La leyenda de Onninnona. Capítulo IV

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

             Después de un largo descanso, Onninnona se encaminó rápida hacia el clan Roca Maciza. Todavía sentía ese resquemor de ver tantos cuerpos calcinados, cuando acabó llegando a las afueras del clan. Tenía pensado hacer un alto y pasar la noche a la intemperie. Era bien entrada la tarde y prefería esperarse hasta la noche siguiente para entrar junto con los granjeros que iban a vender sus productos en el mercado.

Ahora que observaba su destino, se preguntó cómo iba a encontrar a Alana. Debía tener mucho cuidado o acabaría en alguna cárcel. Incluso en la lejanía, se podía palpar el ambiente de batalla. Antes de acostarse a la sombra de un árbol, tuvo que admitir que si quería encontrar alguna pista de su amiga, no tendría más remedio que acudir a ese hombre. No le gustaba nada ese panorama, pero su orgullo no podía interponerse en pos del rescate de su amiga.

            A la mañana siguiente, el ruido de trabajo de las granjas de los alrededores hizo que la mujer se levantara con ánimos de comenzar su búsqueda. Era una buena mañana, aunque algunos nubarrones se observaban por el este.

            Decidió que lo mejor que podía hacer era ayudar a algún granjero a transportar sus mercancías al interior de la aldea, para así pasar más inadvertida a los ojos de los guardias de la puerta.

            Su plan salió a la perfección y nada más atravesar la muralla, se despidió del joven granjero que se disponía a vender sus tomates al mercado.

            Ya había estado una vez en esa aldea, pero ahora, como había supuesto, el ambiente era totalmente diferente. Habían habilitado diversas plazas para la construcción de cañones a presión para defender la aldea de un posible ataque. Todas las herrerías no paraban de funcionar mientras iban reparando y creando nuevas armas para la batalla. No había ningún bindir que no ayudara en alguna labor. Estaba claro que la guerra entre los dos clanes parecía inevitable y eso hizo que se preguntara por qué. No necesitaban del secuestro de Alana para encontrar un motivo para la batalla. Por lo tanto se estaba preguntando el verdadero motivo de todo eso. Estaba claro que necesitaba que alguien le informara así que no se demoró más y fue derechita hasta la zona este, donde encontró una vieja y destartalada vivienda, con un cartel que ponía: anticuario.

            La tienda estaba bastante deteriorada. Pero parecía mantenerse en pie. Había un hombre en una de las terrazas del primer piso, observando la lejanía con un telescopio, cuando alzó la cabeza y vio a Onninnona. Inmediatamente la reconoció y tras una inclinación de cabeza, se introdujo en la vivienda para minutos más tarde, abrir la puerta principal del establecimiento.

            —¿Qué hay de nuevo, pequeña ladrona? Hacía tiempo que no pasabas por aquí.

            El hombre que había aparecido era un tanto mayor, delgado, con el pelo negro y corto, como era habitual en él. Vestía unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes.

            —Veo que para ti no pasa el tiempo —le saludó la guerrera, dejando a Cerdi atado en la entrada y entrando en la vivienda—. Rofin, necesito información —proclamó sin más rodeos.

            El interior de la tienda estaba tan desordenado como siempre, por mucho que Rofin siempre dijera que todo tenía un orden. Pudo observar artilugios muy antiguos y muchos otros directamente destrozados. Todavía hoy, no entendía cómo ese negocio podía dar algún beneficio al clan.

            —Qué vueltas da la vida, ¿eh? —El hombre se introdujo detrás de la barra y la miró—. Te recuerdo que todavía me debes el cristal antiguo de telegramas —sentenció con semblante serio.

            —Veo que la memoria te está fallando. Si mal no recuerdo ya te pagué de otra forma…

            —Pero ese no era el trato y tú lo sabes.

            —Mira, lo único que sé, es que desde entonces no he vuelto a probar ni un trago de licor duendil —El recuerdo se le cruzó en la mente y un escalofrío le recorrió el cuerpo—. Dejemos las cosas claras. No te pagué lo que acordamos pero a cambio echamos un polvo, así que asunto zanjado —dictaminó cruzando sus brazos, mirándole detenidamente.           El anticuario desistió de hablar más del tema al ver que Onninnona no iba a cambiar de idea. No obstante, ahora que lo meditaba, la mujer volvía a requerir de sus servicios…

            —Ya no tengo el cristal de telegrama —soltó de golpe al ver la cara pensativa del hombre y adivinando sus pensamientos—, y espero que ni se te pase por la cabeza pedirme que me acueste contigo por la información que requiero.

            En ese momento Cerdi se asomó por la ventana y empezó a gruñir al anticuario. El pobre hombre captó el mensaje al vuelo así que tuvo que resignarse a volver a las tarifas normales de su negocio.

            —Muy bien… vamos, dime qué necesitas saber y veremos qué podemos hacer.

            —¿Quién empezó la disputa entre los dos clanes que ha desembocado en la batalla campal que está a punto de suceder?

            El anticuario se rascó un poco el mentón y meditó su respuesta. No sabía bien bien qué contestar. Pero la premura de Onninnona le hacía ver que las sospechas que había tenido desde un principio podían ser ciertas, así que fue sincero al responder.

            —Oficialmente todo esto lo ha empezado el clan Aullador, al secuestrar al hijo del rîgos del clan, Vencip.

            —Pero tú no piensas lo mismo, ¿verdad? —La aventurera había captado al momento la duda de Rofin.

            —Es cierto, yo no pienso lo mismo… —Se deslizó ágilmente por unas escaleras que subían hasta la terraza. Onninnona le siguió—. Me gusta mirar por este viejo telescopio y gracias a esta afición descubro muchas cosas… suculentas —su sonrisa pícara dejaba claro a qué se refería— Pero a veces, por arte divina, me topo con cosas muy peculiares.

            —Explícate —le apremió mientras se sentaba en una silla y cogía unas moras de un matorral.

            —Cuando se supone que secuestraron a Vencip, yo había estado mirando toda la tarde la puerta norte, observando cómo una flor multicolor abría todos sus pétalos. A menos que el druwide consejero del rîgos mintiera en el comunicado oficial, nadie salió por esa puerta —La mujer le ofreció unas moras y sin más dilación se las comió antes de proseguir con la narración—. Además, en el hipotético caso de que los secuestradores se hubieran escabullido de mi mirada, ¿por qué el secuestro? Es decir… —en ese momento se sentó de golpe en una silla de playa—. Es todo demasiado enrevesado. Si el clan Aullador quisiera la guerra, solo tendría que proclamarla. Es sabido por todos la rivalidad entre los dos clanes —resopló como si todo eso le acarreara un gran dolor de cabeza—. Me da la sensación de que todo esto lo ha maquinado un bindir ajeno a los dos clanes, que por alguna razón, quiere que se celebre una guerra.

            En ese momento ambos se quedaron callados, absortos en sus propios pensamientos, cuando un nuevo cliente entró en la tienda. El anticuario se disculpó con Onninnona y fue a recibir a su nuevo cliente, dejándola sola. Se quedó pensando en la teoría del hombre y tuvo que admitir que tenía mucha consistencia. Ella también había notado algo raro en todo aquel asunto y con la nueva información que había obtenido, tenía muy claro que el anticuario estaba muy cerca de la verdad. Sabía que si el clan Aullador hubiera secuestrado a Vencip, MacFinn se lo habría comunicado, por lo tanto, alguien estaba maquinando todo aquello, aunque todavía no sabía el porqué.

            De repente un sonido atrajo su atención. Provenía del interior de la tienda.

Unos segundos después, Cerdi empezó a ladrar.

            Sin esperar más, Onninnona bajó las escaleras para ver qué estaba pasando. Lo que vio le cogió por sorpresa. Un salvan, de brazos musculados, estaba levantando al anticuario por el cuello.

            —Esto no es asunto tuyo, mujer —proclamó el atacante con voz contundente—. Será mejor que te marches…

            El anticuario intentaba deshacerse de la garra de ese salvan, pero todos los intentos eran inútiles. Era demasiado fuerte. Viendo la situación en la que estaba, Onninnona no podía marcharse así como así. Tenía que salvar a Rofin.

            Disimuladamente se fue encaminando hacia la puerta con las manos colgando para hacer ver al agresor que se iba a ir sin más, pero su intención era otra. Justo cuando pasó por encima de una lámpara antigua, que funcionaba con electricidad, tiró del cable para encenderla. Acción que provocó que las diversas luces distribuidas por el local se encendieran, haciendo que muchas de ellas, ya viejas y estropeadas, explotaran. Esto distrajo al elfo y fue justo en ese momento cuando embistió contra él, dándole una fuerte patada en la corva del pie izquierdo, haciendo que hincara rodilla, soltando el mismo tiempo al anticuario.

            La furia se reflejó en los ojos del elfo que rápidamente soltó varios golpes con sus brazos, haciendo retroceder a Onninnona.

            Los bártulos de la tienda se desparramaron por doquier, haciendo que los aldeanos que pasaban por la calle se pararan para ver qué estaba pasando. Eso incluyó a una patrulla que pasaba por ahí cerca.

            —Señor Rofin, ¿Se encuentra bien? —preguntó una de las patrulleras, aporreando la puerta.

            Viendo que su plan se había ido al traste, el salvan decidió salir de ahí de inmediato. Ahora su prioridad era salir de la aldea antes de que todo el mundo empezara a buscarlo. Sin más preámbulos, se alejó corriendo por una puerta que daba a la parte trasera de la vivienda y desapareció de la vista de todos.

            En ese momento, Onninnona se acercó al anticuario.

            —¡Ayuda! —gritó a los guardias, que entraron al instante—. Un salvan con el pelo rubio y vestido con una túnica harapienta, nos ha atacado. Ha salido por la parte de atrás.

            De inmediato una de los guardias fue a la parte de atrás para ver si veía al sospechoso mientras el otro sacaba un cristal de comunicación y pedía urgentemente una patrulla y un curandero.

            La noticia cobró vida al momento, y en apenas una hora toda la aldea ya sabía lo ocurrido en la tienda de antigüedades. Por desgracia, nadie logró atrapar al salvan.

            Bien entrada la tarde, después de ser atendido por una curandera, Rofin y Onninnona volvieron a la tienda y recogieron todos los objetos. Al acabar, ya casi se había hecho de noche, así que el anticuario ofreció su morada para que la mujer pasara la noche.

            —La verdad es que todavía no había buscado una posada, así que… de acuerdo, esta noche me quedaré aquí.

            Después de una cena tranquila, antes de irse a dormir, la mujer no pudo evitar preguntarle si conocía al agresor y por qué le había atacado.

            —Nunca lo había visto y no sé por qué me atacó —le respondió con sinceridad—. Lo único que me preguntó es si era el dueño de la tienda. Cuando le dije que sí, me atacó al instante.

            Estaba claro que ese ataque le había asustado, así que Onninnona decidió no insistir más en el asunto y le dio las buenas noches.

            Todo ese asunto era muy extraño. Sabía que Rofin era un hombre pacífico y alegre. Que ella supiera todo el mundo le apreciaba. No entendía a qué había venido ese ataque, aunque estaba claro que alguien quería silenciar al anticuario. Se preguntó si todo eso estaba relacionado con el secuestro de los príncipes o si no tenía nada que ver.

~·~

Anochecer

En las afueras del clan Roca Maciza

 

            Todo estaba en silencio en el campamento improvisado de los bandidos, cuando Espólitor volvió de la aldea, enfadado. Nadie osó interponerse en su camino. Era sabido por todos la destrucción que podía causar cuando estaba en ese estado. Sin decir nada a nadie, se precipitó a su tienda de campaña y tras cerrar la puerta, golpeó con fuerza con sus dos brazos el suelo. Tenía ganas de gritar y desgarrar el silencio de la noche, pero sabía que debía controlarse. No podía atraer la mirada de los granjeros o tendría que volver a desplazar el campamento, aunque ahora que en el clan Roca Maciza le estaban buscando, pensó que lo mejor sería alejarse un poco más y ocultarse en la desembocadura del río que daba a la mar.

            Tras un buen rato, después de calmarse un poco, cogió el comunicador y tecleó la combinación que le comunicaría con el líder.

            Debía informar de su fracaso.

            Unos segundos después el holograma del encapuchado apareció.

            —Misión fallida —soltó sin más el salvan—. El anticuario sigue vivo, aunque no creo que vuelva…

            Un gruñido del ser encapuchado bastó para que Espólitor enmudeciera.

            Entonces un silencio se prolongó entre ambos hasta que el líder susurró:

            —No vale la pena llamar más la atención. Será mejor que te escondas durante un tiempo hasta que vuelva a comunicarme contigo…

            —Como guste —respondió inclinando la cabeza, humillado porque le dejara en el banquillo solo por un simple error.

            Sin ninguna despedida, la transmisión se cortó y en la tienda volvió a reinar el silencio o al menos durante unos segundos, que es lo que tardó el elfo en estallar de rabia y soltar un rugido a los cuatro vientos.

Luna Sullyr.

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