La leyenda de Onninnona, capítulo XVIII

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Capítulo 18

 

En la llanura que precede a las Montañas del Crepúsculo

            La tristeza y el abatimiento fluían sin barreras entre todos los soldados del Clan Roca Maciza. Nadie sonreía, ni gritaba. Todos los supervivientes agachaban la cabeza mientras volvían a sus tiendas y/o a las enfermerías donde los curanderos les hacían esperar, por el abrumador trabajo que tenían para salvar a tantas vidas como pudieran.

            La última derrota en las montañas había dejado una gran herida en los corazones de todos, incluido al rîgos del clan, que contemplaba a todos sus soldados desde la seguridad de su tienda.

            En su interior se encontraba acompañándole el último coronel que le quedaba.

            —Será mejor que volvamos a la aldea —asesoró con desánimo al contemplar las cifras de las bajas, en un trozo de papel—. Aquí ya no nos queda nada.

            El orgulloso Vecicín hizo el ademán de rascarse la barba, pero al momento se acordó de que ahora esta tenía un rojizo sangriento que le recordaba la última derrota donde había estado a punto de padecer.

            —El enemigo está débil —soltó de repente pensando en voz alta mientras se movía por la tienda—. Si lográramos atravesar sus defensas y matar a su líder, la batalla terminaría —aplaudió de forma esporádica intentando animarse de una forma poco coherente.

            Al ver la reacción de su superior, el coronel se estremeció. Su rîgos estaba empezando a perder la cordura. Su risa estridente y sus ojos desorbitados no podían significar nada bueno.

            —Señor, con su permiso —interrumpió con miedo las risitas del hombre al que había admirado durante tanto tiempo—. Creo que será mejor que aceptemos que vuestro hijo está perdido.

            —¿Mi hijo?

            Al ver que Vecicín ya ni tan siquiera recordaba por qué se había producido todo ese conflicto, un atisbo de urgencia empezó a surgir del interior del coronel. Debía hacer algo, pero no sabía qué hacer en esa situación.

            —Si me disculpa —Empezó a retirarse con disimulo hacia la puerta—, iré a ver cómo están mis soldados.

            —Vete, vete —le apremió ahora con el semblante muy serio, casi enfurecido—. Prepáralos para atacar en cualquier momento —añadió con determinación sin parar de rascarse la calva mientras miraba el mapa que tenía desplegado en su mesa.

            Sin demorarse más de lo preciso, el hombre salió de la tienda y respiró una gran bocanada de aire como si hasta el momento se hubiera olvidado de respirar. La confusión que sentía en ese momento era sobrecogedora. El único que podía darle poder para hacer algo era el consejo del Clan, pero temía que no le tomaran en serio.

            Un pájaro silvestre apareció de la nada cantando su melodía, mientras surcaba un rayo de luz que había conseguido atravesar la niebla de muerte y tristeza que se adhería por todo el campamento, otorgándole al desdichado hombre un segundo de tranquilidad.

            —Padre, imploro tu guía en estos momentos de incertidumbre —Alzó la mirada al cielo mientras unos cuervos en la lejanía le devolvían rápidamente a la realidad—. Madre, por favor, protege a tus hijos para que no caigan en la locura…

            Sabía que los Dioses no iban a bajar del cielo e imponer su voluntad por mucho que los invocara, pero eso le daba igual. No podía evitar augurar algo bueno siempre que hablaba con ellos.

            En ese momento empezó a caminar por entre las tiendas, cuando un pequeño rocío empezó a caer.

            —Señor —le interrumpió un soldado de forma abrupta—. Hay alguien a quien tiene que ver —aseveró con la voz entrecortada por el esfuerzo que había hecho al ir a su encuentro.

            Al girar la cabeza y contemplar al soldado, no sabía qué esperar. Solo cuando vio quién estaba precediendo a su subordinado, empezó a pensar que los Dioses le habían escuchado.

            —Por fin un milagro… —se aventuró a decir, sin poder evitar que unas lágrimas abrazaran el agua que surcaba su rostro.

~·~

Entre las montañas

 

            La euforia por las continuas victorias que habían conseguido daba ánimos y confort a los soldados del Clan Aullador. Todos habían recuperado el espíritu de lucha al contemplar cómo hacían retroceder al vasto ejército del enemigo. Como si de un lejano pasado se tratase, habían olvidado las primeras derrotas a manos del clan enemigo. Así de frágil era la balanza en la moral de los soldados en una guerra.

            Mientras todos empezaban a celebrarlo con canciones y toda la comida de la que disponían, el rîgos Alborex no paraba de pensar en su querida hija. Sabía que las últimas batallas habían estado a su favor, pero eso no le decía nada. Por el momento no veía nada que le indicara que estaba más cerca de recuperarla.

            Después de despachar a Chinchín para que lo celebrara con sus compañeros, se había quedado en silencio en la tienda mientras observaba el cielo por la ventana.

            ¿Por qué estamos combatiendo? Se preguntó, ahora que los ejércitos de ambos clanes se habían reducido a apenas un par de cientos. ¿Qué comenzó todo esto? ¿Fue la desaparición de los príncipes o fue algo más? El abatimiento empezó a hacer estragos en su salud. Algo en su interior le decía que esto no estaba bien.

            En ese momento apareció su marido con su clásica túnica marrón de viaje.

            —¿Qué te pasa? —le preguntó al ver su mala cara.

            Un segundo más tarde, el rîgos se cayó al suelo y el desconcierto se apoderó de Albin.

            —Alborex… ¡¡Alborex!! —le gritó asustado mientras recorría la distancia que les separaba en un segundo. Cogió su cabeza y empezó a darle golpecitos—. ¡¡¡Despierta!!!

            Justo cuando tenía intención de pedir auxilio, el rîgos abrió los ojos.

            —Albin… —consiguió articular empezando a reincorporarse—. Estoy bien, tranquilo —le aseguró al ver la cara de preocupación—. Solo ha sido un pequeño mareo.

            —Te debería ver un curandero —le asesoró con  premura mientras lo ayudaba a tumbarse en la cama.

            —Perdóname —empezó a susurrar a medida que iba cerrando los ojos—. Es todo culpa mía —En ese momento Albin le tapó con una fina sábana—. Nuestra hija se fue por mi culpa…

            Sin esperar respuesta, se quedó totalmente dormido.

            —Señor, han venido… —interrumpió de repente un soldado—. Perdone, no sabía que nuestro señor se encontraba descansando —se apresuró a decir viéndolo en la cama.

            En ese momento se percató de la cara petrificada de su cónyuge.

            —¿Pasa algo…?

            Albin siguió sin decir nada. Seguía mirando a su marido con la mirada perdida, notando cómo   había dejado el mundo de los vivos.

            En ese momento alguien entró en la tienda.

            —¿Papás, estáis ahí?

Luna Sullyr.

 

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