La Rubia, por Andrea Nunes

Ay, Rubia, mi Rubia… Yo no sé qué tienen tus ojos, que cuando me miras así creo que siento la energía que lo une todo. Tal vez sea la sensación que tienen dos almas cuando se reconocen. Porque a mí me da que tú y yo nos hemos encontrado por algo. Me miras con esas canicas achocolatadas, que parecen más oscuras aún enmarcadas por tu cabellera dorada, y me haces sentir bien. No sabría decir cómo, pero me ayudas. Si todas las personas tuvieran cerca a un ser como tú, algo aprenderían, seguro; sabríamos estar mejor en el mundo. Nunca he conocido un corazón más limpio.

Recuerdo cuando te traje a casa por primera vez. Aún eras muy joven. Siempre ibas de un lado a otro con la cabeza baja, no querías llamar la atención. Te daba miedo el mundo. Y mira ahora qué tranquila estás, ¿eh, Rubia? Anda que no ha llovido desde entonces… Pero en aquella época ibas a esconderte a los muelles porque era el único sitio del pueblo donde no había niños. Esos críos impertinentes te perseguían para hacerte perrerías y tú de buena parecías tonta. Si hubieras querido podrías haberles dado un buen susto. ¿Te acuerdas del Pelao, y del Tonín? Ahora que ya son grandes te saludan, yo diría que se avergüenzan un poco de sus correrías de entonces.

Fue el día de la nevada. La primera en años. Hacía demasiado frío como para dejarte dormir en la calle. Tú te habías colado, como siempre, por el patio de atrás que daba al almacén de la tasca. Acudías puntual a nuestra cita nocturna, y yo te daba algunas sobras antes de cerrar. Gerardo me veía alguna que otra vez y me regañaba, solo que no me lo decía muy en serio. A él le daba igual, pero es que aquí siempre hay que opinar de todo.

Y ese día decidiste seguirme a casa. Ibas caminando detrás de mí, y cada vez que me paraba y me daba la vuelta para mirarte, te detenías tú también y me mirabas con esperanza. Siempre fuiste tímida. Cuando pasé junto al bar, estaba Sisinio afuera echando el cierre, y me dijo, oye, ¿tú has visto que te sigue esa? Ten cuidado, que como coja confianza luego ya no te la quitas de encima por las buenas.

Yo me encogí de hombros y te miré, y debió de ser que escuchaste el comentario, porque te cambió un poco la cara y luego me seguías menos convencida. En una esquina desapareciste y llegué a casa sin ti. Qué curioso que nunca te haya hablado de esa noche. Me dio mucha pena. Ya me había hecho a la idea y creo que hasta un poco de ilusión me hacía. Yo también estaba muy solo.

Pero me metí en casa y me puse a cenar delante del televisor, qué le iba a hacer. Y entonces empezó a nevar. Qué locura. Nunca habíamos visto nada parecido. Y yo miraba todo el rato por la ventana, por si te veía. Y tú ni rastro. Y me dio miedo. Pensé que si pasabas esa noche fuera, te ibas a quedar tiesa. Qué tonto, ¿verdad? Y cogí la linterna y salí a buscarte. Tenía la esperanza de que anduvieras por el jardín, pero nada. Y yo te llamaba, ¡Rubia, Rubia! Tú no sabes qué sofocón cuando saliste de aquel soportal y viniste despacito hacia mí. No hablamos nada en todo el camino, pero te dejaste guiar. Te monté una camita en el salón, y hasta hoy.

Y bueno, tenía razón Sisinio, ya no pude deshacerme de ti, y ni ganas. En el fondo yo estaba convencido de que cuando llegara el buen tiempo te echarías un ligue y te largarías.Y el que se echó ligue al final fui yo, y no veas qué pesadilla al principio. Yo no sé si tú te acuerdas, porque ahora con Miranda te llevas muy bien, pero antes no había quien os aguantara juntas. ¿Reconoces que un poco celosa sí que estabas? ¿No? Bueno, ¡pero si te measte en sus zapatos! Sí, sí, ahora nos reímos, pero… Mira, que quede entre nosotros: llegó un momento en que tuve miedo de que quisiera hacerme elegir entre las dos. Y ahora que eres tú tan viejita como nosotros, nos cuidamos los tres. Te espatarras aquí entre los dos, Miranda te acaricia el lomo, yo te acaricio detrás de las orejas, y antes de quedarte frita, me echas una de esas miradas tuyas de amor, y aquí me quedo yo, en paz, viendo cómo te tiemblan las canas que te han salido en el hocico cada vez que resoplas.

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Andrea Nunes. España.

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Reunión de Fóbicos Anónimos                El fruto prohibido                       Parasomnia

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Mamá vino para quedarse, por Felisa Nchama

Hoy quiero compartir con vosotros el relato autobiográfico de una amiga, que resultó premiado el año pasado en el concurso literario África con Ñ. Espero que disfrutéis de su compañía en este viaje.

Mamá vino para quedarse

De niños soñamos con tener superpoderes que nos permitan introducir en
nuestra realidad elementos que nos ayuden a ser más felices. Este deseo es
sublime en África, donde los niños son el germen de la esperanza. Esperanza
que constituye la fuerza que hace que todo fluya. Esperanza que encarna la
razón para seguir esforzándose sin límites en un mundo en el que todo es
imposible, impracticable o es un deseo tan ferviente que parece estar al alcance
de la mano, a punto de materializarse, de transformarlo todo, de permitir que tan
siquiera las necesidades más básicas estén cubiertas.
Yo también era la esperanza de Mamá Nkurá, de mi mamá. De hecho era su
última esperanza. La más pequeña de los diez hijos que parió y crió sola, a costa
de su propio ser. Sin fuentes económicas, sin el respaldo de una sociedad
organizada…sin tan siquiera choza propia. Solo con su fe en un mañana mejor,
su oxidada azada y sus compañeras de destino…

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Por Felisa Nchama Alogo Abuy, España.

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Relato ganador del II concurso literario África con Ñ

El concurso es una iniciativa de la Fundación Mujeres por África para promover la creación en español de las autoras africanas, y forma parte del proyecto África con Ñ, cuyo principal objetivo es impulsar la presencia de nuestro idioma en el continente vecino como instrumento de desarrollo.

El árbol que quería ser taza, por Andrea Nunes

Érase una vez un árbol inconformista. Vivía totalmente en desacuerdo con su existencia. Si al menos fuera un árbol de campo… se decía. Pero no, este árbol era de ciudad y estaba más solo que la una. Ni siquiera tenía otros árboles con los que compararse para saber al menos si era un buen árbol. Vivía en el patio empedrado de una universidad, rodeado de cemento. Lo más cercano a su especie que conocía era un banco de madera que había estado siempre a sus pies. Allí, bajo sus sombra, se sentaban los profesores a filosofar y a beber café. Traían sus propias tazas del despacho y, por algún motivo incomprensible, el árbol estaba totalmente fascinado por estas tazas. Veía el líquido humeante que contenían y le parecía que su tacto debía de ser muy agradable. Olía su aroma, y se perdía en ensoñaciones de una vida paralela totalmente disparatada. Ojalá fuera taza, pensaba.

Y una de las tazas, la roja, cansada de su vida en la alacena, del aliento de su dueño, y de la tortura del microondas, pensaba:

Ojalá fuera árbol.

árbol taza

 

Andrea Nunes. España.

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El despertar de Astro                  Querido amor                         Procrastinación

Greguerías para celebrar el Día del Libro

¿Qué es una greguería?

Las greguerías son textos breves, similares a aforismos, y con un toque de humor. Expresan pensamientos o ideas sobre la vida y las cosas comunes que nos rodean. Su creador, Ramón Gómez de la Serna, las define así: «son solo fatales exclamaciones de las cosas y del alma al tropezar entre sí por casualidad, lo que gritan los seres confusamente desde su inconsciencia, lo que gritan las cosas».

Aquí tenéis algunos ejemplos escritos por el propio Gómez de la Serna:

La morcilla es un chorizo lúgubre

Las flores que no huelen son flores mudas

Debía de haber unos prismáticos de oler para percibir el perfume de los jardines lejanos

¿Y si estuviésemos equivocados? ¿Y si la Tierra fuese la Luna y la Luna la Tierra?

 

Hace poco, en uno de los cursos de escritura creativa impartidos por Isabel Cañelles, se propuso un ejercicio similar al siguiente: escribe una lista de palabras al azar, de manera automática, lo que surja, y luego escribe unas cuantas greguerías con ellas. Me ha parecido una idea divertida y creativa para compartir en un día como hoy.

Aquí os dejo las mías, ¡y estaré esperando las vuestras!

Estas son mis palabras: libélula, cobre, mantón, lago, coral y vela:

Una libélula es un mosquito de gala

El cobre es el bronce en sus tiempos de soltero

El mantón es el primo cachas de la toquilla

La desgracia de un lago es vivir permanentemente en una depresión

Lo que nadie sabe es que los corales son, en realidad, colonias de marcianos creando su imperio

La vela de un barco es el lienzo del viento

 

¿Os animáis a participar dejando vuestras propias greguerías en los comentarios?

¡Feliz Día del Libro!

Dia del libro

Andrea Nunes

Geocentrismo con olor a pétalos de Rosa, por Catalina Neira

Lo más difícil era mirarla a los ojos. Eran tan negros, tan profundos, tan penetrantes, que parecían dos agujeros negros que absorbían todos tus pensamientos y que te hacían permanecer anonadado por unos segundos. Y el tan sólo mirarla me producía eso, lo más complicado era entrar en sus pensamientos, en su desequilibrada mente, era un universo lleno de pequeñas galaxias denominadas locura. Ella era una maravillosa catástrofe. Me encantaba el desafío de ingresar por la entrada de su universo, que eran sus ojos, y recorrer así todas sus galaxias, descubrir todos los planetas que la conformaban y besar cada una de sus estrellas. Me fascinaba el hacerla reír, que la gente se volteara a ver sus desordenados hoyuelos que se dispersaban por sus mejillas. O caminar junto a ella por largas horas. Nunca se cansaba de hablar, era una caja de sorpresas constantemente. Jamás te dejaba de sorprender.

Pero llega un momento que te das cuenta que tú ya no eres tú, incluso que esa persona ya no es esa persona. Y se acaba, se termina. Y es tan rápido todo, que ni cuentas te das en el momento que comienzas a hacer una copia barata de lo que fue, de lo que pasó y aunque trates e intentes de querer que todo sea igual, no se podrá porque ese antes fue tu pasado y lo que te sigue ahora es el presente, tu futuro.

Pero fue ese día lluvioso en que el sonido de las gotas sobre mi ventana y los relámpagos que se hacían observar bajo ese cielo nublado me recordara a ella, sentí ese impulso descontrolado de volver a perderme en sus ojos, volver a sentir ese frenesí que me causaba besarla y hacer que convirtiera mi mente en un revuelo. Así que caminé bajo esa escala de grises que se presenciaba en el cielo, las calles estaban llenas de agua como para caminar por ahí, y mis pies demasiado empapados para que me importase, así que seguí a paso firme, mientras la lluvia azotaba con fuerza mi rostro, como si tratara de decirme- ¡No!, vuelve a casa, esto no te traerá nada bueno. – Pero seguí, en ese instante no me importaba nada. Doblé por la calle Dawson, y llegue a su pasaje que irónicamente se llamaba insania, mis manos comenzaron a sudar y toqué levemente a su puerta, y ahí estaba yo, como un completo imbécil, estuve a punto de dar marcha atrás y correr mientras me perdía entre la lluvia, pero luego de 15 segundos la puerta se abrió lentamente, mi sistema cardíaco se aceleró y mis manos sudaron aún más, pero levanté la vista y nuestras miradas se encontraron al unísono, toda esa adrenalina que sentía se difuminó al encontrarme con sus pupilas, y de nuevo me encontraba ahí, desconcertado, perdido por unos segundos en su mirada profunda. Sonreí levemente al sentir ese placer satisfactorio que me provocaba el estar junto a ella, ella sonrió al igual que yo, no necesitábamos decir nada porque sabía que cualquiera en su sano juicio se habría vuelto loco por esa mujer, pero ella por mí no. Y eso era lo que nos volvía locos a los dos.

FIN

Geocentrismo

Catalina Neira, Chile

Reunión de Fóbicos Anónimos, por Andrea Nunes

—¿Pues sabes lo que me pasó ayer? Estaba yo tan tranquila en mi casa cuando, sin venir a cuento, viene mi marido y me planta una caja de alcachofas en toda la mesa. Con lo a gusto que estaba yo leyendo mis revistas, el muy, el muy…

—¡Ay, Mari, no me digas! ¿Y qué hiciste?

—Pues figúrate… acabamos en urgencias, no te digo más —Mari es uno de los miembros más antiguos del grupo, y padece lacanofobia aguda, es decir, fobia a los vegetales—. Es que no puede ser, ya lo dice Clara, la terapia de exposición tiene que ser gradual, y va este mendrugo y me trae no sé cuántos kilos de alcachofas de sopetón…

—Mari, gradual sí, pero es que ya son unos cuantos años.

—¿Y a mí qué? Yo a mi ritmo. La semana pasada estuve jugando con un par de tomatitos cherry, y yo tan contenta, es un avance.

En ese momento entra José Ignacio en la sala y todo el mundo se queda mirándole. Pobre hombre, no está más enfermo que el resto, pero a él se le nota más, y por eso algunos se creen diferentes o, lo que es peor, mejores. Él coge su silla, no le dice nada a nadie, y se sienta siempre en un rincón lo bastante lejos como para no molestar. Y la verdad es que se agradece, porque lo suyo es grave. Ablutofobia. Vamos, que le enseñas un cubo de agua y una pastilla de jabón, y sale corriendo.

Carlos está observando a todos. Él ha sido el primero en llegar hoy, y tras la entrada de José Ignacio, se ha distraído de la conversación entre Mari y Juliana, que le tenía tan entretenido.

Ahora le da por escuchar a Vicente, que le está contando algo a Margarita. Vicente solo lleva un par de semanas, por eso aún no ha mejorado mucho.

—Margarita, te juro que al principio no entendía cómo era posible que mi mujer se hubiera empeñado en que yo viniera aquí, total, si a mí no me pasa nada. Pero creo que le estoy viendo el plumero, ¿sabes? Quiere prepararme para algo y ya me lo estoy oliendo… Es nuestro hijo, estoy seguro. El otro día les oí cuchicheando y lo entendí todo a medias pero me parece que… el muy desagradecido… toda la vida sacrificándonos por él y ahora va y nos hace esto. O más bien me lo hace a mí, porque a su madre le da igual todo, está ciega con el crío.

—Mira que te vas por las ramas, Vicente, pero ¿me quieres decir de qué me estás hablando?

—¡Pues que el chaval es mariquita! ¡Nos ha salido sarasa!

—¡Vicente, por favor! Ese lenguaje, ya sabes lo que dice la terapeuta. No puedes hablar así o no te curarás nunca.

—Si tienes razón… Pero, ¡maldita sea, que yo no estoy enfermo! —Vicente está muy dolido, se le ve. Él todavía no lo ha reconocido, pero padece homofobia. Es el caso más común en el grupo de terapia. A Carlos le pasaba lo mismo que a  él.

Margarita le toca el brazo en señal de apoyo. Eso, viniendo de ella, es un gesto loable, porque está obsesionada con los gérmenes. Al principio venía a las terapias con guantes de goma y un forro para su silla.

Acaba de entrar una nueva. Tiene cara de perdida. Carlos se levanta y le extiende la mano, siempre es agradable que alguien te reciba amigablemente tu primer día. Él se sentía muy avergonzado la primera vez que pisó aquella sala.

—Hola, soy Carlos.

—Yo soy Ana —Le estrecha la mano y acepta sentarse a su lado.

—Bienvenida, Ana. ¿Puedo preguntarte qué te trae por aquí?

—En realidad me obliga mi empresa. Un comentario desafortunado…

—¿Insultaste a alguien?

—No exactamente. Llevo meses currando más que nadie, ¿sabes? Uno de mis superiores se va de la empresa, y estaba convencida de que me iban a dar su puesto. ¿Y sabes quién ha conseguido la promoción?

—¿Quién? —pregunta Carlos, extrañado por la locuacidad de su nueva compañera. Normalmente todos están muy cortados la primera vez que hablan de su trastorno. A lo mejor son los nervios lo que le suelta la lengua.

—¡Una bollera!

Carlos se ríe. Otra más.

—Bueno, Ana, no te preocupes. Ya te llegará tu ocasión. Si han ascendido a tu compañera, será por algo. No creo que su orientación sexual haya tenido nada que ver en el asunto.

—¿Y tú qué? —Ana está a la defensiva, se ha mosqueado un poco y quiere ver si puede meterse con Carlos.

—¿Yo? Yo era tan homófobo como tú. A lo mejor hasta más. Vine por una pelea en un supermercado. Un gay me parte los dientes y encima soy yo el que tiene un problema. Eso es lo que pensaba. Pero claro que tenía un problema, yo empecé la pelea, y me metí con él porque la rabia que me daba verlo me hacía perder el control. Y la rabia venía del miedo, porque es normal tener miedo a lo que no eres capaz de entender.

—Yo no tengo miedo de los gays —Ana está bastante ofendida.

—Llámalo como quieras. No pasa nada, se puede tratar. Clara es una terapeuta excelente.

Entonces entra Clara, y todos los demás van tomando asiento. Los rumores de las conversaciones se van apagando. Ana lo agradece, porque la charla con Carlos le estaba poniendo de los nervios. Carlos cruza una mirada con Clara, que le sonríe. Ella está a punto de anunciar que hoy es el último día de Carlos, y que luego tomarán algo en la cafetería del centro para celebrarlo. Él sonríe con orgullo, le brillan los ojos al mirar a sus compañeros, deseando decirles que, por fin, está curado, y que ellos también pueden conseguirlo; deseando contarles por qué se siente orgulloso de lo que ha logrado, por qué hoy quiere celebrar con ellos el orgullo de ser una persona sana.

Andrea Nunes

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El corazón de María, por Andrea Nunes

María está tumbada en el suelo, sobre la alfombra, como cuando era niña. Miraba al techo y dejaba su mente divagar sin rumbo, le resultaba liberador.

Se pregunta dónde estará Borja, su marido. Hace rato que ha salido. Él siempre se va a dar una vuelta cuando discuten, y ella siempre se queda en casa esperándole, preguntándose si tardará mucho en volver. A veces él le trae un detalle para hacer las paces, a veces ella le recibe con un café y algo de comer. Borja es el amor de su vida, y no es que discutan mucho, es que cuando discuten, lo hacen a lo grande. Al fin y al cabo, después de cuarenta años de matrimonio, le parece bastante razonable. Es cierto que Borja tiene mucho carácter, pero María le adora, y cree que sabe manejarle.

El viento sopla con fuerza y, por un momento, sus aullidos sacan a María de su ensimismamiento. Se acuerda de los rosales del jardín. ¿Estarán bien? Intenta incorporarse, pero no tiene fuerzas. Qué cansada estoy, piensa. ¿Será normal? ¿Será por la edad? Al imaginar que envejece, se acuerda de su único hijo, que se fue a Suiza a los veintisiete años y ya no volvió. Nunca se llevó bien con su padre. María no suele ser muy objetiva, olvida con frecuencia por qué su hijo se distanció tanto, y se limita a echarle de menos en silencio. Se acuerda de cuando él era pequeño y salían los tres en la barca, y Borja le enseñaba a pescar. Lo pasaban bien. Se comían un bocadillo en el mar y eran felices. Qué guapos estaban los dos, sus siluetas recortadas contra el azul del cielo, y el viento revolviéndoles los cabellos. ¿Pensará su hijo en ellos de vez en cuando? ¿Será feliz?

Llaman a la puerta. ¿A estas horas? ¿Quién será? A lo mejor Borja se ha olvidado las llaves… No, él nunca olvida nada, siempre lo tiene todo controlado. De pronto le asaltan las dudas. Siente miedo. El vendaval es cada vez más feroz y sigue sonando el timbre. Qué agobio. Pero, ¿por qué no puedo moverme? ¿Se le habrá ido de las manos esta vez?

Aunque por algún motivo, hoy su mente no le pertenece. Su cuerpo tampoco. Está muy distraída. Ahora vuela a los recuerdos de su infancia. Se acuerda de sus padres, que ya no están. De sus compañeras del colegio. ¿Qué habrá sido de ellas? Se acuerda del perro que tenían y de los paseos de los domingos después de la iglesia.

¿Eso que suena es el viento furioso? ¿O hay alguien aporreando las ventanas? Al menos el timbre ha dejado de sonar. La verdad es que un poco sí que me duele.

A veces, el dolor es tanto, que olvidas que está ahí, dejas de sentirlo. Al cabo de los años se ha naturalizado, el corazón lo ignora, la mente también.

Siguen golpeando las ventanas. Puede que sea la vecina, que ha oído los gritos. María no quería gritar. Hace años que se entrena, normalmente lo logra. Sin embargo, hoy no ha podido evitarlo.

Su mente sigue escapándose a la razón. Ahora está en la universidad. Fue muy buena estudiante. Se acuerda de su primer novio, el único que tuvo antes de conocer a Borja. Era encantador, pero no salió bien.

Qué frío hace, ¿no? No parece verano. Si pudiera alcanzar la manta… Pero, ¿qué es esto que siento en la espalda? ¿Está mojada la alfombra? Bueno, de todas formas le está entrando mucho sueño, a lo mejor mañana lo ve todo distinto. El viento se oye cada vez más lejano, aunque ahora cree oír algo más, confuso, distante. ¿Son sirenas de policía? Qué más da, ya se le cierran los ojos…

El nombre de María quedó registrado como la víctima mortal número 29 de violencia machista de aquel año. Otra muerte. Otro número. Otra estadística. Salió en las noticias. Salió en los periódicos. Sus vecinos hablaron de ello durante un tiempo. Pero su recuerdo… Su recuerdo, finalmente, se lo llevó el viento.

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Concurso Relatos de Viento en Zenda

¿Por qué se celebra el Día del Libro el 23 de abril?

Para celebrar el Día del Libro, os dejo con este artículo, originalmente publicado por Atresmedia.

El Día del Libro pretende fomentar la pasión por la lectura. Así, que se celebre el 23 de abril está relacionado con Cervantes y Shakespeare.

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La idea original del Día del Libro fue del escritor y editor valenciano Vicente Clavel Andrés que, en 1925, le propuso a la Cámara Oficial del Libro de Barcelona la celebración del ‘Día del Libro’ el 7 de octubre de cada año, coincidiendo con la fecha en la que se creía que había nacido Miguel de Cervantes.

Un año después, Alfonso XIII firmaba un decreto por el que se hacía oficial la celebración del Día del Libro en España a la vez que se celebraba en Buenos Aires una Exposición del Libro Español.

La elección del día 23 de abril como Día del Libro y del derecho de autor, procede de la coincidencia del fallecimiento de los escritores Miguel de Cervantes, William Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega, en la misma fecha en el año 1616, aunque realmente no fuese en el mismo día, debido a que la fecha de Shakespeare corresponde al calendario juliano y que Cervantes falleció el 22 de abril, siendo enterrado el 23.

La celebración arraigó rápidamente en toda España, en especial en las ciudades sede de Universidades; desde Barcelona, se extendió por toda Cataluña, donde se celebra el mismo día de San Jorge (Diada de Sant Jordi). Con el tiempo se hizo tradicional en Cataluña el intercambio y regalo de rosas y libros entre parejas y personas queridas en esa fecha, convirtiéndose en una de las jornadas populares más celebradas.

Esta tradición fue uno de los argumentos utilizados por la Unesco en la Conferencia general celebrada en París en 1995 para declarar el 23 de abril Día Internacional del Libro.

¡FELIZ DÍA DEL LIBRO!

Mírame, por Xavi Benigni

Mírame, mírame a los ojos.

¿Sabes?  Hay veces que puedo ver lo que piensas cuando me miras.

Sí, hay veces que lo siento.

Los ojos saben gritar , gritan lo que la voz no puede ni murmurar.

Mírame a los ojos, quiero que dentro encuentres lo que estabas buscando.

Quiero que seas capaz de leerme,como no es capaz nadie. Quiero un regalo especial, no quiero el almuerzo en la cama, o un lugar perfecto. Quiero lo que no he tenido nunca, aquello que nunca nadie ha sido capaz de darme.

No quiero sólo que tengas ganas de salir, sino que tengas ganas de salir conmigo, y no quiero sólo que necesites un abrazo, sino que necesites un abrazo mío.

Quiero que me hagas sentir importante, incluso cuando no me importo ni a mí mismo.

Y no quiero que te preocupes por cómo te ves, porque yo te miraré siempre como la cosa más bonita del mundo.

Quiero que me lleves donde el amor no hace daño.

Quiero que me mires directo a los ojos y que tengas el coraje de decirme que hacia atrás no  quieres volver más.

Quiero que me lleves donde desde aquel momento lo único que importa es estar unidos.

Si, sólo quiero esto: que estemos unidos.

Mírame a los ojos y dime que tú también tienes ganas de todo esto.

Porque la diferencia la hace quien después de haberte encontrado, continúa buscándote.

 Xavi Benigni. España.

VÍDEO: https://www.youtube.com/watch?v=1jHIL-5bGuU

 

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