn hubiera podido poner un poco de sentido común a su comandante, pero no había sido el caso, ya que su amigo todavía no había llegado. Al saber de la noticia, no había podido evitar preocuparse por su desaparición. Era imposible que todavía no hubiera llegado. Debía de haberle pasado algo. Aparentemente, ninguno de su grupo había vuelto de su misión, por que hacía muchas noches, el jefe de seguridad, había mandado varias patrullas para que intentaran encontrar alguna pista del paradero del grupo de MacFinn. Mas ya hacía casi media luna de la partida y los soldados que habían regresado no habían podido encontrar ni rastro del grupo.

            La angustia se estaba apoderando de la mujer, que estaba viendo que todo eso era demasiado para ella.

            Al terminar de recoger, se despidió de sus anfitriones y salió al exterior para dar una vuelta.

            Necesitaba aire fresco.

            La aldea en sí era bastante grande. Albergaba unos quince mil bindir y todavía le sobraba un poco de espacio. A diferencia de las aldeas de la zona, esta había construido sus edificaciones en forma circular, como si fueran pasteles de diferentes niveles, haciendo que en cada edificio pudieran vivir entre cuatro a dieciséis familias. A Onninnona le resultaba agradable observar las infraestructuras y los bindir que vivían en ellas. Ahora se encontraba en la zona norte, en dirección a una pequeña plaza, donde esperaba encontrarse con un viajero, con el cual había hecho amistad.

            A pesar del atropello de los preparativos de la batalla, todavía podía observar a muchos jóvenes jugando por la calle o incluso en los jardines particulares de cada vivienda. Concretamente, se había parado a contemplar cómo en el tercer piso de un edificio, dos niños pequeños escalaban un manzano para coger unos cuantos de sus frutos. Era agradable ver que a pesar de lo que estaba pasando, todavía hubiera momentos de tranquilidad para los más jóvenes.

            Sin esperar más y viendo que los niños de ese edificio se estaban reuniendo en los patios más cercanos, gritando al escalador para darle ánimos, volvió a reemprender camino para encontrarse con Bénix.

            Antes de llegar a su destino, pudo observar cómo el cielo se estaba oscureciendo, dejando que el resplandor de geann cogiera el relevo del sol. No pudo evitar pensar en una cosa. La noche siguiente sería su esbat, y eso solo significaba una cosa. Había pasado una luna entera desde que empezó su misión de rescate. El tiempo había pasado volando…

            Todavía pensando en sus cosas, no se dio cuenta de que había llegado a la pequeña fuente central de la plaza, donde un hombre de su edad, pelo largo, negro, corta barba, ojos castaños y un tanto rechoncho, le saludaba con alegría.

            —Ya pensaba que no ibas a venir —insinuó, ahora alegre al verla—. Vamos, tengo reservada una mesa en el restaurante Tierra Ahogada. —La cogió de la mano y ambos pasearon por las calles de la aldea—. ¿Cómo ha ido el torneo?

            Estaba cansada y no quería hablar mucho, así que no se entretuvo en darle muchos detalles sobre el torneo. Ahora lo único que le apetecía era dar una vuelta por las calles, ahora iluminadas por las farolas, en su compañía. A Bénix lo había conocido nada más entrar en la aldea. El hombre venía del clan Punta Flecha. Estaba de vacaciones y su intención era ir a un pequeño balneario que se encontraba a tiro de piedra de la aldea. Por suerte para Onninnona, el balneario se había mantenido cerrado hasta la noche anterior, así que había podido disfrutar de la compañía de su nuevo amigo durante seis noches seguidas.

            El tiempo pasó rápido y antes de que se diera cuenta, la cena terminó y se encontraban de nuevo vagabundeando por las calles, en dirección al distrito sur, donde Bénix tenía alquilada su habitación. A pesar de estar un tanto agotada por el arduo trabajo que había desarrollado todo el día, una parte de ella no iba a poner objeciones a acostarse con su compañero, como lo había hecho hacía varias noches. Sabía que dentro de dos noches sus vacaciones terminarían, así que quería exprimir el poco tiempo de que disponía de su compañía.

            Aquella noche hacía una temperatura muy agradable, así que en el recorrido hasta el hotel de Bénix ambos contemplaron a muchas parejas paseando como lo estaban haciendo ellos. Incluso oyeron cómo alguna no había podido esperar a llegar a su casa para hacerlo a escondidas en uno de los jardines distribuidos por la aldea. Ninguno dijo nada, pero oír los gemidos de esa pareja, les puso un poco cachondos. Y así lo manifestaron, nada más llegar al portal del hotel, donde empezaron a besarse con pasión.

Onninnona no se había podido arreglar para la ocasión, así que seguía llevando la camiseta blanca junto con unos pantalones holgados que se había comprado nada más llegar a la aldea. Pero todo eso no parecía importarle a su acompañante, que enseguida empezó a acariciarle el cuerpo. No tardaron en separar sus cuerpos, y se miraron, con ojos pasionales y el pulso acelerado. Sin más preámbulos, Bénix agarró a Onninnona y la introdujo en el vestíbulo, para acabar llevándola a una pequeña salita de espera, donde no vio a nadie. Estaba muy acelerado, por lo tanto la subió a una mesa y empezó a besarle el cuello para acabar agachándose y bajándole los pantalones, con el fin de besarle el coño. Esto hizo que la mujer empezara a gemir de felicidad, al mismo tiempo que empujaba con sus manos al hombre para que no parara de besarle sus partes íntimas. Así estuvieron unos minutos, hasta que Onninnona se corrió. Seguidamente se quitó el pantalón, bajó el de su acompañante, lo tumbó, y se introdujo su miembro eréctil hasta el fondo. Ambos exclamaron al unísono y empezaron a follar sin preocupaciones. Lo que más le había gustado a Onninnona de ese hombre, era que a la hora del acto, era muy pasional. Lo había comprobado la primera vez que se habían acostado, cuando él la levantó de la cama y empezó a penetrarla de pie empotrándola contra la pared. Hacía muchas lunas que no follaba con nadie, así que había sido muy placentero encontrarse con Bénix. El cual ahora se encontraba tumbado mientras la mujer cabalgaba como si no hubiera un mañana. Quería aguantar tanto como pudiera, pero al quitarle la camiseta y ver sus pechos, no pudo aguantar y los acarició, notando enseguida lo duros que estaban. Sin poder esperar más y viendo que estaba a punto de correrse, se incorporó y chupó los rosados pezones de Onninnona mientras, con sus últimas fuerzas, aceleraba las embestidas, haciendo que la mujer gritara de placer.

            En el último ímpetu del acto sexual, Bénix se separó de Onninnona y esta empezó a chupársela hasta que el hombre se corrió a más no poder en su boca.

            Los dos se habían quedado satisfechos o así lo creía el hombre, pero se equivocaba. Al cabo de unos minutos de estar tumbados, Onninnona empezó a besarle el cuello mientras que con la mano empezaba a pajear de nuevo la polla de Bénix. Este estaba cansado y empezó a susurrarle que no quería más, pero sus palabras se ahogaron cuando Onninnona empezó a manosearle los huevos al mismo tiempo que se ponía encima de él, con el culo en su cara. Enseguida empezó a notar cómo chupaba con delicadeza su miembro con su traviesa lengua y sin esperar más, empezó a besar el coño que tenía enfrente de él. Así estuvieron un buen rato hasta que ambos, no aguantaron más, y se corrieron con gusto.

            Después de eso, los dos se recostaron durante un rato, pero no por mucho tiempo. Al final, Llamas Silbantes se despidió de su compañero y tras vestirse, se encaminó hacia su casa. Sabía que a la mañana siguiente Bénix volvería al balneario para luego marcharse de nuevo a su hogar, así que quería despedirse ahí.

            De nuevo en las calles y ahora con su cuerpo totalmente relajado, se dispuso a llegar cuanto antes a su habitación para poder dormir plácidamente durante toda la noche, mas no pudo hacerlo, ya que a la puerta de la casa de los brownies, se encontró con un druwide que se levantó del bando, nada más verla.

            —Perdona, pero, ¿eres Onninnona Llamas Silbantes?

            El hombre, rubio de pelo, era de su misma altura y como la mayoría de los de su orden, llevaba consigo un gran bastón donde se apoyaba. No lo reconocía de nada, pero estaba claro que la estaba buscando. Estaba de buen humor, por lo tanto, con mucha amabilidad le contestó afirmativamente a su pregunta.

            —Bien, entonces creo que es hora de que recojas tus cosas y me acompañes —notificó sin más rodeos—. Hay alguien a las afueras de la aldea que quiere verte. Por lo visto es conocido tuyo. Creo que me dijo que se llamaba… MacFinn.

            Al oír el nombre de su amigo, creído por todos muerto, no se lo pensó dos veces y se adentró en la gran vivienda donde había vivido durante su estancia allí. Era un edificio de dos pisos, con un jardín central con vistas al cielo. Ahí vivía toda la familia de Tori y María, los brownies que la habían acogido. Eran muy numerosos, así que fue con cuidado de no despertarlos a todos. Simplemente despertó a sus dos anfitriones y les comunicó que lo sentía, pero que tenía que marcharse enseguida. Fue una despedida rápida y eso Onninnona lo agradeció. Después de coger unos bocatas vegetales, que le había preparado María, y beberse una keintys, recogió a Cerdi del jardín y salió al exterior.

            —Será mejor que nos demos prisa —se apresuró a decir el druwide mirando inquisitivamente las calles—. Me gustaría salir de la aldea sin que nadie nos vea…

            —¿Por qué tanto secretismo? —objetó la aventurera sin entender por qué el guardián no entraba él mismo en su clan— Ahora que caigo, no sé ni tu nombre —recalcó empezando a pensar con más claridad.

            —No hay tiempo para esto —aseguró mientras utilizaba su percepción para confirmar que nadie les estaba espiando—. Vamos, sígueme —la apremió sin más dilación.

            Sin decir nada más, emprendió camino por las calles silenciosas del clan Aullador.

*Gwyddbivyll: Juego protocelta de estrategia, similar al ajedrez, aunque con piezas diferentes en su apariencia y distribución.   

*Keintys: Bebida que se toma después de hacer el acto sexual, para evitar el embarazo. Palabra de origen gaélico manés que significa sexo.

Luna Sullyr.

Resultados del concurso: Día del Libro

Concurso: Día Mundial del Libro y de los Derechos de Autor

En primer lugar, os deseamos a todos un feliz Día del Libro, o feliz Sant Jordi, según dónde lo celebréis. Y, por supuesto, queremos daros las gracias a todos los que habéis participado en el concurso, tanto enviando vuestros escritos, como leyendo a los concursantes y dándoles vuestra opinión y vuestros votos.

feliz día del libro

Como de costumbre, hay dos premios, uno para el más votado y otro otorgado por Paréntesis. En esta ocasión, para bien o para mal, solo ha habido dos participantes así que… me temo que no hay pérdida.

Johan Cladheart y Luna Sullyr, podéis elegir un pack de 3 libros entre los siguientes, y comunicarlo por correo electrónico a parentesissite@gmail.com:

  1. Espadas como labios, de Vicente Aleixandre.
  2. El último catón, de Matilde Asensi.
  3. El buen Sancho, de Azorín.
  4. Desde el exilio, de Pío Baroja.
  5. La vida es sueño, de Calderón de la Barca.
  6. Cuentos de Eva Luna, de Isabel Allende.
  7. Nocturna, de Guillermo del Toro y Chuck Hogan.
  8. El plan infinito, de Isabel Allende.
  9. El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza.
  10. La ley del amor, de Laura Esquivel.

¡Enhorabuena, gracias, y feliz lectura!

Que sí, joder; por Enric Fernández

Que sí, joder

Que sí, que te quise.

Que te querré.

Que te quiero.

Que si joder que sí. Que la jodí, que te jodí, que jodimos. Joder si jodimos. Y me jode, joder si me jode, haberte jodido.

Pero que cojones quieres que haga si yo era y ya no soy. Si fui lo que era porque nosotros éramos. Y dejé de ser y aprendí a no ser cuando vi que podíamos dejar de ser.

Y dejamos de ser.

Y ya no se lo que soy. Creí ser libre y recordé que tu tenías mis alas. Creí poder caminar sobre las piedra y recordé que entre tanta piedra solo había un diamante. Y los diamantes son para siempre. Y los tatuajes.

Y tu recuerdo.

Y quizá sea eso, tu recuerdo, lo más tormentoso de todo. Porque si al menos pudiese verte, si al menos supiese de tu vida, la tortura tendría sentido, sería algo real. Más ahora estoy sometido a la peor de las torturas, llevada a cabo por el más despiadado enemigo que jamás he tenido, yo mismo.

Y no quiero,

y me jode

ser, y que seamos

un recuerdo.

Enric Fernández. De su blog Odisea(a)amarte.

La leyenda de Onninnona. Capítulo VIII

Capítulo 1    Capítulo 2

Capítulo 3   Capítulo 4

Capítulo 5   Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Siete noches después

Al nordeste del Templo de Sueño

 

            Aquella mañana, el frescor de la playa era refrescante. Después de la gran tormenta vivida la noche pasada por toda esa región, al norte de las Montañas del Crepúsculo, los bindir de las aldeas costeras habían aprovechado, unos para salir a la mar, y otros para salir con sus familias a pasar la mañana en la playa, buscando fulguritas. La tormenta había estado impregnada de rayos, por lo tanto, todos tenían ganas de ir a buscar un rayo petrificado en la arena. Era un pasatiempo que encantaba a los niños más pequeños.

            En ese momento el sol estaba bostezando, impregnando a los bindir de una calidez que contrarrestaba la brisa marina de la costa.

            El paisaje estaba empezando a llenarse de sombrillas y toallas por doquier, cuando una pareja solitaria hizo acto de presencia en la cima de unos peñascos, que daban unas vistas maravillosas de toda la playa que se extendía hacia el norte.

            La pareja estaba formada por un hombre —vestido con una túnica blanca, una camiseta de lino verde y unos pantalones cortos y holgados, ajustados con un cinturón de tela que le daba vueltas y vueltas— y su compañero, que no era otro que un pequeño glotón de pelaje marrón.

            Ambos estaban olisqueando el ambiente, cuando el druwide depositó su bolsa de viaje en el suelo, al mismo tiempo que se agachaba y acariciaba a su compañero.

            —Creo que debemos darnos prisa si queremos encontrar un buen espécimen —opinó al ver la multitud que se iba formando por toda la explanada de la playa—. Adelante Max, haz tu magia —acabó diciendo en un murmullo casi inaudible mientras se levantaba, se quitaba la capucha y dejaba que su bien acicalada barba rubia junto con su corto pelo, se deslizara entre las corrientes marítimas que estaba sintiendo.

            Sin esperar mucho, Max saltó a la arena y empezó a olisquear el suelo hasta que finalmente escarbó un poco. Inmediatamente se puso en marcha, tranquilamente en dirección sur.

            El druwide acompañó en todo momento a su pequeño y peludo compañero, observando que se estaba alejando cada vez más de la multitud que habían observado antes. Ahora se encontraban llegando casi al final de la playa y prácticamente estaban solos, a excepción de un par de adolescentes que aparentemente buscaban lo mismo que ellos.

            Efectivamente, cuando Max se paró cerca de ellos y los miró, Duminólix supo que tendrían competidores.

            —¿Qué hay de nuevo, pequeños buscadores? —saludó con cortesía y con voz tranquila.

            —Buen amanecer, maestro —el chico de pelo largo y negro se levantó rápido e inclinó mínimamente la cabeza.

            —Supongo que está buscando lo mismo que nosotros, ¿verdad?

            El otro chico, de complexión más delgada y pelo corto, color castaño, no se molestó siquiera en levantarse ni en mirarle.

            —Creo que estás en lo cierto, joven. —Dio unas palmadas en su costado y su pequeño compañero empezó a merodear por ahí, escarbando de vez en cuando—. La tormenta de ayer noche impactó por esta zona, así que pensaba encontrar alguna fulgurita para mi… colección.

            —Entonces que gane el mejor, maestro druwide —finalizó con contundencia, levantando por primera vez la mirada hacia el druwide, observándolo con decisión.

            Sin demorarlo más, todos se pusieron manos a la obra, en busca de una buena fulgurita que llevarse a casa.

            Los jóvenes estaban muy concentrados, excavando con cuidado para no dañar un posible premio escondido entre la arena. Sabían que por ahí debía de haber una gran fulgurita. Su aldea no estaba lejos del lugar, y la noche pasada habían podido observar como un gran rayo caía por esa zona. Desde que lo habían visto, se habían estado preparando para ir a recoger el cristal que se debía de haber formado al derretirse la arena. Pronto sería el concurso anual de fulguritas y con ese trofeo esperaban ser los vencedores.

            Duminólix observó con detenimiento el empeño de los dos jóvenes por encontrar la fulgurita. Un atisbo de pena le llegó de improviso al ver que su querido compañero había sido el primero en encontrar el tesoro. Todavía no podía entender ese talento natural que tenía. Era el primer glotón que conocía con ese talento. Se había pasado mucho tiempo intentando averiguar ese misterio y solo había podido concluir que su querido Max debía de tener una percepción muy aguda a la hora de discernir los campos magnéticos que dejaban los rayos, tras petrificarse en la arena.

            Antes de notificar a los jóvenes que Max había encontrado el tesoro, decidió resguardar la posición de la fulgurita y pedir a su compañero que buscara algún otro trofeo para los chicos. Por desgracia, eso no fue posible. Por la zona ya no quedaba ni rastro de ningún otro cristal. Los chicos se habían aventurado desde una hora temprana y ya habían desenterrado todos los tesoros ahí presentes, menos el que buscaban.

            Al ver la cara tristona de su compañero, no tuvo más remedio que revelarles a los chicos que había sido él quien había encontrado la figurita.

            —Esto, chicos… —carraspeó un poco antes de que el joven de pelo largo gritara.

            —¡¡¡Lo he encontrado!!!

            Todos se sorprendieron ante tal noticia. El que más, el druwide, que se acercó raudo hacia él.

            Con cuidado, los dos jóvenes empezaron a excavar alrededor del rayo petrificado. Estuvieron así un buen rato. El cristal que había dejado la madre naturaleza era larguísimo. Picado por la curiosidad, Duminólix ayudó a los chicos a desplazar la arena, utilizando el dominio del gokui de la tierra. Tras muchos esfuerzos, observaron que esa fulgurita medía casi cuatro metros de largo. Fue entonces cuando el maestro druwide empezó a formularse una pregunta. ¿Si ahí estaba el tesoro que todos habían estado buscando,qué había encontrado Max?

            Decidió no decir nada al respecto y ayudar a los chicos a sacar el cristal.

            Estaban muy entusiasmados con tal descubrimiento y el druwide estaba convencido de que haberle ganado en la búsqueda hacía de su victoria algo más grande. No dudaba que cuando contaran su historia, remarcarían la encarnizada batalla contra una druwide y su posterior derrota. Pero eso a él no le importaba en absoluto. Ahora mismo lo que más le intrigaba era saber qué había estado protegiendo.

            Después de un buen rato, el chico de pelo largo regresó de su aldea con una carretilla. Una hora más tarde ya la habían llenado de arena y habían depositado encima, y con muchísimo cuidado, su preciado tesoro.

            —Ha sido un placer competir contra usted, maestro —se despidió con amabilidad y alegría el chico de pelo corto.

            Unas rápidas palabras de despedida bastaron para que al cabo de unos minutos, la pareja se encontrara sola.

            —Bueno, vamos a ver qué musha has encontrado, amigo mío —manifestó el druwide, agachándose y empezando a escarbar en el punto exacto donde Max le había indicado.

            No tuvo que escarbar mucho antes de toparse con una piedra plana en la que ponía:

nota capítulo 8

Su asombro se manifestó de tal forma, que el pequeño glotón se asustó al ver la cara atemorizada del druwide.

Luna Sullyr.

Colgaremos más capítulos la semana que viene, pero si no puedes esperar tanto y prefieres ir adelantando tu lectura, puedes seguir leyendo este relato en Wattpad.

El recuerdo de un sueño pasado, por Luna Sullyr

Concurso: Día Mundial del Libro y de los Derechos de Autor

El recuerdo de un sueño pasado

Hoy la esencia de la lectura ha cambiado. Antes era algo mágico coger un libro, abrirlo, y oler ese dulce aroma que te transportaba hasta los mismos confines de la aventura que estabas a punto de leer. El roce de los dedos contra las páginas te trasmitía la emoción de saber que la aventura todavía no había terminado. Esa energía que te trasmitía coger el libro entre las manos y estrecharlo con fuerza, con la esperanza de adentrarte en la historia y ser el protagonista. ¿Qué ha sido de todo eso?

El tiempo corre para todos y los libros no son una excepción. La tendencia está recayendo hacia los libros electrónicos. ¿Que tienen ventajas respecto a los libros físicos? Sí, es posible. Pero no nos engañemos. La sensación que te da un libro al tocarlo, olerlo y sentir sus letras bajo tus dedos, eso es algo indescriptible.

Libros físicos o libros… muertos. Esa es la cuestión.

Luna Sullyr. España.

Otros participantes en el concurso:

Fuego en las páginas, por Johan Cladheart

Fuego en las páginas, por Johan Cladheart

Concurso: Día Mundial del Libro y de los Derechos de Autor

Fuego en las páginas

Hubo un tiempo en el que trataron de quemar los libros. Era otra época, más abrupta, en la que los problemas se resolvían a base de espadas, pistolas y fuego. Creyeron, erróneamente, que podían solucionarlo todo así. Pero se equivoca el que crea que ese tiempo está en un cajón cerrado con llave. Puede que las antorchas ya no prendan en las páginas, pero no lo hacen porque las letras ya no tienen ojos suficientes. Puede que los heréticos gritos de la ciencia se oigan más fuerte, pero si lo hacen, es porque generan beneficios. Puede que los pastores dejen que las ovejas negras pasten en sus verdes campos, pero los perros las están vigilando. Puede que haya más niños en las aulas, pero si lo permiten es para que crezcan con la misma vara de medir. Puede que nos creamos libres, pero nos falta valor para encarar la libertad. Y, entretanto, nos dan de comer titulares, libros de texto, asignaturas, dogmas y constituciones. Letras con demasiada grasa y poca sustancia.

Ya da igual lo que escribas, lo que leas o lo que digas. Tu voz es exigua y no van a mover un dedo para quemarte: simplemente, no les renta. Lo mío es cuestión de rebeldía y obstinación. Quise cambiar el mundo hasta que supe que me quedaba grande y ahora intento cambiarme yo; al menos hasta que me dé cuenta de que la tarea me va a dejar exhausto. Entretanto, entre mis dimes y diretes, me gusta tocar los cojones. Por eso lucho batallas perdidas y me salgo de los caminos, no sea que me entre polvo en los ojos de los pasos de los demás. Por lo que a mí respecta, el día que de verdad quieran que leamos o que nos expresemos, el día que quieran escuchar mi opinión y valorarla como si fuera una de sus doctrinas, ese día… dejaré de escribir.

Johan Cladheart. España.

 

Otros participantes en el concurso:

El recuerdo de un sueño pasado, por Luna Sullyr

Concurso: Día Mundial del Libro y de los Derechos de Autor

Como ya sabréis, el 23 de abril es el Día del Libro, y queremos celebrarlo con vosotros con este concurso, en el que podréis ganar un lote de 3 libros digitales, a elegir entre los que figuran en la siguiente lista (todos ellos en formato ePub):

  1. Espadas como labios, de Vicente Aleixandre.
  2. El último catón, de Matilde Asensi.
  3. El buen Sancho, de Azorín.
  4. Desde el exilio, de Pío Baroja.
  5. La vida es sueño, de Calderón de la Barca.
  6. Cuentos de Eva Luna, de Isabel Allende.
  7. Nocturna, de Guillermo del Toro y Chuck Hogan.
  8. El plan infinito, de Isabel Allende.
  9. El asombroso viaje de Pomponio Flato, de Eduardo Mendoza.
  10. La ley del amor, de Laura Esquivel.

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¿Cómo participar?

Desde este momento, hasta el día 22 de abril, podéis enviar vuestras participaciones en un documento de Word a parentesissite@gmail.com. Iremos publicando los textos recibidos para que los lectores puedan ir votando hasta el día 22.

El objetivo es que enviéis un texto de vuestra autoría relacionado con la lectura o la escritura. El tema es muy amplio, podéis centraros en la importancia de la alfabetización o incluso de la educación, en el tema de los derechos de autor, la vida de un escritor, la lectura hoy en día, algún género en concreto como la poesía, el teatro, el periodismo… o lo que se os ocurra. Hay muchas posibilidades y cientos de enfoques posibles, todo vale, así que ¡ánimo y a escribir!

No hay normas en cuanto a formato, número de palabras, género, etc. Podéis escribir lo que queráis, como queráis, siempre y cuando la temática esté relacionada con el concurso.

No olvidéis incluir:

  1. Vuestro nombre o pseudónimo.
  2. Nacionalidad.
  3. Edad (opcional)
  4. Fotografía o ilustración que acompañe vuestro texto (opcional)

 

Resultados del concurso:

Los resultados del concurso de publicarán el día 23 de abril. Habrá dos ganadores, uno elegido por Paréntesis y otro elegido por los lectores, que podrán votar con un “Me gusta” y comentar los textos de los participantes.