La leyenda de Onninnona, capítulo XIX

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Capítulo 19

            En las entrañas del mundo, sin que nadie perturbara su descanso, el druwide Duminólix se despertó de su sueño reparador en una cueva solitaria. Un alarido surgió de su garganta reseca mientras movía su cansado cuerpo. Sus ojos tardaron un poco en acostumbrarse a la poca luz que desprendían los cristales de las paredes. Con mucho esfuerzo empezó a levantarse mientras su mente empezaba a reorganizarse del despertar. Todo estaba muy confuso, como todas las veces que le habían “matado”. Al notar su cuerpo desnudo, rebuscó en un baúl un par de prendas para entrar un poco en calor, mientras su sangre volvía a circular con normalidad por su cuerpo.

            Una vez vestido, se sentó en el suelo, mientras observaba cómo las letras grabadas de las paredes no paraban de iluminarse. En ese momento no pudo evitar acordarse de cuando construyó todo ese lugar, decidiendo así partir su alma. Era muy joven entonces, meditó para sus adentros mientras observaba cómo su pelo y su barba empezaban a desprendérsele.

            Notando que su cerebro empezaba a funcionar de nuevo plenamente, decidió meditar qué debía hacer a continuación. Sabía que había pasado una luna entera desde que su descuido lo había conducido a su guarida, así que debía suponer que los acontecimientos habían avanzado en su ausencia. Debía saber qué estaba pasando entre los clanes, se dijo a sí mismo.

            Sabía que necesitaría de un poco más de tiempo para recuperarse al cien por cien, pero el tiempo corría en su contra; por consiguiente, cogió una fruta guna guna* del baúl y empezó a comérsela mientras acababa de vestirse y se preparaba para el viaje.

~·~

            Se había formado una pequeña pausa en las batallas a causa de las inesperadas muertes por parte del Clan Aullador y las inesperadas enfermedades por parte del Clan Roca Maciza. Nadie sabía cómo había podido pasar, pero el hecho era que más de la mitad de ambos ejércitos o se habían muerto por cánceres fantasmas o se habían vuelto locos.

            La situación era crítica en ambos bandos.

            En el bando de los Aulladores todos estaban apenados por la muerte furtiva de su rîgos. Los curanderos habían dictaminado que un cáncer en el corazón había acabado con su vida. Aun así, estaban desconcertados. La curandera jefa era una aguana* muy respetada por todos sus compañeros y tras ver el cáncer, no se lo podía creer. Justo antes de la partida hacia la batalla había examinado con detenimiento al rîgos y estaba segura de que no tenía ningún indicio de cáncer. Nunca había visto que un cáncer se formara y matara en apenas una luna.

            El pánico vino cuando los ayudantes y los curanderos empezaron a examinar los cuerpos de los moribundos. Todos habían  padecido la misma enfermedad. Ya fuera cáncer de corazón, pulmón o cerebral. La aguana no había visto nunca nada parecido y solo había podido hacer una cosa. Ordenar que quemaran toda la comida y bebida que tuvieran, para un rápido examen con el fin de verificar algún otro infectado.

            Así habían pasado las noches de duelo. Preocupados y sin obtener ninguna respuesta.

Por otra parte, en el Clan Roca Maciza se había impuesto la seguridad total. Era una medida extrema que impedía que nadie del campamento saliera de él, bajo ninguna circunstancia. Los curanderos del ejército estaban trabajando sin demora, intentando averiguar qué había producido ese brote repentino de locura.

            El primero en morir por la enfermedad fue el rîgos, que después de una noche de gritos, se quedó mudo con una sonrisa siniestra en la cara. A medida que pasaba el tiempo, los infectados habían ido muriendo uno a uno. Ahora mismo apenas quedaban un par de decenas de soldados sanos, mientras que los trastornados iban causando estragos por falta de vigilancia. Había llegado un punto, que el coronel Mirenín junto con el príncipe Vencip, habían decretado que se matara a todos aquellos que empezaran a padecer la última fase de locura. No querían que hubiera más víctimas.

            No había tiempo para pedir ayuda ni para encontrar una cura, así que al descubrir que el causante había sido un alimento en mal estado, que había podrido grandes partes del cerebro, se decretó la muerte de los ahora escasos infectados. No valía la pena hacerles sufrir más.

            Su muerte era segura.

            —¿Ahora qué hacemos, mi rîgos?

            Al oír las palabras del coronel, al antes príncipe se le hizo un nudo en el estómago. Sabía lo que eso significaba. Si no quería que se produjera una guerra civil, debía asumir el cargo de jefe del clan y despedirse para siempre de la vida tranquila y feliz con Alana.

            —Señor, debes tomar una decisión —avisó con premura el anciano general al ver el semblante perdido del joven rîgos.

            —Envía un emisario al Clan Aullador —respiró hondo para darse fuerzas mientras pensaba en Alana—. Solicita una reunión con su nuevo rîgos. No tiene sentido combatir más —bramó sin poder evitarlo al ver cómo había cambiado su vida en apenas unas noches.

            Al ver la rabia de su líder, Mirenín asintió en silencio y se esfumó fuera de la tienda para cumplir con la orden dictaminada.

            A la noche siguiente, justo cuando el sol salía por entre los peñascos de las montañas, ambos rîgos de cada clan, junto con una pequeña escolta, se encontraron en la pequeña llanura donde se había producido una de tantas batallas.

            Del Clan Roca Maciza, aparecieron Vencip, Mirenín, Luz y Copito, mientras que de los Aulladores aparecieron Alana, Chinchín, Onninnona y Cerdi.

            Nada más acercarse, ambos amantes desmontaron de sus caballos y se acercaron para darse un fuerte abrazo.

            —Siento mucho lo ocurrido —le susurró Alana al notar la tristeza de Vencip.

            —Yo también siento tu pérdida…

            La reunión comenzó inmediatamente después de que ambos rîgos se serenaran. Los dos altos cargos de los ejércitos expusieron la situación de sus tropas, cuando de repente, un círculo de poder interrumpió abruptamente la reunión.

            Todos se pusieron en guardia ante la interrupción. Solo cuando Onninnona pudo visualizar la silueta del druwide Duminólix, se apresuró a calmar el ambiente haciendo las correspondientes presentaciones.

            —Siento la interrupción, pero he venido a desvelar el misterio de toda esta muerte —expuso el anciano druwide.

            Llamas Silbantes era la única que lo había visto con anterioridad así que fue la única que se sorprendió al ver el cuerpo esquelético del hombre. A parte de la desaparición de su barba dorada y su pelo, las arrugas surcaban todo su cuerpo como si de repente hubiera envejecido muchos soles de golpe. No entendía qué le estaba pasando y cuando el maestro desvió la mirada hacia ella, esta entendió el mensaje. Luego hablarían del asunto.

            El ahora anciano druwide, se sentó con cuidado en el suelo, acto que imitaron todos los presentes. Seguidamente empezó a relatar todo lo que sabía de Saxtris, el ardid de toda aquella muerte.

            Ninguno se quedó indiferente cuando escucharon la teoría del druwide, que decía que la destrucción de las tabernas de ambos linderos de las montañas se había producido para que los suministros para los ejércitos fueran escasos, con el fin de que Saxtris pudiera infiltrar a sus subordinados a modo de mercaderes que ayudaban en el aprovisionamiento de las tropas.

            Estuvo un buen rato narrando los acontecimientos, desde quién era verdaderamente Saxtris, hasta su último encuentro con él, omitiendo que había muerto en ese encuentro.

            —La muerte y la locura propagada por ambos ejércitos es culpa mía —confesó apesadumbrado, agarrándose fuertemente a su bastón que tenía incrustado un rubí azul en su extremo—. Yo fui quien enseñé el método de propagación a mi antiguo alumno.

            —¿Por qué iba a enseñarle a propagar la muerte?

            Onninnona no se lo acababa de creer.

            —En principio yo le enseñé a utilizar un hongo microscópico para propagar una cura inmediata en caso de extrema necesidad —expuso derrumbado por su pesar—. No sé cómo, pero ha conseguido contaminar el hongo curativo para que produzca alteraciones en el cuerpo.

            —¿Por qué a unos ha causado la muerte y a otros la locura?  —preguntó Vencip, entendiendo desde buen principio que por mucho que se culpara al druwide, él no tenía la culpa de todo aquello.

            —Dependiendo del método de propagación se obtienen unos resultados u otros. Me aventuraría a decir que la propagación de la enfermedad fue muy distinta en ambos ejércitos.

            Intentando asimilar toda aquella nueva información, los allí presentes empezaron a ver la luz al final del túnel. Ahora que sabían todo aquello, tenían un enemigo en común y eso de algún modo les insufló renovadas fuerzas.

            —Creo que sería prudente volver a nuestros hogares y exponer lo que ahora sabemos a nuestros consejos —Onninnona se levantó y estiró su cuerpo—. Deberíamos volver a reunirnos dentro de tres noches para organizar una búsqueda exhaustiva de Saxtris —aconsejó con determinación mientras observaba a los dos jóvenes que acababan de recibir la carga de liderar a sus respectivos clanes.

            —Sabias palabras, mujer.

            En ese momento todos desviaron su mirada hacia el hombre que acababa de hablar.

            —Creo que no puedo permitir que salgáis con vida de esta reunión —berreó con la satisfacción de un cazador al atrapar a su presa indefensa—. Creo que contaré que ambos bandos se enzarzaron en una disputa y que por desgracia yo, un druwide ermitaño que pasaba por ahí, fui el único en salir vivo de la contienda —acabó burlándose al mirar a su decrépito maestro.

            En ese momento los cuatro bandidos que quedaban de la banda de Espólitor, junto a él, aparecieron de la nada, detrás de Saxtris.

            —Creo que te equivocas —empezó a decir Copito, sorprendiendo a todos los presentes, incluido a Luz—. Tu arrogancia será tu perdición —dictaminó el licántropo empezando a cambiar a fase híbrida, estirando su cuerpo mientras observaba cómo su presa empezaba a retroceder aterrorizada.

*Fruta guna guna: Fruta autóctona de Bíroc, que se encuentra en los fondos de los ríos o del mar. Propiedad principal: revitalizante para cuerpo y alma.

*Aguana: Es un hada del agua y la versión hembra de los salvani. Tienen una gran envergadura, larga cabellera, y una voz dulce y armoniosa.

Luna Sullyr.

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La leyenda de Onninnona, capítulo XVIII

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Capítulo 18

 

En la llanura que precede a las Montañas del Crepúsculo

            La tristeza y el abatimiento fluían sin barreras entre todos los soldados del Clan Roca Maciza. Nadie sonreía, ni gritaba. Todos los supervivientes agachaban la cabeza mientras volvían a sus tiendas y/o a las enfermerías donde los curanderos les hacían esperar, por el abrumador trabajo que tenían para salvar a tantas vidas como pudieran.

            La última derrota en las montañas había dejado una gran herida en los corazones de todos, incluido al rîgos del clan, que contemplaba a todos sus soldados desde la seguridad de su tienda.

            En su interior se encontraba acompañándole el último coronel que le quedaba.

            —Será mejor que volvamos a la aldea —asesoró con desánimo al contemplar las cifras de las bajas, en un trozo de papel—. Aquí ya no nos queda nada.

            El orgulloso Vecicín hizo el ademán de rascarse la barba, pero al momento se acordó de que ahora esta tenía un rojizo sangriento que le recordaba la última derrota donde había estado a punto de padecer.

            —El enemigo está débil —soltó de repente pensando en voz alta mientras se movía por la tienda—. Si lográramos atravesar sus defensas y matar a su líder, la batalla terminaría —aplaudió de forma esporádica intentando animarse de una forma poco coherente.

            Al ver la reacción de su superior, el coronel se estremeció. Su rîgos estaba empezando a perder la cordura. Su risa estridente y sus ojos desorbitados no podían significar nada bueno.

            —Señor, con su permiso —interrumpió con miedo las risitas del hombre al que había admirado durante tanto tiempo—. Creo que será mejor que aceptemos que vuestro hijo está perdido.

            —¿Mi hijo?

            Al ver que Vecicín ya ni tan siquiera recordaba por qué se había producido todo ese conflicto, un atisbo de urgencia empezó a surgir del interior del coronel. Debía hacer algo, pero no sabía qué hacer en esa situación.

            —Si me disculpa —Empezó a retirarse con disimulo hacia la puerta—, iré a ver cómo están mis soldados.

            —Vete, vete —le apremió ahora con el semblante muy serio, casi enfurecido—. Prepáralos para atacar en cualquier momento —añadió con determinación sin parar de rascarse la calva mientras miraba el mapa que tenía desplegado en su mesa.

            Sin demorarse más de lo preciso, el hombre salió de la tienda y respiró una gran bocanada de aire como si hasta el momento se hubiera olvidado de respirar. La confusión que sentía en ese momento era sobrecogedora. El único que podía darle poder para hacer algo era el consejo del Clan, pero temía que no le tomaran en serio.

            Un pájaro silvestre apareció de la nada cantando su melodía, mientras surcaba un rayo de luz que había conseguido atravesar la niebla de muerte y tristeza que se adhería por todo el campamento, otorgándole al desdichado hombre un segundo de tranquilidad.

            —Padre, imploro tu guía en estos momentos de incertidumbre —Alzó la mirada al cielo mientras unos cuervos en la lejanía le devolvían rápidamente a la realidad—. Madre, por favor, protege a tus hijos para que no caigan en la locura…

            Sabía que los Dioses no iban a bajar del cielo e imponer su voluntad por mucho que los invocara, pero eso le daba igual. No podía evitar augurar algo bueno siempre que hablaba con ellos.

            En ese momento empezó a caminar por entre las tiendas, cuando un pequeño rocío empezó a caer.

            —Señor —le interrumpió un soldado de forma abrupta—. Hay alguien a quien tiene que ver —aseveró con la voz entrecortada por el esfuerzo que había hecho al ir a su encuentro.

            Al girar la cabeza y contemplar al soldado, no sabía qué esperar. Solo cuando vio quién estaba precediendo a su subordinado, empezó a pensar que los Dioses le habían escuchado.

            —Por fin un milagro… —se aventuró a decir, sin poder evitar que unas lágrimas abrazaran el agua que surcaba su rostro.

~·~

Entre las montañas

 

            La euforia por las continuas victorias que habían conseguido daba ánimos y confort a los soldados del Clan Aullador. Todos habían recuperado el espíritu de lucha al contemplar cómo hacían retroceder al vasto ejército del enemigo. Como si de un lejano pasado se tratase, habían olvidado las primeras derrotas a manos del clan enemigo. Así de frágil era la balanza en la moral de los soldados en una guerra.

            Mientras todos empezaban a celebrarlo con canciones y toda la comida de la que disponían, el rîgos Alborex no paraba de pensar en su querida hija. Sabía que las últimas batallas habían estado a su favor, pero eso no le decía nada. Por el momento no veía nada que le indicara que estaba más cerca de recuperarla.

            Después de despachar a Chinchín para que lo celebrara con sus compañeros, se había quedado en silencio en la tienda mientras observaba el cielo por la ventana.

            ¿Por qué estamos combatiendo? Se preguntó, ahora que los ejércitos de ambos clanes se habían reducido a apenas un par de cientos. ¿Qué comenzó todo esto? ¿Fue la desaparición de los príncipes o fue algo más? El abatimiento empezó a hacer estragos en su salud. Algo en su interior le decía que esto no estaba bien.

            En ese momento apareció su marido con su clásica túnica marrón de viaje.

            —¿Qué te pasa? —le preguntó al ver su mala cara.

            Un segundo más tarde, el rîgos se cayó al suelo y el desconcierto se apoderó de Albin.

            —Alborex… ¡¡Alborex!! —le gritó asustado mientras recorría la distancia que les separaba en un segundo. Cogió su cabeza y empezó a darle golpecitos—. ¡¡¡Despierta!!!

            Justo cuando tenía intención de pedir auxilio, el rîgos abrió los ojos.

            —Albin… —consiguió articular empezando a reincorporarse—. Estoy bien, tranquilo —le aseguró al ver la cara de preocupación—. Solo ha sido un pequeño mareo.

            —Te debería ver un curandero —le asesoró con  premura mientras lo ayudaba a tumbarse en la cama.

            —Perdóname —empezó a susurrar a medida que iba cerrando los ojos—. Es todo culpa mía —En ese momento Albin le tapó con una fina sábana—. Nuestra hija se fue por mi culpa…

            Sin esperar respuesta, se quedó totalmente dormido.

            —Señor, han venido… —interrumpió de repente un soldado—. Perdone, no sabía que nuestro señor se encontraba descansando —se apresuró a decir viéndolo en la cama.

            En ese momento se percató de la cara petrificada de su cónyuge.

            —¿Pasa algo…?

            Albin siguió sin decir nada. Seguía mirando a su marido con la mirada perdida, notando cómo   había dejado el mundo de los vivos.

            En ese momento alguien entró en la tienda.

            —¿Papás, estáis ahí?

Luna Sullyr.

 

10 consejos para escribir un buen relato de ficción

Para escribir bien lo importante es…

1. Escribe.

2. Escribe no importa cómo ni dónde: a pluma, a boli, a pilot, a lápiz prestado por un camarero, a máquina, a ordenador. Escribe primero sin darle importancia a ese hecho. Porque sí. Igual que se hacen otras tantas cosas a lo largo del día.

3. Escribe sin darte la menor importancia. Sin creer que vas a hacer algo inaudito, inédito, inconmensurable. Escribe como la minúscula persona que eres. Que solamente fluya, como una existencia cualquiera. Escribe sin pudor.

4. Empieza a pensar en que estás escribiendo. Que aquello que sale al paso de tus dedos (y surge de tu pensamiento o de quién sabe qué recóndito sitio de ti mismo) es material inflamable y depende de ti, estás construyendo algo, diciendo algo: porque no somos nadie, pero tampoco nadie es nosotros. Sobre todo, no pienses en ningún lector futuro (¡ninguno!). Y piensa que todo vale.

5. Escribe; es un juego, es una dinamo. Vas a transformar unas palabras en un pequeño mundo donde ocurren cosas. Acércate y observa: cambia de sitio las figuras, acerca aquellas dos, prende fuego a esa casita con una cerilla, empuja con el dedo ese camión hasta que casi atropelle a tu personaje favorito. Convierte esta dulce mañana en el día del juicio final.

6. Compártelo, no tengas miedo (pero tampoco seas pesado ni plasta, no todo el mundo quiere leerte). Busca a alguien en quien confíes y deja, con ausencia total de soberbia, que espachurre tus figuritas y opine sobre la horrible construcción de tu Lego. Aunque sufras, deja que lo haga. Muy probablemente tenga razón (y además luego puedes volver a ponerlo todo en su lugar, en caso de).

7. Después de la parte divertida llega la parte profesional o perfeccionista. Encájate en la cabeza el casco de obra y mira tu pequeño mundo hasta que empieces a sudar, hasta que la vanidad dé paso a la vergüenza. Seguro que necesita arreglo. Y seguro que tú puedes arreglarlo. No te quieras demasiado a ti mismo, no tengas piedad, ni prisa. Ahora es tu construcción de Lego lo que importa.

8. ¿Te lo has pasado bien? Piensa que es importante pasárselo bien. O sufrir. O ponerse nervioso. O sentir que uno no será capaz y luego superarse. O sentir nostalgia, duda, arrepentimiento, asco: en fin, algo. Incluso frío. Si no, para qué.

9. Olvida todas estas tonterías que he dicho. No hagas caso de nadie. Y sobre todo hazte a la idea de que el mundo editorial No Existe. Vive tu escritura como si no existiera.

10. Bueno, olvida todo esto menos una cosa: del punto 1 al 9, cada palabra puede ser traducida en una sola: lee. Lee. Lee. Lee. Lee para siempre, como si fueras un niño que empieza. Todo está ahí.

Lara MORENO

(Publicado en la revista Eñe)

Origen: del blog Escritores Noveles (10 consejos para escribir un buen relato de ficción)

La leyenda de Onninnona, capítulo XVII

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Capítulo 17

En un barco mercante

 

            El mar de la costa del Clan Pesquero estaba un tanto agitado aquella mañana de verano. Ya se había previsto la noche anterior que muy posiblemente una pequeña tormenta, procedente del oeste, se aproximaba, pero la magnitud de las nubes que se vislumbraban por el horizonte, había dejado a más de uno atónito. Iba a ser una gran tormenta.

            Todos en el clan se habían empezado a preparar para la embestida del viento y la lluvia. La preocupación de los aldeanos por aquella tormenta, había hecho que un navío, que acostumbraba a recoger provisiones en el puerto cada poco tiempo, pasara inadvertido. Estaba a escasos kilómetros de la costa, parado, sin ningún movimiento aparente.

            No obstante, eso no reflejaba lo que de verdad se estaba tramando en su interior.

            El barco había echado el ancla a pesar de ser peligroso hacerlo cuando una tormenta está a punto de hacer su aparición. Los pocos tripulantes que había en la cubierta estaban sin hacer nada, mirando el horizonte, como si con la sola idea de atracar en el puerto, fuera suficiente para que su líder decidiera hacerlo.

            El miedo estaba haciendo estragos en cada uno de ellos, en especial a una pareja de brownies a los que no les gustaba nada la pinta que tenía esa tormenta.

            En contraposición con las emociones que se podía palpar en la superficie, en el interior del barco, en el gran camarote del capitán, el cual había muerto hacía muchísimas lunas, se encontraban dos individuos, discutiendo el plan a seguir. Un hombre de tez grisácea y un salvan con graves cicatrices por toda la cara.

            Al parecer ninguno de los dos parecía estar de acuerdo.

            —Todavía está esa maldita mujer de la que te hablé —la voz de Espólitor hacía rato que había dejado de ser calmada. El castigo infringido por su líder, que le había recubierto toda la cara de cicatrices, había sido el detonante para que empezara a odiar a su superior—. Si nos acercamos a los ejércitos y esa mujer nos localiza, podría enviar a los soldados a cazarnos. Tenemos que ser precavidos —amonestó imperiosamente para que su líder entrara en razón.

            —La jugada final está cerca. ¡No podemos acobardarnos! —exclamó amenazadoramente Saxtris haciendo mucho énfasis en las palabras—. Estamos muy cerca de asestar un duro golpe a los clanes. Debemos estar decididos a darlo todo…

            Las últimas palabras del hombre revivido habían dejado muy claro al elfo lo que eso significaba. Si todos debían morir para que la misión tuviera éxito, no era de importancia;lo que para él era algo intolerable. Por desgracia, de momento no podía hacer nada al respecto así que se guardó sus palabras.

            La tormenta les alcanzó justo en ese momento, así que el barco empezó a moverse de una manera alarmante, mas ninguno de los dos parecía notarlo, ya que permanecían quietos mirándose detenidamente.

            Al final fue el bandido quien desvió la mirada y se fue del camarote, con la intención de dar órdenes a los escasos subordinados que todavía le quedaban, para que levaran anclas y se dirigieran al puerto.

            Solo de nuevo en el camarote, Saxtris volvió a examinar su mapa y a repasar el plan a seguir mientras volvía a calcular las probabilidades de éxito. Sabía que podía conseguir alzarse con el mando de los dos clanes y por consiguiente, dominar todo el territorio de la Tierra Helada, para así volver a darle el nombre original que tenía antes de que los bindir del lugar olvidaran sus orígenes. Todo iba a salir bien, se dijo a sí mismo.

            Mientras divagaba en los pros y los contras del plan, no pudo evitar sentir una punzada de miedo al recordar los pocos cabos sueltos que todavía tenía que solucionar de alguna manera. Estaban aquella condenada pelirroja, los desaparecidos príncipes y… Enseguida decidió desestimar todos aquellos pensamientos, no le iban a servir para nada. Lo único que tenía que tener en mente era que su plan estaba llegando a su fin. Debía concentrarse para obtener al fin el poder que le correspondía por derecho.

            Una luz en un cristal comunicador, escondido en el cuadro del mar que tenía colgado, le llamó la atención.

            Con rapidez se acercó al cuadro y tras apretar el cristal incrustado y susurrar unas palabras, la imagen empezó a iluminarse.

            —Informe número treinta y cinco —anunció con voz serena mientras contemplaba el cuadro—. Amo, los datos recibidos…

~·~

En casa de los príncipes

            Llamas Silbantes y su pequeño grupo estaba esperando fuera de le vivienda a que la pareja de enamorados tomara una decisión sobre qué hacer. Ahora mismo se encontraban en un nuevo amanecer, pero Luz seguía sin ver claro que los príncipes se pusieran de acuerdo. La noche había sido larga y la habían pasado discutiendo durante muchas horas. Sus ahora intensificados oídos no habían podido evitar escucharlo todo así que no había tenido un sueño muy reparador. Ahora se encontraba recostada en el lomo de Copito, descansando la mente. Sabía que el viaje que iban a reemprender dentro de un rato sería duro y tenía que tener fuerzas para afrontarlo. No quería retrasar la comitiva cuando había tanto en juego.

            Por otra parte, Onninnona parecía estar tranquila, observando cómo varios pájaros silvestres revoloteaban por entre los árboles frutales del jardín. Aunque no lo había pronunciado en voz alta, sabía qué decisión iban a tomar los jóvenes enamorados.

            Era obvio al fin y al cabo.

            El astro sol se estaba levantando bien en lo alto cuando finalmente alguien salió de la casa.

            Era Alana.

            —Perdón por la tardanza —se disculpó, con una mochila en el hombro y una vestimenta de viaje—. Ya nos podemos ir —anunció sin más, acercándose a su amiga.

            Antes de que nadie comentara nada, el príncipe salió detrás de Alana sin mediar palabra. Al cerrar la puerta, dio un último vistazo a la vivienda antes de rodear la casa para colocar una nota en la entrada principal.

            —Veo que habéis pensado en dejar una nota para que vuestros vecinos cuiden la casa —anticipó sin muchos esfuerzos Onninnona.

            —No queremos que piensen que hemos desaparecido —dijo con resolución, tras contemplar lo que había sido hogar—. Espero volver antes de que las frutas maduras caigan de los árboles…

            La voz no dejaba lugar a dudas. No quería irse de su hogar, pero estaba claro que no iba a dejar sola a Alana.

            Después de colocarse en parejas, emprendieron el viaje sin más dilación.

            Mientras viajaban a buen ritmo, Cerdi se adelantó para ir el primero, con Onninnona y Alana a la cabeza, aparentemente para poder hablar en privado. Eso dejaba a Copito aguantando el peso de Luz y Vencip.

            El príncipe no parecía ir muy seguro.

            —Es la primera vez que montas en un  lobo, ¿verdad?

            Luz ya sabía la respuesta pero igualmente quería intentar entablar una conversación con el hombre.

            —He montado en aves aladas, moa, caballos y ponis pero nunca en un lobo —confesó al abrazar con más fuerza a Luz tras un vaivén que no había previsto—. No sabía que los lobos fueran tan grandes como para montarlos —confesó al fin notando cómo poco a poco iba cogiendo el ritmo de la montura.

            —Generalmente es así, pero siempre hay excepciones —apuntó al recordar la respuesta que le había dado Mare cuando ella le había hecho la misma pregunta—. ¿Puedo hacerte una pregunta?

            El joven accedió, intentando hacerse oír.

            —¿Por qué has decidido acompañarnos?

            Al oír la pregunta no pudo evitar alzar la vista y observar a Alana.

            —¿Tú qué crees?

 

Luna Sullyr.

¿Y si bailo al compás de tu mirada?, por Katherine León Gómez

¿Y si bailo al compás de tu mirada?

Se marchitó, simplemente se fueron sus cenizas en el viento, y aún preguntas si estoy bien. No puedo creer la complejidad de tu ignorancia.

Si grito a los vientos, si bailo al compás de tu mirada, si lo que te digo es realmente sincero, es lo que quiero que veas cuando me mires, eso es lo que quiero ser para ti; tengo miedo a que me conozcas, tengo miedo de que al caer el sol sepas lo psicópata que soy imaginando fantasías contigo, tengo miedo a que veas mi represión en el cigarrillo de todas las noches al ver que tú estás dedicándole tus suspiros a tu hermosa amada. Solo te pido un favor antes de que partas: mírame a los ojos y enamórate de mí.

y si bailo al compás de tu miradaKatherine León Gómez. Colombia.

Otras publicaciones de la misma autora:

¡Oye!               Pensando en ti            Sus ojos

Misa en sangre

Compartido desde Arte y denuncia

“LA SANGRE NO LAVA LA SANGRE; LÁGRIMAS LAVAN LA SANGRE”
–VICTOR HUGO

Para las víctimas en el Pulse Nightclub, Orlando, Florida.

ORIGINALMENTE PUBLICADO EN MISA EN SANGRE – POEMUNDO

Hoy no se baila
La pista esta roja
La música ha callado
Un ladrón cernícalo
Revolcando en su lodo y detrito
Trajo el mensaje de Ba’al
Al súmmum de la algazara…

Leer entrada completa en el blog original: Misa en sangre

La leyenda de Onninnona, capítuloXVI

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Capítulo 16

            Era mediodía cuando alguien llamó a la puerta de una pequeña casita de forma circular, al sur del Clan Punta Flecha. La tranquilidad se respiraba en toda la casa, donde dos jóvenes disfrutaban de su nueva vida juntos. Sin embargo, cuando el hombre de cabellera rojiza y constitución delgada abrió la puerta, la paz que había armonizado el hogar, se desvaneció al instante.

            —¿En qué puedo ayudaros?

            El hombre no tardó en ver el grupo que tenía ante su puerta y enseguida empezó a inquietarse. Ante sus ojos tenía a dos mujeres, una de ellas aparentemente ciega, junto con un gregún de color fuego y un lobo de grandes dimensiones de color tierra. Más rezagados, vislumbró a una pareja de licántropos de clase lobuna y gatuna, aparentemente observando y seguramente escuchando todo lo que se iba a decir.

            Desde que se habían instalado en su nueva casa, nunca habían tenido más visita que sus vecinos más próximos, que se pasaban por ahí para saludarles y ver si su nuevo hogar estaba a su gusto.

            Estaba convencido de que esos forasteros no iban a traer nada bueno.

            —Me alegra ver que se encuentra bien, príncipe Vencip —le saludó, cortésmente y con seguridad, Onninnona.

            Su mundo se vino abajo al oír esas palabras.

            —¿Quién anda ahí?

            La voz despreocupada de una mujer hizo acto de presencia al lado de Vencip.

            —Cuánto has crecido, pequeña Alana —le saludó la aventurera nada más ver a su vieja amiga.

            La princesa se quedó de piedra al ver ante sí a Onninnona. Hacía muchos soles que no la veía, pero eso no le impidió reconocerla. Su larga cabellera rojiza, su mirada decidida y dulce al mismo tiempo y su acompañante fiel, Cerdi, fueron suficientes datos para identificarla.

            —¿Qué haces aquí? —consiguió articular con un sutil tartamudeo.

            En ese momento, la guerrera se giró momentáneamente y asintió con la cabeza. Al instante los dos licántropos la imitaron y empezaron el regreso al clan, sabiendo que su trabajo había terminado. Onninnona les agradeció mentalmente que utilizaran sus habilidades olfativas para localizar las feromonas de los dos enamorados. Sabía que sin ellos hubiera tardado mucho más tiempo en localizar su lugar de residencia.

            De nuevo, mirando a la cara de los jóvenes príncipes, les dijo.

            —Chicos, tenemos que hablar.

~·~

            Lindero sudeste de las Montañas del Crepúsculo

           

            —General, informe de situación —le ordenó Alborex, rîgos del Clan Aullador.

            La mujer extendió un mapa sobre la mesa de la parte central de la Tierra Helada y empezó a colocar fichas de diferentes colores y tamaños, señalizando sus tropas y las del enemigo. Aparentemente, el enemigo había podido aguantar bien su posición y ahora les estaba haciendo retroceder  hacia el interior de las montañas.

            —Recomiendo fortalecernos entre las montañas y esperarlos con una buena emboscada —la voz de la mujer impregnaba valor al observar el mapa—. En terreno despejado teníamos las de perder, pero entre las montañas serán nuestros —alegó con contundencia y sin un ápice de inseguridad.

            El rîgos empezó a meditar las palabras de su general mientras se mecía plácidamente su barba oscura. Sabía que la general Alicia era buena en su trabajo y ni por un momento se le había pasado por la cabeza culparle por las continuas derrotas que habían tenido a campo abierto, entre el Bosque Central y el lindero de la cordillera. Había sido demasiado impetuoso a la hora de esperar pillar con la guardia baja a su enemigo. Tenía que volver a poner sensatez ahora que tanto su ejército como el de su enemigo se habían reducido casi a la mitad desde que, casi una luna antes, las batallas empezaran.

            —¿Y cómo van nuestros víveres? Creo entender que hemos encontrado un grupo de comerciantes ambulantes, que nos han ido proporcionando suministros —aludió con un atisbo de preocupación al pensar que sus soldados empezarían a pasar hambre.

            —Está en lo cierto, señor. Hace ya media luna que nos los encontramos y de momento nos han estado ayudando en lo que han podido. Por desgracia, hemos extinguido sus existencias —concluyó desanimada al empezar a ver que esa guerra se había liberado con demasiada premura, sin preocuparse en exceso de arreglar detalles tan importantes como los alimentos de las tropas—. Creo que sería prudente enviar una comitiva a los clanes más importantes de la zona para recolectar alimento. De momento nos podemos ir apañando cazando en las montañas —argumentó sabiendo que de ese modo podrían sobrevivir durante un largo tiempo.

            —Muy bien, prepáralo todo y despacha a los comerciantes. No quiero civiles de por medio.

            Con autoridad se levantó de la silla, acto que anunció el cierre de la reunión, y se dirigió a la ventana de su tienda.

            Desde esa posición pudo contemplar todo el valle donde sus tropas se estaban instalando. Sabía que muchos más deberían morir para decantar la victoria en un bando u otro, y empezaba a preguntarse si valían la pena tantas muertes para salvar a Alana. Ni tan siquiera sabía si seguía viva. Era posible que todo aquello fuera en vano…

            Con esos pensamientos tan fúnebres, el hombre se encaminó a la cama, justo cuando su marido entró en la tienda.

            —¿Cómo te encuentras?

            Sin mediar palabra se tumbó en la cama y contempló momentáneamente el techo antes de cerrar los ojos y suspirar.

            —Así de cansado te encuentras —admitió Albin recostándose a su lado—. Estoy seguro de que encontrarás a nuestra hija —le susurró finalmente entes de acomodarse y abrazar a su esposo.

            Con el ruido de las tropas reagrupándose, ambos se quedaron sumamente dormidos, con el único pensamiento de volver a ver a su hija.

~·~

            Clan Roca Maciza

 

            La euforia se vislumbraba por todos los rincones de la sala de reuniones. Todos los presentes, desde grandes comerciantes, hasta personal de alto grado de la guardia de palacio, celebraban la retirada de su enemigo a las montañas. El hecho de haberles ganado todas las contiendas había provocado un alud de emociones que nadie intentaba ocultar.

—¡Es hora de asestar un golpe mortífero a nuestro enemigo! —exclamó con contundencia Vecicín, el rîgos del Clan Roca Maciza.

            Al son de las palabras de su líder, todos alzaron sus puños en alto y vitorearon su nombre.

            —¡¡¡Haremos que se arrepientan de haber secuestrado a mi hijo!!!

            La voluntad férrea del rîgos se manifestó con tal magnitud, que impregnó a todos los ahí presentes convirtiéndolos en bestias sedientas de sangre.

            Al caer la noche, todos celebraron un gran festín para recargar fuerzas.

            Al amanecer, moverían su ejército directo a las entrañas de territorio enemigo.

 ~·~

En casa de los príncipes

 

            Todos estaban reunidos en el pequeño jardín trasero de la casa, bebiendo un buen té al limón junto con unos buenos trozos de sandía y melón. No obstante, la armonía que parecía impregnar el ambiente, no iba en concordancia con lo que todos estaban sintiendo en ese momento.

            Al acabar de contar todo lo que estaba ocurriendo en el territorio, Onninnona dejó un espacio de silencio para que los jóvenes enamorados entendieran lo que habían provocado al escaparse de sus hogares. No quería apuntarles con el dedo y culparles de todo, ya que sabía que dados los sentimientos de ambos, lo que habían hecho era lo más lógico. No obstante, tenían una responsabilidad para actuar dadas las circunstancias. Era la única manera de terminar con las batallas.

            —Nunca nos hubiéramos imaginado que pasaría esto al decidir irnos —empezó a relatar con voz apagada Alana—. Solo queríamos estar juntos y vivir sin la constante enemistad que se tienen los dos clanes…

            —Lo sé, Alana y te entiendo —apremió a decirle con la intención de que no se auto culpara más de lo que ya se estaba culpando—. Pero el hecho es que ahora debéis hacer algo. Está en vuestras manos parar esta masacre sin sentido.

            —No estoy de acuerdo —soltó de repente Vencip sorprendiendo a todos los presentes.

            —¿Cómo puedes decir eso?

            Luz se consternó al oír sus palabras.

            Un severo vistazo a Copito, que estaba rondando por ahí jugando con las ardillas, bastó para que este dejara de hacer ruido.

            —Si son tan estúpidos para emprender una guerra sin tener un motivo justificado para ello, que así sea. Es cosa suya.

            —Lo hacen por nosotros —le dijo rápidamente Alana, asustada.

            —Mentira… —se levantó de la silla y estiró su cuerpo mientras dejaba que el aire de la naturaleza llenara sus pulmones—. Lo hacen por su arrogancia. Daría igual que volviéramos junto a nuestros clanes. Su odio es tan profundo, que tarde o temprano encontrarían otra excusa para combatir e imponerse al otro —Se volvió y dio la espalda a los presentes—. Si tanto nos quisieran hubieran verificado que nos fuimos por nuestros propios pies, sin que nadie nos obligara a nada.

            Dicho eso, se alejó con paso decidido hasta desaparecer en el interior de la vivienda.

            Todos se quedaron pensativos durante un rato meditando sus palabras.

            Entonces Alana empezó a llorar.

            —Tranquila —le susurró conciliadoramente Onninnona colocándose a su lado para abrazarla—. Yo me haré cargo de todo. Te lo prometo.

            —Gracias —consiguió decir entre sollozos.

            Onninnona le había prometido solucionarlo todo, porque sabía que era lo que tenía que decir, pero debía admitir que no sabía cómo hacerlo sin la participación de ambos príncipes.

            Debía conseguir de algún modo que el joven Vencip les acompañara o más muertes sembrarían la Tierra Helada.

Luna Sullyr.

Como el sol, por Geovanny Soto Sosa

COMO EL SOL

Yo sé que volverás mañana…
Como el sol, sé que volverás mañana…
y calentarás otra vez la casa, mi cuerpo y las almas.
En tu equipaje se escondieron tus risas,
las que me enamoraron, las que adelantaban a
todas las tristezas enraizadas en el
substrato de mi mente,
las que dejabas para velar
el sueño rosa de los niños en su cuarto.
Las paredes de esta casa… de tu casa,
revivían ante tu despertar en cada aurora,
esa energía pura de tu pura existencia esmaltada
de chispas emergiendo, saltando desde tu corazón atizado de amor.
Volverás para acariciar el piso con tus plantas desnudas y blancas,
para compartirle de esa dicha saliendo espontánea,
viva,
resucitadora,
y acallar los lamentos que me entran y llegan
ahora hasta apretar mi cuello.
Tu cama te espera. Tus suaves almohadas y las sábanas
que teñiste con suspiros perfumados a naranja, a fresas,
a placeres de abrazos dulces, de miradas sin pena.
El sol saldrá pronto. Ya es casi la hora.
Y justo en ese momento, vendrás
para decirle al oído
que jamás te fuiste, en verdad, de nuestro lado.

Como el sol

                    Geovanny de Sosa (Geovanny Soto Sosa). Costa Rica.

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Cuento del miedo                    Porque siempre quise conocer la nieve

Noventa días tiene Luz Marina

La leyenda de Onninnona, capítulo XV

Capítulos anteriores

Capítulo 15

            El viaje había sido rápido, sin contratiempos y con el viento a favor. Así de decididas habían sido Onninnona y Luz a la hora de viajar en sus respectivas monturas hacia el límite oeste del territorio. En apenas unas noches ya habían podido localizar su destino, el Clan Punta Flecha.

            La luz de geann deslumbraba en el pequeño lago que precedía a la aldea, cuando las dos bindir decidieron acampar para pasar la noche. El viaje, aunque sin contratiempos, había sido agotador para todo el mundo. No obstante, eso no había menguado, ni un ápice, la determinación de Llamas Silbantes. Estaba decidida a encontrar a los fugitivos.

            —¿Por qué estás tan segura de que los príncipes se encuentran aquí? —preguntó inocentemente la adolescente mientras se preparaba el catre.

            —Piénsalo por un momento —Cogió las correas de Cerdi y lo dejó libre para que pudiera beber agua del lago—. Está claro que uno de los objetivos del enemigo es enfrentar a los dos clanes dominantes. Por eso dedujimos que la desaparición de los príncipes había sido cosa suya, pero ¿por qué mantenerlos con vida? —Al ver la cara desconcertada de su acompañante, decidió explicarse mejor aduciendo su razonamiento—. Si yo quisiera asegurarme de que los dos clanes se enfrentaran, después de secuestrarlos, los habría matado y enviado a sus clanes respectivos para avivar todavía más la llama de la venganza. Sin embargo, los dos príncipes siguen sin aparecer. ¿Por qué será?

            En toda su vida nunca había tenido que pensar en esas cosas, así que Luz intentaba utilizar todo lo que sabía del mundo para entender por dónde quería ir su compañera. Pese al esfuerzo, no lo consiguió.

            —No lo entiendo —admitió mientras se acostaba en su pequeño camastro y dejaba que la calidez lunar de geann le recorriera la cara.

            —Lo que yo creo que pasó es que los príncipes se fugaron por voluntad propia y que el enemigo aprovechó eso a su favor —Tumbada ya en su pequeña cama acabó diciendo—. Incluso me atrevería a afirmar que ninguno de los dos se ha dado cuenta de las consecuencias de su desaparición.

            —¿Por qué dices eso?

            Un pequeño silencio se prolongó entre ellas mientras Onninnona empezaba a recordar las noches vividas junto a Alana. En aquellos tiempos era todavía una chiquilla que no paraba de jugar y pensar en nada más que disfrutar de su libertad. Pero había algo que incluso entonces logró identificar y era el hecho de que la princesa era una joven enamorada del amor.

            —¿Te has enamorado alguna vez? —soltó de repente mientras se levantaba y estiraba su cuerpo.

            El asombró se reflejó en el semblante de la antigua ladrona cuando empezó a sonrojarse.

            —Yo… n-n-no sé… —tartamudeó incómoda ante esa pregunta.

            —Entonces es un no —afirmó la mujer mientras empezaba a desvestirse—. Si te hubieras enamorado, créeme, lo sabrías —acabó diciendo ahora totalmente desnuda.

            Con delicadeza pero decidida, se acercó a su acompañante y le susurró.

            —Vamos, ven conmigo.

            Sin acabar de entender nada de nada, Luz se levantó y cogida de la mano de Onninnona se encaminaron con pasos tranquilos hacia el lago. Cuando llegaron a su destino, la mujer empezó a desvestir a la adolescente, la cual estaba rígida, sin saber qué estaba pasando.

            —Tranquilízate —le cuchicheó la mujer con serenidad—. El viaje ha sido largo y he pensado que un buen baño nos iría bien.

            Al oír esas palabras, Luz empezó a relajarse pero, sin saber por qué, se acabó tapando sus partes íntimas cuando se hubo quedado totalmente desnuda. Nunca había sentido ese quemazón en su interior y eso le asustaba.

            Al ver la inquietud de su joven compañera, Onninnona dio un paso al frente y la abrazó.

            —No tienes por qué sentirte así —le susurró al oído al notar los fuertes latidos de su corazón—. Puede que ya no seas capaz de visualizar tu cuerpo con los ojos, pero estate tranquila. Yo sí puedo verte y de verdad, eres preciosa —la alabó con la intención de imprimirle valor.

            Al separar sus cuerpos, la mirada de Luz se posó en la cara de su compañera, intentando observar cada detalle de luz que percibía su mente. No supo por qué pero su instinto la impulsó hacia delante con la intención de besarla, mas su acto se desvaneció cuando Onninnona se alejó, cogiéndola de la mano para sumergir a ambas en el frescor del agua.

            La suavidad del agua se deslizó por el cuerpo de ambas, haciendo que sus tensiones se desvanecieran. La brisa de la noche ondulaba en el frescor del agua, creando ondas que acaban chocando contra sus cuerpos. Entonces Luz se quitó el vendaje de los ojos, para notar el agua en ellos al mismo tiempo que la aventurera se deshacía de su coleta para dejar suelto su pelo rojizo.

            Ninguna de las dos volvió a decir nada más aquella noche. Simplemente se dejaron llevar por el placer de la tranquilidad del lago, que parecía tener el poder de arrastrar sus problemas a otra parte.

La mañana siguiente

             El ajetreo era abundante por las calles pavimentas del Clan Punta Flecha. Era una aldea fronteriza, por lo tanto, siempre había mucho movimiento gracias a los comerciantes que venían de las Tierras Licántropas a vender sus mercancías. Era el mayor punto de comercio de todo el territorio, además de ser una aldea fuertemente defendida. El hecho de interactuar con licántropos de todo tipo, yendo desde los lobos, gatos, hasta los leones, hacía que la seguridad fuera muy estricta. En sus tierras no pasaba nada porque uno de su especie se enfadara, siempre había alguien de igual poder para pararle los pies, pero ese no era el caso en la aldea. Ahí si un licántropo se enfurecía, no había nadie de su misma especie para contrarrestarle, sino bindir normales. Y de todos es sabido que es necesario de muchos bindir para parar a un simple licántropo.

            Por ese motivo, las dos mujeres tuvieron que ser inspeccionadas varias veces antes de poder entrar en los confines de la aldea.

            Una vez dentro, tuvieron que dejar en las cuadras a sus respectivas monturas, para así evitar conflictos con algún licántropo, por lo tanto, ahora recorrían las calles llenas de bindir, solas, con la única compañía del ruidoso ajetreo de los comerciantes vendiendo sus mercancías.

            Luz seguía muy de cerca a Onninnona, asustada por todo lo que estaba sintiendo. Desde que se quedó ciega y empezó a expandir sus otros sentidos, era la primera vez que se adentraba en una aldea con tantísimos bindir. Los ruidos y los destellos de luz que veía pasar le estaban sobrecargando la mente de una manera abrumadora.

            Viendo cómo se encontraba su joven compañera, la mujer tomó una decisión.

            —Será mejor que vuelvas a las cuadras y vigiles a Cerdi y Copito —argumentó de repente, apartándola de la calle principal para acabar parándose en una calle secundaria—. No es necesario que me acompañes. Estaré segura.

            —No quiero dejarte sola.

            La voz de la adolescente denotaba un atisbo de seguridad y miedo.

            —No te preocupes por mí, sé apañármelas en este tipo de ambientes, créeme —alegó con vehemencia sin dejar atisbo a la duda—. ¿Serás capaz de volver junto a nuestros compañeros?

            Viendo que no tenía otra salida que obedecer, asintió con la cabeza y antes de que se diera cuenta, Onninnona le dio un beso en la frente y se volvió a esfumar entre la muchedumbre.

            Ya sin poder localizarla, Luz decidió que no valía la pena esperar más, por lo tanto decidió reemprender de nuevo el camino hacia las murallas, para reunirse con Copito y Cerdi.

            Ahora, ya liberada del cuidado de su acompañante, la mujer empezó a desplazarse por entre los bindir como si de una carrera se tratara.

            No tardó mucho en vislumbrar a uno de sus objetivos intentando comprar un juguete a un artesano un tanto quisquilloso.

            —La noche es oscura. El cuervo se acerca.

            Ese fue el simple susurro que pronunció Llamas Silbantes antes de volver a desaparecer entre los bindir y dirigirse veloz a otro punto del mercado, donde vislumbró a su otro objetivo bostezando de aburrimiento, mientras hacía cola para poder comprar un par de bocadillos de jamón, con tomate y lechuga y queso fundido.

            —La noche es oscura. El cuervo se acerca.

            Tal y como había hecho hacía un momento, al susurrar esas palabras, volvió a esfumarse.

            No pasó mucho rato, hasta que Onninnona, que había estado esperando a las afueras del ajetreado mercado, apoyada en una callejuela, vislumbrara a dos individuos que se le acercaban con paso disimulado.

            —¿Qué hay de nuevo, chicos? —les saludó con cortesía mientras los contemplaba con detenimiento—. Veo que los soles no pasan para vosotros —acabó diciendo mostrando una sincera sonrisa al volver a verlos.

            Ambos licántropos, uno de clase lobuna y otra gatuna, inclinaron la cabeza mientras devolvían la sonrisa a su joven amiga. A pesar de los muchos soles que habían pasado, no tuvieron ningún problema en reconocer el aroma de la guerrera.

            —Acabas de iluminar mi noche —le dijo el hombre gato, de pelaje cobrizo, adelantándose para así poder abrazarla mientras ronroneaba de placer al mismo tiempo que su cola se agitaba de la emoción.

            —Veo que sigues viajando, viviendo aventuras —le saludó seguidamente el hombre lobo, de pelaje rojizo, mientras le cogía de la mano y se la besaba con suma delicadez—. No te ofendas, pero estaba a punto de conseguir un bocata de sabor indescriptible —en ese momento su estómago se removió al acordarse de tan exquisita comida, entretanto sus orejas se movían como si hubiera captado algo interesante—. Creo que impregnan el pan con una sustancia secreta que resalta el sabor de los otros alimentos. La verdad es que nunca he podido averiguar qué receta utilizan. Sé que tiene que ver con…

            —Veo que sigues igual —le interrumpió rápidamente la mujer, viendo que su amigo MacMac no tenía intención de parar con la descripción de su querido manjar—. La verdad es que siento interrumpir vuestras compras, pero necesito vuestra ayuda.

            —Lo que necesites, pídelo, y si está en nuestra mano te lo daremos —enfatizó con suma elegancia Mir, haciendo una reverencia, mostrando su ya conocida galantería.

            Al ver que ambos la miraban, esperando oír su petición, decidió no demorarlo más.

            —Necesito que me ayudéis a localizar a unos enamorados.

Luna Sullyr.

Los claveles de Melannia, por Geovanny Soto Sosa

Hoy queremos darle la enhorabuena a uno de nuestros colaboradores, Geovanny Soto Sosa, por la reciente publicación de su primera novela. ¡Felicidades!

SINOPSIS DE LA NOVELA

“LOS CLAVELES DE MELANNIA”

   Melannia, una adolescente de quince años, vive más para su celular y las redes sociales que para sí misma. Su vida familiar se destrozaba ante el inminente divorcio de sus padres cuando estos, de una manera que desorientó, incluso, al mismo forense, son asesinados en su propia habitación. Desde allí las cosas se complican para Melannia que cree hallar un consuelo en Claver, un joven de un colegio cercano a Velázquez, la ciudad donde vive Melannia (ciudad ficticia). A partir de su aparición, inician una serie de sucesos paranormales que afectarán la vida de esta joven, la de Vicky y Brandon (sus mejores amigos y compañeros de colegio) y la de Martín y de sus dos restantes hermanos. Y los claveles irán dando a Melannia la falsa sensación de que tiene el control de su vida y emociones.

   Una novela juvenil, de realismo mágico y paranormal, con elementos románticos, con investigación policial, una dosis de amistad sincera, y, sobre todo, una crítica social ante el exceso del uso de las tecnologías actuales. Un final inesperado abrirá la puerta para que el lector interprete todo el contenido de la novela según su óptica de la realidad que le rodea en esta segunda década del siglo XXI.

   Cabe decir, que esta novela hace intertexto con la que ha sido recientemente premiada en el certamen de la Universidad de Costa Rica (“Los Claveles de Melannia” hace mención de situaciones y personajes de la novela “Los Dueños de la Casa”).

los claveles de Melannia

Reseña de Yasmín Delgado Romero:

   Una novela de corte juvenil, sin el menor deseo de encasillarla, pero sí de resaltar la pericia del escritor, podríamos llamarle de lo real maravilloso, al mejor estilo de los inicios de García Márquez; con un contenido que invita desde sus inicios a prolongar la lectura sin pausas.

   Utilizando un lenguaje metafórico completamente estilizado, pero no por esto de difícil comprensión, permite al lector sumergirse en un mundo que, sin alejarse de la cotidianidad, le lleva a un mar de sentimientos; nos pasea por la alegría de la juventud, la complicidad, el amor utópico, así como nos consume en la más estrecha desesperación, tristeza e impotencia, todo esto mezclado con distintos momentos de sorpresa que dejan con la boca abierta a quien se sumerge por este maravilloso pasaje literario.

   Es un texto elaborado, sin lugar a dudas, con sutil pluma, ya que a lo largo de él no se deja ver el arrollador final que el autor preparó para el deleite del atento lector.

   La novela es una invitación al disfrute literario para todos aquellos que disfrutan de la compañía de un buen libro.

Yasmín Delgado Romero
Lic. Enseñanza del Español

¿Cómo adquirirla?

(El precio de la novela es de 6000 colones costarricenses. Se agrega costo de envío por correo certificado.)

Para todo Costa Rica: 7500 colones, depósito en cuenta # 200-01-129-074895-6 del Banco Nacional de Costa Rica (enviar foto de recibo o pantallazo —si se hace en línea— al correo geovannytrabajo@gmail.com, y dirección exacta).

Para toda América: 18 dólares por depósito en Western Union (en sus locales o en línea), a nombre de: Geovanny Soto Sosa (por favor, facilitar número de guía o depósito por Messenger o al correo geovannytrabajo@gmail.com, y dirección exacta).

Para toda Europa: 17.50 euros (seguir mismas indicaciones que para América).

Geovanny Soto Sosa (Geovanny de Sosa), escritor costarricense.

PÁGINA EN FACEBOOK:
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En Editorial SonicerJ de USA:
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