La doncella de plata, por Kanzas V.C.

Hace mucho tiempo existía una hermosa doncella; tan blanca como la nieve, sus ojos eran grandes y preciosos, como dos gemas brillantes pintadas en color ámbar. Sus cabellos platinados relucían ante los reflejos del sol por su excéntrico color; no muy común entre los pueblerinos. La joven era sencilla, casta y soñadora. Pero tenía un inconveniente.

Ella era conocida como la diosa de las virtudes y mucho se comentaba en el pueblo que podía conceder deseos, la consideraban como la hija de la luna.

Los rumores llegaron a oídos del príncipe, futuro heredero al trono. Una chica tan bella como ella debía ocupar un lugar a su lado, además le beneficiaría tener un codiciado tesoro entre sus manos.

La joven de alegre y cautivadora sonrisa, con el espléndido día soleado, decidió salir en busca de flores para su madre, estaba muy enferma y quería llenarla de regalos para levantar su ánimo.

la doncella de plata

Caminó y caminó largos trechos perdiéndose en la espesura del bosque mientras tatareaba una dulce  canción de cuna. Se detuvo a medio camino al encontrarse a un apuesto joven de brillante pero falsa sonrisa.

—¡Buenos días! —saludó muy animada la muchacha. Sin embargo, el joven no contestó, solo se acercó a ella muy galante sin perder ningún detalle de su figura.

—¿Desea algunas flores? ¡Tengo muchas! —comentó mostrándole el canasto lleno de tulipanes y margaritas. Pero el joven negó con la cabeza.

—Soy el hijo del rey, y puedo ofrecerte más que simples flores —continuó el príncipe— ¡Venga conmigo, joven damisela! ¡Le bajaré el cielo y las estrellas!

—¡Oh! ¡El hijo del Rey! —Sorprendida, bajó su canasto al suelo e hizo una pequeña reverencia— Es muy amable de su parte, pero  ¡yo pertenezco al cielo y canto junto a las estrellas! —contestó emocionada a la propuesta del príncipe, después de todo era una soñadora empedernida.

—De ser así, ¡Venga conmigo y  alzaré banderas en su honor! ¡Haré un altar y rezaré promesas de amor! ¡Joyas colgarán de espléndidos vestidos de seda con los que he de vestirla! —exclamó tratando de convencerla.

– ¡Hermosas cosas escuchan mis oídos de joven ingenua! –dijo con gran ímpetu– Pero he de decirle con pena, que mis ojos se maravillan por la belleza del mundo, mis oídos por las melodías del viento, y mi corazón por la verdad proferida de labios sinceros –finalizó con una grata sonrisa. El príncipe ofendido desenvainó su espada y de una sola estocada atravesó el corazón de la joven sin el menor remordimiento.

—¡Ingrata mujer de cabellos de plata! ¡Con la muerte pagará su osadía! —gritó amargo clavando más su espada en el pecho de la joven. Sus ojos ámbar poco a poco se opacaron perdiendo su brillo, pero logró a duras penas esbozar una radiante sonrisa antes de dar su último suspiro de vida.

Kanzas V. C. Nicaragua.

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