La leyenda de Onninnona, capítulo XX

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Capítulo 20

                 —Pero… ¿quién eres?

            Saxtris no podía creer lo que estaba viendo. Un licántropo de clase lobuna estaba ante él. No podía creerlo.

            —Tu maestro pecó de arrogante si creía que nadie se iba a dar cuenta del hechizo de resurrección que utilizó contigo —Su cuerpo musculado y sus casi tres metros de altura le conferían una apariencia imponente—. Los druwides de la zona se dieron cuenta de la distorsión en el gokui y convocaron una reunión secreta para hablar del asunto. Yo fui el elegido para ir en tu búsqueda —En ese momento se giró hacia Luz, que seguía un poco asustada—. Lo siento, niña. Debía mantener en secreto mi misión.

            La joven todavía seguía conmocionada ante la verdadera identidad de Copito, aunque ahora que sabía que era un licántropo por fin entendía la gran estatura que tenía en su forma animal. Mare le había dicho que había lobos que alcanzaban una gran estatura pero en el fondo nunca le había creído del todo. Ahora que sabía quién era entendía su estatura, fuerza y resistencia.

            Aceptando el hecho de que había estado viajando con alguien de su especie, no pudo evitar acercarse y tocarle la piel. Su tacto era suave y cálido. La luz que silueteaba a su alrededor le confería una apariencia formidable.

            No pudo evitar sonreír.

            —Bueno, mi antiguo aprendiz —El druwide se levantó y después de crujir los huesos del cuello se quitó la túnica blanca, dejando al descubierto por primera vez los tatuajes de los nudos celtas que tenía en los hombros—. Será mejor que te rindas. No puedes ganar esta batalla y te aseguro que esta vez no me dejaré matar —subrayó enfáticamente con el semblante serio.

            Todo el grupito se puso en posición de combate y formaron una línea detrás de Copito, que encabezaba al grupo.

            Espólitor lo había estado observando todo con detenimiento sin creerse cómo habían cambiado las tornas. Sabía que el plan original tenía pocas posibilidades de victoria sin contar con la aparición del hombre lobo, pero ahora que este se había añadido a la ecuación, estaba convencido de su derrota. La inmunidad natural al gokui que tenían los de su especie los hacían unos adversarios terroríficos. Por otra parte, una idea empezó a formularse en su mente. No había planeado llevarla a cabo tan pronto, pero ahora ya no tenía nada que perder. Hiciera lo que hiciera, su muerte estaba asegurada.

            —¡No creas que te será tan fácil derrotarme! —chilló Saxtris, empezando a desplegar su gokui putrefacto a su alrededor—. ¡Espólitor, ataca!

            Su cara enloquecida lo decía todo. No iba a dejarse capturar y así lo demostró empezando a reírse como un maníaco mientras empezaba a formar un círculo de poder que quemó la hierba del suelo.

            —Esto se acaba aquí —El salvan se le había acercado por detrás y le había descargado su elf-shot*—. Es hora de que mueras de una vez…

            En ese momento Saxtris empezó a notar una quemazón horrible en sus pulmones. La furia que surgió ante tal traición, fue suficiente como para derribarlo con una llamarada que envolvió su cuerpo.

            —Estúpido elfo —La sangre empezó a surgir de su boca—. Podíamos haber gobernado este territorio…

            En ese momento las llamas acabaron de calcinar los últimos huesos del salvan, dejando tras de sí nada más que polvo. El viento fue el encargado de llevárselo en sus brazos muy lejos de ahí.

            Onninnona era la única del grupo que no estaba sorprendida ante lo que había pasado. Sabía por experiencia que el miedo no es el mejor sentimiento a trasmitir si  se quiere conseguir seguidores. Eso a la larga implicaba traiciones para liberarse de sus captores. Toda la vida había sido así.

            Rápidamente Saxtris dejó de poder manifestar su gokui. Sus fuerzas estaban menguando. El dardo que le habían clavado le estaba quemando por dentro, poco a poco, todos los órganos. No podía creerse que todo hubiera acabado así.

            Tumbado en el suelo, pudo ver cómo su antiguo maestro se le acercaba y le contemplaba con compasión. Eso le enfureció todavía más.

            —Puede que yo haya muerto —Su cuerpo empezó a convulsionarse a medida que sus órganos empezaban a fallar—. Pero mi venganza para todos los traidores ya está en marcha —En su último aliento consiguió mostrar una sonrisa satisfactoria.

            Saxtris había muerto.

            —Esto no es bueno —soltó de repente Copito, indignado—. Él solo era el aprendiz. Mi objetivo era localizar a su maestro. Ahora que ha muerto me será prácticamente imposible descubrir quién es el verdadero artífice de todo esto…

            —El tiempo pone a todos en su sitio —rumió por lo bajo el druwide mientras movía el bastón alrededor de su antiguo aprendiz—. Seguro que con el tiempo nuestro enemigo volverá a dar la cara.

            En ese instante las llamas surgieron alrededor del cuerpo esquelético de Saxtris.

            —Esta vez me aseguraré de que nadie vuelva a manipularte, querido alumno…

            En absoluto silencio, todos observaron cómo las llamas consumían definitivamente lo poco que quedaba del cuerpo del antiguo vate*. Los pocos bandidos que seguían observando la escena, empezaron a huir con temor a ser apresados. Por desgracia para ellos, Copito se había quedado con las ganas de combatir y fue en su captura.

            Nadie dijo nada, pero sin darse cuenta todos empezaron a comprender lo que acababa de ocurrir. Hasta ahora habían estado en completa tensión por los acontecimientos que se estaban desarrollando, pero ahora que había acabado, todo les pareció un sueño. Solo Onninnona parecía estar en tensión, como si algo le impidiera exclamar victoria.

—Maestro, ¿qué ha querido decir Saxtris con sus últimas palabras?

El druwide se sobresaltó al oírla como si las llamas le hubieran estado hipnotizando.

            —No te preocupes, solo eran palabras vacías.

            Quería seguir insistiendo en el tema, cuando en la lejanía vio llegar dos jinetes, desde el campamento de ambos ejércitos, montados en moa.

            —Qué habrá ocurrido…

            La rîgos Alana tuvo un mal presentimiento.

            Sus sospechas se manifestaron cuando ambos emisarios proclamaron sus mensajes en alto. Tanto en las zonas del norte como del sur, los bindir estaban enfermando con unos síntomas parecidos a lo que había acabado matando a ambos ejércitos.

            La noticia golpeó de lleno a Duminólix, que no pudo evitar caerse al suelo.

            —¿Qué has hecho…? —le susurró al difunto Saxtris, del cual ahora ya solo quedaba polvo.

            —Su última jugada —comentó la guerrera tras sopesar el impacto de todo aquello—. De algún modo ha logrado envenenar a prácticamente todo el territorio.

            —Así que al final se ha salido con la suya…

            Vencip dio un puño en el suelo frustrado por todo aquello.

            —Todavía hay esperanza.

            Todos depositaron sus miradas en Onninnona, que parecía muy segura de sí misma.

            —Maestro, utilice el método original para transportar, mediante el agua, un hongo curativo —La idea se le iba formando a medida que iba hablando—. Se lo comunicaremos a todas las aldeas. Debería ser capaz de minimizar las muertes que pueda causar el envenenamiento.

            Ante esa idea todos empezaron a creer que todavía tenían alguna posibilidad de salir victoriosos, mas el druwide no se entusiasmó tanto como el resto.

            —Me temo que es imposible —El anuncio paralizó al grupo—. Mis fuerzas flaquean. No tengo ni un ápice de gokui para llevar a cabo tal proeza….

            Nadie podía creer que ahora que habían logrado averiguar cómo contrarrestar el veneno, no tuvieran fuerzas para llevarlo a cabo.

            —No puede ser… —empezó a decir Alana indignada por todo aquello.

            Mientras todos pensaban en algún otro modo para salvar a cuantos bindir pudieran, Onninnona tomó una decisión.

            —Utilíceme a mí —exigió con decisión—. Extrae toda gota de gokui del que disponga y salva a todos.

            Hizo callar a todos con su mirada, sin que nadie pudiera discutir sus palabras.

            —Alana, Vencip, no olvidéis lo que habéis aprendido en vuestra convivencia juntos y extendedlo entre los clanes. Ahora está en vuestras manos impedir que la enemistad vuelva a brotar en los corazones de todos —Con tranquilidad se acercó a su pequeña amiga y le dio un beso en la frente al mismo tiempo que le susurraba—. Recuerda lo que de verdad importa en la vida —Tras eso, Vencip inclinó la cabeza en señal de respeto para luego colocarse al lado de su compañera, a la cual abrazó—. Pequeña ladrona —Se acercó a Luz y la miró con detenimiento—. Tienes un futuro grandioso por delante. No dejes que nada te impida caminar hacia él—Entonces, con dulzura, la abrazó—. Te entrego mi gran carga para que la lleves a buen destino. Estoy segura de que encontrarás a su siguiente propietario.

            Sin entender a qué se refería, Luz se quedó quieta mientras observaba cómo Onninnona se desenganchaba su espada y se la entregaba. Hasta ahora había dado por hecho que era su propia espada, pero a medida que sostenía el arma, empezó a recordar que en ningún momento había sido desenfundada bajo ninguna circunstancia. No sabía bien, bien qué hacer con ella, pero no pensaba defraudar a Onninnona.

            Con fuerzas renovadas, agarró fuerte el arma y asintió.

            Sin más tardanza, Llamas Silbantes decidió montar por última vez en Cerdi, para que le llevara, junto al druwide, al río que había al oeste.

            Sabía que no debía mirar atrás, así que cuando emprendieron viaje, se resistió a mirar. Entendía lo que iba hacer y estaba decidida a hacerlo, aunque estaba segura de que MacFinn hubiera querido que utilizara el gran poder que albergaba la espada para aquel hechizo, pero ella sabía que todavía no había llegado la hora de que el arma saliera a la luz.

            Intuía otro destino para Dumlet.

            A medida que galopaba con premura hacia su última gran aventura, la guerrera no dejó que la tristeza le invadiera. La muerte les llegaba a todos de una manera u otra, había muy pocos elegidos a los que se les otorgaba la posibilidad de escoger su final.

            Al atisbar el río, Onninnona apremió a Cerdi.

            Al llegar a la ribera, el druwide desmontó y al acercarse al agua, contempló su rostro.

            —Siento todo esto —Se disculpó otra vez—. Si tan siquiera estuviera recuperado del todo, no haría falta que sacrificaras tu vida. Mi soberbia te está a punto de matar, Onninnona…

            —No es cierto —Se le acercó y le colocó la mano en su hombro—. El destino siempre es incierto. Todo pasa por alguna razón. He vivido muchas aventuras a lo largo de mi vida y si mi final es este, lo aceptaré con gusto si con ello logro salvar a alguien —En ese momento se giró y se acercó a Cerdi—. Solo tengo algo que pedirle —El gregún intuía lo que iba a pasar y había empezado a gemir de tristeza—. Cuide de él.

            Entonces el animal se encabritó y se removió como si no quisiera aceptar lo que estaba a punto de suceder. Antes de que Onninnona lograra calmarlo, este tomó una decisión y empezó a manifestar su gokui al mismo tiempo que se tumbaba en la hierba y miraba detenidamente a su amiga.

            —Creo que Cerdi también ha tomado una decisión —se aventuró a decir el druwide al ver la mirada del animal.

            En ese momento la mujer no pudo evitar derramar unas lágrimas. Nunca le hubiera pedido que se sacrificara por ella, pero el hecho era que ya había tomado una decisión y sabía que no podía hacer nada para hacerle cambiar de parecer, así que con dulzura se tumbó en la hierba, recostando su cabeza en el estómago de su amigo. Este acercó su cabeza al costado de la mujer y ambos se entrelazaron en un abrazo, mientras empezaban a desprender sus gokui.

            Al ver la escena, Duminólix sacó unos puñados de los hongos que utilizaría de un frasco que tenía en el cinturón, y empezó a formular el hechizo, entretanto dejaba que los hongos empezaran a flotar y a reproducirse por el agua. El hechizo duró un poco y a medida que el druwide iba succionando ese gokui esmeralda de los cuerpos de Onninnona y Cerdi, se juró a sí mismo que de algún modo compensaría los daños que había causado su incompetencia.

            La vida de la pareja de amigos empezó a esfumarse plácidamente mientras estos se dejaban llevar por el suave sonido de la naturaleza que les rodeaba.

            Lo último que vieron sus ojos fue el revolotear de tres gráciles pájaros sobre sus cabezas.

 

*Elf-shot: Significa golpe de hada o golpe de elfo. Es el arma más peligrosa de los seres del Mundo de las hadas y los elfos. Esta arma es como una punta de flecha disparada como un dardo. Tiene la capacidad de dañar partes vitales sin dañar la piel.

*Vate: Categoría que podías obtener después de pasar las pruebas de aprendiz de druwide. Se especializaban en la sanación y el gokui. Es un camino delicado ya que el poder del gokui es algo que solo las mentes más equilibradas pueden dominar sin desviarse del camino de la bondad y la luz.

Luna Sullyr.

Mañana publicaremos el epílogo de La leyenda de Onninnona. ¡No te pierdas el final de la historia!

La leyenda de Onninnona, capítulo XIX

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Capítulo 19

            En las entrañas del mundo, sin que nadie perturbara su descanso, el druwide Duminólix se despertó de su sueño reparador en una cueva solitaria. Un alarido surgió de su garganta reseca mientras movía su cansado cuerpo. Sus ojos tardaron un poco en acostumbrarse a la poca luz que desprendían los cristales de las paredes. Con mucho esfuerzo empezó a levantarse mientras su mente empezaba a reorganizarse del despertar. Todo estaba muy confuso, como todas las veces que le habían “matado”. Al notar su cuerpo desnudo, rebuscó en un baúl un par de prendas para entrar un poco en calor, mientras su sangre volvía a circular con normalidad por su cuerpo.

            Una vez vestido, se sentó en el suelo, mientras observaba cómo las letras grabadas de las paredes no paraban de iluminarse. En ese momento no pudo evitar acordarse de cuando construyó todo ese lugar, decidiendo así partir su alma. Era muy joven entonces, meditó para sus adentros mientras observaba cómo su pelo y su barba empezaban a desprendérsele.

            Notando que su cerebro empezaba a funcionar de nuevo plenamente, decidió meditar qué debía hacer a continuación. Sabía que había pasado una luna entera desde que su descuido lo había conducido a su guarida, así que debía suponer que los acontecimientos habían avanzado en su ausencia. Debía saber qué estaba pasando entre los clanes, se dijo a sí mismo.

            Sabía que necesitaría de un poco más de tiempo para recuperarse al cien por cien, pero el tiempo corría en su contra; por consiguiente, cogió una fruta guna guna* del baúl y empezó a comérsela mientras acababa de vestirse y se preparaba para el viaje.

~·~

            Se había formado una pequeña pausa en las batallas a causa de las inesperadas muertes por parte del Clan Aullador y las inesperadas enfermedades por parte del Clan Roca Maciza. Nadie sabía cómo había podido pasar, pero el hecho era que más de la mitad de ambos ejércitos o se habían muerto por cánceres fantasmas o se habían vuelto locos.

            La situación era crítica en ambos bandos.

            En el bando de los Aulladores todos estaban apenados por la muerte furtiva de su rîgos. Los curanderos habían dictaminado que un cáncer en el corazón había acabado con su vida. Aun así, estaban desconcertados. La curandera jefa era una aguana* muy respetada por todos sus compañeros y tras ver el cáncer, no se lo podía creer. Justo antes de la partida hacia la batalla había examinado con detenimiento al rîgos y estaba segura de que no tenía ningún indicio de cáncer. Nunca había visto que un cáncer se formara y matara en apenas una luna.

            El pánico vino cuando los ayudantes y los curanderos empezaron a examinar los cuerpos de los moribundos. Todos habían  padecido la misma enfermedad. Ya fuera cáncer de corazón, pulmón o cerebral. La aguana no había visto nunca nada parecido y solo había podido hacer una cosa. Ordenar que quemaran toda la comida y bebida que tuvieran, para un rápido examen con el fin de verificar algún otro infectado.

            Así habían pasado las noches de duelo. Preocupados y sin obtener ninguna respuesta.

Por otra parte, en el Clan Roca Maciza se había impuesto la seguridad total. Era una medida extrema que impedía que nadie del campamento saliera de él, bajo ninguna circunstancia. Los curanderos del ejército estaban trabajando sin demora, intentando averiguar qué había producido ese brote repentino de locura.

            El primero en morir por la enfermedad fue el rîgos, que después de una noche de gritos, se quedó mudo con una sonrisa siniestra en la cara. A medida que pasaba el tiempo, los infectados habían ido muriendo uno a uno. Ahora mismo apenas quedaban un par de decenas de soldados sanos, mientras que los trastornados iban causando estragos por falta de vigilancia. Había llegado un punto, que el coronel Mirenín junto con el príncipe Vencip, habían decretado que se matara a todos aquellos que empezaran a padecer la última fase de locura. No querían que hubiera más víctimas.

            No había tiempo para pedir ayuda ni para encontrar una cura, así que al descubrir que el causante había sido un alimento en mal estado, que había podrido grandes partes del cerebro, se decretó la muerte de los ahora escasos infectados. No valía la pena hacerles sufrir más.

            Su muerte era segura.

            —¿Ahora qué hacemos, mi rîgos?

            Al oír las palabras del coronel, al antes príncipe se le hizo un nudo en el estómago. Sabía lo que eso significaba. Si no quería que se produjera una guerra civil, debía asumir el cargo de jefe del clan y despedirse para siempre de la vida tranquila y feliz con Alana.

            —Señor, debes tomar una decisión —avisó con premura el anciano general al ver el semblante perdido del joven rîgos.

            —Envía un emisario al Clan Aullador —respiró hondo para darse fuerzas mientras pensaba en Alana—. Solicita una reunión con su nuevo rîgos. No tiene sentido combatir más —bramó sin poder evitarlo al ver cómo había cambiado su vida en apenas unas noches.

            Al ver la rabia de su líder, Mirenín asintió en silencio y se esfumó fuera de la tienda para cumplir con la orden dictaminada.

            A la noche siguiente, justo cuando el sol salía por entre los peñascos de las montañas, ambos rîgos de cada clan, junto con una pequeña escolta, se encontraron en la pequeña llanura donde se había producido una de tantas batallas.

            Del Clan Roca Maciza, aparecieron Vencip, Mirenín, Luz y Copito, mientras que de los Aulladores aparecieron Alana, Chinchín, Onninnona y Cerdi.

            Nada más acercarse, ambos amantes desmontaron de sus caballos y se acercaron para darse un fuerte abrazo.

            —Siento mucho lo ocurrido —le susurró Alana al notar la tristeza de Vencip.

            —Yo también siento tu pérdida…

            La reunión comenzó inmediatamente después de que ambos rîgos se serenaran. Los dos altos cargos de los ejércitos expusieron la situación de sus tropas, cuando de repente, un círculo de poder interrumpió abruptamente la reunión.

            Todos se pusieron en guardia ante la interrupción. Solo cuando Onninnona pudo visualizar la silueta del druwide Duminólix, se apresuró a calmar el ambiente haciendo las correspondientes presentaciones.

            —Siento la interrupción, pero he venido a desvelar el misterio de toda esta muerte —expuso el anciano druwide.

            Llamas Silbantes era la única que lo había visto con anterioridad así que fue la única que se sorprendió al ver el cuerpo esquelético del hombre. A parte de la desaparición de su barba dorada y su pelo, las arrugas surcaban todo su cuerpo como si de repente hubiera envejecido muchos soles de golpe. No entendía qué le estaba pasando y cuando el maestro desvió la mirada hacia ella, esta entendió el mensaje. Luego hablarían del asunto.

            El ahora anciano druwide, se sentó con cuidado en el suelo, acto que imitaron todos los presentes. Seguidamente empezó a relatar todo lo que sabía de Saxtris, el ardid de toda aquella muerte.

            Ninguno se quedó indiferente cuando escucharon la teoría del druwide, que decía que la destrucción de las tabernas de ambos linderos de las montañas se había producido para que los suministros para los ejércitos fueran escasos, con el fin de que Saxtris pudiera infiltrar a sus subordinados a modo de mercaderes que ayudaban en el aprovisionamiento de las tropas.

            Estuvo un buen rato narrando los acontecimientos, desde quién era verdaderamente Saxtris, hasta su último encuentro con él, omitiendo que había muerto en ese encuentro.

            —La muerte y la locura propagada por ambos ejércitos es culpa mía —confesó apesadumbrado, agarrándose fuertemente a su bastón que tenía incrustado un rubí azul en su extremo—. Yo fui quien enseñé el método de propagación a mi antiguo alumno.

            —¿Por qué iba a enseñarle a propagar la muerte?

            Onninnona no se lo acababa de creer.

            —En principio yo le enseñé a utilizar un hongo microscópico para propagar una cura inmediata en caso de extrema necesidad —expuso derrumbado por su pesar—. No sé cómo, pero ha conseguido contaminar el hongo curativo para que produzca alteraciones en el cuerpo.

            —¿Por qué a unos ha causado la muerte y a otros la locura?  —preguntó Vencip, entendiendo desde buen principio que por mucho que se culpara al druwide, él no tenía la culpa de todo aquello.

            —Dependiendo del método de propagación se obtienen unos resultados u otros. Me aventuraría a decir que la propagación de la enfermedad fue muy distinta en ambos ejércitos.

            Intentando asimilar toda aquella nueva información, los allí presentes empezaron a ver la luz al final del túnel. Ahora que sabían todo aquello, tenían un enemigo en común y eso de algún modo les insufló renovadas fuerzas.

            —Creo que sería prudente volver a nuestros hogares y exponer lo que ahora sabemos a nuestros consejos —Onninnona se levantó y estiró su cuerpo—. Deberíamos volver a reunirnos dentro de tres noches para organizar una búsqueda exhaustiva de Saxtris —aconsejó con determinación mientras observaba a los dos jóvenes que acababan de recibir la carga de liderar a sus respectivos clanes.

            —Sabias palabras, mujer.

            En ese momento todos desviaron su mirada hacia el hombre que acababa de hablar.

            —Creo que no puedo permitir que salgáis con vida de esta reunión —berreó con la satisfacción de un cazador al atrapar a su presa indefensa—. Creo que contaré que ambos bandos se enzarzaron en una disputa y que por desgracia yo, un druwide ermitaño que pasaba por ahí, fui el único en salir vivo de la contienda —acabó burlándose al mirar a su decrépito maestro.

            En ese momento los cuatro bandidos que quedaban de la banda de Espólitor, junto a él, aparecieron de la nada, detrás de Saxtris.

            —Creo que te equivocas —empezó a decir Copito, sorprendiendo a todos los presentes, incluido a Luz—. Tu arrogancia será tu perdición —dictaminó el licántropo empezando a cambiar a fase híbrida, estirando su cuerpo mientras observaba cómo su presa empezaba a retroceder aterrorizada.

*Fruta guna guna: Fruta autóctona de Bíroc, que se encuentra en los fondos de los ríos o del mar. Propiedad principal: revitalizante para cuerpo y alma.

*Aguana: Es un hada del agua y la versión hembra de los salvani. Tienen una gran envergadura, larga cabellera, y una voz dulce y armoniosa.

Luna Sullyr.

La leyenda de Onninnona, capítulo XVIII

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Capítulo 18

 

En la llanura que precede a las Montañas del Crepúsculo

            La tristeza y el abatimiento fluían sin barreras entre todos los soldados del Clan Roca Maciza. Nadie sonreía, ni gritaba. Todos los supervivientes agachaban la cabeza mientras volvían a sus tiendas y/o a las enfermerías donde los curanderos les hacían esperar, por el abrumador trabajo que tenían para salvar a tantas vidas como pudieran.

            La última derrota en las montañas había dejado una gran herida en los corazones de todos, incluido al rîgos del clan, que contemplaba a todos sus soldados desde la seguridad de su tienda.

            En su interior se encontraba acompañándole el último coronel que le quedaba.

            —Será mejor que volvamos a la aldea —asesoró con desánimo al contemplar las cifras de las bajas, en un trozo de papel—. Aquí ya no nos queda nada.

            El orgulloso Vecicín hizo el ademán de rascarse la barba, pero al momento se acordó de que ahora esta tenía un rojizo sangriento que le recordaba la última derrota donde había estado a punto de padecer.

            —El enemigo está débil —soltó de repente pensando en voz alta mientras se movía por la tienda—. Si lográramos atravesar sus defensas y matar a su líder, la batalla terminaría —aplaudió de forma esporádica intentando animarse de una forma poco coherente.

            Al ver la reacción de su superior, el coronel se estremeció. Su rîgos estaba empezando a perder la cordura. Su risa estridente y sus ojos desorbitados no podían significar nada bueno.

            —Señor, con su permiso —interrumpió con miedo las risitas del hombre al que había admirado durante tanto tiempo—. Creo que será mejor que aceptemos que vuestro hijo está perdido.

            —¿Mi hijo?

            Al ver que Vecicín ya ni tan siquiera recordaba por qué se había producido todo ese conflicto, un atisbo de urgencia empezó a surgir del interior del coronel. Debía hacer algo, pero no sabía qué hacer en esa situación.

            —Si me disculpa —Empezó a retirarse con disimulo hacia la puerta—, iré a ver cómo están mis soldados.

            —Vete, vete —le apremió ahora con el semblante muy serio, casi enfurecido—. Prepáralos para atacar en cualquier momento —añadió con determinación sin parar de rascarse la calva mientras miraba el mapa que tenía desplegado en su mesa.

            Sin demorarse más de lo preciso, el hombre salió de la tienda y respiró una gran bocanada de aire como si hasta el momento se hubiera olvidado de respirar. La confusión que sentía en ese momento era sobrecogedora. El único que podía darle poder para hacer algo era el consejo del Clan, pero temía que no le tomaran en serio.

            Un pájaro silvestre apareció de la nada cantando su melodía, mientras surcaba un rayo de luz que había conseguido atravesar la niebla de muerte y tristeza que se adhería por todo el campamento, otorgándole al desdichado hombre un segundo de tranquilidad.

            —Padre, imploro tu guía en estos momentos de incertidumbre —Alzó la mirada al cielo mientras unos cuervos en la lejanía le devolvían rápidamente a la realidad—. Madre, por favor, protege a tus hijos para que no caigan en la locura…

            Sabía que los Dioses no iban a bajar del cielo e imponer su voluntad por mucho que los invocara, pero eso le daba igual. No podía evitar augurar algo bueno siempre que hablaba con ellos.

            En ese momento empezó a caminar por entre las tiendas, cuando un pequeño rocío empezó a caer.

            —Señor —le interrumpió un soldado de forma abrupta—. Hay alguien a quien tiene que ver —aseveró con la voz entrecortada por el esfuerzo que había hecho al ir a su encuentro.

            Al girar la cabeza y contemplar al soldado, no sabía qué esperar. Solo cuando vio quién estaba precediendo a su subordinado, empezó a pensar que los Dioses le habían escuchado.

            —Por fin un milagro… —se aventuró a decir, sin poder evitar que unas lágrimas abrazaran el agua que surcaba su rostro.

~·~

Entre las montañas

 

            La euforia por las continuas victorias que habían conseguido daba ánimos y confort a los soldados del Clan Aullador. Todos habían recuperado el espíritu de lucha al contemplar cómo hacían retroceder al vasto ejército del enemigo. Como si de un lejano pasado se tratase, habían olvidado las primeras derrotas a manos del clan enemigo. Así de frágil era la balanza en la moral de los soldados en una guerra.

            Mientras todos empezaban a celebrarlo con canciones y toda la comida de la que disponían, el rîgos Alborex no paraba de pensar en su querida hija. Sabía que las últimas batallas habían estado a su favor, pero eso no le decía nada. Por el momento no veía nada que le indicara que estaba más cerca de recuperarla.

            Después de despachar a Chinchín para que lo celebrara con sus compañeros, se había quedado en silencio en la tienda mientras observaba el cielo por la ventana.

            ¿Por qué estamos combatiendo? Se preguntó, ahora que los ejércitos de ambos clanes se habían reducido a apenas un par de cientos. ¿Qué comenzó todo esto? ¿Fue la desaparición de los príncipes o fue algo más? El abatimiento empezó a hacer estragos en su salud. Algo en su interior le decía que esto no estaba bien.

            En ese momento apareció su marido con su clásica túnica marrón de viaje.

            —¿Qué te pasa? —le preguntó al ver su mala cara.

            Un segundo más tarde, el rîgos se cayó al suelo y el desconcierto se apoderó de Albin.

            —Alborex… ¡¡Alborex!! —le gritó asustado mientras recorría la distancia que les separaba en un segundo. Cogió su cabeza y empezó a darle golpecitos—. ¡¡¡Despierta!!!

            Justo cuando tenía intención de pedir auxilio, el rîgos abrió los ojos.

            —Albin… —consiguió articular empezando a reincorporarse—. Estoy bien, tranquilo —le aseguró al ver la cara de preocupación—. Solo ha sido un pequeño mareo.

            —Te debería ver un curandero —le asesoró con  premura mientras lo ayudaba a tumbarse en la cama.

            —Perdóname —empezó a susurrar a medida que iba cerrando los ojos—. Es todo culpa mía —En ese momento Albin le tapó con una fina sábana—. Nuestra hija se fue por mi culpa…

            Sin esperar respuesta, se quedó totalmente dormido.

            —Señor, han venido… —interrumpió de repente un soldado—. Perdone, no sabía que nuestro señor se encontraba descansando —se apresuró a decir viéndolo en la cama.

            En ese momento se percató de la cara petrificada de su cónyuge.

            —¿Pasa algo…?

            Albin siguió sin decir nada. Seguía mirando a su marido con la mirada perdida, notando cómo   había dejado el mundo de los vivos.

            En ese momento alguien entró en la tienda.

            —¿Papás, estáis ahí?

Luna Sullyr.

 

La leyenda de Onninnona, capítulo XVII

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Capítulo 17

En un barco mercante

 

            El mar de la costa del Clan Pesquero estaba un tanto agitado aquella mañana de verano. Ya se había previsto la noche anterior que muy posiblemente una pequeña tormenta, procedente del oeste, se aproximaba, pero la magnitud de las nubes que se vislumbraban por el horizonte, había dejado a más de uno atónito. Iba a ser una gran tormenta.

            Todos en el clan se habían empezado a preparar para la embestida del viento y la lluvia. La preocupación de los aldeanos por aquella tormenta, había hecho que un navío, que acostumbraba a recoger provisiones en el puerto cada poco tiempo, pasara inadvertido. Estaba a escasos kilómetros de la costa, parado, sin ningún movimiento aparente.

            No obstante, eso no reflejaba lo que de verdad se estaba tramando en su interior.

            El barco había echado el ancla a pesar de ser peligroso hacerlo cuando una tormenta está a punto de hacer su aparición. Los pocos tripulantes que había en la cubierta estaban sin hacer nada, mirando el horizonte, como si con la sola idea de atracar en el puerto, fuera suficiente para que su líder decidiera hacerlo.

            El miedo estaba haciendo estragos en cada uno de ellos, en especial a una pareja de brownies a los que no les gustaba nada la pinta que tenía esa tormenta.

            En contraposición con las emociones que se podía palpar en la superficie, en el interior del barco, en el gran camarote del capitán, el cual había muerto hacía muchísimas lunas, se encontraban dos individuos, discutiendo el plan a seguir. Un hombre de tez grisácea y un salvan con graves cicatrices por toda la cara.

            Al parecer ninguno de los dos parecía estar de acuerdo.

            —Todavía está esa maldita mujer de la que te hablé —la voz de Espólitor hacía rato que había dejado de ser calmada. El castigo infringido por su líder, que le había recubierto toda la cara de cicatrices, había sido el detonante para que empezara a odiar a su superior—. Si nos acercamos a los ejércitos y esa mujer nos localiza, podría enviar a los soldados a cazarnos. Tenemos que ser precavidos —amonestó imperiosamente para que su líder entrara en razón.

            —La jugada final está cerca. ¡No podemos acobardarnos! —exclamó amenazadoramente Saxtris haciendo mucho énfasis en las palabras—. Estamos muy cerca de asestar un duro golpe a los clanes. Debemos estar decididos a darlo todo…

            Las últimas palabras del hombre revivido habían dejado muy claro al elfo lo que eso significaba. Si todos debían morir para que la misión tuviera éxito, no era de importancia;lo que para él era algo intolerable. Por desgracia, de momento no podía hacer nada al respecto así que se guardó sus palabras.

            La tormenta les alcanzó justo en ese momento, así que el barco empezó a moverse de una manera alarmante, mas ninguno de los dos parecía notarlo, ya que permanecían quietos mirándose detenidamente.

            Al final fue el bandido quien desvió la mirada y se fue del camarote, con la intención de dar órdenes a los escasos subordinados que todavía le quedaban, para que levaran anclas y se dirigieran al puerto.

            Solo de nuevo en el camarote, Saxtris volvió a examinar su mapa y a repasar el plan a seguir mientras volvía a calcular las probabilidades de éxito. Sabía que podía conseguir alzarse con el mando de los dos clanes y por consiguiente, dominar todo el territorio de la Tierra Helada, para así volver a darle el nombre original que tenía antes de que los bindir del lugar olvidaran sus orígenes. Todo iba a salir bien, se dijo a sí mismo.

            Mientras divagaba en los pros y los contras del plan, no pudo evitar sentir una punzada de miedo al recordar los pocos cabos sueltos que todavía tenía que solucionar de alguna manera. Estaban aquella condenada pelirroja, los desaparecidos príncipes y… Enseguida decidió desestimar todos aquellos pensamientos, no le iban a servir para nada. Lo único que tenía que tener en mente era que su plan estaba llegando a su fin. Debía concentrarse para obtener al fin el poder que le correspondía por derecho.

            Una luz en un cristal comunicador, escondido en el cuadro del mar que tenía colgado, le llamó la atención.

            Con rapidez se acercó al cuadro y tras apretar el cristal incrustado y susurrar unas palabras, la imagen empezó a iluminarse.

            —Informe número treinta y cinco —anunció con voz serena mientras contemplaba el cuadro—. Amo, los datos recibidos…

~·~

En casa de los príncipes

            Llamas Silbantes y su pequeño grupo estaba esperando fuera de le vivienda a que la pareja de enamorados tomara una decisión sobre qué hacer. Ahora mismo se encontraban en un nuevo amanecer, pero Luz seguía sin ver claro que los príncipes se pusieran de acuerdo. La noche había sido larga y la habían pasado discutiendo durante muchas horas. Sus ahora intensificados oídos no habían podido evitar escucharlo todo así que no había tenido un sueño muy reparador. Ahora se encontraba recostada en el lomo de Copito, descansando la mente. Sabía que el viaje que iban a reemprender dentro de un rato sería duro y tenía que tener fuerzas para afrontarlo. No quería retrasar la comitiva cuando había tanto en juego.

            Por otra parte, Onninnona parecía estar tranquila, observando cómo varios pájaros silvestres revoloteaban por entre los árboles frutales del jardín. Aunque no lo había pronunciado en voz alta, sabía qué decisión iban a tomar los jóvenes enamorados.

            Era obvio al fin y al cabo.

            El astro sol se estaba levantando bien en lo alto cuando finalmente alguien salió de la casa.

            Era Alana.

            —Perdón por la tardanza —se disculpó, con una mochila en el hombro y una vestimenta de viaje—. Ya nos podemos ir —anunció sin más, acercándose a su amiga.

            Antes de que nadie comentara nada, el príncipe salió detrás de Alana sin mediar palabra. Al cerrar la puerta, dio un último vistazo a la vivienda antes de rodear la casa para colocar una nota en la entrada principal.

            —Veo que habéis pensado en dejar una nota para que vuestros vecinos cuiden la casa —anticipó sin muchos esfuerzos Onninnona.

            —No queremos que piensen que hemos desaparecido —dijo con resolución, tras contemplar lo que había sido hogar—. Espero volver antes de que las frutas maduras caigan de los árboles…

            La voz no dejaba lugar a dudas. No quería irse de su hogar, pero estaba claro que no iba a dejar sola a Alana.

            Después de colocarse en parejas, emprendieron el viaje sin más dilación.

            Mientras viajaban a buen ritmo, Cerdi se adelantó para ir el primero, con Onninnona y Alana a la cabeza, aparentemente para poder hablar en privado. Eso dejaba a Copito aguantando el peso de Luz y Vencip.

            El príncipe no parecía ir muy seguro.

            —Es la primera vez que montas en un  lobo, ¿verdad?

            Luz ya sabía la respuesta pero igualmente quería intentar entablar una conversación con el hombre.

            —He montado en aves aladas, moa, caballos y ponis pero nunca en un lobo —confesó al abrazar con más fuerza a Luz tras un vaivén que no había previsto—. No sabía que los lobos fueran tan grandes como para montarlos —confesó al fin notando cómo poco a poco iba cogiendo el ritmo de la montura.

            —Generalmente es así, pero siempre hay excepciones —apuntó al recordar la respuesta que le había dado Mare cuando ella le había hecho la misma pregunta—. ¿Puedo hacerte una pregunta?

            El joven accedió, intentando hacerse oír.

            —¿Por qué has decidido acompañarnos?

            Al oír la pregunta no pudo evitar alzar la vista y observar a Alana.

            —¿Tú qué crees?

 

Luna Sullyr.

La leyenda de Onninnona, capítuloXVI

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Capítulo 16

            Era mediodía cuando alguien llamó a la puerta de una pequeña casita de forma circular, al sur del Clan Punta Flecha. La tranquilidad se respiraba en toda la casa, donde dos jóvenes disfrutaban de su nueva vida juntos. Sin embargo, cuando el hombre de cabellera rojiza y constitución delgada abrió la puerta, la paz que había armonizado el hogar, se desvaneció al instante.

            —¿En qué puedo ayudaros?

            El hombre no tardó en ver el grupo que tenía ante su puerta y enseguida empezó a inquietarse. Ante sus ojos tenía a dos mujeres, una de ellas aparentemente ciega, junto con un gregún de color fuego y un lobo de grandes dimensiones de color tierra. Más rezagados, vislumbró a una pareja de licántropos de clase lobuna y gatuna, aparentemente observando y seguramente escuchando todo lo que se iba a decir.

            Desde que se habían instalado en su nueva casa, nunca habían tenido más visita que sus vecinos más próximos, que se pasaban por ahí para saludarles y ver si su nuevo hogar estaba a su gusto.

            Estaba convencido de que esos forasteros no iban a traer nada bueno.

            —Me alegra ver que se encuentra bien, príncipe Vencip —le saludó, cortésmente y con seguridad, Onninnona.

            Su mundo se vino abajo al oír esas palabras.

            —¿Quién anda ahí?

            La voz despreocupada de una mujer hizo acto de presencia al lado de Vencip.

            —Cuánto has crecido, pequeña Alana —le saludó la aventurera nada más ver a su vieja amiga.

            La princesa se quedó de piedra al ver ante sí a Onninnona. Hacía muchos soles que no la veía, pero eso no le impidió reconocerla. Su larga cabellera rojiza, su mirada decidida y dulce al mismo tiempo y su acompañante fiel, Cerdi, fueron suficientes datos para identificarla.

            —¿Qué haces aquí? —consiguió articular con un sutil tartamudeo.

            En ese momento, la guerrera se giró momentáneamente y asintió con la cabeza. Al instante los dos licántropos la imitaron y empezaron el regreso al clan, sabiendo que su trabajo había terminado. Onninnona les agradeció mentalmente que utilizaran sus habilidades olfativas para localizar las feromonas de los dos enamorados. Sabía que sin ellos hubiera tardado mucho más tiempo en localizar su lugar de residencia.

            De nuevo, mirando a la cara de los jóvenes príncipes, les dijo.

            —Chicos, tenemos que hablar.

~·~

            Lindero sudeste de las Montañas del Crepúsculo

           

            —General, informe de situación —le ordenó Alborex, rîgos del Clan Aullador.

            La mujer extendió un mapa sobre la mesa de la parte central de la Tierra Helada y empezó a colocar fichas de diferentes colores y tamaños, señalizando sus tropas y las del enemigo. Aparentemente, el enemigo había podido aguantar bien su posición y ahora les estaba haciendo retroceder  hacia el interior de las montañas.

            —Recomiendo fortalecernos entre las montañas y esperarlos con una buena emboscada —la voz de la mujer impregnaba valor al observar el mapa—. En terreno despejado teníamos las de perder, pero entre las montañas serán nuestros —alegó con contundencia y sin un ápice de inseguridad.

            El rîgos empezó a meditar las palabras de su general mientras se mecía plácidamente su barba oscura. Sabía que la general Alicia era buena en su trabajo y ni por un momento se le había pasado por la cabeza culparle por las continuas derrotas que habían tenido a campo abierto, entre el Bosque Central y el lindero de la cordillera. Había sido demasiado impetuoso a la hora de esperar pillar con la guardia baja a su enemigo. Tenía que volver a poner sensatez ahora que tanto su ejército como el de su enemigo se habían reducido casi a la mitad desde que, casi una luna antes, las batallas empezaran.

            —¿Y cómo van nuestros víveres? Creo entender que hemos encontrado un grupo de comerciantes ambulantes, que nos han ido proporcionando suministros —aludió con un atisbo de preocupación al pensar que sus soldados empezarían a pasar hambre.

            —Está en lo cierto, señor. Hace ya media luna que nos los encontramos y de momento nos han estado ayudando en lo que han podido. Por desgracia, hemos extinguido sus existencias —concluyó desanimada al empezar a ver que esa guerra se había liberado con demasiada premura, sin preocuparse en exceso de arreglar detalles tan importantes como los alimentos de las tropas—. Creo que sería prudente enviar una comitiva a los clanes más importantes de la zona para recolectar alimento. De momento nos podemos ir apañando cazando en las montañas —argumentó sabiendo que de ese modo podrían sobrevivir durante un largo tiempo.

            —Muy bien, prepáralo todo y despacha a los comerciantes. No quiero civiles de por medio.

            Con autoridad se levantó de la silla, acto que anunció el cierre de la reunión, y se dirigió a la ventana de su tienda.

            Desde esa posición pudo contemplar todo el valle donde sus tropas se estaban instalando. Sabía que muchos más deberían morir para decantar la victoria en un bando u otro, y empezaba a preguntarse si valían la pena tantas muertes para salvar a Alana. Ni tan siquiera sabía si seguía viva. Era posible que todo aquello fuera en vano…

            Con esos pensamientos tan fúnebres, el hombre se encaminó a la cama, justo cuando su marido entró en la tienda.

            —¿Cómo te encuentras?

            Sin mediar palabra se tumbó en la cama y contempló momentáneamente el techo antes de cerrar los ojos y suspirar.

            —Así de cansado te encuentras —admitió Albin recostándose a su lado—. Estoy seguro de que encontrarás a nuestra hija —le susurró finalmente entes de acomodarse y abrazar a su esposo.

            Con el ruido de las tropas reagrupándose, ambos se quedaron sumamente dormidos, con el único pensamiento de volver a ver a su hija.

~·~

            Clan Roca Maciza

 

            La euforia se vislumbraba por todos los rincones de la sala de reuniones. Todos los presentes, desde grandes comerciantes, hasta personal de alto grado de la guardia de palacio, celebraban la retirada de su enemigo a las montañas. El hecho de haberles ganado todas las contiendas había provocado un alud de emociones que nadie intentaba ocultar.

—¡Es hora de asestar un golpe mortífero a nuestro enemigo! —exclamó con contundencia Vecicín, el rîgos del Clan Roca Maciza.

            Al son de las palabras de su líder, todos alzaron sus puños en alto y vitorearon su nombre.

            —¡¡¡Haremos que se arrepientan de haber secuestrado a mi hijo!!!

            La voluntad férrea del rîgos se manifestó con tal magnitud, que impregnó a todos los ahí presentes convirtiéndolos en bestias sedientas de sangre.

            Al caer la noche, todos celebraron un gran festín para recargar fuerzas.

            Al amanecer, moverían su ejército directo a las entrañas de territorio enemigo.

 ~·~

En casa de los príncipes

 

            Todos estaban reunidos en el pequeño jardín trasero de la casa, bebiendo un buen té al limón junto con unos buenos trozos de sandía y melón. No obstante, la armonía que parecía impregnar el ambiente, no iba en concordancia con lo que todos estaban sintiendo en ese momento.

            Al acabar de contar todo lo que estaba ocurriendo en el territorio, Onninnona dejó un espacio de silencio para que los jóvenes enamorados entendieran lo que habían provocado al escaparse de sus hogares. No quería apuntarles con el dedo y culparles de todo, ya que sabía que dados los sentimientos de ambos, lo que habían hecho era lo más lógico. No obstante, tenían una responsabilidad para actuar dadas las circunstancias. Era la única manera de terminar con las batallas.

            —Nunca nos hubiéramos imaginado que pasaría esto al decidir irnos —empezó a relatar con voz apagada Alana—. Solo queríamos estar juntos y vivir sin la constante enemistad que se tienen los dos clanes…

            —Lo sé, Alana y te entiendo —apremió a decirle con la intención de que no se auto culpara más de lo que ya se estaba culpando—. Pero el hecho es que ahora debéis hacer algo. Está en vuestras manos parar esta masacre sin sentido.

            —No estoy de acuerdo —soltó de repente Vencip sorprendiendo a todos los presentes.

            —¿Cómo puedes decir eso?

            Luz se consternó al oír sus palabras.

            Un severo vistazo a Copito, que estaba rondando por ahí jugando con las ardillas, bastó para que este dejara de hacer ruido.

            —Si son tan estúpidos para emprender una guerra sin tener un motivo justificado para ello, que así sea. Es cosa suya.

            —Lo hacen por nosotros —le dijo rápidamente Alana, asustada.

            —Mentira… —se levantó de la silla y estiró su cuerpo mientras dejaba que el aire de la naturaleza llenara sus pulmones—. Lo hacen por su arrogancia. Daría igual que volviéramos junto a nuestros clanes. Su odio es tan profundo, que tarde o temprano encontrarían otra excusa para combatir e imponerse al otro —Se volvió y dio la espalda a los presentes—. Si tanto nos quisieran hubieran verificado que nos fuimos por nuestros propios pies, sin que nadie nos obligara a nada.

            Dicho eso, se alejó con paso decidido hasta desaparecer en el interior de la vivienda.

            Todos se quedaron pensativos durante un rato meditando sus palabras.

            Entonces Alana empezó a llorar.

            —Tranquila —le susurró conciliadoramente Onninnona colocándose a su lado para abrazarla—. Yo me haré cargo de todo. Te lo prometo.

            —Gracias —consiguió decir entre sollozos.

            Onninnona le había prometido solucionarlo todo, porque sabía que era lo que tenía que decir, pero debía admitir que no sabía cómo hacerlo sin la participación de ambos príncipes.

            Debía conseguir de algún modo que el joven Vencip les acompañara o más muertes sembrarían la Tierra Helada.

Luna Sullyr.

La leyenda de Onninnona, capítulo XV

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Capítulo 15

            El viaje había sido rápido, sin contratiempos y con el viento a favor. Así de decididas habían sido Onninnona y Luz a la hora de viajar en sus respectivas monturas hacia el límite oeste del territorio. En apenas unas noches ya habían podido localizar su destino, el Clan Punta Flecha.

            La luz de geann deslumbraba en el pequeño lago que precedía a la aldea, cuando las dos bindir decidieron acampar para pasar la noche. El viaje, aunque sin contratiempos, había sido agotador para todo el mundo. No obstante, eso no había menguado, ni un ápice, la determinación de Llamas Silbantes. Estaba decidida a encontrar a los fugitivos.

            —¿Por qué estás tan segura de que los príncipes se encuentran aquí? —preguntó inocentemente la adolescente mientras se preparaba el catre.

            —Piénsalo por un momento —Cogió las correas de Cerdi y lo dejó libre para que pudiera beber agua del lago—. Está claro que uno de los objetivos del enemigo es enfrentar a los dos clanes dominantes. Por eso dedujimos que la desaparición de los príncipes había sido cosa suya, pero ¿por qué mantenerlos con vida? —Al ver la cara desconcertada de su acompañante, decidió explicarse mejor aduciendo su razonamiento—. Si yo quisiera asegurarme de que los dos clanes se enfrentaran, después de secuestrarlos, los habría matado y enviado a sus clanes respectivos para avivar todavía más la llama de la venganza. Sin embargo, los dos príncipes siguen sin aparecer. ¿Por qué será?

            En toda su vida nunca había tenido que pensar en esas cosas, así que Luz intentaba utilizar todo lo que sabía del mundo para entender por dónde quería ir su compañera. Pese al esfuerzo, no lo consiguió.

            —No lo entiendo —admitió mientras se acostaba en su pequeño camastro y dejaba que la calidez lunar de geann le recorriera la cara.

            —Lo que yo creo que pasó es que los príncipes se fugaron por voluntad propia y que el enemigo aprovechó eso a su favor —Tumbada ya en su pequeña cama acabó diciendo—. Incluso me atrevería a afirmar que ninguno de los dos se ha dado cuenta de las consecuencias de su desaparición.

            —¿Por qué dices eso?

            Un pequeño silencio se prolongó entre ellas mientras Onninnona empezaba a recordar las noches vividas junto a Alana. En aquellos tiempos era todavía una chiquilla que no paraba de jugar y pensar en nada más que disfrutar de su libertad. Pero había algo que incluso entonces logró identificar y era el hecho de que la princesa era una joven enamorada del amor.

            —¿Te has enamorado alguna vez? —soltó de repente mientras se levantaba y estiraba su cuerpo.

            El asombró se reflejó en el semblante de la antigua ladrona cuando empezó a sonrojarse.

            —Yo… n-n-no sé… —tartamudeó incómoda ante esa pregunta.

            —Entonces es un no —afirmó la mujer mientras empezaba a desvestirse—. Si te hubieras enamorado, créeme, lo sabrías —acabó diciendo ahora totalmente desnuda.

            Con delicadeza pero decidida, se acercó a su acompañante y le susurró.

            —Vamos, ven conmigo.

            Sin acabar de entender nada de nada, Luz se levantó y cogida de la mano de Onninnona se encaminaron con pasos tranquilos hacia el lago. Cuando llegaron a su destino, la mujer empezó a desvestir a la adolescente, la cual estaba rígida, sin saber qué estaba pasando.

            —Tranquilízate —le cuchicheó la mujer con serenidad—. El viaje ha sido largo y he pensado que un buen baño nos iría bien.

            Al oír esas palabras, Luz empezó a relajarse pero, sin saber por qué, se acabó tapando sus partes íntimas cuando se hubo quedado totalmente desnuda. Nunca había sentido ese quemazón en su interior y eso le asustaba.

            Al ver la inquietud de su joven compañera, Onninnona dio un paso al frente y la abrazó.

            —No tienes por qué sentirte así —le susurró al oído al notar los fuertes latidos de su corazón—. Puede que ya no seas capaz de visualizar tu cuerpo con los ojos, pero estate tranquila. Yo sí puedo verte y de verdad, eres preciosa —la alabó con la intención de imprimirle valor.

            Al separar sus cuerpos, la mirada de Luz se posó en la cara de su compañera, intentando observar cada detalle de luz que percibía su mente. No supo por qué pero su instinto la impulsó hacia delante con la intención de besarla, mas su acto se desvaneció cuando Onninnona se alejó, cogiéndola de la mano para sumergir a ambas en el frescor del agua.

            La suavidad del agua se deslizó por el cuerpo de ambas, haciendo que sus tensiones se desvanecieran. La brisa de la noche ondulaba en el frescor del agua, creando ondas que acaban chocando contra sus cuerpos. Entonces Luz se quitó el vendaje de los ojos, para notar el agua en ellos al mismo tiempo que la aventurera se deshacía de su coleta para dejar suelto su pelo rojizo.

            Ninguna de las dos volvió a decir nada más aquella noche. Simplemente se dejaron llevar por el placer de la tranquilidad del lago, que parecía tener el poder de arrastrar sus problemas a otra parte.

La mañana siguiente

             El ajetreo era abundante por las calles pavimentas del Clan Punta Flecha. Era una aldea fronteriza, por lo tanto, siempre había mucho movimiento gracias a los comerciantes que venían de las Tierras Licántropas a vender sus mercancías. Era el mayor punto de comercio de todo el territorio, además de ser una aldea fuertemente defendida. El hecho de interactuar con licántropos de todo tipo, yendo desde los lobos, gatos, hasta los leones, hacía que la seguridad fuera muy estricta. En sus tierras no pasaba nada porque uno de su especie se enfadara, siempre había alguien de igual poder para pararle los pies, pero ese no era el caso en la aldea. Ahí si un licántropo se enfurecía, no había nadie de su misma especie para contrarrestarle, sino bindir normales. Y de todos es sabido que es necesario de muchos bindir para parar a un simple licántropo.

            Por ese motivo, las dos mujeres tuvieron que ser inspeccionadas varias veces antes de poder entrar en los confines de la aldea.

            Una vez dentro, tuvieron que dejar en las cuadras a sus respectivas monturas, para así evitar conflictos con algún licántropo, por lo tanto, ahora recorrían las calles llenas de bindir, solas, con la única compañía del ruidoso ajetreo de los comerciantes vendiendo sus mercancías.

            Luz seguía muy de cerca a Onninnona, asustada por todo lo que estaba sintiendo. Desde que se quedó ciega y empezó a expandir sus otros sentidos, era la primera vez que se adentraba en una aldea con tantísimos bindir. Los ruidos y los destellos de luz que veía pasar le estaban sobrecargando la mente de una manera abrumadora.

            Viendo cómo se encontraba su joven compañera, la mujer tomó una decisión.

            —Será mejor que vuelvas a las cuadras y vigiles a Cerdi y Copito —argumentó de repente, apartándola de la calle principal para acabar parándose en una calle secundaria—. No es necesario que me acompañes. Estaré segura.

            —No quiero dejarte sola.

            La voz de la adolescente denotaba un atisbo de seguridad y miedo.

            —No te preocupes por mí, sé apañármelas en este tipo de ambientes, créeme —alegó con vehemencia sin dejar atisbo a la duda—. ¿Serás capaz de volver junto a nuestros compañeros?

            Viendo que no tenía otra salida que obedecer, asintió con la cabeza y antes de que se diera cuenta, Onninnona le dio un beso en la frente y se volvió a esfumar entre la muchedumbre.

            Ya sin poder localizarla, Luz decidió que no valía la pena esperar más, por lo tanto decidió reemprender de nuevo el camino hacia las murallas, para reunirse con Copito y Cerdi.

            Ahora, ya liberada del cuidado de su acompañante, la mujer empezó a desplazarse por entre los bindir como si de una carrera se tratara.

            No tardó mucho en vislumbrar a uno de sus objetivos intentando comprar un juguete a un artesano un tanto quisquilloso.

            —La noche es oscura. El cuervo se acerca.

            Ese fue el simple susurro que pronunció Llamas Silbantes antes de volver a desaparecer entre los bindir y dirigirse veloz a otro punto del mercado, donde vislumbró a su otro objetivo bostezando de aburrimiento, mientras hacía cola para poder comprar un par de bocadillos de jamón, con tomate y lechuga y queso fundido.

            —La noche es oscura. El cuervo se acerca.

            Tal y como había hecho hacía un momento, al susurrar esas palabras, volvió a esfumarse.

            No pasó mucho rato, hasta que Onninnona, que había estado esperando a las afueras del ajetreado mercado, apoyada en una callejuela, vislumbrara a dos individuos que se le acercaban con paso disimulado.

            —¿Qué hay de nuevo, chicos? —les saludó con cortesía mientras los contemplaba con detenimiento—. Veo que los soles no pasan para vosotros —acabó diciendo mostrando una sincera sonrisa al volver a verlos.

            Ambos licántropos, uno de clase lobuna y otra gatuna, inclinaron la cabeza mientras devolvían la sonrisa a su joven amiga. A pesar de los muchos soles que habían pasado, no tuvieron ningún problema en reconocer el aroma de la guerrera.

            —Acabas de iluminar mi noche —le dijo el hombre gato, de pelaje cobrizo, adelantándose para así poder abrazarla mientras ronroneaba de placer al mismo tiempo que su cola se agitaba de la emoción.

            —Veo que sigues viajando, viviendo aventuras —le saludó seguidamente el hombre lobo, de pelaje rojizo, mientras le cogía de la mano y se la besaba con suma delicadez—. No te ofendas, pero estaba a punto de conseguir un bocata de sabor indescriptible —en ese momento su estómago se removió al acordarse de tan exquisita comida, entretanto sus orejas se movían como si hubiera captado algo interesante—. Creo que impregnan el pan con una sustancia secreta que resalta el sabor de los otros alimentos. La verdad es que nunca he podido averiguar qué receta utilizan. Sé que tiene que ver con…

            —Veo que sigues igual —le interrumpió rápidamente la mujer, viendo que su amigo MacMac no tenía intención de parar con la descripción de su querido manjar—. La verdad es que siento interrumpir vuestras compras, pero necesito vuestra ayuda.

            —Lo que necesites, pídelo, y si está en nuestra mano te lo daremos —enfatizó con suma elegancia Mir, haciendo una reverencia, mostrando su ya conocida galantería.

            Al ver que ambos la miraban, esperando oír su petición, decidió no demorarlo más.

            —Necesito que me ayudéis a localizar a unos enamorados.

Luna Sullyr.

La leyenda de Onninnona, capítulo XIV

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Capítulo 14

Al sur de las Montañas del Ocaso

Media luna antes

 

            El atardecer volvía a romper la monotonía de trabajo de los lugareños de la zona. Algunos se quedaban trabajando un poco más en los campos de cultivo, aprovechando la buena noche que hacía, antes de reorganizar sus respectivos ganados y volver a sus hogares. De toda la Tierra Helada, esa era la zona donde menos ajetreo había. Parecía que los lugareños solo se preocuparan de sus quehaceres particulares sin que les afectara para nada lo que estuviera pasando en el resto del territorio. Algunos adoraban aquel… aislamiento, pero Duminólix no era uno de ellos.

            Ahora se encontraba en el lado sur del río, descansando del viaje mientras su compañero Max se remojaba un poco. Habían llegado hacía apenas unas noches en busca del barco mercante donde se suponía que se encontraba Saxtris, pero de momento no había encontrado nada. Sabía que era poco probable que lo encontrara todavía por aquel lugar, pero eso le daba igual. Solo había viajado hasta allí al escuchar la información del sombra y haber comprobado, posteriormente, el registro de barcos del puerto del Clan Pesquero. Gracias a eso había averiguado que su aprendiz se dirigía muy regularmente por aquella zona.

            Por desgracia, a aquellos bindir no parecía importarles quién venía y se iba de su zona. Iban a la suya sin fisgonear en vidas ajenas.

            —¿Qué hay de nuevo? —saludó una mujer acercándose por detrás.

            La mujer tenía el pelo corto, color oscuro en consonancia con sus ojos. Se podía ver claramente la fortaleza de su cuerpo, así que era de imaginar que desempeñaba un trabajo con mucho desgaste físico.

            —¡Vaya, qué sorpresa! Me has asustado —confesó sorprendido por la aparición de aquella mujer.

            —Y yo que pensaba que era imposible pillar desprevenido a un druwide —dictaminó divertida mientras contemplaba cómo el glotón salía del agua y se recostaba en la hierba.

            —No hay que creerse todas las historias que cuentan de nosotros —aclaró rápidamente el hombre, levantándose—. Somos bindir como otro cualquiera.

            Ambos intercambiaron unas cuantas palabras mientras el sol se acababa poniendo en el horizonte.

            —Será mejor que venga a mi casa a pasar la noche —le invitó Marta muy amablemente—. Algo me dice que viene de muy lejos y debe de estar cansado, ¿me equivoco? —adivinó fácilmente al ver su túnica manchada por el arduo viaje.

            —Es muy amable al ofrecerme un techo donde dormir. La verdad es que no me iría mal descansar una noche en un buen colchón. —El dolor de su espalda le había obligado a aceptar, sin más, la oferta de Marta.

            La aldea de la mujer no estaba muy lejos. Por el camino, el druwide pudo averiguar que su acompañante era la carpintera/chapuzas del lugar. Se dedicaba prácticamente a reparar los navíos que llegaban al pequeño puerto y a reparar los desperfectos que pudiera haber por la aldea. Era un lugar muy pequeñito, donde vivían unos cien bindir, así que muchas veces no tenía trabajo que realizar, hecho por el cual, solía aventurarse hasta el lindero de la cordillera del norte, donde iba a visitar a su hermana, dueña de un hotel.

            Nada más llegar al hogar de Marta, una vivienda pequeñita en el centro de la aldea, el hombre decidió desvestirse y darse una buena ducha para limpiar su cuerpo maltrecho por el viaje.

            No quería aprovecharse mucho de la hospitalidad de su anfitriona así que tras bombear la suficiente agua como para quitarse la mugre del cuerpo, salió de la ducha sin más dilación para secarse y vestirse con las nuevas prendas que le había ofrecido la mujer.

            Estaba la mar de tranquilo cuando se dirigió al comedor, pero nada más llegar, notó que algo iba mal. Su instinto hizo que se deslizara a un lado justo cuando un cuchillo surcaba el aire y acababa atravesando el espacio donde antes había estado su cabeza.

            Ahora con los sentidos puestos al máximo, examinó la escena.

            Ante sí estaba viendo a un salvan de cabellera dorada, junto con un hombre encapuchado con una túnica negra de tonalidades rojas. No necesitó que le mostrara el rostro para averiar su identidad. Era su antiguo alumno, Saxtris.

            —Siempre entrometiéndote en todo, viejo —Su voz tenía claramente ecos de burla y de diversión ante toda esa situación—. No deberías haber venido solo tras recibir mi nota —Empezó a quitarse la capucha para dejar al descubierto su rostro—. Nunca fuiste muy listo.

            Duminólix tenía ante sí el rostro de su supuesto alumno difunto. Hasta ahora no había podido entender cómo había sobrevivido a la muerte, pero al ver su piel grisácea, sus ojos enrojecidos y su cuerpo esquelético, lo entendió todo. Alguien le había insuflado de nuevo vida. Sabía que esa clase de hechizos eran muy peligrosos y que muy raramente los de su orden los utilizaban, así que no pudo evitar preocuparse por quién estaba moviendo verdaderamente los hilos de toda aquella situación.

            —Veo que te has quedado mudo —Saxtris se deslizó unos metros hacia atrás para ponerse a la altura de Marta, la cual estaba atada a una silla—. Fíjate bien, viejo. Voy a disfrutar mucho matando lentamente a tu nueva amiguita.

            Al ver que le ponía su huesuda mano enguantada en la cabeza, el instinto del druwide fue abalanzarse sobre él, pero el salvan que lo acompañaba inmediatamente se puso en posición de combate, sacando una espada corta de su cinto.

            La situación se estaba complicando a cada segundo que pasaba, pero Duminólix sabía que tenía que hacer algo si quería salvar a Marta. No estaba dispuesto a que nadie más muriera.

            —Yo que tú no me movería si no quieres que esta mujer acabe como tu amiguito —le aconsejó maliciosamente el hombre, haciendo una señal al exterior.

            Justo en ese momento, la ventana se hizo añicos y un bulto acabó aterrizando en el salón.

            El druwide lo identificó al momento. Era su amigo Max. Habían desgarrado al glotón por todas partes, arrebatándole la vida.

            Ante la imagen de su amigo muerto, una furia empezó a surgir de su interior, haciendo que de su cuerpo, todavía húmedo, empezara a chisporrotear su gokui, creando destellos fugaces de electricidad.

            Al ver cómo el druwide se enfurecía, Saxtris decidió que ya había llegado la hora. No quería que la situación se le fuera de las manos, así que sin más dilación, sacó un cuchillo del guante y antes de que su antiguo maestro pudiera siquiera decir nada, degolló a la mujer.

            Lo siguiente que aconteció en el salón se desarrolló muy rápido. El druwide se abalanzó hacia su presa, dispuesto a despedazarla, pero en su camino se encontró con el salvan que le proporcionó unos segundos de combate, antes de salir disparado contra la pared de un fuerte puñetazo. No obstante, esos segundos de distracción fueron suficientes para que su antiguo discípulo se preparara para el encontronazo.

            El entrechocar de sus cuerpos fue brutal, hasta el punto de que derribaron la pared y salieron despedidos al exterior.

            Las calles estaban desiertas, a excepción de unas mujeres pertenecientes a la banda del salvan. No obstante, enseguida cometieron el error de atacar al furioso druwide. Unos segundos más tarde, las calles volvieron a quedar desiertas.

            Por desgracia, enseguida los vecinos empezaron a asomar la cabeza para ver qué estaba pasando. Duminólix sabía que combatir en la aldea podría producir muchos daños, por lo tanto no perdió el tiempo en acabar con su alumno.

            Al recomponerse del golpe, Saxtris reemprendió la lucha, ahora sacando de su cinturón dos bastones cortos que utilizó para el combate. El druwide le había enseñado a luchar con los bastones, por lo tanto le resultó relativamente fácil esquivar los ataques de su contrincante, ahora impulsado por la rabia. Una chispa fugaz de compasión asomó en la mente del hombre, al ver cómo su antiguo alumno había degenerado en un ser de pura rabia. Ahora veía todavía más claro que su chapucero estilo de combate le condenaría a la derrota. No obstante, dejó que el combate se prolongara un poco, con la ilusión de volver a ver al entusiasta y alegre chiquillo que había entrenado tantos soles atrás. Mas sus esperanzas se desvanecieron al ver la respiración entrecortada de Saxtris. Su sonrisa sicópata no se había despegado ni por un momento en todo el combate a pesar del cansancio. Sabía que ya no podía esperar más.

Debía acabar el combate.

            Un par de golpes le bastaron para derribar el maltrecho cuerpo de Saxtris contra una farola, haciendo que soltara sus armas y cayera de rodillas.

            —Has perdido —sentenció con vehemencia, acercándose despacio hasta posarse debajo de la luz de la farola—. Ríndete.

            No esperaba que se rindiera, pero tampoco quería matarlo a pesar de todo lo que había provocado. Los recuerdos de antaño le vinieron de golpe, haciendo que una oleada de amor resurgiera del pasado. Por desgracia, el chiquillo que había conocido, hacía tiempo que se había desvanecido.

            Ese momento de contemplación por parte del maestro, fue todo lo que necesitó su oponente.

            En un momento movió su brazo lanzando un haz de energía, con la intención de calcinar el rostro de su oponente.

            Pese a verse sorprendido por el ataque, el druwide pudo esquivarlo casi al completo, soportando solo unos rasguños en su cabeza.

            —¿Pero qué haces? —Duminólix estaba decepcionado por el desesperado ataque—. Te has vuelto un demente, mi joven aprendiz —argumentó con un tono de voz impregnado de decepción.

            —Y tú te has vuelto muy descuidado —enfatizó con repugnancia.

            Justo en ese momento, se dio cuenta de su error al girarse y ver cómo tres cuchillos desgarraban el aire empalándose en su torso. La sorpresa se plasmó en su cara al ver a lo lejos al salvan. Se había olvidado de él y ahora lo iba a pagar muy caro.

            —¡¡No!! —exclamó Saxtris levantándose de golpe, contemplando el cuerpo ensangrentado de su maestro—. ¡Tenías que dejarle con vida, no matarle!

            El desconcierto se apoderó del rostro de Espólitor.

            —Te iba a matar —se justificó enseguida sin entender el enfado de su líder—. Pensaba que lo de capturarle con vida solo era una opción —se defendió el duende confuso.

            —¡¡Todo era parte del plan, estúpido!!

            Antes de que nadie dijera nada más, el cuerpo del druwide empezó a convulsionarse. Espólitor se asombró al ver lo que sus ojos estaban contemplando. El cuerpo del druwide se estaba desvaneciendo, dejando solo el rastro de su ropa.

            —Pero qué…

            La rabia de Saxtris hizo que su gokui empezara a desprenderse de su cuerpo, formando un halo de un negror verdoso, espantoso.

            —Acabamos de perder nuestro oportunidad de neutralizarle —sentenció nada más acercarse a su subordinado con cara de pocos amigos—. Te aseguro que pagarás caro tu insubordinación…

Luna Sullyr.

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La leyenda de Onninnona, capítulo XIII

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Capítulo 13

La nada.

El goteo del agua.

La impotencia de no haber podido hacer nada.

Muchos sentimientos se fueron formando ante mí, nada más caer en lo profundo del pozo. Se dice que cuando mueres, el Gokui de la vida examina tu vida mostrándote el camino hacia el Sid*, mediante los pájaros de Cliodnu* o el serpenteante camino hacia el Abred, donde las serpientes de Mider te esperan. Pero ese no fue mi caso. Yo no vi, ni sentí nada más que unas ansias incontrolables de venganza. Con ese sentimiento me desperté. La ira me controlaba y antes de que me diera cuenta, ya volvía a estar en la cúspide del pozo, donde mis asesinos me tiraron como si de basura se tratara.

He de reconocer que entonces me sentía completo como nunca lo había estado. En mi mente solo había un objetivo, todo lo demás, era irrelevante. Las distracciones se esfumaron, igual que el cansancio de mi maltrecho cuerpo terrenal.

Qué equivocado estaba entonces…  Tardé mucho en darme cuenta de quién era. Creo que dejé siete cuerpos sin vida, antes de percatarme de que me había convertido en un sombra.

Te lo juro, no lo hice adrede. Yo, solo… quería dar caza a mis asesinos, nada más…

Qué ciego estaba…

Empecé toda esta aventura con la intención de salvar vidas y lo único que conseguí fue más muerte…

El rastro de los bandidos que me atacaron me llevó al Clan Pesquero y para cuando llegué ahí ya me había convertido, sin darme cuenta, en un siervo de la oscuridad. No obstante, he de reconocer que ver el mundo con los ojos de un sombra es algo peculiar. Solo ves sombras donde antes veías luz. Y la oscuridad que contemplabas antes de convertirte, ahora es una luz cegadora que te hipnotiza. Gracias a eso me fue fácil encontrar a mis asesinos, o mejor dicho, a varios de ellos.

Si tan solo hubiera sido un poco más veloz los hubiera podido atrapar a todos, pero en esa misión también fracasé.

Me fue muy fácil sacar la información que necesitaba de los dos bandidos que se habían quedado en tierra. Y por los Dioses, qué bien me sentí al notar cómo sus vidas se escurrían bajo mi gélido contacto. Fue un buen sorbo de agua fría en una tarde calurosa de verano, mas esa sensación me duró más bien poco. Todavía tenía que cazar al cabecilla y al traidor. Por desgracia tuve que armarme de paciencia hasta que volvieran a desembarcar ya que me era imposible navegar en un navío por mí mismo.

Esa media luna fue un tormento inconcebible. Mis ansias de matar estaban desatadas. Quería seguir con mi caza personal, pero no podía. Estar rodeado de tantos bindir me fue insoportable, así que cuando decidí salir del clan, vi por fin un rayo de esperanza. El barco mercante descrito por los bandidos volvió a puerto de su travesía por las aguas del sur.

Estaba eufórico, tanto, que no esperé más y salí de de las sombras del puerto para esperar a mi presa en los andenes donde tenía intención de anclar.

Estaba obsesionado. Mi raciocinio se desvanecía más y más rápido. No podía controlarme. Y así fue como maté a otros tantos bindir que esperaban en el muelle para atender a los navegantes. Por fortuna, eran altas horas de la noche y no había muchos aldeanos por las cercanías. Estoy convencido de  que hubiera seguido matado con tal de que me dejaran el camino libre.

Después de eso, el barco atracó y los bandidos fueron desembarcando uno por uno, sin saber que yo les estaba esperando.

No voy a mentir, todavía veo sus caras contraídas por el miedo al ver que sus vidas se esfumaban entre mis brazos y… oh… qué placer me sigue produciendo ese recuerdo.

Sé que hace tiempo que dejé de lado mi parte humana para convertirme en lo que ahora soy. Seguro que muchos me aconsejarían luchar contra el deseo de venganza para retornar al sendero de la luz, pero es que eso me da igual. Esas palabras simplemente han dejado de tener sentido para mí…

Los cuerpos inertes seguían cayendo ante mí, cuando noté que alguien salía de las entrañas del navío. No sabía quién era, pero desde que me había convertido en un sombra, era la primera vez que sentía un escalofrío. La sola presencia de ese ser me paralizó por un momento. Por suerte o por desgracia, los guardias nocturnos se habían percatado de todo lo que estaba haciendo, así que me alcanzaron junto con un druwide. Su presencia hizo que el ser encapuchado se volviera a internar en el interior del barco. Al parecer no quería ser visto por el druwide.

Después solo sentí un golpe electrificante que me alcanzó de lleno y me lanzó muchos kilómetros mar adentro.

Lo último que recuerdo antes de subyugarme ante los pies de mis asesinos, fue el frescor del agua salada recorriendo todo mi cuerpo…

 

La cabaña se había quedado en sumo silencio mientras las dos bindir asimilaban todo lo que acaban de escuchar. Solo la tenue luz del cristal hizo que la mujer volviera a la realidad.

—Creo que hay otro mensaje —musitó, levantándose de la silla como si de una marioneta se tratara.

—Será mejor que espere fuera —la interrumpió de golpe la adolescente—. Algo me dice que este mensaje es solo para ti —concluyó, levantándose con el semblante serio.

De nuevo totalmente sola en su pequeña vivienda, Llamas Silbantes se armó de valor y volvió a conectar el cristal.

Inmediatamente reapareció la imagen de su amigo.

 

Créeme si te digo que no sé por dónde empezar… Lo siento, niña. Siento tanto haberte metido en todo esto. No sé qué pasará a partir de ahora. Mi historia hace mucho que terminó, pero lo único que sé es que quiero que estés a salvo. Olvídate de mi visita dos lunas atrás. Deja toda esta misión en manos del druwide Duminólix. Él lo solucionará, estoy convencido.

Dicho esto, sé que no me harás caso y ahora más que nunca irás a por los enemigos que amenazan tu hogar, así que solo te puedo aconsejar que tengas mucho cuidado y que no te fíes de nadie. La telaraña que ha creado este tal Saxtris se extiendo por toda la Tierra Helada. Está obsesionado con el poder. Has de tener mucho cuidado cuando te enfrentes a él.

No sé qué más decirte así que solo te pido una cosa. Si llega el momento, no dudes en usar el poder que se te otorgó para aniquilar a tu enemigo. ¿Me oyes? No lo dudes…

Espero que si el Gokui me da otra oportunidad de reencarnarme me vuelva a encontrar contigo, pequeña.

Cuídate, Onninnona.

 

Al desvanecerse de nuevo el holograma del sombra, la guerrera decidió que ya había descansado suficiente. Se tenía que poner en marcha. No podía esconderse. No, después de escuchar la historia de su amigo difunto.

Sin esperar más, recogió con determinación sus pertenencias y escribió una nota de despedida para el guardabosque.

—Hemos de ponernos en marcha —reafirmó nada más salir y encontrarse a su nueva compañera sentada junto a su compañero peludo.

—¿En qué dirección?

Una breve mirada al horizonte bastó para que Onninnona tomara una decisión.

—La guerra entre los clanes es inevitable —sentenció cerrando la puerta tras de sí y colocando la nota en el pomo de la puerta—. Pero estoy segura de que ese no es el movimiento final de nuestro enemigo. Hemos de salir del juego de persecución y llegar directamente a la casilla de salida.

Nada más montar en Copito, dijo:

—¿Y cómo hacemos eso?

Una rápida mirada a su acompañante bastó para ver la determinación en su postura.

—Desvelando la verdadera desaparición de los príncipes.

 

*Sid: Término celta que significa “paz”. Es una de las regiones del Otro Mundo, donde van las almas de los moribundos para descansar hasta la eternidad, siempre y cuando sus vidas sean merecedoras del reposo eterno.  

*Cliodnu: Deidad y gobernante del Sid, en el Otro Mundo. Su melodioso cantar favorece un sueño reparador para aquellas almas que le llegan con algún tormento del mundo terrenal.

Luna Sullyr.

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La leyenda de Onninnona, capítulo XII

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Capítulo 12

Una luna después.

             En el lindero sudoeste de las Montañas del Crepúsculo, se podía contemplar cómo varios campos de cultivo de diversos cereales se extendían varias hectáreas, provocando, en ese momento, que la vida de los granjeros se intensificara de una manera estratosférica. Había llegado la festividad de Lugh y eso para la gran mayoría de los bindir, solo podía significar una cosa. Era la hora de recolectar la primera cosecha del ciclo solar. Era un momento de muchísimo ajetreo, donde todo el mundo echaba una mano, ya fuera recogiendo las cosechas, preparando los grandes mercados que cada región organizaba para que los bindir pudieran exponer y vender sus mercancías, o en el caso de los druwides, preparar los rituales para honrar un sol más al Dios Lugh* y a la Madre Dana*.

            Todo parecía estar en movimiento, a excepción de una pequeña cabaña, apartada de los campos de cultivo, donde el tiempo parecía no querer interrumpir el descanso de la mujer que dormía plácidamente en su interior.

            Era una pequeña estructura que se había remodelado hacía poco, para poder habitar en ella. No tenía muchas comodidades, pero sí las suficientes como para que Onninnona pudiera recuperarse de la herida sufrida en la contienda con los bandidos.

            El propietario de dicha edificación era un guardabosque, amigo del druwide Duminólix. Era un hombre de constitución delgada y de espíritu solitario, que vivía en una torre donde podía vigilar una gran explanada de bosque que se adentraba en las montañas. Ahora que la mujer ya estaba casi recuperada del todo, solo pasaba a visitarla cada mañana para ofrecerle un poco de comida. Del resto de cuidados, la aventurera se había hecho cargo hacía muchas noches.

            Era pleno mediodía así que el calor era algo sofocante, a pesar de  brisa fresca que llegaba de los confines de la cordillera que serpenteaba por el nordeste.

            En el interior de la vivienda, Onninnona se encontraba preparando la comida, mientras que su amigo Cerdi se recostaba en la esquina más fresquita de la casa. El gregún se había recuperado apenas unas noches después de la contienda con los bandidos. Solo había necesitado descansar ininterrumpidamente para que su cuerpo volviera a recargarse de gokui. Ahora lo único que tenía que hacer, era vigilar que su compañera se recuperara de la puñalada en el estómago.

            Para Cerdi la tranquilidad que rodeaba la vivienda era sumamente reconfortante, pero para la bindir no lo era. Más que tranquilidad, lo que sentía era abandono. Se había despertado de su inconsciencia con la única compañía de su amigo Cerdi. No había ni rastro del druwide. El hombre, después de hacerle las primeras curas de urgencia las primeras noches, la había dejado a cargo del guardabosque para emprender un viaje en solitario. Antes de marcharse, le había dejado una nota de despedida junto con un cristal audiovisual donde se podía contemplar cómo su amigo MacFinn narraba lo que había hecho nada más convertirse en un sombra.

            Le había sentado mal que el druwide la abandonara para ir a la caza del responsable de toda esa guerra en la Tierra Helada. No obstante, las punzadas de dolor que todavía sentía en su estómago le decían que no hubiera sido aconsejable esperar a que se recuperara para reemprender, no ya la búsqueda de la verdad sobre todo lo que estaba aconteciendo, sino la caza del verdadero responsable que movía sus hilos en las sombras.

            No podía evitar sentir que había fracasado en su misión.

            La noche siguiente fue una repetición casi exacta que lo que había estado viviendo desde que se había despertado.

            Se había levantado temprano, antes de que hiciera mucho calor, para ir a dar un paseo por los alrededores. Después se había lavado el cuerpo junto con su herida, para seguidamente prepararse un buen desayuno.

            Los bindir de los alrededores ya estaban en sus quehaceres cuotidianos cuando decidió que ya iba siendo hora de oír la historia que Duminólix le había grabado en el cristal. En la nota le había dicho que cuando estuviera recuperada para emprender viaje, activara el cristal de cuarzo rosa para oír la narración del sombra.

El momento había llegado.

Por desgracia, justo cuando estaba a punto de activar el cristal, alguien tocó a la puerta.

            Un instante después, Cerdi empezó a gruñir por lo bajo mientras se ponía en tensión.

            Agustín, el guardabosque, ya había pasado por la cabaña para dejarle su ración diaria de alimentos así que no esperaba más compañía. Era la primera vez que alguien iba a visitarla y tenía curiosidad por saber quién era.

            Con cautela, al ver la reacción de su amigo, se acercó a la puerta y preguntó quién era.

            —Soy Luz —la voz de la ladrona impregnó cada recoveco de la mente de la aventurera—. ¿Te acuerdas de mí?

            Al reconocer su voz, abrió la puerta y contempló cómo ante sí estaba una chiquilla de buena salud, con un vendaje en los ojos, que le sonreía, mientras acariciaba a un joven lobo, de pelaje marrón, de grandes dimensiones que tenía  su lado.

            —¿Qué haces aquí? —preguntó ante la sorpresa de verla de nuevo.

            Al contemplar al lobo, entendió por qué se había puesto en tensión su compañero. Los greguns y los lobos, eran dos especies que no se llevaban nada bien.

            —Gracias a la ayuda de la maestra Mare, me he recuperado rápidamente de la depresión que tenía al perder la vista —empezó a decir mientras Onninnona seguía contemplándola—. No obstante, llegó una noche en que me di cuenta de que el Templo no era mi lugar. Estaba cómoda, pero… sentía que no había llegado el momento de parar de caminar.

            El silencio se hizo entre las dos mientras el sonido de las cigarras hacía eco en sus mentes.

            —No me malinterpretes, me alegro de que te encuentres mejor, pero sigo sin entender por qué…

            —He venido para acompañarte en tu viaje —le interrumpió Luz agarrando su bastón con su mano libre—. Sé que será duro, pero algo me dice que no fue una simple coincidencia que nuestros caminos se cruzaran.

            Ante las palabras de la joven, Llamas Silbantes decidió que no estaba en condiciones de negarse a nada. Estaba claro que su estado físico y mental no estaba en su mejor momento, así que un poco de compañía no le vendría mal. Sin embargo, todavía había algo que no le gustaba de todo ese asunto.

            —Luz, me parece bien que quieras acompañarme, pero tu ceguera…

            —No te preocupes por mí —respondió con seguridad—. La maestra Mare me enseñó los principios básicos para ver con los ojos del Universo, además de ofrecerme la compañía de mi amigo Copito —acarició con dulzura al lobo que tenía a su lado—. Te prometo que no te estorbaré.

            Ese reencuentro le estaba desconcertando de una manera asombrosa. Ni por un momento se había imaginado que todo eso pudiera estar pasando, pero el hecho era que ahora mismo tenía ante sí a la ladrona que había liberado y le estaba ofreciendo su ayuda. La cabeza empezó a dolerle, así que decidió no pensarlo más.

            —Muy bien, adelante, eres bienvenida —se apartó a un lado para dejarla pasar—, aunque mejor será que dejes a Copito esperando fuera. Deberemos ir con cuidado con Cerdi y tu nuevo compañero. Está claro que no se llevan bien —sentenció al ver la cara desafiante de ambos animales.

            Sin más preámbulos, Luz se adentró en la vivienda y tras una breve explicación de lo acontecido desde su separación, por parte de Onninnona, ambas se acomodaron para escuchar la historia guardada en el cristal.

            Nada más activarlo un holograma del sombra apareció y su voz impregnó toda la vivienda. Y sin poder evitarlo, una punzada de tristeza se clavó en el corazón de la mujer.

*Lugh: Este Dios es conocido por múltiples nombres que van desde “el Brillante”, “el de la lanza” o “el Guerrero”. Se le suele invocar antes de una batalla para obtener así la victoria.

*Dana: Es la Deidad más importante del clan que lleva su nombre, los Tuatha dé Danann. Se le considera la madre de todos los celtas.

Luna Sullyr.

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La leyenda de Onninnona, capítulo XI

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Capítulo 11

            El primero en reaccionar fue Cerdi. Nada más caer el cuerpo de su amiga al suelo, vociferó un rugido que resonó por todo el bosque. Un instante después se abalanzaba lleno de rabia a por el bandido que seguía empuñando el puñal impregnado de sangre de Onninnona.

            Todos parecían ir a cámara lenta en comparación con la rapidez del gregún, que ya había derribado a dos bandidos antes de llegar justo enfrente de Jasper. Este ya no sonreía en absoluto, sino todo lo contrario. La rapidez del animal le había pillado por sorpresa. Ahora podía observar la maraña de músculos en tensión de la bestia y antes de que todo se silenciara en su cabeza, lo último que pudo hacer fue intentar huir. Mas no pudo hacerlo antes de que las extremidades alrededor del cuello Cerdi se tensaran, instantes antes de que este lanzara el más potente ataque sónico que había lanzado en toda su vida.

            El líder del grupo fue impactado de lleno por el ataque y antes de estrellarse contra el tronco del árbol, su vida se le escurrió de entre los dedos. Primero explotándole los tímpanos, seguido del derrame cerebral que se produjo . Un segundo después, su cuerpo se convirtió en un amasijo de residuos al aplastarse contra el tronco.

            La explosión había derribado a todos los presentes. Cuando volvieron en sí, observaron, con pavor, cómo el huesudo árbol había sido destruido, dejando un rastro de destrozos en la dirección donde el gregún había dirigido su ataque sónico.

            Todos los bandidos fijaron su mirada en el animal y un escalofrío recorrió sus cuerpos, al ver cómo este sacaba los dientes y les miraba uno a uno de una forma amenazante. Estaban paralizados por el miedo. Algunos habían tenido la ocasión de matar algún gregún y estaban sorprendidos ante la bestia que tenían ante sus ojos. Habían subestimado el poder del animal, el cual empezaba a irradiar una ola de gokui por todo el cuerpo, como si estuviera envuelto en electricidad.

            Cuando Cerdi se disponía a desgarrar la carne de todos esos hombres y mujeres que tenía ante sí, la silueta del druwide pasó volando por su lado, interceptando en ese instante, con su bastón, el golpe que le había lanzado el sombra. El puño oscuro y el bastón chocaron de forma brusca, haciendo que ambos combatientes retrocedieran unos metros.

            El gregún observó a ambos y tras un mirara la druwide, asintió con la cabeza, dándole las gracias.

            —Haz lo que tengas que hacer. —Se quitó la túnica blanca y se preparó para el combate—. Déjame al sombra a mí. Te prometo que le enviaré directo al Abred, para que las serpientes de Mider devoren su oscura alma.

            Las alimañas voladoras de los alrededores empezaron a alzarse a pleno vuelo, gritando con rabia mientras empezaban a tapar la luz de geann, justo cando Max se aproximó a Cerdi y empezó a despegar también su gokui, haciendo que la misma electricidad verdosa que envolvía al gregún, recubriera su cuerpo.

            Los bandidos se agruparon con miedo enfrente de las dos bestias y alzaron las armas, sin ninguna esperanza de sobrevivir ante tales especímenes. Por otro lado, el sombra se acababa de levantar  para contemplar có

mo Duminólix le apuntaba con su bastón, este impregnado de neblina verde.

            A pesar de todo eso, MacFinn, o mejor dicho, la mínima parte de su alma que todavía no había sido contaminada por la oscuridad, estaba tranquilo. No parecía importarle nada en ese momento. Se sentía atrapado. Enseguida las dos bestias empezaron a atacar a los bandidos,  matándolos uno por uno, pero los sonidos parecían llegar con retraso a su cabeza. Era como si todo se hubiera ralentizado. Lo último que vio antes de ser golpeado por el druwide en pleno pecho, fue el cuerpo ensangrentado de su amiga.

            El druwide sabía quién era el verdadero responsable de todo aquello y se maldijo por haber permitido que todo eso pasara. Se había confiado y ahora Onninnona había pagado las consecuencias.

            Después de derribar al sombra y ver cómo su cuerpo se retorcía de dolor ante la sacudida de su gokui,  empezó a pensar cómo su viejo alumno había conseguido tal cantidad de poder. Había logrado capturar y manipular a un sombra, una hazaña de gran magnitud, pero además, había conseguido controlar el cuerpo de MacFinn para crear la ilusión que había causado que todos cayeran en su trampa. ¿Cómo lo había conseguido? No notaba su presencia en los alrededores y sabía que para tal control, debía de estar próximo a su presa. Pero no lo estaba, de eso estaba convencido.

            —Estabas muerto… —susurró a la noche, empezando a ver que no iba a ser tan fácil acabar con Saxtris—. Padre, guíame con tu sabiduría y dame fuerzas para parar todo este sinsentido de muerte.

            Cerdi y Max ya habían acabado con todos los bandidos, y ahora se habían aproximado al cuerpo herido de Onninnona así que decidió no demorar más el asunto. Cogiendo fuertemente y con decisión su bastón, se acercó al sombra con la intención de desterrarlo de una vez al Abred. No se sorprendió cuando este se levantó y le susurró que le matara. Había notado al momento que lamentaba todo lo que había hecho, pero ahora no debía dudar. Su deber como miembro de la orden tuatha era acabar con él para la protección de todos. No podía dejar que su alumno siguiera controlando a un ser tan letal como lo era un sombra.

            Decidido a acabar con él, alzó el bastón y de repente una voz susurrante le imploró que no lo hiciera.

            Había sido Onninnona quien le había detenido.

            La mujer ahora estaba levantada, apoyada en Cerdi, tapándose la herida donde brotaba su sangre. Su mirada era decidida a pesar de las circunstancias.

            —Lo siento, pero no puedo dejarle libre —aclaró de inmediato volviéndole la cara.

            —Lo sé… Pero no seas tan obtuso. —Esa reprimenda hizo que el hombre volviera a girarse para observarla—. Nuestro enemigo siempre ha estado varios pasos por delante, es el momento de dar la vuelta a la situación.

            Sin poder evitarlo, cayó de rodillas y empezó a toser sangre. Aunque su herida no era mortal, el veneno con el cual había estado impregnado el puñal, estaba haciéndole muchos estragos en su cuerpo. Sabía que necesitaba un tratamiento de urgencia contra la infección o de lo contrario acabaría muerta.

            Duminólix se quedó quieto asimilando las palabras de la mujer y tuvo que admitir que tenía razón. Hasta el momento su alumno había estado varios pasos por delante de todos ellos. Estaba jugando un juego a gran escala. Si quería conseguir atraparle debía conseguir alguna ventaja. En este caso el sombra que tenía ante sí. Por el momento era el único ser en “vida” que había estado en contacto directo con Saxtris. Toda la información que pudiera darles sería de gran ayuda.

            —Muy bien. —Bajó su arma aunque siguió manteniendo su gokui envuelto en ella—. Sé que todo esto te ha sido impuesto así que es hora de que intentes expiar lo que has hecho, antes de ser juzgado por los Dioses.

            MacFinn se derrumbó, exhausto. No podía creerse que le estuvieran ofreciendo la posibilidad de expiar lo que había hecho. Aunque había sido controlado por alguien, había sido su decisión de convertirse en un sombra lo que había propiciado toda aquella situación, así que debía asumir parte de la culpa.

            Nada más recibir el golpe del druwide, había notado cómo la mano invisible del ser oscuro que le había estado controlando, se había esfumado, por lo tanto había llegado el momento de contar todo lo que había hecho a partir de su muerte.

            —Bien… Todo comenzó cuando…

*Abred: Región del Otro Mundo, regida por el Dios Mider, donde van a parar todas las almas que en vida han cometido actos oscuros e imperdonables.

*Mider: Hermano del Dios Dagda. Este Dios celta rige con mano firme la región del Otro Mundo llamado Abred.

*Padre: Refiriéndose al Dios Dagda. Considerado el primer druida que existió.

*Orden tuatha: Organización capitaneada por druwides que tienen como misión preservar la paz en todo el planeta Bíroc.

Luna Sullyr.