La leyenda de Onninnona. Capítulo VIII

Capítulo 1    Capítulo 2

Capítulo 3   Capítulo 4

Capítulo 5   Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Siete noches después

Al nordeste del Templo de Sueño

 

            Aquella mañana, el frescor de la playa era refrescante. Después de la gran tormenta vivida la noche pasada por toda esa región, al norte de las Montañas del Crepúsculo, los bindir de las aldeas costeras habían aprovechado, unos para salir a la mar, y otros para salir con sus familias a pasar la mañana en la playa, buscando fulguritas. La tormenta había estado impregnada de rayos, por lo tanto, todos tenían ganas de ir a buscar un rayo petrificado en la arena. Era un pasatiempo que encantaba a los niños más pequeños.

            En ese momento el sol estaba bostezando, impregnando a los bindir de una calidez que contrarrestaba la brisa marina de la costa.

            El paisaje estaba empezando a llenarse de sombrillas y toallas por doquier, cuando una pareja solitaria hizo acto de presencia en la cima de unos peñascos, que daban unas vistas maravillosas de toda la playa que se extendía hacia el norte.

            La pareja estaba formada por un hombre —vestido con una túnica blanca, una camiseta de lino verde y unos pantalones cortos y holgados, ajustados con un cinturón de tela que le daba vueltas y vueltas— y su compañero, que no era otro que un pequeño glotón de pelaje marrón.

            Ambos estaban olisqueando el ambiente, cuando el druwide depositó su bolsa de viaje en el suelo, al mismo tiempo que se agachaba y acariciaba a su compañero.

            —Creo que debemos darnos prisa si queremos encontrar un buen espécimen —opinó al ver la multitud que se iba formando por toda la explanada de la playa—. Adelante Max, haz tu magia —acabó diciendo en un murmullo casi inaudible mientras se levantaba, se quitaba la capucha y dejaba que su bien acicalada barba rubia junto con su corto pelo, se deslizara entre las corrientes marítimas que estaba sintiendo.

            Sin esperar mucho, Max saltó a la arena y empezó a olisquear el suelo hasta que finalmente escarbó un poco. Inmediatamente se puso en marcha, tranquilamente en dirección sur.

            El druwide acompañó en todo momento a su pequeño y peludo compañero, observando que se estaba alejando cada vez más de la multitud que habían observado antes. Ahora se encontraban llegando casi al final de la playa y prácticamente estaban solos, a excepción de un par de adolescentes que aparentemente buscaban lo mismo que ellos.

            Efectivamente, cuando Max se paró cerca de ellos y los miró, Duminólix supo que tendrían competidores.

            —¿Qué hay de nuevo, pequeños buscadores? —saludó con cortesía y con voz tranquila.

            —Buen amanecer, maestro —el chico de pelo largo y negro se levantó rápido e inclinó mínimamente la cabeza.

            —Supongo que está buscando lo mismo que nosotros, ¿verdad?

            El otro chico, de complexión más delgada y pelo corto, color castaño, no se molestó siquiera en levantarse ni en mirarle.

            —Creo que estás en lo cierto, joven. —Dio unas palmadas en su costado y su pequeño compañero empezó a merodear por ahí, escarbando de vez en cuando—. La tormenta de ayer noche impactó por esta zona, así que pensaba encontrar alguna fulgurita para mi… colección.

            —Entonces que gane el mejor, maestro druwide —finalizó con contundencia, levantando por primera vez la mirada hacia el druwide, observándolo con decisión.

            Sin demorarlo más, todos se pusieron manos a la obra, en busca de una buena fulgurita que llevarse a casa.

            Los jóvenes estaban muy concentrados, excavando con cuidado para no dañar un posible premio escondido entre la arena. Sabían que por ahí debía de haber una gran fulgurita. Su aldea no estaba lejos del lugar, y la noche pasada habían podido observar como un gran rayo caía por esa zona. Desde que lo habían visto, se habían estado preparando para ir a recoger el cristal que se debía de haber formado al derretirse la arena. Pronto sería el concurso anual de fulguritas y con ese trofeo esperaban ser los vencedores.

            Duminólix observó con detenimiento el empeño de los dos jóvenes por encontrar la fulgurita. Un atisbo de pena le llegó de improviso al ver que su querido compañero había sido el primero en encontrar el tesoro. Todavía no podía entender ese talento natural que tenía. Era el primer glotón que conocía con ese talento. Se había pasado mucho tiempo intentando averiguar ese misterio y solo había podido concluir que su querido Max debía de tener una percepción muy aguda a la hora de discernir los campos magnéticos que dejaban los rayos, tras petrificarse en la arena.

            Antes de notificar a los jóvenes que Max había encontrado el tesoro, decidió resguardar la posición de la fulgurita y pedir a su compañero que buscara algún otro trofeo para los chicos. Por desgracia, eso no fue posible. Por la zona ya no quedaba ni rastro de ningún otro cristal. Los chicos se habían aventurado desde una hora temprana y ya habían desenterrado todos los tesoros ahí presentes, menos el que buscaban.

            Al ver la cara tristona de su compañero, no tuvo más remedio que revelarles a los chicos que había sido él quien había encontrado la figurita.

            —Esto, chicos… —carraspeó un poco antes de que el joven de pelo largo gritara.

            —¡¡¡Lo he encontrado!!!

            Todos se sorprendieron ante tal noticia. El que más, el druwide, que se acercó raudo hacia él.

            Con cuidado, los dos jóvenes empezaron a excavar alrededor del rayo petrificado. Estuvieron así un buen rato. El cristal que había dejado la madre naturaleza era larguísimo. Picado por la curiosidad, Duminólix ayudó a los chicos a desplazar la arena, utilizando el dominio del gokui de la tierra. Tras muchos esfuerzos, observaron que esa fulgurita medía casi cuatro metros de largo. Fue entonces cuando el maestro druwide empezó a formularse una pregunta. ¿Si ahí estaba el tesoro que todos habían estado buscando,qué había encontrado Max?

            Decidió no decir nada al respecto y ayudar a los chicos a sacar el cristal.

            Estaban muy entusiasmados con tal descubrimiento y el druwide estaba convencido de que haberle ganado en la búsqueda hacía de su victoria algo más grande. No dudaba que cuando contaran su historia, remarcarían la encarnizada batalla contra una druwide y su posterior derrota. Pero eso a él no le importaba en absoluto. Ahora mismo lo que más le intrigaba era saber qué había estado protegiendo.

            Después de un buen rato, el chico de pelo largo regresó de su aldea con una carretilla. Una hora más tarde ya la habían llenado de arena y habían depositado encima, y con muchísimo cuidado, su preciado tesoro.

            —Ha sido un placer competir contra usted, maestro —se despidió con amabilidad y alegría el chico de pelo corto.

            Unas rápidas palabras de despedida bastaron para que al cabo de unos minutos, la pareja se encontrara sola.

            —Bueno, vamos a ver qué musha has encontrado, amigo mío —manifestó el druwide, agachándose y empezando a escarbar en el punto exacto donde Max le había indicado.

            No tuvo que escarbar mucho antes de toparse con una piedra plana en la que ponía:

nota capítulo 8

Su asombro se manifestó de tal forma, que el pequeño glotón se asustó al ver la cara atemorizada del druwide.

Luna Sullyr.

Colgaremos más capítulos la semana que viene, pero si no puedes esperar tanto y prefieres ir adelantando tu lectura, puedes seguir leyendo este relato en Wattpad.

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