Reunión de Fóbicos Anónimos

—¿Pues sabes lo que me pasó ayer? Estaba yo tan tranquila en mi casa cuando, sin venir a cuento, viene mi marido y me planta una caja de alcachofas en toda la mesa. Con lo a gusto que estaba yo leyendo mis revistas, el muy, el muy…

—¡Ay, Mari, no me digas! ¿Y qué hiciste?

—Pues figúrate… acabamos en urgencias, no te digo más —Mari es uno de los miembros más antiguos del grupo, y padece lacanofobia aguda, es decir, fobia a los vegetales—. Es que no puede ser, ya lo dice Clara, la terapia de exposición tiene que ser gradual, y va este mendrugo y me trae no sé cuántos kilos de alcachofas de sopetón…

—Mari, gradual sí, pero es que ya son unos cuantos años.

—¿Y a mí qué? Yo a mi ritmo. La semana pasada estuve jugando con un par de tomatitos cherry, y yo tan contenta, es un avance.

En ese momento entra José Ignacio en la sala y todo el mundo se queda mirándole. Pobre hombre, no está más enfermo que el resto, pero a él se le nota más, y por eso algunos se creen diferentes o, lo que es peor, mejores. Él coge su silla, no le dice nada a nadie, y se sienta siempre en un rincón lo bastante lejos como para no molestar. Y la verdad es que se agradece, porque lo suyo es grave. Ablutofobia. Vamos, que le enseñas un cubo de agua y una pastilla de jabón, y sale corriendo.

Carlos está observando a todos. Él ha sido el primero en llegar hoy, y tras la entrada de José Ignacio, se ha distraído de la conversación entre Mari y Juliana, que le tenía tan entretenido.

Ahora le da por escuchar a Vicente, que le está contando algo a Margarita. Vicente solo lleva un par de semanas, por eso aún no ha mejorado mucho.

—Margarita, te juro que al principio no entendía cómo era posible que mi mujer se hubiera empeñado en que yo viniera aquí, total, si a mí no me pasa nada. Pero creo que le estoy viendo el plumero, ¿sabes? Quiere prepararme para algo y ya me lo estoy oliendo… Es nuestro hijo, estoy seguro. El otro día les oí cuchicheando y lo entendí todo a medias pero me parece que… el muy desagradecido… toda la vida sacrificándonos por él y ahora va y nos hace esto. O más bien me lo hace a mí, porque a su madre le da igual todo, está ciega con el crío.

—Mira que te vas por las ramas, Vicente, pero ¿me quieres decir de qué me estás hablando?

—¡Pues que el chaval es mariquita! ¡Nos ha salido sarasa!

—¡Vicente, por favor! Ese lenguaje, ya sabes lo que dice la terapeuta. No puedes hablar así o no te curarás nunca.

—Si tienes razón… Pero, ¡maldita sea, que yo no estoy enfermo! —Vicente está muy dolido, se le ve. Él todavía no lo ha reconocido, pero padece homofobia. Es el caso más común en el grupo de terapia. A Carlos le pasaba lo mismo que a  él.

Margarita le toca el brazo en señal de apoyo. Eso, viniendo de ella, es un gesto loable, porque está obsesionada con los gérmenes. Al principio venía a las terapias con guantes de goma y un forro para su silla.

Acaba de entrar una nueva. Tiene cara de perdida. Carlos se levanta y le extiende la mano, siempre es agradable que alguien te reciba amigablemente tu primer día. Él se sentía muy avergonzado la primera vez que pisó aquella sala.

—Hola, soy Carlos.

—Yo soy Ana —Le estrecha la mano y acepta sentarse a su lado.

—Bienvenida, Ana. ¿Puedo preguntarte qué te trae por aquí?

—En realidad me obliga mi empresa. Un comentario desafortunado…

—¿Insultaste a alguien?

—No exactamente. Llevo meses currando más que nadie, ¿sabes? Uno de mis superiores se va de la empresa, y estaba convencida de que me iban a dar su puesto. ¿Y sabes quién ha conseguido la promoción?

—¿Quién? —pregunta Carlos, extrañado por la locuacidad de su nueva compañera. Normalmente todos están muy cortados la primera vez que hablan de su trastorno. A lo mejor son los nervios lo que le suelta la lengua.

—¡Una bollera!

Carlos se ríe. Otra más.

—Bueno, Ana, no te preocupes. Ya te llegará tu ocasión. Si han ascendido a tu compañera, será por algo. No creo que su orientación sexual haya tenido nada que ver en el asunto.

—¿Y tú qué? —Ana está a la defensiva, se ha mosqueado un poco y quiere ver si puede meterse con Carlos.

—¿Yo? Yo era tan homófobo como tú. A lo mejor hasta más. Vine por una pelea en un supermercado. Un gay me parte los dientes y encima soy yo el que tiene un problema. Eso es lo que pensaba. Pero claro que tenía un problema, yo empecé la pelea, y me metí con él porque la rabia que me daba verlo me hacía perder el control. Y la rabia venía del miedo, porque es normal tener miedo a lo que no eres capaz de entender.

—Yo no tengo miedo de los gays —Ana está bastante ofendida.

—Llámalo como quieras. No pasa nada, se puede tratar. Clara es una terapeuta excelente.

Entonces entra Clara, y todos los demás van tomando asiento. Los rumores de las conversaciones se van apagando. Ana lo agradece, porque la charla con Carlos le estaba poniendo de los nervios. Carlos cruza una mirada con Clara, que le sonríe. Ella está a punto de anunciar que hoy es el último día de Carlos, y que luego tomarán algo en la cafetería del centro para celebrarlo. Él sonríe con orgullo, le brillan los ojos al mirar a sus compañeros, deseando decirles que, por fin, está curado, y que ellos también pueden conseguirlo; deseando contarles por qué se siente orgulloso de lo que ha logrado, por qué hoy quiere celebrar con ellos el orgullo de ser una persona sana.

Andrea Nunes

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El corazón de María, por Andrea Nunes

María está tumbada en el suelo, sobre la alfombra, como cuando era niña. Miraba al techo y dejaba su mente divagar sin rumbo, le resultaba liberador.

Se pregunta dónde estará Borja, su marido. Hace rato que ha salido. Él siempre se va a dar una vuelta cuando discuten, y ella siempre se queda en casa esperándole, preguntándose si tardará mucho en volver. A veces él le trae un detalle para hacer las paces, a veces ella le recibe con un café y algo de comer. Borja es el amor de su vida, y no es que discutan mucho, es que cuando discuten, lo hacen a lo grande. Al fin y al cabo, después de cuarenta años de matrimonio, le parece bastante razonable. Es cierto que Borja tiene mucho carácter, pero María le adora, y cree que sabe manejarle.

El viento sopla con fuerza y, por un momento, sus aullidos sacan a María de su ensimismamiento. Se acuerda de los rosales del jardín. ¿Estarán bien? Intenta incorporarse, pero no tiene fuerzas. Qué cansada estoy, piensa. ¿Será normal? ¿Será por la edad? Al imaginar que envejece, se acuerda de su único hijo, que se fue a Suiza a los veintisiete años y ya no volvió. Nunca se llevó bien con su padre. María no suele ser muy objetiva, olvida con frecuencia por qué su hijo se distanció tanto, y se limita a echarle de menos en silencio. Se acuerda de cuando él era pequeño y salían los tres en la barca, y Borja le enseñaba a pescar. Lo pasaban bien. Se comían un bocadillo en el mar y eran felices. Qué guapos estaban los dos, sus siluetas recortadas contra el azul del cielo, y el viento revolviéndoles los cabellos. ¿Pensará su hijo en ellos de vez en cuando? ¿Será feliz?

Llaman a la puerta. ¿A estas horas? ¿Quién será? A lo mejor Borja se ha olvidado las llaves… No, él nunca olvida nada, siempre lo tiene todo controlado. De pronto le asaltan las dudas. Siente miedo. El vendaval es cada vez más feroz y sigue sonando el timbre. Qué agobio. Pero, ¿por qué no puedo moverme? ¿Se le habrá ido de las manos esta vez?

Aunque por algún motivo, hoy su mente no le pertenece. Su cuerpo tampoco. Está muy distraída. Ahora vuela a los recuerdos de su infancia. Se acuerda de sus padres, que ya no están. De sus compañeras del colegio. ¿Qué habrá sido de ellas? Se acuerda del perro que tenían y de los paseos de los domingos después de la iglesia.

¿Eso que suena es el viento furioso? ¿O hay alguien aporreando las ventanas? Al menos el timbre ha dejado de sonar. La verdad es que un poco sí que me duele.

A veces, el dolor es tanto, que olvidas que está ahí, dejas de sentirlo. Al cabo de los años se ha naturalizado, el corazón lo ignora, la mente también.

Siguen golpeando las ventanas. Puede que sea la vecina, que ha oído los gritos. María no quería gritar. Hace años que se entrena, normalmente lo logra. Sin embargo, hoy no ha podido evitarlo.

Su mente sigue escapándose a la razón. Ahora está en la universidad. Fue muy buena estudiante. Se acuerda de su primer novio, el único que tuvo antes de conocer a Borja. Era encantador, pero no salió bien.

Qué frío hace, ¿no? No parece verano. Si pudiera alcanzar la manta… Pero, ¿qué es esto que siento en la espalda? ¿Está mojada la alfombra? Bueno, de todas formas le está entrando mucho sueño, a lo mejor mañana lo ve todo distinto. El viento se oye cada vez más lejano, aunque ahora cree oír algo más, confuso, distante. ¿Son sirenas de policía? Qué más da, ya se le cierran los ojos…

El nombre de María quedó registrado como la víctima mortal número 29 de violencia machista de aquel año. Otra muerte. Otro número. Otra estadística. Salió en las noticias. Salió en los periódicos. Sus vecinos hablaron de ello durante un tiempo. Pero su recuerdo… Su recuerdo, finalmente, se lo llevó el viento.

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Concurso Relatos de Viento en Zenda

El cumpleaños de Cloe, por Andrea Nunes

La felicidad suele ser contagiosa, especialmente si se manifiesta a través de la risa cristalina de un niño. Cloe es feliz, y por eso ríe. Está radiante. Todos a su alrededor sonríen también. Está subida a una mesa, y una corona de cartulina atrapa sus rizos traviesos. Alrededor de la mesa se agrupan sus compañeros de clase, rojos de la emoción, dando palmas y entonando, más o menos al mismo ritmo, una canción de cumpleaños para ella. Su profesora está a su lado, y cuando terminan de cantar, le ayuda a bajar de la mesa y a repartir unas golosinas para todos. Hoy cumple cinco años y hace un día de primavera precioso. Podrán celebrarlo en el jardín y jugar con la pelota. Está tan contenta que no puede evitar ir dando saltitos mientras reparte los dulces entre sus amigos.

Ela está expectante, y algo nerviosa, tanto, que se ha cogido la tarde libre en el trabajo para poder preparar la fiesta. Es la primera vez que su hija celebra su  cumpleaños con sus amigos del colegio. Ayer Alex preparó su tarta preferida, que ya está en la nevera con las velas puestas. Sus suegros han venido a casa a echar una mano; ella, Susana, está en el jardín preparando la mesa, y él, Ezequiel —que es aficionado a la papiroflexia—, ha hecho unas guirnaldas de pajaritos de colores que van a volver loca a Cloe. Está repasando mentalmente todos los detalles, asegurándose de que no falta nada, mientras termina de preparar los sándwiches, cuando suena el móvil. Un mensaje de Alex.

“Cariño, se me está haciendo tarde… he conseguido escaparme de la reunión, estoy a punto de salir, pero no llego a tiempo para recoger a Cloe en el cole. Lo siento mucho, no te enfades. Te prometo que estaré ahí antes de que sopléis las velas. Te quiero.”

Ela suspira. Bueno, no es tan grave, el colegio está al otro lado de la calle, pero aún tiene que terminar de preparar la merienda, y los globos. Y ahora están llamando a la puerta. Son sus padres, justo a tiempo.

—Mamá, papá, qué bien que habéis llegado pronto.

Se besan y dejan su regalo en el porche.

—Qué bonito has dejado todo, cielo, a los niños les va a encantar.

—Gracias, mamá. Pero todavía me quedan un par de cosas… ¿Podríais acercaros al colegio a por Cloe y sus amigos?

—¿Nosotros? ¿Pero son muchos niños? No vamos a poder nosotros solos con todos.

—Tranquilo, papá —Ela le pone la mano en el brazo para que no se altere. Tiende a dramatizar y a hacer muchas preguntas seguidas sin esperar por la respuesta—. Su profesora, Elena, también está invitada a la fiesta y os ayudará con los niños. Es solo cruzar la calle.

—¿Pero no iba a ir tu amiga?

—¿Qué amiga? No vienen amigos nuestros, solo vosotros, los padres de Alex, y la profesora.

—Sí, bueno, ya me entiendes, Alex, ¿no iba a ir ella a por los niños?

—Mamá, ¿no piensas decirle nada?

—Bueno, Ela, hija, no te pongas así. Tampoco es para tanto, ¿o es que no sois amigas?

—No, Alex no es mi amiga, es mi mujer. Y la madre de vuestra nieta… Pero mira, se hace tarde y ella no va a llegar a tiempo, ¿podéis acercaros o no?

—Sí, sí, claro. Enseguida volvemos.

Su madre, roja como un pimiento, agacha la cabeza y se agarra del brazo de su padre, que sale a la calle farfullando como si la cosa no fuera con él.

Cuando Alex llega a casa, los niños están corriendo por el jardín, se oye barullo de juegos y risas. Se queda en la cocina, haciéndole señas a Ela a través de la ventana para que entre sin que Cloe se dé cuenta, pero ella está entretenida con la cámara de fotos, inmortalizando la primera fiesta de su pequeña. Por suerte, su padre sí percibe las señas y avisa a Ela, que entra en casa emocionada porque Alex ha logrado llegar a tiempo.

—Mi amor, qué rápido has llegado —Ela sonríe, está preciosa. Le da un beso y se queda esperando, inquisitiva— ¿La has conseguido?

—Sí, está en el coche.

—¿La del cesto blanco?

—Sí… No sé a quién le hará más ilusión, a ti o a la niña…

—Bueno, o a ti cuando la veas pedaleando por el parque, se te va a caer la baba… ¿Vamos a por ella?

—De eso nada, tú no vas a levantar peso —Alex le acaricia a Ela el vientre abombado, sonríe, y se agacha un poco para darle un beso a la altura del ombligo—. Bastante tienes ya con el gordo que llevas ahí dentro. Deja que entre a saludar, quiero ver a Cloe, y luego voy a por su regalo.

Cuando Alex entra en el jardín, Cloe no tiene ojos para nada más. Abandona inmediatamente el juego y corre a tirarse a los brazos de su madre con un gritito de emoción infantil.

—¡Mami, mami! Mira, ¿has visto cuántas cosas hay en la mesa de los regalos?

—Eso será que te has portado bien con tus amiguitos.

Los ojos de Cloe son como un manantial de agua pura. Iguales a los de Ela. Transparentes. Alegres. Alex le cubre la cara de besos y luego la deja libre para que vuelva a jugar.

Samuel, uno de los amigos del cole de Cloe, se ha quedado un poco confundido cuando la ha visto correr hacia Alex.

—¿Pero la mamá de Cloe no es la de la tripa gorda?

—Sí —dice Ainara, que es la mejor amiga de Cloe—, pero la que acaba de llegar es su mami.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Porque vengo a jugar a su casa muchas veces.

—Pero eso es imposible.

—No es imposible. Yo tengo dos abuelos, pero no tengo ninguna abuela.

—Claro —añade otra compañera, Carolina—. Hay niños que tienen papá y mamá, pero también hay niños que tienen dos papás, o dos mamás, o que solo tienen un papá o una mamá.

—No, todos los niños tienen un papá y una mamá, me lo ha dicho mi papá.

—Pues tu papá se equivoca, porque Cloe tiene dos mamás y las dos son de verdad.

Ainara ha dicho esto muy digna, y su amiga Carolina asiente muy seria mostrando su aprobación, así que la discusión está cerrada, y Samuel decide que tendrá que explicárselo a su papá cuando llegue a casa, y seguro que se pondrá contento de saberlo, porque siempre dice que hay que aprender algo nuevo cada día antes de acostarse, y a veces no le da tiempo.

Después de que le canten el cumpleaños feliz por tercera vez en el día —la primera se lo cantaron sus mamás por la mañana, antes de desayunar—, Cloe sopla sus cinco velitas con la euforia de quien no ha celebrado nunca una fiesta. Luego pasa un rato en las rodillas de su abuelo Ezequiel, mientras se come su trozo de tarta y le cuenta un montón de cosas de sus amigos del cole. Cuando termina de comer, le pide a la abuela Susana que le haga una trenza en el pelo como la de su amiga Carolina, y como se encuentra muy guapa, le dice a su mamá que quiere una foto con sus cuatro abuelos. Mientras Ela se dedica a la sesión fotográfica, Alex y Elena, la profesora, aprovechan para ir a buscar el regalo estrella de la fiesta.

Poco antes de que termine la celebración, Cloe abre sus regalos. Un estuche de dibujo de parte de Elena, un vestido de verano de parte de los abuelos Ezequiel y Susana, una muñeca de los abuelos Pascual y María, unos cuentos y unos puzles de sus amigos del cole, y una bicicleta roja de sus mamás. Nunca había tenido tantos regalos juntos y está tan feliz, que ha agradecido con un montón de besos a todos y a cada uno de los allí presentes. Enseguida empiezan a llegar los papás y las mamás de sus amigos, solo se quedan Ainara y Carolina, porque son sus invitadas especiales y tienen permiso para pasar la noche en casa. Está especialmente contenta ya que Carolina no se ha quedado nunca antes y se lo van a pasar muy bien las tres juntas.

Los abuelos ya se han ido, y Elena está en la puerta despidiéndose de Alex y Ela.

—Ha sido un placer, chicas. Y estaba todo delicioso, Ela, muchas gracias.

—Gracias a ti, Elena. Nos encantará verte más a menudo.

Elena se va, y Alex se queda un rato abrazando a Ela por detrás, mientras miran cómo se aleja la profesora, cuando ven que llega la madre de Carolina.

—Hola, Rita. ¿Qué tal estás?

—Bien, gracias. ¿Qué tal la fiesta?

—Todo un éxito, se lo han pasado pipa —Ela ya ha notado que Rita está un poco tensa, pero sigue sonriendo, es parte de su carácter afable—. Te presento a Alex, creo que no os conocéis aún.

—No, no nos conocemos. Encantada —Le extiende la mano y se saludan—. Pero justamente hoy me han hablado de ella. No me puedo entretener más, lo siento, vengo a buscar a Carolina.

—¿Pero no se iba a quedar esta noche? Ha traído su bolsa de ropa y su pijama.

—Sí, pero hemos cambiado de opinión. No quería darle el disgusto a la niña, lo que pasa es que… bueno, mira, lo siento mucho pero no me siento cómoda dejándola aquí. Creo que no es un buen ejemplo para ella.

Ela mira a Alex. Unos escasos segundos de silencio alargan el momento. Se siente un poco triste por las niñas, estarán ilusionadas jugando y con la perspectiva de la noche juntas. Pero a veces suceden estas cosas, no todo el mundo está preparado para vivir sin prejuicios. Alex le mira a los ojos, siempre tiene ese poder pacificador. Le acaricia la mejilla con cariño, sin importarle que esa señora esté ahí plantada en la puerta de su casa mirándoles con total inexpresividad.

—Ya voy yo, mi vida.

Alex entra en la casa, Ela se queda ahí. Ni ella ni Rita dicen nada en ese rato que pasan a solas, mirándose y tratando de adivinar qué pasa por la mente de la otra. Alex vuelve enseguida con Carolina, que no entiende nada. Se despiden y entran en casa.

Cloe y Ainara están muy serias, sentadas al pie de la escalera.

—¿Por qué se ha ido Carolina? —pregunta Cloe.

—Su mamá ha cambiado de opinión —dice Ela con serenidad—. A lo mejor Carolina os lo cuenta el lunes en el cole.

—Pero no pasa nada, chicas —añade Alex—. La ventaja es que si solo sois dos, sí que puedo con vosotras.

Entonces Alex se agacha, Cloe se encarama a su espalda, Ainara sigue su ejemplo, y entre risas y bromas se sube a las niñas por la escalera.

—Nos ponemos el pijama y jugamos al avión, ¿vale, mami?

—¿Pero qué clase de avión?

—De los que vuelan en círculo y hacen piruetas. Ya verás, Ainara, y luego nos lleva a la pista de aterrizaje, es súper divertido.

Y Ela se queda mirándolas al pie de la escalera, sintiendo cómo el malestar que había provocado Rita se diluye, y el amor de la familia que ha creado con la mujer a la que ama lo llena todo.

Las leyes cambian, por suerte, y permiten que el mundo avance y evolucione. Pero los gobiernos no tienen ninguna varita mágica. Para cambiar el mundo, es necesario cambiar la sociedad, y para cambiar la sociedad, todos y cada uno de nosotros debemos realizar un cambio de manera individual, para que algo tan básico para el ser humano como el amor, pueda ser vivido por todos de manera justa e igualitaria.

Andrea Nunes. España. Textos Solidarios

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El despertar de Astro, por Andrea Nunes

El interior de un huevo es un lugar agradable, cómodo, seguro. Un calor húmedo envuelve a la tierna criatura que crece en su interior. Una criatura inocente que duerme plácidamente. Su conciencia aún no existe. Sus emociones aún no se han manifestado. Pero su ser está ahí, arropado, latente, en armonía con el minúsculo espacio que supone su universo, ajeno por el momento al mundo exterior. Haciéndose fuerte. Preparándose para romper el cascarón.

Es un sueño recurrente, desde la infancia; ni siquiera puede recordar la primera vez que lo tuvo. Pero en los últimos años se ha vuelto más pertinaz, más real. Tiene la sensación de que no es solo un sueño. Empieza a sentir que lo que sea que lleva incubando toda su vida, está a punto de abandonar las quimeras. A veces siente curiosidad. ¿Qué criatura será esta? ¿Llegará a verla alguna vez? ¿Podrá salir del huevo? Otras veces, la curiosidad conduce a la ansiedad, a la necesidad de saberlo de una vez por todas. ¿Y si realmente significa algo? ¿Debería reaccionar? ¿Ayudar a romper el cascarón? ¿Cómo? Cree recordar que cuando era niña, observaba el huevo desde fuera. Cerca de la adolescencia, la perspectiva cambió, empezó a sentir que estaba dentro del huevo. Ese sueño era más raro, porque no veía nada, solo oscuridad… Y aún así lo sabía, sabía perfectamente que estaba dentro del huevo. Y qué agradable resultaba despertarse por la mañana tras haber dormido en su interior. ¿Y ahora? Ahora es una mujer adulta y sigue soñando lo mismo una y otra vez… La sensación es cada vez más fuerte, y se levanta en conflicto cada mañana. En conflicto porque sigue adorando la comodidad de su descanso en el huevo, y al mismo tiempo siente que ha llegado la hora de abandonarlo. ¿Pero cómo salir de ahí? Y si lo consigue… ¿Lo echará mucho de menos? ¿Habrá vuelta atrás? Qué estupidez… ¿Cómo va uno a volver a su huevo tras haber roto el cascarón? De todas formas no es más que un sueño… ¿Por qué darle tantas vueltas a algo que no es real?

Hace unos años, hizo lo que nunca antes había hecho. Compartió su secreto, le habló a su marido del misterioso huevo. ¿Por qué no iba a hacerlo? Es la persona a la que ama, la persona en la que más confía. Y qué decepción. No le concedió la más mínima importancia, no lo entendió. Así que siguió guardándoselo para ella.
Es este el pensamiento que ronda su cabeza esta mañana al despertar. ¿Qué habría pasado si él lo hubiera entendido, si le hubiera dado la importancia que tiene para ella? Tal vez podrían haber discutido el tema en profundidad. Tal vez ahora podría explicarle cómo se siente. Podría decirle que cree que debería hacer algo por cambiar la situación del huevo. Podría hacerle entender que hay una sombra desconocida en su interior, que se está transformando. Tal vez él podría ser de gran ayuda. Al fin y al cabo, es un hombre muy inteligente. Se da la vuelta en la cama y le abraza por la espalda. Él aún duerme. Pega la nariz a su nuca y aspira su aroma. Es posible que no siempre se entiendan el uno al otro, es cierto, pero se quieren con locura.

Ella es una mujer muy afortunada. Vive en un hermoso palacio en las montañas coronadas de nieve. El espectáculo que contempla desde su balcón a diario es embriagador. La inmensidad del paisaje roba el aliento. En invierno las cumbres son blancas; en primavera, también, pues al derretirse la nieve con los primeros rayos de sol cálido, comienzan a florecer los blancos almendros. En verano, en cambio, se mudan a su castillo junto al mar. No es menos bello este paisaje estival, pues la grandeza del océano es tan profunda como la de las montañas. El ruido cercano de las olas calma su espíritu, los paseos por la playa avivan sus sentidos, los reflejos dorados del sol sobre el agua del atardecer aceleran su corazón. Cuando contempla el mundo desde su balcón, ya sea en la montaña o en el mar, siente deseos de saltar para volar adonde le lleve el viento. Le gusta observar a los pájaros, imaginar que es uno de ellos.

La mayor alegría de su vida, lo que le sirve de roca y sustento cuando se siente bloqueada, es su marido. El suyo no es un matrimonio de conveniencia, ellos se casaron por amor. Es el mayor regalo que ha podido ofrecerle la vida, pues ¿cuántos reyes y reinas pueden decir eso? No es solo la mujer más afortunada de Arbelok, ni la más feliz. Probablemente trasciende más allá de eso.

El matrimonio concertado no atañe exclusivamente a la realeza. Es un mal que aqueja a toda la alta sociedad de Arbelok. Únicamente los pobres se casan por amor, y a veces ni ellos. Qué triste le resulta pensar en la falta de amor que hay en el mundo. Si la gente se dejara llevar por su corazón en lugar de tratar de hacer siempre lo más conveniente, lo más complaciente, lo que se espera que deben hacer… El mundo sería un lugar infinitamente mejor, podrían vivir todos en paz. Pero la gente en general no es dada a escuchar a su corazón tanto como a la razón que dicta la sociedad, y ni siquiera una reina tan poderosa como ella puede cambiar eso. Ha de dedicarse a asuntos más mundanos. Trabaja duro por el bien de su pueblo, es la mano derecha de su marido, una figura esencial en la economía del reino. Jamás tiene tiempo para aburrirse, lo cual no significa que se divierta. Pero sí tiene tiempo para pensar, para meditar sobre la belleza de todo lo que le rodea. Ella sí es dada a escuchar a su corazón, al menos de vez en cuando. Ella es rara según la percepción de los demás. Especialmente rara para ser reina. Y además sueña con huevos que han de romperse.

Decide que es hora de levantarse. El rey siempre duerme hasta más tarde. Antes le gustaba quedarse abrazada a él por las mañanas, hasta que al fin despertaba. Pero hace casi dos años que ha dejado de hacerlo. No se ha planteado nunca la razón, aunque probablemente ha decidido sin ser consciente que prefiere disfrutar de la belleza matinal en lugar de quedarse en la cama. Sale a desayunar al jardín si hace buen tiempo, y si no, le gusta comer algo junto a la chimenea. Luego puede permitirse un pequeño paseo, se sienta a pensar en sus cosas junto a la fuente. El sonido del agua que cae es siempre bien recibido, ayuda a empezar bien el día. Admira lo que tiene a su alcance, lo agradece. Después empieza su jornada de trabajo, excepto si es domingo, como hoy. Los domingos alarga su paseo, se adentra en los bosques reales. Se sienta junto al río en lugar de junto a la fuente. Siempre está sola, siempre lo disfruta.
Hoy, en cambio, su paseo le reserva una pequeña sorpresa. Se acomoda en la misma roca de siempre. Contempla su reflejo en las mansas aguas del recodo. Sus cabellos dorados le devuelven un destello. Es curioso, le sorprende su imagen. No se ve igual que siempre. No se ve igual que esta misma mañana en el espejo de su tocador. Sus ojos verde oliva le devuelven una mirada que no parece suya. Su propio reflejo le desafía desde el agua.

De pronto siente movimiento a sus espaldas. Se le eriza el vello de la nuca. No se atreve a volverse, sigue observando el río. En efecto, advierte un reflejo en el agua, hay alguien detrás de ella. O algo… Una figura alada… ¿Quién? ¿Qué? ¿Un ángel? No… los ángeles no visten de verde, ¿o sí? ¿Un hada tal vez? La figura se acerca más, es una mujer. Pero una mujer con alas. Está prácticamente a su altura. Se inclina sobre ella. Su melena oscura le cae por un hombro, se mezcla con los cabellos rubios de ella, siente su cosquilleo. Ve su rostro junto al suyo, pero no es capaz de mover un músculo, se ha quedado catatónica.

―Abre los ojos, Astro… ―el hada le susurra al oído. Ha de ser un hada, ¿no?

Al fin, reacciona. Da un respingo. Se gira. Pero está sola. El hada ha desaparecido. ¿Cómo es posible? ¿Estaba ahí de verdad? ¿Se lo ha imaginado? No puede ser… Se levanta, mira alrededor, la busca. Nada. Un miedo irracional empieza a expandirse por su cuerpo. Como cuando tiras una piedra al río. Es solo una onda pequeña. Una onda pequeña que crece, da lugar a otra más grande, y en un instante el pánico se apodera de ella. Y corre. Corre como nunca. Regresa al palacio, huyendo de una desesperación asfixiante que le pisa los talones, depredadora, y no se detiene hasta llegar a la fuente del jardín. Toma aire. Trata de tranquilizarse. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué tiene tanto miedo? ¿A qué vienen esas ganas de llorar? De repente todo lo que le rodea le parece inquietante, amenazante.

Los lacayos cruzan el otro extremo del jardín tirando de las correas de los perros. Están preparando la partida de caza dominical. El príncipe también está ahí, esperando a que le traigan sus armas y su caballo. Y ella, sin saber por qué, se siente incómoda. De pronto le molesta la partida de caza, le irritan los ladridos de los perros, le irrita el príncipe. ¿Por qué? Es cierto que el príncipe es hijo de la primera esposa del rey, pero prácticamente lo ha criado ella, ha ejercido de madre, sin duda le quiere con toda la ternura de su corazón. La respuesta llega. No quiere que la vea turbada, ella siempre es fuerte, impasible. Le aterroriza que alguien intuya lo que le sucede. Aparta esa idea de su mente, suaviza sus pensamientos, sus emociones. Lo consigue. Decide que es hora de volver al trabajo, como si no hubiese pasado nada.

Ella ya no es la misma. Lo sabe. Pero ¿cuál es el motivo? ¿Qué ha cambiado tan repentinamente? Es más, ¿de verdad ha cambiado algo repentinamente? ¿O ha estado siempre ahí y es ahora cuando lo ve? Al sentir el contacto de esa criatura mágica en el bosque ha experimentado muchas cosas… No ha sido solo lo que ha dicho. La ha escuchado, sin acabar de comprender, pero también la ha sentido. Ha sentido una oleada de amor que no puede explicar. Un amor que no ha percibido nunca antes de tal manera. Le asusta sentir, le asusta pensar… Le duele… ¿Es por sí misma por quien está sintiendo amor? ¿Acaso no se ha querido siempre? Pasan los días, y ya no duerme igual que antes. Sigue soñando con el huevo, no hay ninguna novedad, sigue siendo feliz mientras sueña, pero despierta llena de angustia y pesadumbre. Y no alcanza a dormir más de tres o cuatro horas seguidas. Se desvela todas las noches. Por las mañanas vuelve al bosque siempre que puede, con la esperanza de reencontrarse con su hada… Y su hada ya no está. Sufre una inmensa sensación de pérdida, y piensa… ¿Cómo se puede lamentar la pérdida de algo que nunca se ha tenido?
La gente a su alrededor nota que algo le sucede. Su hermosa reina tiene ojeras, ¿qué será lo que tanto le preocupa?

Le preocupa no ser nunca plenamente feliz, aunque eso ella aún no lo sabe.

Al cabo de varias semanas el insomnio es insoportable. Despierta una vez más, empapada en sudor, en mitad de la noche. Ya no puede más. Se levanta, el rey sigue durmiendo serenamente. Claro… Trabaja mucho, está cansado. No es su culpa no poder estar ahí cuando ella despierta. No le responsabiliza.

Sale del palacio, se dirige a la fuente del jardín. Tal vez podría volver al bosque… No, descarta la idea, está demasiado oscuro. Se sienta en el suelo, acaricia la hierba recién cortada. Está un poco húmeda, pero es agradable, huele bien. Cierra los ojos, escucha el borboteo de la fuente. Está empezando a relajarse cuando súbitamente se acelera su ritmo cardíaco, se le eriza el vello de los brazos, un cosquilleo en la nuca. Está aquí. Su hada. Toma aire. Abre los ojos.
Se la encuentra frente a frente. Una mirada oscura y llena de luz al mismo tiempo. Ojos negros que brillan bajo la luna. Sonrisa traviesa. Rostro infantil. Olor a primavera.
―Te he estado esperando ―dice ella. El hada asiente.

―Lo sé, yo a ti también, pero aún no estabas preparada.

―¿Preparada para qué?

―Para tu viaje.

―… No entiendo…

―Nos vamos de viaje.

―¿Adónde?
―Al lugar donde se forjan los sueños.

―…
―Sshh… No pienses más, estás agotada…

El hada le pasa la palma de la mano sobre los ojos, ella los cierra. Suspira… Es verdad que está agotada, no puede consigo misma, le pesa el cuerpo… se deja caer entre los brazos de su ninfa, se siente segura, se siente feliz. Por fin duerme.

Está envuelta en el cálido manto de la oscuridad. A solas consigo misma. Qué placer esa deliciosa sensación del despertar. Tiene la necesidad de estirarse, pero no puede. No hay espacio. Quiere abrir los ojos pero tampoco es capaz… Es como si los tuviera pegados.
―Astro, estoy aquí… ―es la voz dulce del hada, pero llega amortiguada al otro lado de la pared― ¿Por qué no vienes conmigo?

¿Por qué no? El impulso es intenso, ha de seguirlo. Hace un esfuerzo colosal, levanta la cabeza, presiona contra la pared ovalada. Estira los brazos, la araña. Es dueña de una fuerza extraordinaria que no sabe de dónde sale, la pared ya no parece tan sólida. Se descascarilla. Logra abrir una pequeña grieta y entra un rayo de luz pálida. Lo nota a pesar de tener los ojos cerrados, percibe más claridad a través de sus párpados. Se envalentona, se afana más en su tarea. Está entrando aire nuevo, aire fresco. Al fin puede llenar los pulmones… ¿Cómo no se había percatado antes? ¿No era consciente de que se ahogaba? Se marea un poco, tal vez por el esfuerzo; tal vez por la embriaguez de aire y luz, por la vida que se filtra a través de la grieta, que gotea… Quiere bebérsela a chorros. El cascarón se rompe lo suficiente para poder sacar la cabeza… Lo está consiguiendo, está saliendo del huevo. Y qué torpe se siente. No logra abrir los ojos. ¿Dónde está su hada?

―¡Ayúdame a salir!

Pero no obtiene respuestas. Sigue esforzándose. Qué cansancio… El huevo vuelca, cae de lado, y con una última sacudida se arrastra al exterior. Se hace un ovillo en el suelo, necesita recuperar energía.

―¿Ves como no necesitabas mi ayuda?

El hada se arrodilla a su lado, la coge en su regazo. Nota su propio peso contra el cuerpo delicado y suave de ella. Se siente pequeña en sus brazos y grande al mismo tiempo. ¿Qué tamaño tiene el hada? Se ve a sí misma como un bebé, pero advierte que ella hace un esfuerzo por sostenerla. ¿Pesará mucho? La lleva al río, se sumergen juntas en el agua. El hada le limpia la cara.

―Ya puedes abrir los ojos, pequeña.

Y lo hace, al fin. La luz es clara, como cuando amanece, pero aún ciega un poco. Mira a su hada, su silueta a contraluz se ve un poco difuminada, le cuesta enfocar la vista; percibe que sonríe. Y sí, su hada es pequeña y delicada, pero ella tampoco es muy grande.
―Bienvenida a la vida, Astro.

―¿Por qué me llamas Astro?

―Porque ese es tu nombre.

―No… Yo me llamo… Vaya… No lo recuerdo…

―Es porque ya no importa el nombre que te hayan dado antes. Tú eres Astro, ese es tu verdadero nombre, el que te pertenece. Astro baja la vista, pensativa. Es entonces cuando toma consciencia por vez primera de su propio cuerpo. De su condición. Se asusta.
Su piel está cubierta de escamas amarillentas. Se le antoja horrible. Sus finas manos se han convertido en garras monstruosas, pequeñas y espantosas. Teme herir al hada, trata de zafarse. Sacude la cola… ¿La cola? Quiere gritar pero lo que hace es rugir. El hada da un brinco, la deja caer al agua. No tiene miedo, pero es cauta. Se aleja, deja que Astro vuelva a la orilla por su cuenta, aunque le cuesta un poco, aún está débil.
Astro se deja caer sobre las piedras y llora. Llora aterrorizada.

―Pero, ¿qué te pasa, dragoncito?

―¿Es esto lo que soy en realidad? ¿Es esto lo que llevo tanto tiempo esperando? Tal vez no debería haber roto el cascarón, quisiera volver atrás, ¿dónde está mi huevo?
―Astro, el huevo sigue ahí… Puedes volver a él, pero está roto, ya nunca podrás cerrarlo.
Ella no puede detener su llanto. No puede ser… No puede ser…

―Pero… ―el hada insiste―, ¿es que acaso no te gusta lo que ves? Eres una criatura hermosa y noble. Eres única, ¡no existe otra igual! Eres Astro, el Astro Rey que brilla en el cielo, que da calor al mundo e ilumina la vida.

Ella tiene sus dudas. No puede verse con los ojos del hada, aún no. Todavía no ha roto ese vínculo vital que hace que siga sintiéndose reina, ¿cómo va a sentirse dragón?
Se deja conducir por el hada hasta una cueva, mansa, casi inconsciente. Se deja alimentar. Duerme…

 

En el palacio hay un gran revuelo. Por la mañana han encontrado a la reina desmayada en los jardines. La han llevado a su habitación, el rey ha estado a su lado, le ha hablado con amor. Médicos de todo el reino han ido a verla, pero ella no despierta. Pasan los días y no se mueve. Nadie entiende su enfermedad. Nadie sabe qué remedio aplicar. Al fin, deciden llamar a las brujas chamanas de los bosques del sur. Dicen que es su corazón lo que está dañado, su alma está enferma, y nadie puede curar eso, salvo ella. Tan solo la reina inconsciente puede sanarse a sí misma. ¿Y cómo? Nadie conoce la respuesta. El rey las echa de palacio, furioso. Eran su último recurso…

Astro despierta de nuevo. No sabe cuánto tiempo lleva durmiendo, pero se siente más fuerte. Decide salir al exterior, abandonar la cueva. ¿Dónde estará el hada? Ah… Ahí está, sentada junto al río. Parece más pequeña. ¿O es ella la que ha crecido? Se acerca, llega a su altura. Definitivamente es ella la que ha crecido, todo a su alrededor es más pequeño. Recuerda que el hada la llevó en brazos cuando salió del huevo. Ahora sería imposible, son prácticamente del mismo tamaño, y un dragón ha de pesar más que un hada. Y… ¿qué es eso que siente en su espalda? Contempla su reflejo en el agua. Son alas. ¿Podrá volar?

―¿Dónde estamos?

―Donde se forjan los sueños, ya te lo he dicho.

―¿Y qué hacemos aquí?

―No lo sé… Yo estoy aquí desde hace mucho.

―Pero me visitaste en el bosque, en Arbelok. 

―Porque viajo continuamente entre ambos mundos.

―¿Por qué?

―¿Y por qué no?

Astro replantea su pregunta.

―¿Para qué?

―¿Es que todo en esta vida ha de tener una explicación práctica para ti?
―… No, todo no… Pero… Necesito entender.

―Bueno… Si lo ves así, entonces vengo aquí porque quiero y punto. Porque lo disfruto, porque me gusta soñar. Puede que lo necesite. Los sueños son una parte esencial en el mundo interior de cada uno, ¿sabes? Son la piedra angular de nuestro corazón.
―¿Estamos soñando, entonces?

―Es posible. Pero eso no significa que no sea real.

―Pero si estamos soñando, ¿podemos hacer lo que queramos?

―Claro. ¿Qué quieres hacer?

―… Mmm… Quiero volar. 

El hada se mira las alas por encima del hombro. Las hace titilar. Se muerde el labio. Sonrisa pícara.

―Con eso puedo ayudarte.


Suben a la cima de la colina, y serpentean hasta llegar al borde del desfiladero. El paisaje es sublime, solo para ellas. El horizonte se extiende a sus pies, el aire huele a amanecer.

El hada sacude las alas, se eleva en el aire y se aleja un poco. Se detiene a esperar al dragón, con sus ojos sonrientes le invita a que salte. Y eso hace. Salta, la fuerza del aire al caer le corta la respiración. Euforia y pavor van de la mano con ella.
―¡Extiende tus alas, Astro!

Astro confía en ella, hace lo que le dice. Descubre con sorpresa y entusiasmo lo fácil que resulta. Puede planear. El hada revolotea a su lado.
―¿Y ahora, a dónde vamos, pequeña ninfa?

―Adonde nos lleve el viento.


Astro está cambiando. Observa sus escamas al sol. Tienen un brillo majestuoso. Son doradas. No tienen nada de horrible. Su cuerpo no es monstruoso, es poderoso. Puede ser la bestia más temible de todas, ha aprendido a escupir fuego por sus fauces. Pero también puede ser una criatura amable y benévola. Su corazón ha crecido, está lleno de amor. Se trata de encontrar el equilibrio. Ha de hallar su felicidad en armonía con el mundo. Y está muy cerca. Jamás había sentido la vida de tal modo.

―Creo que ya entiendo por qué hemos venido aquí.

―¿Por qué, dragoncito?

―Tenía que encontrarme a mí misma. Tenía que despertar de mi letargo.

―¿Y te has encontrado ya?

―Estoy en ello… Estoy viendo el mundo como realmente es. Me estoy viendo a mí misma como realmente soy. Creo que no acababa de gustarme, pero estoy empezando a aceptarme.

―¿Y por qué no te gustabas? ¡Eres un dragón dorado! El ser más espléndido que encontraré nunca.

―No me gustaba del todo, porque me sentía diferente.

―¿Diferente?
―Diferente a los demás.

―¿Y qué tiene eso de malo? ¡Qué lugar tan aburrido sería el mundo si todos fuéramos iguales!
―Tienes razón… Ahora lo sé. Pero también me doy cuenta de otras cosas que me hacen sentir muy triste.

―¿Qué cosas son esas?

―Veo que a pesar de tener todo lo que necesito, una vida cómoda, todos los caprichos del mundo a mi alcance y un marido que me adora… No me siento feliz, no me siento plena. He nacido destinada a ser reina, pero no es ese mi sueño. Amo a mi marido, pero no del mismo modo que antes. Ese amor se ha ido transformando con los años, y no he podido reconocerlo antes. Le admiro, le respeto y le quiero, mi corazón se llena de ternura al pensar en él. Quiero que sea siempre feliz, que sonría y que tenga una vida próspera. Pero desde que estoy aquí, no le he echado de menos… Pienso mucho en él, y aún así me sorprende descubrir que no le necesito. No siento deseos de volver a su lado, tan solo quiero quedarme aquí contigo.

―Pero Astro… Sabes que no podemos quedarnos aquí para siempre, ¿verdad?
―¿Por qué no? ―Astro parece contrariada, decepcionada.

―En algún momento tendremos que volver al mundo real.

―Pero tú dijiste que esto era real.

―Y lo es. Pero hemos de enfrentarnos a la otra realidad, nos está esperando. Si no lo hacemos, correremos el riesgo de perdernos a nosotras mismas, en lugar de encontrarnos, y todo esto habrá sido en vano.

―Pero tengo miedo…

―No lo tengas. No estarás sola. Yo te acompañaré, estaré siempre cerca para ti.
Astro suspira. No sabe qué haría si no tuviera a su hada. Tampoco sabe que su hada también la necesita a ella.

―¿De dónde has salido tú, pequeña ninfa?

―Qué preguntas más raras haces, dragoncito… ¿Qué quieres decir?

―Es como si alguien te hubiera enviado para ayudarme. Te necesitaba para despertar… ¿Por qué te has cruzado en mi camino?

―Es curioso que digas eso… ¿No has pensado que tal vez eres tú quién se ha cruzado en el mío?

―¿Yo? ¿Qué tengo yo que ofrecerte a ti?

―Tú también me estás ayudando… ¿No te parece curioso ver a un hada vagando sola por el mundo?

―Puede…
―Las hadas crean vida… No florecerían los campos si no fuera por nosotras, no se cubrirían las montañas de nieve ni los bosques se tornarían dorados en otoño. No escucharías la melodía del río al discurrir entre las piedras ni verías cómo el cielo se tiñe de púrpura al anochecer. No disfrutarías de la belleza del universo si las hadas no estuvieran ahí. Pero las hadas necesitan ser felices para crear, necesitan sentirse plenas, ser fuertes y no dudar de sí mismas. Necesitan estar llenas de amor, o de lo contrario se marchitan como una flor que no ve nunca el sol. Yo llevaba mucho tiempo durmiendo, Astro, casi me marchito, pero tú me has devuelto la vida, y si tengo vida para mí, tengo vida para los demás. Puedo volver a ser yo. Abandoné mi nido en busca de mí misma, y resulta que para encontrarme, primero he tenido que encontrarte a ti.
Una lágrima resbala por la mejilla del dragón. Es como oro líquido. Sus ojos húmedos cambian de color bajo la luz clara, se vuelven verdes, gotitas de miel salpican el iris.
―En ese caso, parece que nos hemos encontrado mutuamente, nuestros caminos no se han cruzado por azar.

―No existe tal cosa como el azar, pequeña. Yo vagaba perdida por el bosque, como de costumbre, cuando te vi. Hacía tiempo que ya no vivía con las otras hadas, pues las hadas no pueden vivir juntas si no es en armonía, y yo no sentía armonía en mi corazón. Me sentía sola aun estando acompañada. Era incapaz de crear nada, la magia me había abandonado, o yo la había abandonado a ella. Pero cuando te vi… no sé muy bien qué sucedió pero activaste algo en mi interior. Una flor se abrió a mis pies y supe que debía estar cerca de ti. Guardabas tanto amor en tu interior, tenías tal necesidad de compartirlo…  Te observé durante largo rato, hasta que al fin pude reconocerte. Es un don que tenemos las hadas, ¿sabes? Conocemos el nombre genuino de las cosas, de los  elementos, de todo… y entonces vi que no eras una persona normal y corriente, sino Astro, nada más y nada menos. Por eso me acerqué a ti, porque pude ver lo que había en tu corazón, pude palpar tus sueños.

Duermen bajo las estrellas, el hada acurrucada bajo el ala del dragón, con los latidos de su corazón inmenso, que resuenan como una canción de cuna escrita para ella.

 

La reina abre los ojos. El calor insoportable es lo que la hace despertar, está empapada en sudor. Y sin embargo, la nieve cae en el exterior, los copos se deshacen contra su ventana, los cristales están empañados. Ya no es el cielo lo que ve, sino el techo abovedado de su dormitorio.

El rey está a su lado y en lugar de aliviarse, siente que se ahoga. Él levanta la vista, se le llenan los ojos de lágrimas al ver que ella ha vuelto en sí.

―Mi amor…

La abraza, la llena de besos. Ella rompe a llorar. Él le hace preguntas que no alcanza a comprender, quiere saber qué ha pasado, cómo se siente. Ella no es capaz de contestar, tan solo llora.

Pasa varias horas en silencio; los demás le hablan. El príncipe también la visita. Le dicen que ha dormido durante dos meses. ¿Tanto tiempo ha pasado? En su mundo interior, con su hada, parecía mucho menos. Ha sucedido todo muy deprisa. Incluso le ha sabido a poco. Se da cuenta de que ya no quiere estar ahí. Ya no pertenece a su palacio, ya no le pertenece a su rey. Su corazón es libre, y se le parte el alma. ¿Por qué? Porque aún no se ha liberado del todo, su razón aún está bien amarrada a la vida real, a sus asuntos mundanos, al amor que ha recibido del hombre con quien ha compartido los últimos diez años, con quien esperaba envejecer. No es algo tan simple de asimilar. ¿Cómo deshacer los nudos? ¿Cómo cortar las cuerdas?

Con el transcurso de los días, el peso es cada vez mayor. Su hada la visita en sueños, cuando es capaz de dormir. El miedo y la culpa son lo que ocupa la mayor parte del tiempo. Quiere ser libre, quiere ver el mundo, quiere cumplir sus sueños. Quiere sentir la vida y el amor como solo lo ha sentido siendo dragón. Pero para ello ha de romper los vínculos que aún la retienen, que la limitan, que le cortan las alas. ¿De verdad será feliz si sigue sus impulsos?

―¿Por qué te cuesta tanto?

―Porque… Porque tengo miedo a dejar la única vida que conozco. Tengo miedo de irme y no poder volver. Me aterra romperle el corazón a mi rey y que sea irreparable.
―Nada es irreparable…

―Pero él me ama con todo su corazón.

―Por supuesto que te ama, pero… ¿Le amas tú a él?

―Sí… Pero nos amamos de modos diferentes. No le amo como le amaba antes. Y él tampoco me ama a mí como yo necesito que me ame.

―Hay una gran diferencia entre la intensidad y el modo, mi reina. A veces con quererse mucho no es suficiente.

―Lo sé… Pero es difícil…

―Escucha… Has de hacer lo que tú sientas que debes hacer. Has de estar muy convencida para dar el salto. Pero también has de pensar en ti, en lo que tú quieres, en lo que necesitas, y ser consciente de que aquí no eres imprescindible. Se apañarán sin ti. El príncipe ya es un hombre, puede ayudar a su padre, pronto se casará y le dará nietos que llenarán sus vidas de alegría y de amor. Ellos no te deben nada, ni les debes nada tú a ellos. Has de desechar la culpabilidad.

―¿Y a ti? Tú me has ayudado a darme cuenta de lo que siento, a abrir mi corazón. Me has hecho ver que cuando imagino la vida que me gustaría vivir, es diferente a la vida que realmente vivo. Me has hecho ver que no quiero estar entre las paredes del palacio, que quiero ser libre. Siento que mi misión en el mundo no es la de ser reina. No sé aún cuál es, pero estoy segura de que la respuesta llegará cuando me libere. Quisiera… Quisiera… Viajar, ver el mundo entero, otros modos de vivir, y ayudar a la gente que encuentre en mi camino como tú me has ayudado a mí. Sigo sin saber cómo, pero quisiera hacer del mundo un lugar mejor, y siento que aquí, llevando la vida que llevo, no puedo hacerlo, no puedo realizarme del todo. Y nada de esto se habría materializado nunca de no ser por ti.

―¿Y por eso crees que me debes algo? ¿Por qué? Tú también me has ayudado, gracias a ti soy yo otra vez, gracias a ti he podido encontrarme de nuevo, crecer, y volar libre aportando gracia y belleza al mundo. Sería maravilloso continuar ayudándonos, recorriendo juntas nuestro camino. Pero para ello hemos de elegir el mismo camino ¿sabes? Y si eliges uno diferente, yo partiré sin deberte nada y sin que tú me debas nada a mí. Porque ya nos hemos ayudado a dar los primeros pasos, estaremos en paz.
―Pero… Me da miedo perderte.

―Mi reina, no es eso lo que has de temer porque yo nunca desapareceré del todo. También tienes miedo de perder la comodidad de la vida que ya conoces. Tienes miedo de ser libre y de vivir como siempre has querido. Lo que tiene que preocuparte en realidad es perderte a ti misma. Soluciona eso y sabrás qué camino debes tomar.

 

Ella piensa… Piensa demasiado. Qué hacer si decide irse, qué hacer si decide quedarse. La segunda opción es fácil, no tendría que hacer nada más que seguir viviendo su vida como hasta entonces, envuelta en una felicidad amortiguada, un tanto engañosa, disfrutando de los pequeños detalles del día a día, sabiendo lo que le depara el mañana, alargando el tiempo mientras las semanas transcurren, sin sobresaltos, siendo complaciente, agradando a los demás. Pero, ¿y si se va? Ahí hay más incertidumbre, más que arriesgar, tal vez más que perder… Y sin duda, también hay más que ganar, mucho más. ¿Qué haría entonces con su vida? Podría… Tal vez podría buscar un lugar donde reencontrarse consigo misma, tal vez podría empezar algo, levantar un templo, o una escuela… ¿Una escuela donde las personas aprendieran a escuchar a su corazón, a ser libres y felices? Qué locura… Nunca ha oído nada parecido… Y aún así, ¿por qué no? Primero tendría que trabajarse un poco más a sí misma, aunque… Podría dedicarse a eso, es una idea peculiar, sí, pero le haría muy feliz.
El rey entra en el dormitorio, interrumpe sus cavilaciones.

―Qué día tan largo ―dice él mientras se desviste para meterse en la cama―. Estoy agotado.
Ella le mira. En otros tiempos intentaba charlar un rato con él antes de dormir, se abrazaban, aunque normalmente él estaba tan cansado que ella tenía que hacer un esfuerzo por atraer su atención. Ahora ya no le apetece hacer ese esfuerzo. Ha decidido que no es justo esforzase tanto para ser feliz, que debería ser mucho más sencillo. Más aún, no es justo buscar la felicidad en otras personas, en elementos exteriores a uno mismo. Ha aprendido que para ser feliz ha de ser libre, ha de seguir su corazón, y no ha de cargar a nadie más con esa responsabilidad.

Mira hacia el exterior, el balcón está abierto, entra la brisa nocturna de la primavera. ¿Tanto tiempo ha pasado ya desde que despertó el dragón? El invierno ha terminado sin que se dé cuenta. Qué bien huele la noche…

―Mi amor, he de decirte algo ―hace una pausa. Él no comenta nada―.  Te quiero, y sé que tú me quieres… Precisamente por eso debes entenderme… Ya no pertenezco a este lugar.

―¿Qué quieres decir?

―No soy feliz aquí. Y quiero ser feliz, ¿sabes? Quiero vivir una vida que me satisfaga.
―¿A qué viene eso ahora? ¿Cómo que no eres feliz?

―No es culpa tuya. Tú me has dado mucho amor, lo has hecho lo mejor que has sabido, pero no basta. Necesito algo más y tú no puedes dármelo, por eso debes dejarme ir, debes dejar que sea libre y encuentre mi propio camino.

―Pero… No entiendo… ¿Me abandonas?

―No lo veas así. No te dejo a ti, dejo toda esta vida que tengo aquí. Me voy.
―¿A dónde te vas?

―No lo sé. Simplemente me voy. No te estoy abandonando, me estoy despidiendo. Tú solo has de seguir haciendo lo que te hace feliz, busca tú también tu propio camino, continúa con tu vida. Porque tu vida y la mía ya no son una sola, debemos separarnos ahora y seguir caminos diferentes. Hemos recorrido ya mucho juntos, hemos sido felices, y ahora hemos llegado a un punto en el que necesitamos cosas distintas. Ya no podemos seguir creciendo de la mano.

El rey llora… Ella nunca le ha visto llorar así. Se contagia de su pena, de su dolor. Se abrazan, lloran juntos. Nadie había dicho que para ser feliz no hubiera que sufrir un poco antes. Pero merece la pena, no hay duda. Será recompensando.

Al cabo de un rato se separan. Se limpian las lágrimas el uno al otro. Ella le besa la frente.
―Sé feliz, mi amor. Piensa que yo también lo seré y no te preocupes por mí. Recuerda los momentos hermosos que hemos vivido juntos y no me guardes rencor. Limpia tu corazón.
Él aún está confuso, le llevará un tiempo reponerse, aceptar lo sucedido. Tal vez nunca llegue a entenderlo, pero se repondrá. No contesta. Solamente la mira mientras ella sale al balcón. Y sin saber si está soñando o si se ha vuelto loco, ve cómo a ella le crecen unas inmensas alas en la espalda, su cuerpo comienza a transformarse mágicamente, y de pronto ya no es su reina, sino un hermoso dragón dorado cuyas escamas reflejan la luz de la luna.  Una imagen indescriptible, de belleza deslumbradora. Y ve cómo echa a volar… Una segunda figura alada, más pequeña, se une a ella, un hada de alas verdes… Sus siluetas se alejan en la noche estrellada y el rey, inexplicablemente, siente cierta paz al contemplar esta escena.

dragon

―Tenías razón, hadita verde. ¿Por qué conformarme con ser reina de Arbelok cuando tengo el mundo entero a mis pies?

Andrea Nunes. España.

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Rompecabezas, por Shasmine Cianne

Rompecabezas, del blog Soñando hasta Saturno

A mi rompecabezas, a pesar de que ya soy grande, le faltan todavía algunas piezas. Y este juego es una parte de mí muy muy importante porque de no estar me rompe mucho la cabeza.

Pero estas piezas no las encontraba por ningún lado. Ni bajo los bancos de la plaza, ni debajo de los de la escuela, ni de los directores, ni de los colectivos, ni siquiera debajo de los bancos del hospital, menos todavía debajo de los bancos de los bancos.

Pero hoy la encontré, ahí estaba, una de las partes que me faltaban. Ahí la vi, frente a mi.

En tu sonrisa de niño inocente lleno de preguntas, que ama repetir y los cuentos con dibujitos.

En el globo terráqueo ¿Notaste lo grande que es el Pacífico? que descansaba tan pesado y aun así seguía girando y girando.

En las páginas que me deleitaban y me acogían ocremente como siempre lo han hecho.

En los dibujos inspiradores que cobraban vida frente a mis ojos. De repente tenía amigos de todo tipo para jugar.

En ese momento en que la fantasía se hacía realidad, como siempre me habían jurado que era imposible.

En esa lucesita que creí ver cuando me vino la chispa de la felicidad y reí a carcajadas sin poder parar. Realmente sin poder parar.

Allí cuando recordé que puedo hablar con los niños y descubrir cosas maravillosas de verdad. Como que los colores y lo divertido es lo primordial.

Encontré la partecita que me faltaba buscando entre rompecabezas incompletos y super emocionados por completarse a mucha velocidad. Despacio. A veces tenemos que volver atrás.

Agarre una pieza negra y enmohecida que formaba parte de mi, la deje en la basura y me fui feliz. ¿Quién dijo que yo alguna vez me iba a rendir? Jamás.

Un niño siempre regresa a jugar.

Feliz día del niño

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Shasmine Cianne, La Frankenstein Cibernética. Argentina.

 

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La mirada de la luna                  Todavía no                 Sahumerio de pasión

La doncella de plata, por Kanzas V.C.

Hace mucho tiempo existía una hermosa doncella; tan blanca como la nieve, sus ojos eran grandes y preciosos, como dos gemas brillantes pintadas en color ámbar. Sus cabellos platinados relucían ante los reflejos del sol por su excéntrico color; no muy común entre los pueblerinos. La joven era sencilla, casta y soñadora. Pero tenía un inconveniente.

Ella era conocida como la diosa de las virtudes y mucho se comentaba en el pueblo que podía conceder deseos, la consideraban como la hija de la luna.

Los rumores llegaron a oídos del príncipe, futuro heredero al trono. Una chica tan bella como ella debía ocupar un lugar a su lado, además le beneficiaría tener un codiciado tesoro entre sus manos.

La joven de alegre y cautivadora sonrisa, con el espléndido día soleado, decidió salir en busca de flores para su madre, estaba muy enferma y quería llenarla de regalos para levantar su ánimo.

la doncella de plata

Caminó y caminó largos trechos perdiéndose en la espesura del bosque mientras tatareaba una dulce  canción de cuna. Se detuvo a medio camino al encontrarse a un apuesto joven de brillante pero falsa sonrisa.

—¡Buenos días! —saludó muy animada la muchacha. Sin embargo, el joven no contestó, solo se acercó a ella muy galante sin perder ningún detalle de su figura.

—¿Desea algunas flores? ¡Tengo muchas! —comentó mostrándole el canasto lleno de tulipanes y margaritas. Pero el joven negó con la cabeza.

—Soy el hijo del rey, y puedo ofrecerte más que simples flores —continuó el príncipe— ¡Venga conmigo, joven damisela! ¡Le bajaré el cielo y las estrellas!

—¡Oh! ¡El hijo del Rey! —Sorprendida, bajó su canasto al suelo e hizo una pequeña reverencia— Es muy amable de su parte, pero  ¡yo pertenezco al cielo y canto junto a las estrellas! —contestó emocionada a la propuesta del príncipe, después de todo era una soñadora empedernida.

—De ser así, ¡Venga conmigo y  alzaré banderas en su honor! ¡Haré un altar y rezaré promesas de amor! ¡Joyas colgarán de espléndidos vestidos de seda con los que he de vestirla! —exclamó tratando de convencerla.

– ¡Hermosas cosas escuchan mis oídos de joven ingenua! –dijo con gran ímpetu– Pero he de decirle con pena, que mis ojos se maravillan por la belleza del mundo, mis oídos por las melodías del viento, y mi corazón por la verdad proferida de labios sinceros –finalizó con una grata sonrisa. El príncipe ofendido desenvainó su espada y de una sola estocada atravesó el corazón de la joven sin el menor remordimiento.

—¡Ingrata mujer de cabellos de plata! ¡Con la muerte pagará su osadía! —gritó amargo clavando más su espada en el pecho de la joven. Sus ojos ámbar poco a poco se opacaron perdiendo su brillo, pero logró a duras penas esbozar una radiante sonrisa antes de dar su último suspiro de vida.

Kanzas V. C. Nicaragua.

Nuestro primer beso, por Andrea Nunes

—¿Estás nerviosa?

—No… ¿Por qué?

—Trae… —le quita el vaso de la mano, lo coloca en la mesa. Le pasa la yema de los dedos por  la mejilla, le aparta el pelo de la cara— Quiero que estés cómoda.

—Estoy cómoda.

—Estás evitando mirarme…

—No… —la frase se queda a medias, iba a ser una mentira. Deja que sus miradas se encuentren. Deja que se atrapen. Ya no hay vuelta atrás.

Entreabre los labios. Entrecierra los ojos.

Se estremece, le cosquillea la nuca.

Recibe su aliento. Entrega un suspiro.

Se regalan un beso. Suave, apenas un roce.

Sus mejillas se encienden. Baja la vista, sonríe con timidez. Recurre a un abrazo para esconderse. Oculta la cara en el hueco de su hombro. Llena los pulmones con su aroma de mujer.

—No te preocupes, ya me has dado mucho.

Sí, pero ella quiere más. Abandona el hueco del hombro, sale de su escondite. Esta vez son sus ojos los que atrapan. Le acaricia el pelo, se lo recoge tras las orejas, baja por la nuca. Un segundo beso. Ella sola empieza a labrar su propio sendero hacia la perdición.

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En la cama. El beso (Toulouse-Lautrec, 1982)

 

No entiendo lo que ha pasado. No entiendo cómo ha podido pasar. Me ha mirado a los ojos y no he podido evitar asomarme al precipicio que abría su mirada. Ella lo ha notado, he visto cómo sus pupilas se agrandaban, como si quisieran aumentar el abismo, hacerme perder el equilibrio. Y es lo que ha sucedido, el terreno que pisaban mis pies se ha ido resquebrajando y yo he caído al vacío, de cabeza.

                                                                                                              Septiembre

Andrea Nunes. España.

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Un asalto a la cultura              Parasomnia                    Procrastinación

La chica numen, por Montserrat J. Covarrubias

La chica numen

De pronto, al salir del lugar, la oscuridad me deslumbra; allá dentro todo refulge en blanco impoluto, aquí ante la ignota realidad la noche carbonizada no ve ni una estrella y las nubes embriagadas por lluvia amenazan con vomitar y gritar truenos sobre relámpagos.

Me recargo en la verja que divide el idilio de la amenaza oscura, estoy a un simple paso de violar la penumbra, de hacerla temblar con risas inocentes y andares silenciosos. Entrego mis pensamientos al escrutinio de lo  que tengo al frente. En realidad no veo nada pero hay tanto, sé que hay  mucho porque mi cautiverio me ha hecho ser curiosa y cuando nadie mira yo echo ojeadas desesperadas al exterior. A cada lado, a unos dos metros de las columnas hay árboles, más allá pavimento que conduce a algún lugar, un par de bancas metálicas que a diario son refugio de enamorados y viajeros solitarios; en el otro extremo  pequeños jardines cercados con maderitas simétricas y flores amarillas que surgen de la nada, también hay objetos que son más de deseo que de realidad, mariposas de plástico y colibríes atados a campanas de viento,  farolas rústicas y ladrillos rojos construyendo sus mundos… pero no veo algo concreto.

En un arrollador acto de valentía levanto mi brazo a la altura del hombro y lo extiendo lejos de los límites de la última partícula de luz que toca mi piel. Todo lo existente más allá de mi codo es engullido por esa nata semitransparente materializada entre bancas, árboles y ladrillos rojos. Hay un sentimiento nulo, la oscuridad no se siente como algo especial así que doy el simple paso junto con un suspiro prolongado que nada más toca la penumbra, adquiere forma líquida. Le veo levantarse como un perfecto astro que sube casi rozando mi nariz para perderse lejos de mi entendimiento… ¿Que acaso si fuera acuosa podría volar?

Tan espontánea cavilación es interrumpida por un espasmo físico que consigue ovillarme un poco. Sin que lo note de entre las columnas principales surge una mano furiosa que jala de mi cabello y luego de mi camisa. Gritan mi nombre. No hizo falta mucho para traerme de vuelta. Con las manos raspadas y la curiosidad mareada trato de erguirme.

Sé que no estuve allí por más de medio minuto, ese lapso fue suficiente para desconectar un poco de mí. El piso tapizado con piedras de río me sostiene, pero a la vez yo sostengo cada una de ellas, suben por mis rodillas con cicatrices y se pierden en mi columna. Aquella mano salvadora me sorprende al ser dueña de un cuerpo entero… es ella, sí, es ella: la chica numen. Ahora me observa incrédula.

De repente lo sé, la certeza ahoga mis palabras pero vitaliza mis conjeturas. La chica numen me salvó pero al jalar de mi ropa lo hizo hacia el frente y por eso estoy de rodillas en el suelo, lo más sensato hubiese sido llevarme hacia atrás, regresarme a la luz… pero no.

Algo se rompe, es mi entendimiento, ¿por qué ya no es gris piedra de río?, ¿por qué no es negro carbonizado? Es la chica numen que dijeron había desaparecido en una roca estelar.

Entonces es como zambullirse en esa nata que está más allá de la verja, entonces se vuelve palpable, entonces corro hacia dentro tratando de salir…

Montserrat J. Covarrubias. México.

Cuento del miedo, por Geovanny Soto Sosa

El hombre manejaba solo, por una carretera solitaria, en una noche oscura de luna nueva. Las estrellas no querían brillar en un cielo tachonado de nubes abotagadas de agua. A ambos lados de la vía, la mala hierba crecía al parecer de su gusto, y las rocas, agazapadas entre aquella, esperaban como serpientes morder un tobillo descuidado.

   Venía de un trabajo, uno cualquiera, pues su vida era una de tantas en medio del desierto de los negocios. Con billetes en el bolsillo, este hombre no tuvo objeción en dejar listo el recorte asqueroso de un personal hambriento de ilusiones. Obeso de soberbia, conducía con la agudeza de su luz de largo alcance para dejar actuar con ingenio a otro tipo de agudeza dentro su mente que, desprovista de escrúpulos, maquinaba cómo abultar más sus cuentas de banco.

   El camino era conocido aunque no lo transitaba a menudo. Ajeno a la distancia por recorrer, más que en el asfalto se concentraba en su buena estrella atrapada con maña y descaro. De pronto, tuvo la impresión que el camino se hacía largo y la calle se angostaba un poco. “Tonterías”, se dijo, y siguió maquinando. En eso, después de una curva, una mujer, a distancia prudente, le hacía señas para que le llevara. Le pasó al lado sin volverla a ver. Se rio, y no le dio importancia. Entonces sintió una presencia dentro de su auto, una persona de más, un ser irradiando furia que le quemaba su nuca. Miró por el retrovisor y… nada. Nadie le acompañaba.

   Sin embargo, la presencia era tan real como el volante que sostenía. “Nervios y cansancio”, se dijo.

   La noche se puso más oscura. Comenzó a llover.

   Conforme avanzaba, le constreñía el cuerpo un calor espeso. Puso el aire acondicionado.

   El hombre seguía conduciendo por una carretera que no terminaba, al igual que el calor. El aire artificial no cumplía.

   El aguacero se burlaba con insolencia.

   Conduciendo con eficacia, el hombre ya solo atinaba a acelerar. Llegar lo más pronto posible a casa. Dejar el calor atrás, la lluvia atrás y a aquella presencia…

   El aguacero golpeaba sus cristales con rabia. La carretera se embadurnaba con esa agua como si fuera ungüento balsámico. Y el hombre no veía el final del viaje.

   Antes de una curva larga como lengua de oso hormiguero, observó de nuevo a aquella mujer haciéndole parada sin reparar en ello, su mente estaba obnubilada. Irritado por tanto, aceleró para mojarla al pasarle al lado, y lo logró. Dos segundos después, al dejar la curva, sintió un par de manos mojadas apretando leve su cuello. Se desesperó. El volante quedó a su albedrío, y, cuando el carro se disponía a caer por un barranco muy hondo, se detuvo abrupto en la orilla. El hombre ya no sintió aquellas manos mojadas, pero vio a una mujer frente al vehículo, bajo la lluvia, apoyando una mano sobre la tapa del motor. Flotaba, con un resplandor azulado apenas perceptible. El hombre sintió un dolor insoportable en el pecho, como si alguien se lo estuviera escarbando con un puñal. Y de pronto, horrorizado, vio como una mano salía de su pecho sosteniendo un trozo de carne putrefacta que parecía latir. Afuera, la mujer, de rostro arrugado y ojos blancos como luna llena, extendía el otro brazo sin su mano.

   El hombre, paralizado de miedo, miró cómo aquella mano se llevaba la carne putrefacta y llegaba hasta la mujer. Luego, apartándose esta del frente, levantó la mano que sostenía al vehículo y lo dejó caer a lo hondo del barranco.

Geovanny Soto Sosa. Costa Rica.

el cuento del miedo

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Porque siempre quise conocer la nieve (taller literario)

De camino a casa, por Jenny Fernández

De camino a casa

De camino a casa se sumergió en sus pensamientos sin darse cuenta mientras miraba por el cristal del autobús, como siempre, con sus cascos puestos escuchando canciones que, ahora sí, hablaban de él.
Fue entonces, en medio de sus pensamientos y una canción terriblemente cruel que decía “no quiero estar sin ti”, cuando se dio cuenta de que le debía, por lo menos, media vida. Le debía unos ojos, porque él le dejó los suyos para ver su mundo algo menos triste, más mágico, y por supuesto, más libre. Le debía unas manos firmes y que tranquilicen, porque él usó las suyas para sostenerla a ella y llenarla de caricias así como de cosquillas que nunca aceptaba de vuelta. Le debía lágrimas, litros de dulce agua salada que ellos tanto valoraban. Se las debía porque fue gracias a él que aprendió a llorar bien, para limpiar y purificar. Para perdonar, e incluso para curar. Se las debe, porque siempre que las derramó cayeron sobre su pecho que siempre fue, es, y será, la mejor almohada en la que dormirá jamás.
Le debía una espalda también, por cargar con todas las mochilas que llevaba ella sobre la suya mientras aprendía que solo una mochila, era la suya. Le debía una clase práctica de besos en la espalda en forma de agradecimiento, con un ‘gracias’ susurrado al oído, por enseñarle a vivir a cambio… de tan solo un suspiro al dormir, y otro al despertar.
Se dio cuenta pues, de que necesitaba saldar sus deudas con él, a largo plazo y con intereses.

Jenny Fernández, de su libro Los suspiros de Nay. España.

de camino a casa