La leyenda de Onninnona, capítulo XV

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Capítulo 15

            El viaje había sido rápido, sin contratiempos y con el viento a favor. Así de decididas habían sido Onninnona y Luz a la hora de viajar en sus respectivas monturas hacia el límite oeste del territorio. En apenas unas noches ya habían podido localizar su destino, el Clan Punta Flecha.

            La luz de geann deslumbraba en el pequeño lago que precedía a la aldea, cuando las dos bindir decidieron acampar para pasar la noche. El viaje, aunque sin contratiempos, había sido agotador para todo el mundo. No obstante, eso no había menguado, ni un ápice, la determinación de Llamas Silbantes. Estaba decidida a encontrar a los fugitivos.

            —¿Por qué estás tan segura de que los príncipes se encuentran aquí? —preguntó inocentemente la adolescente mientras se preparaba el catre.

            —Piénsalo por un momento —Cogió las correas de Cerdi y lo dejó libre para que pudiera beber agua del lago—. Está claro que uno de los objetivos del enemigo es enfrentar a los dos clanes dominantes. Por eso dedujimos que la desaparición de los príncipes había sido cosa suya, pero ¿por qué mantenerlos con vida? —Al ver la cara desconcertada de su acompañante, decidió explicarse mejor aduciendo su razonamiento—. Si yo quisiera asegurarme de que los dos clanes se enfrentaran, después de secuestrarlos, los habría matado y enviado a sus clanes respectivos para avivar todavía más la llama de la venganza. Sin embargo, los dos príncipes siguen sin aparecer. ¿Por qué será?

            En toda su vida nunca había tenido que pensar en esas cosas, así que Luz intentaba utilizar todo lo que sabía del mundo para entender por dónde quería ir su compañera. Pese al esfuerzo, no lo consiguió.

            —No lo entiendo —admitió mientras se acostaba en su pequeño camastro y dejaba que la calidez lunar de geann le recorriera la cara.

            —Lo que yo creo que pasó es que los príncipes se fugaron por voluntad propia y que el enemigo aprovechó eso a su favor —Tumbada ya en su pequeña cama acabó diciendo—. Incluso me atrevería a afirmar que ninguno de los dos se ha dado cuenta de las consecuencias de su desaparición.

            —¿Por qué dices eso?

            Un pequeño silencio se prolongó entre ellas mientras Onninnona empezaba a recordar las noches vividas junto a Alana. En aquellos tiempos era todavía una chiquilla que no paraba de jugar y pensar en nada más que disfrutar de su libertad. Pero había algo que incluso entonces logró identificar y era el hecho de que la princesa era una joven enamorada del amor.

            —¿Te has enamorado alguna vez? —soltó de repente mientras se levantaba y estiraba su cuerpo.

            El asombró se reflejó en el semblante de la antigua ladrona cuando empezó a sonrojarse.

            —Yo… n-n-no sé… —tartamudeó incómoda ante esa pregunta.

            —Entonces es un no —afirmó la mujer mientras empezaba a desvestirse—. Si te hubieras enamorado, créeme, lo sabrías —acabó diciendo ahora totalmente desnuda.

            Con delicadeza pero decidida, se acercó a su acompañante y le susurró.

            —Vamos, ven conmigo.

            Sin acabar de entender nada de nada, Luz se levantó y cogida de la mano de Onninnona se encaminaron con pasos tranquilos hacia el lago. Cuando llegaron a su destino, la mujer empezó a desvestir a la adolescente, la cual estaba rígida, sin saber qué estaba pasando.

            —Tranquilízate —le cuchicheó la mujer con serenidad—. El viaje ha sido largo y he pensado que un buen baño nos iría bien.

            Al oír esas palabras, Luz empezó a relajarse pero, sin saber por qué, se acabó tapando sus partes íntimas cuando se hubo quedado totalmente desnuda. Nunca había sentido ese quemazón en su interior y eso le asustaba.

            Al ver la inquietud de su joven compañera, Onninnona dio un paso al frente y la abrazó.

            —No tienes por qué sentirte así —le susurró al oído al notar los fuertes latidos de su corazón—. Puede que ya no seas capaz de visualizar tu cuerpo con los ojos, pero estate tranquila. Yo sí puedo verte y de verdad, eres preciosa —la alabó con la intención de imprimirle valor.

            Al separar sus cuerpos, la mirada de Luz se posó en la cara de su compañera, intentando observar cada detalle de luz que percibía su mente. No supo por qué pero su instinto la impulsó hacia delante con la intención de besarla, mas su acto se desvaneció cuando Onninnona se alejó, cogiéndola de la mano para sumergir a ambas en el frescor del agua.

            La suavidad del agua se deslizó por el cuerpo de ambas, haciendo que sus tensiones se desvanecieran. La brisa de la noche ondulaba en el frescor del agua, creando ondas que acaban chocando contra sus cuerpos. Entonces Luz se quitó el vendaje de los ojos, para notar el agua en ellos al mismo tiempo que la aventurera se deshacía de su coleta para dejar suelto su pelo rojizo.

            Ninguna de las dos volvió a decir nada más aquella noche. Simplemente se dejaron llevar por el placer de la tranquilidad del lago, que parecía tener el poder de arrastrar sus problemas a otra parte.

La mañana siguiente

             El ajetreo era abundante por las calles pavimentas del Clan Punta Flecha. Era una aldea fronteriza, por lo tanto, siempre había mucho movimiento gracias a los comerciantes que venían de las Tierras Licántropas a vender sus mercancías. Era el mayor punto de comercio de todo el territorio, además de ser una aldea fuertemente defendida. El hecho de interactuar con licántropos de todo tipo, yendo desde los lobos, gatos, hasta los leones, hacía que la seguridad fuera muy estricta. En sus tierras no pasaba nada porque uno de su especie se enfadara, siempre había alguien de igual poder para pararle los pies, pero ese no era el caso en la aldea. Ahí si un licántropo se enfurecía, no había nadie de su misma especie para contrarrestarle, sino bindir normales. Y de todos es sabido que es necesario de muchos bindir para parar a un simple licántropo.

            Por ese motivo, las dos mujeres tuvieron que ser inspeccionadas varias veces antes de poder entrar en los confines de la aldea.

            Una vez dentro, tuvieron que dejar en las cuadras a sus respectivas monturas, para así evitar conflictos con algún licántropo, por lo tanto, ahora recorrían las calles llenas de bindir, solas, con la única compañía del ruidoso ajetreo de los comerciantes vendiendo sus mercancías.

            Luz seguía muy de cerca a Onninnona, asustada por todo lo que estaba sintiendo. Desde que se quedó ciega y empezó a expandir sus otros sentidos, era la primera vez que se adentraba en una aldea con tantísimos bindir. Los ruidos y los destellos de luz que veía pasar le estaban sobrecargando la mente de una manera abrumadora.

            Viendo cómo se encontraba su joven compañera, la mujer tomó una decisión.

            —Será mejor que vuelvas a las cuadras y vigiles a Cerdi y Copito —argumentó de repente, apartándola de la calle principal para acabar parándose en una calle secundaria—. No es necesario que me acompañes. Estaré segura.

            —No quiero dejarte sola.

            La voz de la adolescente denotaba un atisbo de seguridad y miedo.

            —No te preocupes por mí, sé apañármelas en este tipo de ambientes, créeme —alegó con vehemencia sin dejar atisbo a la duda—. ¿Serás capaz de volver junto a nuestros compañeros?

            Viendo que no tenía otra salida que obedecer, asintió con la cabeza y antes de que se diera cuenta, Onninnona le dio un beso en la frente y se volvió a esfumar entre la muchedumbre.

            Ya sin poder localizarla, Luz decidió que no valía la pena esperar más, por lo tanto decidió reemprender de nuevo el camino hacia las murallas, para reunirse con Copito y Cerdi.

            Ahora, ya liberada del cuidado de su acompañante, la mujer empezó a desplazarse por entre los bindir como si de una carrera se tratara.

            No tardó mucho en vislumbrar a uno de sus objetivos intentando comprar un juguete a un artesano un tanto quisquilloso.

            —La noche es oscura. El cuervo se acerca.

            Ese fue el simple susurro que pronunció Llamas Silbantes antes de volver a desaparecer entre los bindir y dirigirse veloz a otro punto del mercado, donde vislumbró a su otro objetivo bostezando de aburrimiento, mientras hacía cola para poder comprar un par de bocadillos de jamón, con tomate y lechuga y queso fundido.

            —La noche es oscura. El cuervo se acerca.

            Tal y como había hecho hacía un momento, al susurrar esas palabras, volvió a esfumarse.

            No pasó mucho rato, hasta que Onninnona, que había estado esperando a las afueras del ajetreado mercado, apoyada en una callejuela, vislumbrara a dos individuos que se le acercaban con paso disimulado.

            —¿Qué hay de nuevo, chicos? —les saludó con cortesía mientras los contemplaba con detenimiento—. Veo que los soles no pasan para vosotros —acabó diciendo mostrando una sincera sonrisa al volver a verlos.

            Ambos licántropos, uno de clase lobuna y otra gatuna, inclinaron la cabeza mientras devolvían la sonrisa a su joven amiga. A pesar de los muchos soles que habían pasado, no tuvieron ningún problema en reconocer el aroma de la guerrera.

            —Acabas de iluminar mi noche —le dijo el hombre gato, de pelaje cobrizo, adelantándose para así poder abrazarla mientras ronroneaba de placer al mismo tiempo que su cola se agitaba de la emoción.

            —Veo que sigues viajando, viviendo aventuras —le saludó seguidamente el hombre lobo, de pelaje rojizo, mientras le cogía de la mano y se la besaba con suma delicadez—. No te ofendas, pero estaba a punto de conseguir un bocata de sabor indescriptible —en ese momento su estómago se removió al acordarse de tan exquisita comida, entretanto sus orejas se movían como si hubiera captado algo interesante—. Creo que impregnan el pan con una sustancia secreta que resalta el sabor de los otros alimentos. La verdad es que nunca he podido averiguar qué receta utilizan. Sé que tiene que ver con…

            —Veo que sigues igual —le interrumpió rápidamente la mujer, viendo que su amigo MacMac no tenía intención de parar con la descripción de su querido manjar—. La verdad es que siento interrumpir vuestras compras, pero necesito vuestra ayuda.

            —Lo que necesites, pídelo, y si está en nuestra mano te lo daremos —enfatizó con suma elegancia Mir, haciendo una reverencia, mostrando su ya conocida galantería.

            Al ver que ambos la miraban, esperando oír su petición, decidió no demorarlo más.

            —Necesito que me ayudéis a localizar a unos enamorados.

Luna Sullyr.

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