Geocentrismo con olor a pétalos de Rosa, por Catalina Neira

Lo más difícil era mirarla a los ojos. Eran tan negros, tan profundos, tan penetrantes, que parecían dos agujeros negros que absorbían todos tus pensamientos y que te hacían permanecer anonadado por unos segundos. Y el tan sólo mirarla me producía eso, lo más complicado era entrar en sus pensamientos, en su desequilibrada mente, era un universo lleno de pequeñas galaxias denominadas locura. Ella era una maravillosa catástrofe. Me encantaba el desafío de ingresar por la entrada de su universo, que eran sus ojos, y recorrer así todas sus galaxias, descubrir todos los planetas que la conformaban y besar cada una de sus estrellas. Me fascinaba el hacerla reír, que la gente se volteara a ver sus desordenados hoyuelos que se dispersaban por sus mejillas. O caminar junto a ella por largas horas. Nunca se cansaba de hablar, era una caja de sorpresas constantemente. Jamás te dejaba de sorprender.

Pero llega un momento que te das cuenta que tú ya no eres tú, incluso que esa persona ya no es esa persona. Y se acaba, se termina. Y es tan rápido todo, que ni cuentas te das en el momento que comienzas a hacer una copia barata de lo que fue, de lo que pasó y aunque trates e intentes de querer que todo sea igual, no se podrá porque ese antes fue tu pasado y lo que te sigue ahora es el presente, tu futuro.

Pero fue ese día lluvioso en que el sonido de las gotas sobre mi ventana y los relámpagos que se hacían observar bajo ese cielo nublado me recordara a ella, sentí ese impulso descontrolado de volver a perderme en sus ojos, volver a sentir ese frenesí que me causaba besarla y hacer que convirtiera mi mente en un revuelo. Así que caminé bajo esa escala de grises que se presenciaba en el cielo, las calles estaban llenas de agua como para caminar por ahí, y mis pies demasiado empapados para que me importase, así que seguí a paso firme, mientras la lluvia azotaba con fuerza mi rostro, como si tratara de decirme- ¡No!, vuelve a casa, esto no te traerá nada bueno. – Pero seguí, en ese instante no me importaba nada. Doblé por la calle Dawson, y llegue a su pasaje que irónicamente se llamaba insania, mis manos comenzaron a sudar y toqué levemente a su puerta, y ahí estaba yo, como un completo imbécil, estuve a punto de dar marcha atrás y correr mientras me perdía entre la lluvia, pero luego de 15 segundos la puerta se abrió lentamente, mi sistema cardíaco se aceleró y mis manos sudaron aún más, pero levanté la vista y nuestras miradas se encontraron al unísono, toda esa adrenalina que sentía se difuminó al encontrarme con sus pupilas, y de nuevo me encontraba ahí, desconcertado, perdido por unos segundos en su mirada profunda. Sonreí levemente al sentir ese placer satisfactorio que me provocaba el estar junto a ella, ella sonrió al igual que yo, no necesitábamos decir nada porque sabía que cualquiera en su sano juicio se habría vuelto loco por esa mujer, pero ella por mí no. Y eso era lo que nos volvía locos a los dos.

FIN

Geocentrismo

Catalina Neira, Chile

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