La Rubia, por Andrea Nunes

Ay, Rubia, mi Rubia… Yo no sé qué tienen tus ojos, que cuando me miras así creo que siento la energía que lo une todo. Tal vez sea la sensación que tienen dos almas cuando se reconocen. Porque a mí me da que tú y yo nos hemos encontrado por algo. Me miras con esas canicas achocolatadas, que parecen más oscuras aún enmarcadas por tu cabellera dorada, y me haces sentir bien. No sabría decir cómo, pero me ayudas. Si todas las personas tuvieran cerca a un ser como tú, algo aprenderían, seguro; sabríamos estar mejor en el mundo. Nunca he conocido un corazón más limpio.

Recuerdo cuando te traje a casa por primera vez. Aún eras muy joven. Siempre ibas de un lado a otro con la cabeza baja, no querías llamar la atención. Te daba miedo el mundo. Y mira ahora qué tranquila estás, ¿eh, Rubia? Anda que no ha llovido desde entonces… Pero en aquella época ibas a esconderte a los muelles porque era el único sitio del pueblo donde no había niños. Esos críos impertinentes te perseguían para hacerte perrerías y tú de buena parecías tonta. Si hubieras querido podrías haberles dado un buen susto. ¿Te acuerdas del Pelao, y del Tonín? Ahora que ya son grandes te saludan, yo diría que se avergüenzan un poco de sus correrías de entonces.

Fue el día de la nevada. La primera en años. Hacía demasiado frío como para dejarte dormir en la calle. Tú te habías colado, como siempre, por el patio de atrás que daba al almacén de la tasca. Acudías puntual a nuestra cita nocturna, y yo te daba algunas sobras antes de cerrar. Gerardo me veía alguna que otra vez y me regañaba, solo que no me lo decía muy en serio. A él le daba igual, pero es que aquí siempre hay que opinar de todo.

Y ese día decidiste seguirme a casa. Ibas caminando detrás de mí, y cada vez que me paraba y me daba la vuelta para mirarte, te detenías tú también y me mirabas con esperanza. Siempre fuiste tímida. Cuando pasé junto al bar, estaba Sisinio afuera echando el cierre, y me dijo, oye, ¿tú has visto que te sigue esa? Ten cuidado, que como coja confianza luego ya no te la quitas de encima por las buenas.

Yo me encogí de hombros y te miré, y debió de ser que escuchaste el comentario, porque te cambió un poco la cara y luego me seguías menos convencida. En una esquina desapareciste y llegué a casa sin ti. Qué curioso que nunca te haya hablado de esa noche. Me dio mucha pena. Ya me había hecho a la idea y creo que hasta un poco de ilusión me hacía. Yo también estaba muy solo.

Pero me metí en casa y me puse a cenar delante del televisor, qué le iba a hacer. Y entonces empezó a nevar. Qué locura. Nunca habíamos visto nada parecido. Y yo miraba todo el rato por la ventana, por si te veía. Y tú ni rastro. Y me dio miedo. Pensé que si pasabas esa noche fuera, te ibas a quedar tiesa. Qué tonto, ¿verdad? Y cogí la linterna y salí a buscarte. Tenía la esperanza de que anduvieras por el jardín, pero nada. Y yo te llamaba, ¡Rubia, Rubia! Tú no sabes qué sofocón cuando saliste de aquel soportal y viniste despacito hacia mí. No hablamos nada en todo el camino, pero te dejaste guiar. Te monté una camita en el salón, y hasta hoy.

Y bueno, tenía razón Sisinio, ya no pude deshacerme de ti, y ni ganas. En el fondo yo estaba convencido de que cuando llegara el buen tiempo te echarías un ligue y te largarías.Y el que se echó ligue al final fui yo, y no veas qué pesadilla al principio. Yo no sé si tú te acuerdas, porque ahora con Miranda te llevas muy bien, pero antes no había quien os aguantara juntas. ¿Reconoces que un poco celosa sí que estabas? ¿No? Bueno, ¡pero si te measte en sus zapatos! Sí, sí, ahora nos reímos, pero… Mira, que quede entre nosotros: llegó un momento en que tuve miedo de que quisiera hacerme elegir entre las dos. Y ahora que eres tú tan viejita como nosotros, nos cuidamos los tres. Te espatarras aquí entre los dos, Miranda te acaricia el lomo, yo te acaricio detrás de las orejas, y antes de quedarte frita, me echas una de esas miradas tuyas de amor, y aquí me quedo yo, en paz, viendo cómo te tiemblan las canas que te han salido en el hocico cada vez que resoplas.

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Andrea Nunes. España.

Otras publicaciones de la misma autora:

Reunión de Fóbicos Anónimos                El fruto prohibido                       Parasomnia

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Mamá vino para quedarse, por Felisa Nchama

Hoy quiero compartir con vosotros el relato autobiográfico de una amiga, que resultó premiado el año pasado en el concurso literario África con Ñ. Espero que disfrutéis de su compañía en este viaje.

Mamá vino para quedarse

De niños soñamos con tener superpoderes que nos permitan introducir en
nuestra realidad elementos que nos ayuden a ser más felices. Este deseo es
sublime en África, donde los niños son el germen de la esperanza. Esperanza
que constituye la fuerza que hace que todo fluya. Esperanza que encarna la
razón para seguir esforzándose sin límites en un mundo en el que todo es
imposible, impracticable o es un deseo tan ferviente que parece estar al alcance
de la mano, a punto de materializarse, de transformarlo todo, de permitir que tan
siquiera las necesidades más básicas estén cubiertas.
Yo también era la esperanza de Mamá Nkurá, de mi mamá. De hecho era su
última esperanza. La más pequeña de los diez hijos que parió y crió sola, a costa
de su propio ser. Sin fuentes económicas, sin el respaldo de una sociedad
organizada…sin tan siquiera choza propia. Solo con su fe en un mañana mejor,
su oxidada azada y sus compañeras de destino…

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Por Felisa Nchama Alogo Abuy, España.

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Relato ganador del II concurso literario África con Ñ

El concurso es una iniciativa de la Fundación Mujeres por África para promover la creación en español de las autoras africanas, y forma parte del proyecto África con Ñ, cuyo principal objetivo es impulsar la presencia de nuestro idioma en el continente vecino como instrumento de desarrollo.

El árbol que quería ser taza, por Andrea Nunes

Érase una vez un árbol inconformista. Vivía totalmente en desacuerdo con su existencia. Si al menos fuera un árbol de campo… se decía. Pero no, este árbol era de ciudad y estaba más solo que la una. Ni siquiera tenía otros árboles con los que compararse para saber al menos si era un buen árbol. Vivía en el patio empedrado de una universidad, rodeado de cemento. Lo más cercano a su especie que conocía era un banco de madera que había estado siempre a sus pies. Allí, bajo sus sombra, se sentaban los profesores a filosofar y a beber café. Traían sus propias tazas del despacho y, por algún motivo incomprensible, el árbol estaba totalmente fascinado por estas tazas. Veía el líquido humeante que contenían y le parecía que su tacto debía de ser muy agradable. Olía su aroma, y se perdía en ensoñaciones de una vida paralela totalmente disparatada. Ojalá fuera taza, pensaba.

Y una de las tazas, la roja, cansada de su vida en la alacena, del aliento de su dueño, y de la tortura del microondas, pensaba:

Ojalá fuera árbol.

árbol taza

 

Andrea Nunes. España.

Otras publicaciones de la misma autora:

El despertar de Astro                  Querido amor                         Procrastinación