La leyenda de Onninnona, capítulo XIV

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Capítulo 14

Al sur de las Montañas del Ocaso

Media luna antes

 

            El atardecer volvía a romper la monotonía de trabajo de los lugareños de la zona. Algunos se quedaban trabajando un poco más en los campos de cultivo, aprovechando la buena noche que hacía, antes de reorganizar sus respectivos ganados y volver a sus hogares. De toda la Tierra Helada, esa era la zona donde menos ajetreo había. Parecía que los lugareños solo se preocuparan de sus quehaceres particulares sin que les afectara para nada lo que estuviera pasando en el resto del territorio. Algunos adoraban aquel… aislamiento, pero Duminólix no era uno de ellos.

            Ahora se encontraba en el lado sur del río, descansando del viaje mientras su compañero Max se remojaba un poco. Habían llegado hacía apenas unas noches en busca del barco mercante donde se suponía que se encontraba Saxtris, pero de momento no había encontrado nada. Sabía que era poco probable que lo encontrara todavía por aquel lugar, pero eso le daba igual. Solo había viajado hasta allí al escuchar la información del sombra y haber comprobado, posteriormente, el registro de barcos del puerto del Clan Pesquero. Gracias a eso había averiguado que su aprendiz se dirigía muy regularmente por aquella zona.

            Por desgracia, a aquellos bindir no parecía importarles quién venía y se iba de su zona. Iban a la suya sin fisgonear en vidas ajenas.

            —¿Qué hay de nuevo? —saludó una mujer acercándose por detrás.

            La mujer tenía el pelo corto, color oscuro en consonancia con sus ojos. Se podía ver claramente la fortaleza de su cuerpo, así que era de imaginar que desempeñaba un trabajo con mucho desgaste físico.

            —¡Vaya, qué sorpresa! Me has asustado —confesó sorprendido por la aparición de aquella mujer.

            —Y yo que pensaba que era imposible pillar desprevenido a un druwide —dictaminó divertida mientras contemplaba cómo el glotón salía del agua y se recostaba en la hierba.

            —No hay que creerse todas las historias que cuentan de nosotros —aclaró rápidamente el hombre, levantándose—. Somos bindir como otro cualquiera.

            Ambos intercambiaron unas cuantas palabras mientras el sol se acababa poniendo en el horizonte.

            —Será mejor que venga a mi casa a pasar la noche —le invitó Marta muy amablemente—. Algo me dice que viene de muy lejos y debe de estar cansado, ¿me equivoco? —adivinó fácilmente al ver su túnica manchada por el arduo viaje.

            —Es muy amable al ofrecerme un techo donde dormir. La verdad es que no me iría mal descansar una noche en un buen colchón. —El dolor de su espalda le había obligado a aceptar, sin más, la oferta de Marta.

            La aldea de la mujer no estaba muy lejos. Por el camino, el druwide pudo averiguar que su acompañante era la carpintera/chapuzas del lugar. Se dedicaba prácticamente a reparar los navíos que llegaban al pequeño puerto y a reparar los desperfectos que pudiera haber por la aldea. Era un lugar muy pequeñito, donde vivían unos cien bindir, así que muchas veces no tenía trabajo que realizar, hecho por el cual, solía aventurarse hasta el lindero de la cordillera del norte, donde iba a visitar a su hermana, dueña de un hotel.

            Nada más llegar al hogar de Marta, una vivienda pequeñita en el centro de la aldea, el hombre decidió desvestirse y darse una buena ducha para limpiar su cuerpo maltrecho por el viaje.

            No quería aprovecharse mucho de la hospitalidad de su anfitriona así que tras bombear la suficiente agua como para quitarse la mugre del cuerpo, salió de la ducha sin más dilación para secarse y vestirse con las nuevas prendas que le había ofrecido la mujer.

            Estaba la mar de tranquilo cuando se dirigió al comedor, pero nada más llegar, notó que algo iba mal. Su instinto hizo que se deslizara a un lado justo cuando un cuchillo surcaba el aire y acababa atravesando el espacio donde antes había estado su cabeza.

            Ahora con los sentidos puestos al máximo, examinó la escena.

            Ante sí estaba viendo a un salvan de cabellera dorada, junto con un hombre encapuchado con una túnica negra de tonalidades rojas. No necesitó que le mostrara el rostro para averiar su identidad. Era su antiguo alumno, Saxtris.

            —Siempre entrometiéndote en todo, viejo —Su voz tenía claramente ecos de burla y de diversión ante toda esa situación—. No deberías haber venido solo tras recibir mi nota —Empezó a quitarse la capucha para dejar al descubierto su rostro—. Nunca fuiste muy listo.

            Duminólix tenía ante sí el rostro de su supuesto alumno difunto. Hasta ahora no había podido entender cómo había sobrevivido a la muerte, pero al ver su piel grisácea, sus ojos enrojecidos y su cuerpo esquelético, lo entendió todo. Alguien le había insuflado de nuevo vida. Sabía que esa clase de hechizos eran muy peligrosos y que muy raramente los de su orden los utilizaban, así que no pudo evitar preocuparse por quién estaba moviendo verdaderamente los hilos de toda aquella situación.

            —Veo que te has quedado mudo —Saxtris se deslizó unos metros hacia atrás para ponerse a la altura de Marta, la cual estaba atada a una silla—. Fíjate bien, viejo. Voy a disfrutar mucho matando lentamente a tu nueva amiguita.

            Al ver que le ponía su huesuda mano enguantada en la cabeza, el instinto del druwide fue abalanzarse sobre él, pero el salvan que lo acompañaba inmediatamente se puso en posición de combate, sacando una espada corta de su cinto.

            La situación se estaba complicando a cada segundo que pasaba, pero Duminólix sabía que tenía que hacer algo si quería salvar a Marta. No estaba dispuesto a que nadie más muriera.

            —Yo que tú no me movería si no quieres que esta mujer acabe como tu amiguito —le aconsejó maliciosamente el hombre, haciendo una señal al exterior.

            Justo en ese momento, la ventana se hizo añicos y un bulto acabó aterrizando en el salón.

            El druwide lo identificó al momento. Era su amigo Max. Habían desgarrado al glotón por todas partes, arrebatándole la vida.

            Ante la imagen de su amigo muerto, una furia empezó a surgir de su interior, haciendo que de su cuerpo, todavía húmedo, empezara a chisporrotear su gokui, creando destellos fugaces de electricidad.

            Al ver cómo el druwide se enfurecía, Saxtris decidió que ya había llegado la hora. No quería que la situación se le fuera de las manos, así que sin más dilación, sacó un cuchillo del guante y antes de que su antiguo maestro pudiera siquiera decir nada, degolló a la mujer.

            Lo siguiente que aconteció en el salón se desarrolló muy rápido. El druwide se abalanzó hacia su presa, dispuesto a despedazarla, pero en su camino se encontró con el salvan que le proporcionó unos segundos de combate, antes de salir disparado contra la pared de un fuerte puñetazo. No obstante, esos segundos de distracción fueron suficientes para que su antiguo discípulo se preparara para el encontronazo.

            El entrechocar de sus cuerpos fue brutal, hasta el punto de que derribaron la pared y salieron despedidos al exterior.

            Las calles estaban desiertas, a excepción de unas mujeres pertenecientes a la banda del salvan. No obstante, enseguida cometieron el error de atacar al furioso druwide. Unos segundos más tarde, las calles volvieron a quedar desiertas.

            Por desgracia, enseguida los vecinos empezaron a asomar la cabeza para ver qué estaba pasando. Duminólix sabía que combatir en la aldea podría producir muchos daños, por lo tanto no perdió el tiempo en acabar con su alumno.

            Al recomponerse del golpe, Saxtris reemprendió la lucha, ahora sacando de su cinturón dos bastones cortos que utilizó para el combate. El druwide le había enseñado a luchar con los bastones, por lo tanto le resultó relativamente fácil esquivar los ataques de su contrincante, ahora impulsado por la rabia. Una chispa fugaz de compasión asomó en la mente del hombre, al ver cómo su antiguo alumno había degenerado en un ser de pura rabia. Ahora veía todavía más claro que su chapucero estilo de combate le condenaría a la derrota. No obstante, dejó que el combate se prolongara un poco, con la ilusión de volver a ver al entusiasta y alegre chiquillo que había entrenado tantos soles atrás. Mas sus esperanzas se desvanecieron al ver la respiración entrecortada de Saxtris. Su sonrisa sicópata no se había despegado ni por un momento en todo el combate a pesar del cansancio. Sabía que ya no podía esperar más.

Debía acabar el combate.

            Un par de golpes le bastaron para derribar el maltrecho cuerpo de Saxtris contra una farola, haciendo que soltara sus armas y cayera de rodillas.

            —Has perdido —sentenció con vehemencia, acercándose despacio hasta posarse debajo de la luz de la farola—. Ríndete.

            No esperaba que se rindiera, pero tampoco quería matarlo a pesar de todo lo que había provocado. Los recuerdos de antaño le vinieron de golpe, haciendo que una oleada de amor resurgiera del pasado. Por desgracia, el chiquillo que había conocido, hacía tiempo que se había desvanecido.

            Ese momento de contemplación por parte del maestro, fue todo lo que necesitó su oponente.

            En un momento movió su brazo lanzando un haz de energía, con la intención de calcinar el rostro de su oponente.

            Pese a verse sorprendido por el ataque, el druwide pudo esquivarlo casi al completo, soportando solo unos rasguños en su cabeza.

            —¿Pero qué haces? —Duminólix estaba decepcionado por el desesperado ataque—. Te has vuelto un demente, mi joven aprendiz —argumentó con un tono de voz impregnado de decepción.

            —Y tú te has vuelto muy descuidado —enfatizó con repugnancia.

            Justo en ese momento, se dio cuenta de su error al girarse y ver cómo tres cuchillos desgarraban el aire empalándose en su torso. La sorpresa se plasmó en su cara al ver a lo lejos al salvan. Se había olvidado de él y ahora lo iba a pagar muy caro.

            —¡¡No!! —exclamó Saxtris levantándose de golpe, contemplando el cuerpo ensangrentado de su maestro—. ¡Tenías que dejarle con vida, no matarle!

            El desconcierto se apoderó del rostro de Espólitor.

            —Te iba a matar —se justificó enseguida sin entender el enfado de su líder—. Pensaba que lo de capturarle con vida solo era una opción —se defendió el duende confuso.

            —¡¡Todo era parte del plan, estúpido!!

            Antes de que nadie dijera nada más, el cuerpo del druwide empezó a convulsionarse. Espólitor se asombró al ver lo que sus ojos estaban contemplando. El cuerpo del druwide se estaba desvaneciendo, dejando solo el rastro de su ropa.

            —Pero qué…

            La rabia de Saxtris hizo que su gokui empezara a desprenderse de su cuerpo, formando un halo de un negror verdoso, espantoso.

            —Acabamos de perder nuestro oportunidad de neutralizarle —sentenció nada más acercarse a su subordinado con cara de pocos amigos—. Te aseguro que pagarás caro tu insubordinación…

Luna Sullyr.

(También puedes seguir este relato en Wattpad)

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