La leyenda de Onninnona, capítulo XVII

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Capítulo 17

En un barco mercante

 

            El mar de la costa del Clan Pesquero estaba un tanto agitado aquella mañana de verano. Ya se había previsto la noche anterior que muy posiblemente una pequeña tormenta, procedente del oeste, se aproximaba, pero la magnitud de las nubes que se vislumbraban por el horizonte, había dejado a más de uno atónito. Iba a ser una gran tormenta.

            Todos en el clan se habían empezado a preparar para la embestida del viento y la lluvia. La preocupación de los aldeanos por aquella tormenta, había hecho que un navío, que acostumbraba a recoger provisiones en el puerto cada poco tiempo, pasara inadvertido. Estaba a escasos kilómetros de la costa, parado, sin ningún movimiento aparente.

            No obstante, eso no reflejaba lo que de verdad se estaba tramando en su interior.

            El barco había echado el ancla a pesar de ser peligroso hacerlo cuando una tormenta está a punto de hacer su aparición. Los pocos tripulantes que había en la cubierta estaban sin hacer nada, mirando el horizonte, como si con la sola idea de atracar en el puerto, fuera suficiente para que su líder decidiera hacerlo.

            El miedo estaba haciendo estragos en cada uno de ellos, en especial a una pareja de brownies a los que no les gustaba nada la pinta que tenía esa tormenta.

            En contraposición con las emociones que se podía palpar en la superficie, en el interior del barco, en el gran camarote del capitán, el cual había muerto hacía muchísimas lunas, se encontraban dos individuos, discutiendo el plan a seguir. Un hombre de tez grisácea y un salvan con graves cicatrices por toda la cara.

            Al parecer ninguno de los dos parecía estar de acuerdo.

            —Todavía está esa maldita mujer de la que te hablé —la voz de Espólitor hacía rato que había dejado de ser calmada. El castigo infringido por su líder, que le había recubierto toda la cara de cicatrices, había sido el detonante para que empezara a odiar a su superior—. Si nos acercamos a los ejércitos y esa mujer nos localiza, podría enviar a los soldados a cazarnos. Tenemos que ser precavidos —amonestó imperiosamente para que su líder entrara en razón.

            —La jugada final está cerca. ¡No podemos acobardarnos! —exclamó amenazadoramente Saxtris haciendo mucho énfasis en las palabras—. Estamos muy cerca de asestar un duro golpe a los clanes. Debemos estar decididos a darlo todo…

            Las últimas palabras del hombre revivido habían dejado muy claro al elfo lo que eso significaba. Si todos debían morir para que la misión tuviera éxito, no era de importancia;lo que para él era algo intolerable. Por desgracia, de momento no podía hacer nada al respecto así que se guardó sus palabras.

            La tormenta les alcanzó justo en ese momento, así que el barco empezó a moverse de una manera alarmante, mas ninguno de los dos parecía notarlo, ya que permanecían quietos mirándose detenidamente.

            Al final fue el bandido quien desvió la mirada y se fue del camarote, con la intención de dar órdenes a los escasos subordinados que todavía le quedaban, para que levaran anclas y se dirigieran al puerto.

            Solo de nuevo en el camarote, Saxtris volvió a examinar su mapa y a repasar el plan a seguir mientras volvía a calcular las probabilidades de éxito. Sabía que podía conseguir alzarse con el mando de los dos clanes y por consiguiente, dominar todo el territorio de la Tierra Helada, para así volver a darle el nombre original que tenía antes de que los bindir del lugar olvidaran sus orígenes. Todo iba a salir bien, se dijo a sí mismo.

            Mientras divagaba en los pros y los contras del plan, no pudo evitar sentir una punzada de miedo al recordar los pocos cabos sueltos que todavía tenía que solucionar de alguna manera. Estaban aquella condenada pelirroja, los desaparecidos príncipes y… Enseguida decidió desestimar todos aquellos pensamientos, no le iban a servir para nada. Lo único que tenía que tener en mente era que su plan estaba llegando a su fin. Debía concentrarse para obtener al fin el poder que le correspondía por derecho.

            Una luz en un cristal comunicador, escondido en el cuadro del mar que tenía colgado, le llamó la atención.

            Con rapidez se acercó al cuadro y tras apretar el cristal incrustado y susurrar unas palabras, la imagen empezó a iluminarse.

            —Informe número treinta y cinco —anunció con voz serena mientras contemplaba el cuadro—. Amo, los datos recibidos…

~·~

En casa de los príncipes

            Llamas Silbantes y su pequeño grupo estaba esperando fuera de le vivienda a que la pareja de enamorados tomara una decisión sobre qué hacer. Ahora mismo se encontraban en un nuevo amanecer, pero Luz seguía sin ver claro que los príncipes se pusieran de acuerdo. La noche había sido larga y la habían pasado discutiendo durante muchas horas. Sus ahora intensificados oídos no habían podido evitar escucharlo todo así que no había tenido un sueño muy reparador. Ahora se encontraba recostada en el lomo de Copito, descansando la mente. Sabía que el viaje que iban a reemprender dentro de un rato sería duro y tenía que tener fuerzas para afrontarlo. No quería retrasar la comitiva cuando había tanto en juego.

            Por otra parte, Onninnona parecía estar tranquila, observando cómo varios pájaros silvestres revoloteaban por entre los árboles frutales del jardín. Aunque no lo había pronunciado en voz alta, sabía qué decisión iban a tomar los jóvenes enamorados.

            Era obvio al fin y al cabo.

            El astro sol se estaba levantando bien en lo alto cuando finalmente alguien salió de la casa.

            Era Alana.

            —Perdón por la tardanza —se disculpó, con una mochila en el hombro y una vestimenta de viaje—. Ya nos podemos ir —anunció sin más, acercándose a su amiga.

            Antes de que nadie comentara nada, el príncipe salió detrás de Alana sin mediar palabra. Al cerrar la puerta, dio un último vistazo a la vivienda antes de rodear la casa para colocar una nota en la entrada principal.

            —Veo que habéis pensado en dejar una nota para que vuestros vecinos cuiden la casa —anticipó sin muchos esfuerzos Onninnona.

            —No queremos que piensen que hemos desaparecido —dijo con resolución, tras contemplar lo que había sido hogar—. Espero volver antes de que las frutas maduras caigan de los árboles…

            La voz no dejaba lugar a dudas. No quería irse de su hogar, pero estaba claro que no iba a dejar sola a Alana.

            Después de colocarse en parejas, emprendieron el viaje sin más dilación.

            Mientras viajaban a buen ritmo, Cerdi se adelantó para ir el primero, con Onninnona y Alana a la cabeza, aparentemente para poder hablar en privado. Eso dejaba a Copito aguantando el peso de Luz y Vencip.

            El príncipe no parecía ir muy seguro.

            —Es la primera vez que montas en un  lobo, ¿verdad?

            Luz ya sabía la respuesta pero igualmente quería intentar entablar una conversación con el hombre.

            —He montado en aves aladas, moa, caballos y ponis pero nunca en un lobo —confesó al abrazar con más fuerza a Luz tras un vaivén que no había previsto—. No sabía que los lobos fueran tan grandes como para montarlos —confesó al fin notando cómo poco a poco iba cogiendo el ritmo de la montura.

            —Generalmente es así, pero siempre hay excepciones —apuntó al recordar la respuesta que le había dado Mare cuando ella le había hecho la misma pregunta—. ¿Puedo hacerte una pregunta?

            El joven accedió, intentando hacerse oír.

            —¿Por qué has decidido acompañarnos?

            Al oír la pregunta no pudo evitar alzar la vista y observar a Alana.

            —¿Tú qué crees?

 

Luna Sullyr.

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